Lo que faltaba para el duro. Ahora resulta que Sánchez ha anunciado la creación del hodiómetro, herramienta con «h» y chorrada neologística que, dicen, mide el odio de las personas. Se trata de un método pintoresco: a través de un refinado algoritmo se puede demostrar «científicamente» que alguien es odiador en toda regla. El procedimiento consiste —más o menos, tampoco uno entiende mucho de estas cuestiones tan técnicas—, en minar datos de Internet, a través de una inmensa base de datos, en busca de las palabras clave que más repiten los usuarios culpables, con su correspondiente «huella digital». Así una palabra áspera, expresiones o actitudes críticas expresadas en conversaciones, mensajes o chats contra un tercero o «contra colectivos» de inmigrantes, de mujeres o de transexuales, pueden ser considerados delitos de odio. Y meterle un paquete de mucho cuidado a cualquiera.
Vamos, como si el odio fuera algo mensurable y no fuese un sentimiento alojado en el corazón de los seres humanos que varía en función de circunstancias endógenas y exógenas, según cada cual y, por supuesto, en cada momento anímico en el que se encuentre la persona.
Odiar nunca ha sido delito ni debería serlo, pues mientras no exista un acto contra algo o alguien, jamás debería considerarse punible. Bien distinto es que, desde el punto de vista religioso/ético/moral, algunos sentimientos, emociones o convicciones puedan ser considerados reprobables, sobre todo en función a determinadas realidades. Aquí, me da la impresión de que se trata de establecer un programa de control, de manipulación y persecución a la disidencia, todo un desafío para la justicia y el sistema democrático en general. Dependiendo de los elementos que los gobiernos introduzcan en la aplicación, se conseguirán unos resultados u otros que, en el fondo, son perfectamente manipulables; lo que significa: dar un poder exorbitante al capricho, la arbitrariedad y los intereses políticos de los gobiernos de turno.
En el año 68 d.C, según Tácito, hubo dos soldados romanos que conspiraron contra Nerón y, llevados a juicio, le replicaron en sus propias barbas. Al ser preguntados por el emperador por qué querían matarlo, el primero contestó: «Te amé cuando lo merecías. He empezado a odiarte cuando te has convertido en asesino de tu madre y de tu mujer, cochero, actor e incendiario» (Anales, 15. 67-68); el otro soldado argumentó: «He querido matarte porque no hallo otro remedio para tus continuas maldades». Así pues, el odio como sentimiento, me parece a mí, es un mecanismo de defensa emocional ante situaciones extremas, inherente a la naturaleza humana durante el transcurso de todos los tiempos.
Sin embargo, ahí no acaba la cosa, pues en un prodigioso despliegue de energía intelectual de nuestro presidente, sin más, va y suelta que el odio suele ser masculino; y nos incrimina a los hombres por cargar especialmente contra los colectivos sensibles, como si él tuviera un sensor de precisión para medir con unidades de odio y hubiera calibrado cuantitativamente la proporción de odio que usan los hombres, comparado con las mujeres. Increíble lo que hay que escuchar y qué paciencia hay que tener para sobrevivir, sin que nos dé un parraque, a tanta tontería y tantas leyes que continuamente pretenden extraer información personal de nuestros perfiles y de las propias redes sociales, cómo pensamos, qué nos inclina hacia una opción u otra, qué nos ofende y qué nos repugna. Este riguroso plan sin fisuras se pretende instaurar e inaugurar con la creación de un nuevo organismo oficial denominado Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, donde, por cierto, caben muchos enchufados con empleo a dedo. ¡Ole tú!
Esta «brillante idea» de creer que se pueden medir los discursos de odio en las redes sociales, como si el presidente manejara un artefacto de precisión con unidades de medida exactas, es un despropósito enorme que solo sirve para el señalamiento de los que queremos ejercer la libertad de expresión y el derecho de estar informados. La obsesión de quien actúa desde el poder y cree que va a encontrar una nueva dimensión objetiva que calcule los sentimientos de los ciudadanos, me parece un sueño distópico y atroz que a todos los dictadores les gustaría alcanzar.
La idea fundamental que subyace tras toda esta bambolla ideológica: hay que seguir ciegamente el manual de instrucciones del gobierno y nunca cuestionarse nada para no caer en «delito de odio»; por ejemplo, que el sexo es una realidad biológica y por tanto una persona no puede elegirlo a su gusto y criterio, según su particular percepción. Y esto último es sólo un ejemplo; al mismo tiempo es un hecho que contradice el discurso moral del gobierno y de la izquierda. Según ellos: odio.
Pensar por cuenta propia está empezando a ser una tarea peligrosamente agotadora, una osadía en el terreno prefigurado desde el poder donde la verdad moral se decide por decreto y no por los hechos.