De velos y veletas (I)

De velos y veletas (I). Axel Seib

Aunque la actualidad cambia a un ritmo de vértigo en España y cada día nos levantamos con una nueva polémica, otro presunto caso de corrupción u otra grave negligencia, me resisto a no tratar de la reciente cuestión de intentar prohibir el uso del niqab y el burka en el espacio público. Proposición rápidamente rechazada por las fuerzas que dicen defender a la mujer. Nada nuevo en la piel de toro.

Pero primero, antes de cualquier análisis político, lo que quisiera hacer es entrar en el precepto general del islam. Nada sobre la interpretación más o menos integrista o más o menos tolerable, puesto que el núcleo de la cuestión no es definir los cm² de tela de más que convierten dicho mandato en inasumible por la ley. El núcleo se encuentra en la propia definición de la obligación teológica de cubrirse y lo que supone para unas y para otras. Reducir la cosa a mero recuento de tela me parece un tremendo error en el debate, aunque comprensible a nivel político.

Primero, vayamos a lo sencillo y explícito. La obligación general es para toda mujer adulta creyente. Hay países y familias más rigurosas que tapan a niñas de 5 años sin problemas, es cierto. Pero la cuestión que acecha en Europa en términos generales es el uso a partir de lo que define la familia por ser mujer adulta. ¿Y cómo se suele definir? La primera menstruación es la señal más común, puesto que marca el inicio de la fertilidad y, por lo tanto, de la supuesta adultez. No es difícil de saber, es cuestión de indagar muy superficialmente o leer mínimamente. Y, en ese mismo momento, ya debería surgir un problema serio, pues tenemos a una comunidad que define la adultez del sexo femenino por criterios fuera de la ley y aplica unas medidas de marcaje. Que se me permita el atrevimiento, pero tratar de mujer adulta a una cría de 12 años por tal motivo es un precepto que choca fuertemente con nuestra conciencia y, también, contra la ley. Y, de hecho, ignorar el tema legitima un derecho religioso sobre el nuestro. Es fácil de entender: el que calla, otorga. Pero vayamos a otro punto.

El uso de velo en general es una costumbre arraigada ya previamente en la Arabia preislámica y otras culturas cercanas. Y ese uso tenía una doble función. La primera y más neutra, la de marcador de clase para las mujeres de estatus superior en contraste con las mujeres de clase inferior. Esa era parte de la función original preislámica, un marcador de clase. Muy progresista y tolerable. «Cosas chulis». Pero la cuestión empeora, pues el marcador de clase no era meramente para definir un estatus abstracto: conllevaba que la mujer «libre» o cubierta quedaba bajo el amparo de una autoridad masculina —fuese padre o marido— y, por lo tanto, no podía ser accesible a ningún otro hombre. Una forma de protección, es evidente. Aunque, quizás, algo incómoda para los que en la actualidad viven con el patricarcado, la opresión y la violencia contra las mujeres en la boca. ¿Alguien quedaba fuera de poder hacer uso de dicha protección? Evidentemente, esclavas y prostitutas.

Con la conformación del islam durante la vida de Mahoma, dicha tradición cultural ya presente se transformÓ en precepto para toda mujer musulmana. De tal forma, de marcador de clase pasa a marcador de la comunidad o Umma, y toda mujer musulmana queda bajo el amparo de dicha protección. Sí, se puede tratar de modestia y pudor por voluntad divina o, si se prefiere, de seña de identidad o «empoderamiento». Y todo ello sería cierto: es una señal de identidad, es un marcador. Eso nadie lo discute. Y también es cierto que empodera o «libera», especialmente porque te libra de acosos y «admiradores». Algo que todas aquellas que no se someten a dicha norma no pueden decir, puesto que según tal precepto visten sin modestia ni pudor y, además, no son parte de la Umma. Eso, de una forma implícita, conllevaría que toda mujer sin velo sería la incitadora a ciertas conductas. Y no diré yo que tal cosa sea cierta, pues únicamente sería una consecuencia lógica fácil de ver. Aunque dejo la validez de tal observación a buen criterio y observación del lector.

La cuestión es si, sabiendo de dichos elementos vertebrales del precepto general sobre el velo, ¿podemos integrarlo sin ninguna clase de problema en nuestras sociedades como si fuera inocuo?

El debate abstracto siempre se reduce a clichés y consignas. Normalmente, el más gracioso, el que acusa a toda posición contra la aceptación de tal precepto como si fuera automáticamente racista. Recientemente dicho por algunos como «lo que les molesta es la mora que hay debajo». Esto último muy interesante porque es irónico acusar de odiar o rechazar a la persona bajo un telón cuando, precisamente, se la quiere descubrir. Diría yo que sería más lógico preferirla cubierta si se la odia y no se la quiere ver.

Y al ser absurda la idea, a los mismos opinadores les salen comentarios incoherentemente sinceros sobre que sin velo no saldrían. Y que ese es el verdadero motivo por el que se quiere prohibir. Todo ello queriendo insinuar que los malvados que se oponen a tal precepto —que no mera prenda— buscan que las mujeres musulmanas no salgan a la calle. Pero, ¿por qué no saldrían? Y ahí volvemos al núcleo de la cuestión de si tal precepto es compatible con nuestra sociedad.

¿Vamos a tolerar, repentinamente, que haya mujeres encerradas en casa porque «sin cubrir no sales»? Queda claro que no. Pero ahí cambia la actitud. Unos, aunque les llamen racistas, no quieren amparar esa conducta respecto a las mujeres. Conducta que, si se justifica o ampara, acabará afectando a todas las mujeres, pues nadie tiene un trato más cortés y tolerante para con los demás si se le permite la fuerza contra los suyos. Y en esa aparecen los otros, los que dicen oponerse a conductas machistas y blablablá, no queriendo tampoco amparar esa conducta de «así no sales» pero tampoco enfrentarse a quienes la ejercen. Así que deciden tomar el camino de permitir el uso de niqab, burka o lo que fuere, con tal de no entrar en el fondo de la cuestión ni ganarse enemigos peligrosos. Para ellos ese debate es potencialmente dañino y por eso lo intentan atajar rápido con un salpicón de «racistas» y comentarios caóticos y un rechazo rápido en cualquier votación, sin darle mucho bombo ni entrar en profundidad. Y no le dan mucho bombo porque tienen mucho que perder si el debate permanece, porque les obligaría a posicionarse de forma firme y no meramente circunstancial y superficial «contra la extrema derecha». Les obligaría a tomar posición respecto a ese precepto islámico que  viene a chocar frontalmente contra lo que dicen defender, algo mucho más difícil e incómodo que oponerse al manido argumento de «es que viene de la extrema derecha».

Por ello hay que hacer que el debate permanezca y se muestre en toda su amplitud, para que aquellos que viven de clichés y del debate superfluo tengan que bajar al lodo que ellos han formado. Hasta el momento han salido ilesos porque en su cartera de formas de desviar el foco y así anular el debate hay muchas balas, pero no tantas. Pueden señalar a otros de racistas, pero está muy sudado. Pueden, de modo similar, cuestionar el feminismo del partido que lo propone, también muy amortizado. O, como en el caso presente, añadir la muletilla de «el uso del burka es inaceptable pero es minoritario». Y con ese maravilloso concepto de «minoritario» todo queda en un enorme «no legislamos minucias» o «yo jamás lo he visto por la calle».

El evitar legislar contra su uso porque «es minoritario» juega una partida falaz. Pues se deja entender que solamente se legisla sobre grandes cuestiones y, al ser el uso del burka en España algo menor, no merece tal atención. Lo cual es cierto en cuanto a minoritario, pero que una conducta sea minoritaria no la hace tolerable. Hay muchas conductas minoritarias prohibidas expresamente por la ley. Y la cuestión no se encuentra en prohibir más o menos tela o de si la versión más integrista es —de momento— poco frecuente. La cuestión va de diseccionar tal precepto religioso tan arraigado en una comunidad eminente y orgullosamente patriarcal y discernir si es realmente integrable sin estar metiendo el huevo de la serpiente por pura corrección política.

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