Winston Churchill: ¿Imperialista y anticomunista?

    ¿Era Churchill un racista?

Ante los ataques a las estatuas de diversos personajes históricos, realizados desde una histeria purificadora en plan «toda la historia ha sido un horror hasta que hemos llegado nosotros a limpiarlo todo», que ha empezado en Estados Unidos pero que se ha extendido a otros lugares (sobre todo de Europa), hemos visto cómo también se difamaba la estatua de un personaje como sir Winston Leonard Spencer Churchill con pintadas que señalaban «Was a racist».    

¿Era Churchill un racista?Churchill era cien por cien imperialista y por ello mismo cien por cien anticomunista (aunque llegaría a decir que era «materialista hasta la punta de los dedos»). El Imperio Británico fue el amor eterno de su vida. Churchill era un chovinista inglés, y sí: un racista británico. A los franceses, italianos y latinos en general los llamaba «blancos sucios»; y a los serbios, polacos, rusos y eslavos en general también. Y en 1937 llegaría a decir: «No admito que se haya cometido un gran error a los indios rojos de América o a los negros de Australia. No admito que se haya cometido un error a estos la gente por el hecho de que una raza más fuerte, una raza de mayor grado, una raza más sabia del mundo, ha entrado y tomado su lugar». 

Como escribía en su diario el médico de Churchill, Lord Moran, si para Roosevelt China significaba 400 millones de personas que inevitablemente repercutiría geopolíticamente, Churchill, en cambio, «piensa sólo en el color de la piel cuando habla de India o China. Se le nota el origen victoriano» (citado por Susan Butler, «Introducción» a Querido Mr. Stalin. La correspondencia entre Franklin D. Roosevelt y Josef V. Stalin, Traducción de Marta Pino Moreno, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona 2007, pág. 225).

Entonces, a la pregunta «¿era Churchill un racista?» hay que responder: sí, lo era. Y ese racismo iba ligado a su imperialismo. Pero por nuestra parte -más allá del bien y del mal, sin reír y sin llorar- no trataremos de pedir el parte de defunción de Churchill para saber si está muerto y, si no lo estuviese, juzgarlo (eso quería hacer un juez estrellado con la figura de Francisco Franco), ni queremos derribar ninguna de sus estatuas, como están haciendo los Black Lives Mater y el movimiento Antifa, movimientos iconoclastas y purificadores: los nuevos mesías de la catarsis mundial.

    El imperialista británico 

Cuando el 13 de febrero de 1945 el mariscal de campo Harold Alenxander le suplicó a Churchill que permitiese que el Reino Unido participase con mayor compromiso en la reconstrucción de Italia diciéndole al primer ministro que aquella causa era «más o menos, la razón por la que había[n] luchado en aquella guerra: la de garantizar la libertad y una existencia digna a los pueblos de Europa», Churchill le repuso: «¡Ni mucho menos! Estamos luchando para garantizar que se tenga el debido respeto al pueblo británico» (citados por Lawrence Rees, A puerta cerrada. Historia oculta de la segunda guerra mundial, Traducción de David León, Memoria Crítica, Barcelona 2009, pág.411). Es decir, Churchill tenía muy claro que luchaba por la perseverancia, la libertad y el prestigio del Imperio Británico, y no por una libertad metafísica.

Cuando un obrero de Dover le dijo a un compañero suyo al ver pasar a Churchill «Ahí va el maldito imperio británico», el primer ministro estaba encantado, y le diría a su secretario Jock Colville: «¡Muy bonito!» (Citado por Max Hastings, La guerra de Churchill, Traducción de Juan Rabasseda Gascón y Teófilo de Lozoya, Espa Pdf, 2009 pág. 445).

A pesar de todos sus errores y de todos sus crímenes, los historiadores tienden a perdonarle casi todo: «Aunque a veces se comportara de un modo inapropiado, se había ganado el derecho de recibir inmediatamente el perdón» (Hastings, La guerra de Churchill, pág. 2569). El propio Churchill dijo que «la historia será amable conmigo, ya que tengo la intención de escribirla». Como se ha dicho, «Desde los personajes de ficción como Hércules y Zeus, no se han unido tantos mitos a un solo hombre» (Véase  https://mises.org/library/real-churchill).

    El anticomunista 

Además de imperialista cien por cien, nuestro protagonista era un furibundo anticomunista. Y hacía la siguiente comparación, no exenta de maniqueísmo, entre socialismo y liberalismo: «El socialismo intenta derribar la riqueza; el liberalismo intenta elevar la pobreza. El socialismo destruiría los intereses privados; el liberalismo preservaría los intereses privados de la única manera en que pueden preservarse con seguridad y justicia, es decir, reconciliándolos con el derecho público. El socialismo mataría la empresa; el liberalismo rescataría la empresa de las trabas de los privilegios y las preferencias» (citado por Roy Jenkins, Winston Churchill, Volumen II, Traducción de Carme Camps Monfa, Ediciones Folio, Hospitalet 2003, pág. 160).  

Según Lenin, Winston Churchill fue «el mayor adversario de la revolución rusa». Y era así porque Churchill veía en el bolchevismo un desastre para Rusia y una amenaza para el mundo. Para el político inglés el bolchevismo era un régimen «apestado».  En su obra sobre la Gran Guerra, The Word Crisis, escrita casi una década después de «la cruzada de las catorce naciones para estrangular a la revolución en su cuna»,  habló de «no una Rusia solo herida, sino una Rusia envenenada, una Rusia infecta, una Rusia apestada, una Rusia de hordas armadas que golpea no solo con la bayoneta y con el cañón, sino acompañada y precedida por enjambres de sabandijas que llevan el tifus que mataba a los hombres y doctrinas políticas que destruían la salud e incluso el alma de las naciones» (citado por Jenkins, Winston Churchill, págs. 398-399).

Nuestro protagonista creía que era una cosa sencilla derribar el bolchevismo, como también creyó que sería fácil la ofensiva de los Dardanelos en 1915, cuyo error costó la vida a 350.000 soldados del Imperio Británico, azaña por la que Churchill se ganó el sobrenombre de «el Carnicero de Gallípoli». «No existe gran dificultad y no hay necesidad de luchar mucho. Unos centenares de miles de tropas norteamericanas que anhelan participar en los acontecimientos, junto con unidades de voluntarios de los Ejércitos británicos […] y francés,  puede obtener fácilmente el control de Moscú con los modernos ferrocarriles, y de todos modos ya tenemos partes de Rusia. Si desea usted que su autoridad abarque el antiguo Imperio Ruso […] solo tiene que darme la orden. ¡Qué tarea tan fácil será para mí y Haig y Pershing en comparación con la de restaurar la batalla del 21 de marzo [1918] o romper la línea de Hindenburg» (citado por Jenkins, Winston Churchill, pág. 399).

El primer ministro británico, David Lloyd George, sabía muy bien que tras la Gran Guerra el pueblo británico no estaba de ánimos para una gran cruzada antibolchevique. La guerra había dejado 750.000 víctimas británicas (y todavía más en Rusia, Alemania y Francia), a la que siguió la pandemia de la mal llamada gripe española que fue igual de devastadora. Lloyd George no tenía la menor intención de involucrar a su país en la guerra civil rusa, pero tuvo que aceptarlo porque dieron demasiada guerra varios ministros de su gabinete que compartían el fervor anticomunista de Churchill.

La derrota de los cruzados y la victoria del Ejército Rojo en 1920 reforzó la mala opinión que tenían algunos de Churchill desde los desastres de Amberes y los Dardanelos; y, aunque la cruzada no fue tan desastrosa como la carnicería de los Dardanelos, no hizo que la reputación de Churchill mejorase; aunque la aventura fue importante para la orientación política del futuro primer ministro. La aventura antibolchevique de Churchill despilfarró 73 millones de libras. (Véase Jenkins, Winston Churchill, pág. 401).

El 8 de febrero de 1920 escribía Churchill en el London Illustrated Sunday Heraldrefiriéndose al bolchevismo como «conspiración a escala mundial para el derrocamiento de la civilización y por la reconstitución de la sociedad sobre la base de un desarrollo limitado, una malevolencia envidiosa y una igualdad imposible, ha estado creciendo en forma constante» (Antony Sutton, Wall Street y los Bolcheviqueshttps://elinstigador.files.wordpress.com/2011/09/sutton.pdf, Primera edición 1974, Edición electrónica 2007, págs. 189-190).

    El antinacionalsocialista (o más bien el antialemán)

Churchill, si bien no desde el principio, empezó a oponerse al nazismo con mucha beligerancia en sus comentarios. Más que por buen demócrata, Churchill se opuso a la Alemania nacionalsocialista por ser un buen imperialista británico, continuando la tradicional política (o geopolítica) británica en el continente europeo de no permitir el crecimiento y desarrollo de una potencia que lo dominase, y sobre todo la central Alemania y la turbulenta y siempre armada Francia. No obstante, Churchill tenía muy claro que «Si las circunstancias se revirtieran, podríamos ser igualmente proalemanes y antifranceses» (citado por Pedro Baños, Así se domina el mundo, Ariel, Barcelona 2017, pág. 89).

En 1934 el embajador soviético en Londres, Iván Maisky, trató de convencer a los políticos ingleses que se aliasen con la Unión Soviética contra la Alemania nazi. Churchill, el hombre que comandó la «cruzada» no dudó en decir: «El Imperio británico es para mí el alfa y el omega y lo que es bueno para el Imperio Británico es bueno también para mí… En 1919 estaba convencido de que el peligro más grave para el Imperio estaba representado por su país, y por eso me decidí contra Rusia. Hoy estoy persuadido de que el peligro más grande para el Imperio es Alemania, y por eso me he decidido contra Alemania… Considero al mismo tiempo que Hitler se está preparando a expansionarse no solo en perjuicio nuestro, sino también hacia el Este. ¿Por qué, pues, no deberemos unirnos en la lucha contra el peligro común?… He sido y sigo siendo un adversario del comunismo, pero por la integridad del Imperio Británico estoy dispuesto a cooperar con los soviets» (citado en Segunda Guerra Mundial. Los vencedores, 2014: 16). 

En octubre de 1938, tras el Acuerdo de Múnich, Churchill instó a Chamberlain a  llegar a un acuerdo con la URSS, e instó a los polacos a que hiciesen lo mismo. Esta actitud hizo que Churchill ganase popularidad entre los parlamentarios laboristas y la perdiese entre los conservadores.

Ya empezada la guerra, Churchill, en calidad de primer Lord del Almirantazgo, fracasó en su intento de invadir Noruega, ya que los alemanes se adelantaron a la Operación Stratford. El ex primer ministro David Lloyd George comentaría: «El fiasco noruego no es un caso aislado; es una serie de fiascos ininterrumpidos. Cuando decidimos que era esencial para nuestra protección invadir las aguas territoriales de Noruega, a pesar de las protestas noruegas, debiéramos haber previsto que los alemanes iban a reaccionar. ¿Qué esperaba Churchill? ¿Qué Hitler le dejara ocupar Noruega por las buenas?» (citado por Joaquín Bochaca,Los crímenes de los «buenos»,Editorial Bau, Barcelona 1982, Versión electrónica de 2004 en http://gye.ecomundo.edu.ec/Biblio/Libros_Digitales/Bochaca%20Joaquin/Los%20Crimenes%20De%20Los%20Buenos.PDF, pág. 142). 

Como Primer Lord del Almirantazgo Churchill se llevó toda la culpa de la masacre de los Dardanelos en 1915. Sin embargo, pese a las críticas de Lloyd George, como Primer Lord del Almirantazgo no se llevó la culpa por el desastre de Noruega en mayo de 1940 (con muchas menos víctimas, eso sí). En un borrador inédito de sus memorias confesaba: «realmente no sé cómo sobreviví y conservé mi posición y el afecto del pueblo mientras todas las culpas iban a parar al pobre señor Chamberlain» (citado por Hastings, La guerra de Churchill, págs. 57-58). Pero en mayo de 1940 los generales y los almirantes sabían bien de la responsabilidad (aunque no total) del desastre escandinavo y el inoportuno despliegue británico.     

Así que tras el desastre británico en Noruega y coincidiendo con la puesta en marcha de la invasión alemana de Bélgica, el 10 de mayo de 1940 Churchill sería nombrado por Su Majestad Jorge VI primer ministro del gobierno británico. Churchill formó un gobierno de coalición y un gabinete de guerra, y tuvo en sus manos el mayor poder que ningún primer ministro en la historia británica, desde Cromwell nadie tuvo tanto poder. Y quiso ser un político-estratega con los jefes de Estado Mayor, tuvo algunos aciertos y numerosos errores, sobre todo desde el punto de vista táctico.

    El premier británico  

Cuando Chamberlain era el primer ministro ni movilizó a las tropas británicas ni hizo movilizar a las tropas francesas; era, entonces, el llamado período de la «guerra de broma» (lo que hacía que las promesas de británicos y francés a los polacos fuesen un brindis al Sol a la hora de hacerle la guerra de verdad al Reich). Pero en cuanto Churchill subió al puesto de primer ministro entonces empezaron a movilizarse las tropas y empezó la guerra en serio. Según le confesó a uno de sus generales, esto es lo que pensaba Churchill de la situación: «Pobre gente, pobre gente. Confían en mí, y yo no les puedo ofrecer más que desastre por mucho tiempo» (citado por Henry Kamen, Prólogo a «Debemos defender nuestra isla cueste lo que cueste y otros discursos», Traducción de F. Nápoles, PMI, 2008, págs. 9-10). 

Sin embargo, el 13 de mayo diría en público, a través de la radio, en uno de sus más célebres discursos: «No tengo otra cosa que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» (Churchill, 2008: 41). Aunque la frase no es original y el recién nombrado primer ministro la tomó prestada, sin citar la fuente, del que fue presidente de los Estados Unidos Theodor Roosevelt. Y también llegaría a decir: «Combatiremos en los mares y en los océanos. Combatiremos con confianza y fuerza crecientes en el aire. Defenderemos nuestra isla, no importa lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos» (Winston Churchill, El ingenio de Churchill, Recopilación de Richard Langworth Plataforma, 2008, págs.63-64).

Churchill afirmaba además que el objetivo era la victoria, pues sin ésta «no hay supervivencia. Que esto se comprenda. No hay supervivencia para el imperio británico. No hay supervivencia para todo lo que ha representado el imperio británico. No hay supervivencia para el empuje y el impulso de nuestro tiempo, para que la humanidad avance hacia su meta» (Winston Churchill, El ingenio de Churchill, pág.41). Una humanidad cuya hegemonía correspondía, o eso era lo que quería Churchill, al Imperio Británico, como querían Cecil Rhodes y los señores de la Round Table. 

En su discurso del 4 de junio de 1940 dijo ante la Cámara de los Comunes: «He considerado oportuno tomar medidas de creciente rigor, no sólo contra los extranjeros de países enemigos y personas sospechosas de otras nacionalidades, sino también sobre súbditos británicos que pudieran convertirse en un peligro o en una molestia en el caso de que la guerra se extienda al Reino Unido. Sé que hay muchísimas personas afectadas por las órdenes que hemos dado y que son enemigos apasionados de la Alemania nazi. Lo siento por ellas, pero no podemos, en esta hora y bajo las tensiones actuales, establecer las distinciones que nos gustarían. Si se intensasen el lanzamiento de paracaidistas y se produjesen combates intensos en nuestro territorio, estas pobres gentes estarían mejor al margen de la contienda, por su propio bien y por el nuestro. Hay, sin embargo, otra clase de gente por la que no siento el más mínimo pesar. El parlamento nos ha dado los poderes para aplastar las actividades quintacolumnistas con mano dura, y emplearemos esos poderes sujetos a la supervisión y a la corrección de la Cámara sin la más mínima vacilación hasta que estemos más y más convencidos de que este mal haya sido efectivamente erradicado de nuestro entorno» (Winston Churchill,El ingenio de Churchill, págs. 59-62).  

La entrada de la Unión Soviética y de Estados Unidos en la guerra hizo que Churchill fuese una figura mundial menos fundamental de lo que había sido en la segunda mitad de 1940 y la primera mitad de 1941. Fue Pearl Harbor y no la seducción del primer ministro británico, como suele decirse, lo que terminó de involucrar a Estados Unidos en la guerra.

A principios de julio de 1942 Churchill tuvo que afrontar una moción de censura que se vino abajo en el momento en que sir John Waldlaw-Milre empezó su discurso proponiendo a el duque de Gloucester, el hermano visiblemente loco del rey, como máximo autoridad militar de Gran Bretaña. Ante tal propuesta la Cámara estalló en carcajadas y Churchill pudo respirar porque la moción estaba condenada al fracaso. La victoria de Churchill fue arrolladora, imponiéndose por 475 votos frente a 25. Con todo, no se libró de las críticas y Aneurin  Bevan le dijo con un ingenioso quiasmoque retrata muy bien al personaje: «El primer ministro gana un debate tras otro y pierde una batalla tras otra. El país empieza a decir que lucha en los debates como si fueran la guerra y en la guerra como si fuera un debate» (citado por Hastings, La guerra de Churchill, págs. 1472-1473).    

Asimismo, para resarcirse de sus derrotas, en 1943 Churchill se lanzó a una aventura en el Egeo, la cual supuso, como reconoció él mismo, el primer éxito de los alemanes tras la batalla del Alamein, y fue la diferencia más grave que mantuvo con el general Eisenhower. El 26 de noviembre le escribiría a su esposa lamentado la caída en la Batalla de Leros: «No puedo pretender que cuento con una defensa adecuada que justifique lo ocurrido» (citado  por Hastings, La guerra de Churchill, pág. 1991). 

La campaña del Egeo estaba mal concebida y tenía pocas probabilidades de éxito. Como se ha comentado, «La campaña del Egeo representa un triunfo del impulso sobre la razón que nunca habría debido producirse. Dañó gravemente la confianza que pudieran depositar los americanos en las opiniones y compromisos del primer ministro con los objetivos vitales de la Gran Alianza. Fue una verdadera suerte para el prestigio de Gran Bretaña y para la reputación de Churchill que esa aventura tuviera lugar en un momento en el que las victorias en el resto del mundo evitaron que la opinión pública fuera plenamente consciente de una humillación tan gratuita» (Hastings, La guerra de Churchill, págs. 1991-1992).

El 15 de agosto de 1944 escribía el general Alan Brooke en su diario sobre el premier británico: «Hemos llegado al momento en el que, por el bien del país y por el bien de su propia reputación, sería un regalo llovido del cielo que desapareciera de la vida pública. Probablemente haya hecho por su país lo que ningún otro hombre ha hecho nunca, su reputación ha alcanzado el máximo apogeo, y sería una tragedia que semejante pasado se viera manchado por acciones alocadas durante una decadencia inevitable que se ha puesto en marcha desde el año pasado. Personalmente, me ha resultado imposible trabajar con él últimamente, y me asusta pensar hacia dónde es capaz de dirigirnos ahora» (citado por Hastings, La guerra de Churchill, págs.2319-2320).

En su alocución radiofónica de cara a las elecciones diría en junio de 1945: «Ningún Gobierno socialista que dirigiera la vida entera y la industria del país podría permitirse el dejar que se produzcan muestras de descontento públicos libres, mordaces o expresadas con violencia. Tendrían que retroceder a algún tipo de Gestapo, sin duda dirigido muy humanamente en el primer caso. Y esto cortaría la opinión de raíz; pondría fin a la crítica cuando levantara la cabeza y reuniría todo el poder en los líderes supremos del partido, elevándose como imponentes pináculos por encima de sus amplias burocracias de funcionarios […]. Amigos míos, debo decirles que la política socialista aborrece las ideas británicas de libertad […]. Un parlamento  libre -fíjense en esto- un Parlamento libre es odioso para el doctrinario socialista» (citado por Jenkins,Winston Churchill, pág. 877). 

El 5 de julio de 1945, antes de la  Conferencia de Potsdam, Churchill perdería las elecciones frente a Clement Attlee por 9.500.000 de votos contra 14.500.000. El eslogan de campaña de Churchill decía: «dejar a esos soñadores socialistas en sus utopías de pesadilla» (citado por Walter Laquer, Europa después de Hitler. Tomo I, Traducción de Pablo Uriarte, Sarpe, 1985, pág. 63). Pero tal eslogan no conmovió al electorado, pues Churchill lideraba el Partido Conservador que era el partido del paro, de las protestas contra el hambre y de los barrios miserables; y, fundamentalmente, también de las batallas perdidas. 

La tendencia del electorado optó por una mejora en la cuestión social, que ya venía incubándose en plena guerra con la preparación del Estado del Bienestar (Welfare state) a través del Plan Beberidge, que venía en el paquete del Partido Laboristas y que venía de la mano de la Sociedad Fabiana. En el plan se programaba la extensión de los servicios de la seguridad social. Churchill y otros miembros del Partido Conservador afirmaban que un país al borde de la quiebra pudiese permitirse tales beneficios. 

Esta actitud le terminaría costando la derrota a los conservadores. Buena parte de la clase media votó a los laboristas. De los 393 diputados laboristas que acabarían sentándose en el parlamento, 252 lo hacían por primera vez. El Partido Laborista difería de los partidos socialdemócratas europeos y mucho más de los partidos comunistas (de hecho era un socialismo alejado de Marx), y en sus filas había gente de todo tipo; desde liberales hasta socialcristianos, y también algunos marxistas ortodoxos que estaban para hacer escaños. Pero la base fundamental del partido era la Sociedad Fabiana de los Webb, que por mucho que elogiasen a la Unión Soviética estaba a mil millas de la filosofía y la política del marxismo-leninismo.  

Sobre la relación del laborismo con la Unión Soviética dejó dicho su líder Clement Attlee: «La izquierda debe ser capaz de hablarle a la izquierda» (citado por Laqueur, Europa después de Hitler, pág. 66). Pero la izquierda no es una y las diferentes generaciones de izquierdason tan polémicas entre sí como lo han sido frente a las diferentes modulaciones de la derecha, y la izquierda de quinta generación(la izquierda del comunismo soviético) es muy diferente a la izquierda de cuarta generación(la socialdemocracia, que es la izquierda que más se aproxima al laborismo). 

Era tanta la diferencia como a nivel de dialéctica de Imperiosdivergían en sus planes y programasel Imperio Británico y la Unión Soviética, dialéctica que se complicó con el estallido de la Guerra Fría y la irrupción de Estados Unidos como Imperio hegemónico.  Y aquí tenemos el problema de si ha caído o no el Imperio Británico. Veamos. 

    ¿Caída del Imperio Británico?

Churchill llegó a decir con vehemencia que él no había aceptado ser primer ministro del Gobierno de Su Majestad para presidir la liquidación del Imperio Británico. Pero aunque la Alemania hitleriana fue finalmente liquidada, ¿también quedó liquidado el Imperio Británico? Y llegaría a decir: «No creo en ése estupendo mundo nuevo… Dígame algo bueno que haya en cualquier cosa nueva» (citado por Hastings, La guerra de Churchill, pág. 2771).

Por mucho que el premier enseñase los dedos sabía muy bien que la paz conseguida no era exactamente la paz de la victoria para el pueblo británico, la guerra dejaría mucha miseria, y cartillas de racionamiento hasta 1952. La V dedal que mostraba ante las masas el primer ministro no era otra cosa que el símbolo de la victoria pírrica, y de su derrota en las urnas, así como la derrota de los más necesitados. La hegemonía en Europa parecía que era sólo cosa de Estados Unidos por el oeste y la Unión Soviética por el este. 

Tras la guerra Gran Bretaña y Francia quedaron tan debilitadas como Alemania e Italia. Asimismo, aun resultando vencedor, Gran Bretaña quedó tan empobrecida como el resto de Europa y -como decimos- su pueblo pasaba tanta hambre como se pasaba en Europa. Pero en el mundo de las finanzas el Imperio seguiría vivo tras su caída geográfica, por así decir, y la miseria de su pueblo. Las grandes familias del Imperio seguían en pie. Y la alianza con Estados Unidos en la Guerra Fría unió al mundo anglosajón a través de la ideología aureolarde la Globalización oficial, que cristalizó con la caída del Imperio Soviético y que llegaría a su ocaso con la crisis financiera de 2008 y al acabose con la pandemia coronavírica en marcha.  

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