Reseña de “El peregrino absoluto”

Reseña de "El peregrino absoluto". José María Sánchez Galera

Título: El peregrino absoluto

Autor: Armado Pego Puigbó

Editorial: Editorial Cypress (Sevilla, 2020). 138 págs.


Peregrinar entre el crepúsculo, aunque nos digan que vivimos en el arcoiris

«¡Dichoso aquel que, desentendiéndose de las vanidades y ocupaciones mundanas, se aleja a un lugar retirado y tranquilo, para escuchar el silencio de la naturaleza!». De una u otra manera este tipo de comentario nos suena familiar. Se suele repetir que el primero que dedicó un poema al asunto —y que acuñó el tópico literario— fue Horacio, con aquellos versos yámbicos que comenzaban «beatus ille…». Precisamente por eso mismo, conviene advertir de que esta famosa pieza literaria estaba compuesta con una deliberada ironía. El poeta de Venusia, después de elogiar la tranquila vida campestre a lo largo de 66 versos, termina aclarando que esa visión idílica es lo que se decía a sí mismo un usurero de la gran ciudad, cuando, a mediados de mes, pasaba a recaudar sus ingresos con la intención de ponerlos a generar más beneficios. Góngora fue otro que entendió la facilidad con que el noble deseo del contemptus mundi se transforma en mediocre acomodo a los lujos sencillos, en el mejor de los casos, o en desistimiento de obligaciones. Lo cierto es que antes de Horacio hubo otros muchos poetas, sobre todo de lengua griega, que trataron la cuestión.

Hoy, cuando todos los líderes y activistas mundiales nos exhortan a una vida de forzada morigeración —para lograr la salvación del planeta, sucedáneo de la Redención—, la confusión resulta mucho mayor. ¿Qué nos diferenciará, dentro de pocos años, de un carmelita descalzo, en lo que a pobreza material se refiere? Cuando la distopía que están instalando se halle más asentada, ¿no se aplicará esa máxima del Foro Económico Mundial de «no poseerás nada y serás feliz»? De modo que el modelo de vida social y personal que se avecina será, a simple vista, una versión secular de la existencia franciscana. A la ironía cómica de Horacio y Góngora le añadiremos la dimensión trágica de La Celestina.

Precisamente por estas y otras razones conviene leer El peregrino absoluto, de Armando Pego. Se trata de una colección de comentarios que este madrileño afincado en Barcelona y catedrático de Humanidades fue publicando en su blog epónimo. Lo comenzó el 1 de enero de 2017 y lo concluyó justo tres años después; paradójicamente, tres meses antes de que el gobierno «de progreso» decidiera invitarnos a salir a las calles para «luchar contra el machismo», y a los pocos días nos ordenara encerrarnos en casa, «para luchar contra la pandemia». Y lo cierto es que este libro nos lo explica con detalle. A lo largo de sus 150 comentarios a «lugares comunes» —expresiones manidas, formas trilladas de hablar, refranes que cojean, tópicos que de tanto uso están deformes—, el autor nos desvela la falsedad de nuestro mundo. Pego desentraña y machaca las falacias que, como puntales de un edificio en ruinas y huero, llenan nuestros oídos a diario: «luz y taquígrafos», «en pleno siglo XXI», «ha venido para quedarse», «salir de tu zona de confort», «derecho a la felicidad», «romper la convivencia democrática», «gobernar a golpe de encuestas», «empoderar», «no es no», «Dios ha muerto»…

Así como en Memorias de un güelfo desterrado (Vitela, 2016) Pego se apoyaba en Guido Cavalcanti y en Dante—como un ciego se apoya en su lazarillo—, aquí se muestra tributario de Léon Bloy desde el mismo subtítulo: «Exégesis de otros lugares comunes». Por eso, aunque con Pego nos podemos reír igual que con Horacio y Góngora, este libro no cae en la banalidad de un alejamiento derrotista y epicúreo del mundo. Porque Pego aquí nos contagia su mirada, nos hace repetir, como un salmo, las palabras de Bloy: «Todos los cristianos deberían poder obrar milagros», «Rezo, como un ladrón que pide limosna a la puerta de una granja a la que quiere prender fuego». Ya en los prolegómenos, el autor deja claro que Dios es «el Lector absoluto de nuestras esperanzas». O, dicho de otro modo, el contemptus mundi hacia el Instagram, Twitter, la televisión, eso que llaman fama y éxito, se debe a otro motivo muy elemental: nuestro espectador, el que de verdad nos da «like», es Dios. Y Armando Pego nos lo dice desde su habitación serena, contemplando el ocaso de un mundo que ha dejado de ser cristiano. Un mundo («el Siglo») que cada día merece menos la pena —estamos de paso en este destierro, somos peregrinos hacia la Morada Eterna—, si es que alguna vez la mereció; y un futuro «que se avecina sombrío e implacable», según sus propias palabras.

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