Me gustaría saber en qué quedará el accidente ferroviario en Adamuz. De momento, por lo que he leído, más de treinta y cinco fallecidos por el descarrilamiento y más de cien heridos. Espero, antes de continuar el artículo, que no suba más el número de víctimas.
La cuestión, es que por buscar excusas, los responsables políticos podrían utilizar cualquiera. El tren señalado es de Iryo, así que podrían señalar a sus trenes Hitachi o vaya a saber. La ministra Montero -que debe ser también experta ferroviaria- ya señaló en su momento a los trenes de Ouigo por un problema en la infraestructura de ADIF. Y cuando Renfe tiene problemas -vaya, siempre-, señalan a Talgo, a fallos espontáneos o cualquier posible causa ajena al sector público. La cuestión es no hacerse cargo de nada y que otro beba la cicuta. De hecho, me atrevería a decir que más pronto que tarde señalarán al abstracto concepto de «liberalización ferroviaria» que antes abrazaban con tanta ilusión, para señalar a la eterna entelequia de «la privatización» como culpable de todos los males. Un gobierno ejemplar.
Hace ya tiempo que sufrimos este disparate de gestión ferroviaria. Con retrasos, intervención en la industria como en el caso de Talgo, los famosos encargos de trenes de ancho métrico con medidas incorrectas, un exministro en la cárcel y, ahora, muertos. Y no hay explicaciones. Una tradición en el gobierno de Pedro Sánchez, nadie se hace cargo de nada y nadie da explicaciones. Quizás haya que esperar a que el presidente se tome un receso y escriba una carta a la ciudadanía para decir que quiere mucho a ADIF y no soporta los ataques injustos al sector ferroviario. Aunque viendo el tiempo que les está tomando el dar una explicación al apagón de Abril de 2025, creo que no habrá ninguna explicación convincente, se intentará arrastrar el tema hasta que otra polémica tape los muertos del descarrilamiento. Lástima que hayan gastado las balas de Adolfo Suárez y Julio Iglesias en poco tiempo y una tragedia como la de Adamuz no sea fácil de tapar con acusaciones a famosos o difuntos.
Pero quiero recordar algo que me parece central y que nadie comenta. Renfe cambió su compromiso de puntualidad antes de estos últimos tiempos de caos ferroviario. Hace no tantos años, el compromiso de puntualidad de Renfe era bastante generoso, pero fue cambiado repentinamente para que cualquier indemnización por demora requiriese de mucho más retraso. Y lo repito, eso fue un poco antes del presente caos ferroviario. ¿Casualidad? Yo, personalmente, no lo creo. Había y hay personas que sabían que se avecinaba el presente período en que el tren se ha convertido en una ruleta rusa. Y sabiendo tal cosa, buscaron proteger a Renfe del pago de indemnizaciones millonarias. De hecho, el actual presidente de Renfe declaró recientemente que volver al antiguo compromiso de puntualidad, supondría muchos millones y una subida de tarifas. Cosa interesante, porque por tal comentario se entiende que descarta que la puntualidad sea posible y, así, no haya que pagar indemnizaciones que supongan millones y subidas de precios. Lo cual también tiene su punto de gracioso, porque hablaba de subida de precios cuando la larga distancia no es que sea especialmente asequible, pero el servicio es de borreguero. De hecho, pareciera que los trenes de carga sufren menos problemas y sería más fiable y seguro subirse a uno en marcha e ir dentro de un contenedor. Exagero, pero el caos ferroviario ha llegado a un punto en que esa declarada «edad de oro del tren» que mentaba Puente, debería ser considerada prácticamente delictiva. Una cosa es darse aires y otra afirmar tal barbaridad y que a las pocas semanas, el nefasto servicio ferroviario mate a viajeros inocentes.
Sí, tenemos esos famosos bonos cuatrimestrales para Cercanías y otros servicios. Y en Navidad nos anunciaron más bonos. Todo a cargo de un contribuyente que deja de pagar un servicio deficiente vía tarjeta o efectivo, para que lo pague el estado tras quitárselo de los bolsillos. Sinceramente, tardar más de una hora para recorrer 40 kilómetros, sin saber jamás el andén, con retrasos cada día y toda clase de incidencias en los trenes, no sale a cuenta por 10 euros cada 4 meses. Y es lo que tienen los barceloneses. Pero incluso los barceloneses tienen su consuelo, pues eran los principales y eternos afectados por esos problemas en la red ferroviaria de Cercanías, pero ahora otros núcleos también los sufren.
Aunque los Euromed del Levante también son otros que jamás hacen un viaje normal. Y quienes salgan de Galicia para ir a Vitoria o a Barcelona, también saben de lo maravilloso del servicio.
No es algo puntual y específico. Y reconozco que no soy un experto, pero parece que la red ferroviaria española está implosionando y nadie quiere hacerse cargo. Se ponen parches a base de excusas, de señalar a otros o en forma de bonos de transporte que, implícitamente, hagan pensar al viajero que para lo que paga, no vale la pena quejarse.
¿Cuánto nos queda para recuperar un transporte ferroviario remotamente digno y seguro? Ya me parecía indignante e inasumible esa horrible gestión que producía toda clase de retrasos y agravios al pobre viajero, pero ahora hablamos de algo mucho más serio, pues hablamos de vidas humanas. ¿El ministro de Transporte se hará cargo? ¿O en la misma noche en la que yo escribo éstas líneas, él estará buscando alguna ofensa de niñato para señalar a otros través de redes sociales? ¿Quién será el responsable? ¿Iryo? ¿Hitachi? ¿Rusia? ¿Trump? ¿Un sabotaje de un imaginario comando fascista? Porque queda claro que jamás se señalará a Renfe, ADIF o a cualquier despacho político.
Quizás, en lugar de salir de viaje para visitar fábricas internacionales y vender un aumento de la velocidad máxima, el ministro debería haber estado más por casa, depurar responsabilidades y revelar qué clase de organización criminal o de inútiles está produciendo víctimas mortales.
Lo último que puedo y quiero añadir, es mostrar mi apoyo a todas las víctimas. Y pedir a todos los españoles, además de que seamos conscientes que podríamos haber sido cualquiera de nosotros, que no permitamos que todo el sufrimiento producido por una gestión nefasta quede en “un caso más”.