Susana y la bestia

Susana y la bestia. José Vicente Pascual

Dice Susana Díaz —ex presidente de la Junta de Andalucía, tertuliana en TV y emisoras de radio, al parecer senadora aunque se desconoce su trabajo en el Senado—, dice la buena señora, en uno de esos programas de debate adornados con la pertinaz presencia de su mismidad sevillana, que “todos tenemos la culpa del crecimiento de Vox, de que la bestia haya engordado”. Eso dice y se queda tan ancha, tan andaluza ella con su acento de buena gente rociera, tan pimpante, tan en línea con el consenso progre que es como las hostias en misa: se reparten para todo el que quiera comulgar y el que se excluye por algo será y de algún pecado tendrá que arrepentirse. La bestia, dice, como si la bestia y quienes votan a la bestia fuesen tan bestias que no les incomodara el apelativo; total, debe de pensar ella, deben de pensar los que piensan como ella: en el fondo están deseando comportarse como bestias. Hay que aguantarse porque lo ha dicho Susana, alma pura del socialismo inmaculado, el que no se deja envilecer por la mafiosidad sanchesca ni por los tejemanejes de su entorno, o sea: ella y los suyos son el socialismo bueno.

Ellos, cuando estuvieron en el poder, en Andalucía, no eran unos bestias aunque, reconozcámoslo, hacían las cosas a lo bestia. Hay una diferencia. Vamos a ver, que dirían los ciegos.

Dejamos de lado los latrocinios de los EREs, de Mercasevilla, de por aquí y por allá y de las cajas de ahorros. Vamos a olvidarnos de Canal Sur por un rato. Miren, ni siquiera nos vamos a acordar de aquel diputado autonómico del PSOE de Andalucía —“el Gran Partido de los Andaluces”, clamaban—, que tenía en su casoplo sevillano, para adornar bien bonito, trocitos de la Alhambra y una histórica fuente que lucía, en tiempos de Franco, en el centro de Granada y que fue transportada a su domicilio por una empresa de restauraciones e instalaciones de mobiliario urbano; total, para la falta que hacía la fuente, mejor estaba en el hogar de un representante del pueblo. Eran pequeñas bestialidades, cosillas sin importancia. En serio: se ha achacado al socialismo andaluz una corrupción aparatosa, de grandes cifras, de implicación escandalosa desde las altas instancias autonómicas en el concienzudo saqueo, la trama y la telaraña extendida hasta el último rincón de la comunidad por medio de empresas públicas gerenciadas desde el sector privado; la funcionarización, de golpe, de miles de empleados de aquellos chiringuitos que todo lo gestionaban y todo lo encauzaban hasta ponerlo a pies del susanato, miles de familias que debían su sustento a la Junta y pagaban religiosamente con su voto. Nos vamos a olvidar de aquello porque hablar de bestias y de cosas a lo bestia, en Andalucía y en aquellos años, paradójicamente nos invita a hablar de lo pequeño, del pormenor en lo cotidiano y de gestos y actitudes de poca relevancia aunque de mucha significación.

Sí, hubo un tiempo en que ellos, Susana, los susanistas, los socialistas buenos, eran la bestia. Una bestia que podía permitirse holgazanear porque su calmo ronquido espantaba a quien soñase con oponérseles. Bueno, no exageremos… No eran la bestia la secas: eran la bestia dormida.

Era —la bestia durmiente— aquel señor de Jaén, diputado en el parlamento andaluz, miembro del gobierno autonómico, que pasaba las mañanas en su casa, viendo Canal Sur en batín y pantuflas, y que levantaba el teléfono cada vez que observaba algo fuera de tono en la programación y echaba la bronca al director de contenidos. Su reproche más recurrente: “¿Esto, para qué pollas nos sirve?”. Dirigir Canal Sur desde casa, en pantuflas, en batín, era el modo, digamos, pintoresco de hacer las cosas a lo bestia. Y oye, que como el señor del batín se acalorase demasiado llamaba a un taxi y se plantaba en Mairena del Aljarafe, sede del ínclito canal autonómico, reunía a los directivos y les montaba la tremolina. Los taxistas de Jaén lo adoraban, pasaba todos los meses facturas por —pesetas— cientos de miles; y por euros, otros miles; y lo que no se iba en taxis entraba en las cuentas de picos, palas y azadones; los taxistas lo adoraban y los interventores de la Junta y el cajero le temían como a vara verde, pero pagaban. A lo bestia.

Qué decir de aquellos burdeles de carretera en la ruta Ayamonte-Cabo de Gata, nada, 600 kilómetros moteados de puticlubs en la ancha Andalucía, aquellos bares de luces de antaño, ay… y sus clientes consuetudinarios, sobresaltados cada dos por tres debido a la presencia de la Guardia Civil que tomaba entradas y salidas; pero tranquilos, que no vienen a llevarse a nadie sino a traer gente buena, buenos socialistas con escolta y despliegue de la fuerza pública. Y con ganas de sano esparcimiento. Los diputados de Jaén y Córdoba cerraron más puticlubs, con las del alba, que los agentes de inmigración y trata de personas; a los de Granada, Almería y Cádiz, las chicas de alterne los llamaban por sus apodos familiares, “Rafalito, cuánto tiempo sin verte por aquí…”; los de Huelva, Sevilla y Málaga eran más de dejarse ver por Marbella y Fuengirola en plan deportivo: “No creas, el Lamborghini es de un amigo que me lo ha prestado; niño, no creas: la señorita es auxiliar administrativo en la Consejería de Transportes y Obras Públicas”. Ábalos no inventó nada nuevo, atención al dato: Ábalos aprendió el oficio y empezó a hacer las cosas a lo bestia porque tuvo buenos maestros.

Haciendo el bestia —la bestia dormida—, estaba aquel alcalde de un pueblo muy conocido por ser la mini-Cuba andaluza, que se plantaba en las aulas de la escuela, se sentaba en el último pupitre y decía al maestro: “Siga con la clase, como si yo no estuviera”. Y si el maestro decía inconveniencias, qué te digo yo… La palabra “España”, por ejemplo… Si decía inconveniencias, bronca al canto, queja a la delegación de Educación. También estaba aquel otro, muy socialista y muy buen alcalde de un pueblo serrano, que todos los domingos de primavera y verano cerraba las zonas de baño del río para reunirse con los concejales del partido y sus familias —el Gran Partido de los Andaluces, no olvidemos—, y hacer monumental barbacoa; fogatas prohibidas todo el año a los demás vecinos, naturalmente, porque el fuego es un peligro y no todos podían llevarse la policía municipal al río, para que vigilara los porsiacasos.

Son pequeñas brutalidades, ya les digo. Son detallitos que exponen el tono y significan el ambiente de aquellos años de prosperidad socialista. Son la esposa de Juan Espadas, líderes ambos del socialismo sevillano, tanto Espadas como la señora, contratada porque sí en la Junta de Andalucía, con un sueldo modesto, unos 1800 € al mes, catorce pagas, nada del otro mundo pero con una ventaja muy grande: no tenía que ir a trabajar, ni siquiera tuvo que aprender a manejar el “guorperfe” en modo experto, tal como reconociera en la comisión de investigación que le cayese encima en 2019. En fin, comprenderán ustedes que si de lo cotidiano hablamos, los ejemplos son infinitos, cada día del régimen fue un escaparate.

No me privo, sin embargo, de recordar a aquella enfermera del hospital Clínico de Granada —año 1994—, que en pleno mes de julio, con un calor de condena, se limaba las uñas, sentada en su despacho, con el aire acondicionado puesto y la puerta abierta mientras en el pasillo, sudorosos, seis o siete enfermos de cáncer esperaban una transfusión de sangre que les devolviera un poco la vitalidad arrebatada por su fatal dolencia. En la ocasión yo acompañaba a mi padre, terminal aunque él aún no era consciente; yo sí. Y no estaba yo de buen humor. En eso que se me cruzó por el agobiante pasillo una amiga, secretaria de planta en el mismo hospital. Le comenté el detalle:

—No sé, estar ahí limándose las uñas, a la vista de todos, mientras esta pobre gente espera, con este calor…

—Me parece que ha acabado su turno y está esperando que llegue su marido a recogerla.

Mi padre, cabizbajo, yo creo que meditando sobre el alcance verdadero de su mal, yo creo que muy asustado, tenía la frente perlada en sudor, los labios secos, la mirada vencida.

—Aún así, amiga, no sé… Tiene aire acondicionado en el despacho, podría cerrar la puerta.

—Ya. Pero cualquiera le dice nada…

—¿..?

La enfermera lima que lima uña tras uña. Mi padre, mientras, negociaba en silencio con la muerte. Qué calor…

—Es que su marido es concejal del psoe, ya sabes…

 

No eran bestias. No, no lo eran en absoluto.

Eran el socialismo bueno. Eran el mal.

 

 

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