El anarquismo de Bakunin (III)

El anarquismo de Bakunin (III). Daniel López Rodríguez

Libertarios contra autoritarios   

Las diferencias entre las tesis de Bakunin y las de Marx están, a grandes rasgos, en el comunismo libertario del primero y el comunismo autoritario del segundo. Marx -sostiene Bakunin- «es un comunista autoritario y partidario de la liberación y reorganización del proletariado a través del Estado; en consecuencia desde arriba abajo, a través de la inteligencia y el saber de la minoría instruida, que como es natural se declara partidaria del socialismo y que en beneficio de las masas ignorantes y necias ejerce sobre éstas una autoridad legítima» (citado por Hans Magnus Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, Traducción de Michael Faber-Kaiser, Anagrama, Barcelona 1999, pág. 279). 

El sueño de Marx, según Bakunin, era el «poder universal» en un «estado universal» «a través de Alemania y la raza alemana, que según él habrá de regenerar a todo el mundo» (citado por Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, pág. 279). Si Mazzini era un «italianísimo», Marx era «un pangermanista» (citado por Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, pág. 279), y para el revolucionario ruso el Estado pangermánico era visto como «una inmensa prisión alemana» (Mijaíl Bakunin, Estatismo y anarquía, Utopía Libertaria, Buenos Aires, 2004, pág. 70). Bakunin y sus seguidores se declaraban enemigos «intransigentes» tanto «del paneslavismo como del pangermanismo» (Mijaíl Bakunin, Estatismo y anarquía, pág. 46).Por todo ello, Para Bakunin el comunismo de Marx y la «gran banca» tenían en común «la poderosa centralización estatal» (Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, pág. 281). Por eso Bakunin tachaba a Marx de ser «un incorregible soñador de la praxis», al pretender imponer «su propia dictadura en la [Primera] Internacional», y así «instaurar su dictadura sobre todo el movimiento revolucionario del proletariado en Europa y América». «Para proponer tales metas, es preciso estar loco o estar hundido hasta el cuello en abstracciones… Por su educación y naturaleza, Marx es jacobino, y su sueño predilecto es la dictadura política» (citado por Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, págs. 281-282). Y Bakunin se quejaba de que la centralización del Estado traía la centralización de la banca: «La producción capitalista contemporánea y las especulaciones de los bancos exigen, para su desenvolvimiento futuro y más completo, una centralización estatista enorme, que sería la única capaz de someter los millones de trabajadores a su explotación. La organización federal, de abajo a arriba, de las asociaciones obreras, de grupos, de comunas, de cantones y en fin de regiones y de pueblos, es la única condición para una libertad verdadera y no ficticia, pero que repugna a su convicción en el mismo grado que toda autonomía económica es incompatible con sus métodos» (Mijaíl Bakunin, Estatismo y anarquía, pág. 18).    

Bakunin tenía fe en la victoria de la Humanidad sobre los fanáticos y los tiranos, y también creía -como le confesó a Arnaldo Ruge en mayo de 1843- que la luz del Sol acabaría alzándose y alcanzando la historia humana. Si Marx tomó al proletariado industrial como la fuerza decisiva para llevar a cabo la revolución social y la emancipación del Género Humano, Bakunin se fijó más bien para llevar a cabo la revolución en los campesinos, el lumpemproletariado y la pequeña burguesía desposeída. Marx y Engels, «y en consecuencia toda la escuela socialdemócrata de Alemania», hablaban del lumpemproletariado «con un desprecio profundo». Pero para el anarquista ruso en dicha clase «es donde está cristalizada toda la inteligencia y toda la fuerza de la futura revolución social» (Mijaíl Bakunin, Estatismo y anarquía, pág. 12). Porque la miseria extrema y la desesperación, junto a «un ideal común a todo el pueblo», hacen inevitable la revolución social (Estatismo y anarquía, pág. 41). Y al margen de la revolución social «no vemos salvación» (Estatismo y anarquía, pág. 92). La revolución social anarquista la comprende Bakunin como «la emancipación real y total, accesible a todos y, por consiguiente, realmente popular… que surge por sí misma del seno del pueblo, destruyendo todo lo que se opone al desborde generoso de la vida del pueblo a fin de crear luego, desde las profundidades mismas del alma popular, las nuevas formas de la vida social libre» (Estatismo y anarquía, pág. 158). 

En 1873 Federico Engels ridiculizaba de la siguiente manera al antiautoritarismo de los ácratas: «los antiautoritarios exigen que el Estado político sea abolido de un golpe… exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿Es que dichos señores han visto alguna vez una revolución? Indudablemente, no hay nada más autoritario que una revolución. La revolución es un acto durante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra mediante los fusiles, las bayonetas, los cañones, esto es, mediante elementos extraordinariamente autoritarios. El partido triunfante se ve obligado a mantener su dominación por medio del temor que dichas armas infunden a los reaccionarios. Si la Comuna de París no se hubiese apoyado en la autoridad del pueblo armado contra la burguesía, ¿habría subsistido más de un día? ¿No tenemos más bien, por el contrario, el derecho de censurar a la Comuna por no haberse servido suficientemente de dicha autoridad? Así, pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión, o lo saben y, en este caso, traicionan la causa del proletariado. Tanto en uno como en otro caso sirven únicamente a la reacción» (citado por Vladimir Ilich Lenin, El Estado y la revolución, Traducción cedida por Editorial Ariel S.A, Planeta-Agostini, Barcelona 1993, pág. 94). 

Y siguiendo a Engels comenta Lenin: «En efecto, los anarquistas no quieren ver la revolución en su nacimiento y en su desarrollo, en sus tareas específicas con relación a la violencia, a la autoridad, al poder y al estado» (Lenin, 1993: 95). Pues para Bakunin «Estado significa precisamente violencia» (Estatismo y anarquía, pág. 31). La sumisión es la «virtud fundamental del Estado» (Estatismo y anarquía, pág. 36).   

Bakunin situaba a Marx, aunque éste no lo reconociese, como discípulo de Louis Blanc, pero en un nivel muy superior. «El señor Marx es incomparablemente más inteligente e incomparablemente más erudito que ese pequeño revolucionario frustrado y hombre de Estado, pero, aunque sea alemán, a pesar de su talla respetable, tomó su lección del pequeño francés. Esa singularidad se explica, por lo demás, muy sencillamente: el retórico francés, como político burgués y como admirador declarado de Robespierre, y el sabio alemán, en su triple cualidad de hegeliano, de judío y de alemán, los dos son estatistas desesperados y los dos preconizaban el comunismo estatita, con esta sola diferencia, que el uno se contenta, en lugar de argumentos, con declaraciones retóricas, mientras que el otro, como compete a un sabio y a un alemán de peso, rodea ese mismo principio que ambos admiran con toda suerte de sutilidades, con la dialéctica hegeliana y con una profusión de sus conocimientos variados» (Estatismo y anarquía, pág. 169). 

Para Bakunin Marx tenía la falta de todos los eruditos profesionales: era un doctrinario; y, según el filósofo anarquista, Marx, desde sus atalayas, despreciaba al mundo. Es como si Bakunin encasillase a Marx -dicho sea en los términos del materialismo filosófico de Gustavo Bueno- en una implantación gnóstica de la filosofía

Los seguidores de Marx -decía Bakunin- eran ciegos sumisos «que sólo creen en él, sólo piensan a través de él, sólo siguen su voluntad; en resumidas cuentas: que le endiosan y veneran, y que debido a esa idolatría le están corrompiendo, cosa que ya se encuentra en estado muy avanzado. Debido a todo ello se considera realmente el Papa del socialismo, o mejor dicho del comunismo, pues de acuerdo con todas sus teorías es un comunista autoritario -al igual que Mazzini, aunque con otras ideas y de forma mucho más real y terrenal- que persigue la liberación del proletariado a través del poder centralizado del Estado» (citado por Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, pág. 278).

Como le escribe desde Lucarno Bakunin a Ludovico Nabruzzi el 23 de enero de 1872, las teorías de Marx y las suyas «son diametralmente opuestas». Bakunin veía en la dictadura del proletariado la negación de la libertad y la explotación de las masas «en nombre del pueblo mismo» (Estatismo y anarquía, pág. 137). «Nosotros queremos la reconstrucción de la sociedad y la construcción de la unidad de la humanidad, pero no desde arriba, con intervención de autoridad y funcionarios socialistas, ingenieros y demás sabios oficiales, sino desde abajo, por medio de una federación constituida libremente por las asociaciones obreras de todo tipo que se han liberado del yugo del Estado» (citado por Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, pág. 307).

Marx se propuso liquidar los componentes anarquistas de la Asociación Internacional de Trabajadores (la que posteriormente se conocería como Primera Internacional) y dotarla de una potente estructura jerárquica, cosa que Bakunin no podía aceptar de ninguna de las maneras. Asimismo, si para Bakunin era inconcebible el fortalecimiento del Estado, para Marx era imprescindible el fortalecimiento del Estado-nación (la nación política, despreciando a las «naciones sin historia»), para que así el proletariado se desarrollase y organizase sus condiciones de cara a la revolución comunista. Por tanto, interpretaba la revolución burguesa como eslabón necesario en la concatenación histórico-económica que desembocaría en la revolución comunista universal (que resultó ser algo tan imposible como el anarquismo de Bakunin).

Como vemos, tiene toda la razón un famoso autor cuando escribe: «Bakunin difería de Marx como la poesía difiere de la prosa» (Isaiah Berlin, Karl Marx: su vida y su entorno, Alianza Editorial, Traducción de Roberto Bixio, Madrid 2009, pág. 105)

Continuará.

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