Españoles e inmigrantes. un derecho, un deber y un complejo

Españoles e inmigrantes. un derecho, un deber y un complejo. Jesús Cotta

Al hablar de inmigración, unos hacen hincapié en el derecho de los inmigrantes a mantener su cultura e incluso a no integrarse en la nuestra, y otros hacen hincapié en el derecho de los españoles a no aceptar a los inmigrantes. Pero, para que la perspectiva sea más completa, habría que hablar también de los deberes de unos y de otros.

Los inmigrantes tienen también un deber: el de respetar la cultura y la sociedad que los acoge, el de no intentar sustituirla ni suplantarla; y los españoles tienen el deber de acogerlos e integrarlos. Si los inmigrantes se acogen a su derecho de no integrarse y de pretender aun así que los aceptemos, los españoles están en todo su derecho de rechazarlos. Y si los españoles no acogen a los inmigrantes ni se esfuerzan en integrarlos, los inmigrantes tampoco se sentirán en el deber de respetar nuestra cultura. El rechazo al extranjero y el rechazo a integrarse se implican el uno al otro. A más xenofobia, más integrofobia (y perdón por el palabro), y a más integrofobia, más xenofobia.

Dicho todo esto, hay que ser realistas. Hay dos grandes inconvenientes en esta hermosa tarea del inmigrante a integrarse y del compatriota a integrar.

Respecto al primer inconveniente, hemos de reconocer que algunos grupos de inmigrantes poseen unos rasgos culturales tan incompatibles con los nuestros, que se ponen a sí mismos y a nosotros muy difícil la tarea de amar nuestra cultura o al menos de integrarse en ella: si a mí de niño me educan en que no llevar velo es indecente y que comer cerdo y beber cerveza es pecado y que todas las imágenes religiosas son tonterías o blasfemias, me ponen muy difícil esta hermosa vocación natural que todos tenemos a amar la tierra que nos da de comer.

El segundo inconveniente es el complejo de los españoles, alimentado por los políticos, de avergonzarse de ser españoles, como si ser español fuera peor que ser inglés o alemán. Si nos avergonzamos de nuestra bandera, de nuestras tradiciones, nuestros apellidos, nuestra historia, nuestra Navidad y de nuestras procesiones, si, en fin, eliminamos todo eso del espacio público en búsqueda de una supuesta neutralidad que no es sino vacío, ¿cómo vamos a integrar a nadie en nada? Ese espacio vacío está pidiendo a gritos que alguien lo llene, y al final lo llenarán los que no tengan nuestros mismos complejos, y muy bien que harán, si no nos espabilamos. No podemos pretender que integrarse consista en que ellos abandonen sus costumbres por… una nada.

Si de algo sirve lo que pueda decir un hombre como yo que lleva aquí cincuenta y siete años viviendo y más de treinta años dedicándose a la educación de las jóvenes generaciones, este es mi consejo: queridos compatriotas, sed españoles con orgullo y naturalidad y tratad al inmigrante como a un español más, como si realmente lo fuese, porque además eso es lo natural; y vosotros, queridos inmigrantes, amad en lo posible a España, esforzaos en ella, sed partidarios de la nación que os ha abierto las puertas y, entonces, no sólo seréis bien acogidos, sino también celebrados y vuestras costumbres serán poco a poco también las nuestras. Y recordemos tanto unos como otros que estamos aquí para trabajar y arrimar el hombro, no para sacar tajada mientras trabajan otros. Y cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Es el mejor favor que podemos hacernos unos a otros.

Top