El Armagedón y la nueva geopolítica del caos

El Armagedón y la nueva geopolítica del caos. Raul Morales

Escuchaba hace unos días al presidente de CESCE, Pablo de Ramón-Laca, hablar sobre la incertidumbre frente a la impredecibilidad y me gustó el planteamiento, que hago mío si me lo permite. Este, argumentaba que la incertidumbre implica no tener certidumbre sobre lo que ocurrirá, pero dentro de un rango de posibilidades que podemos anticipar. Mientras que lo impredecible, en cambio, surge cuando los acontecimientos escapan totalmente a nuestra capacidad de previsión. Durante décadas nos hemos movido en entornos inciertos, pero razonablemente previsibles; hoy, sin embargo, el mundo se sumerge a gran velocidad en un estado impredecible, en el que cualquier cosa puede ocurrir. Y eso es demasiado decir en un contexto mundial lleno de armas, más si nos planteamos en manos de quien están. No quiero ser alarmista, pero en nuestro días existen ya más autocracias que democracias, 91 frente a 88 exactamente, según el informe del V‑Dem Institute (Universidad de Gotemburgo, Suecia). Esto sin entrar a analizar los países en manos de organizaciones terroristas, de carteles de la droga y islamistas radicales. Tampoco quiero analizar hoy la nueva carrera armamentista 2.0, lo dejaremos para otro día mejor. Solo anunciar que las nuevas armas tecnológicas nos traen un nuevo paradigma de guerra, en el que la escalada militar ya no es disuasoria, se ha convertido en un plan para la destrucción total del adversario, sin opciones a responder a los ataques.

Un reflejo claro de este cambio es el aumento de las barreras comerciales que estamos sufriendo. Es cierto que EE. UU. ha hecho mucho ruido con este tema durante el último año, pero mientras las economías occidentales mantenían un arancel medio alrededor del 2% según la OCDE, los BRICS los escalaban entre el 8 y 9%. Esto ha provocado una guerra arancelaria que ha situado el arancel medio mundial en torno al 17%, el nivel más alto desde 1934. Este es un dato que evidencia un retorno, a políticas proteccionistas que muchos creían superadas. Y lo cierto es que este nuevo contexto arancelario parece haber llegado para quedarse. Los aranceles son un impuesto cómodo para los gobiernos: generan ingresos directos y, al mismo tiempo, permiten construir una narrativa política favorable. Los gobiernos los presentan como una forma de proteger la producción nacional y, cuando la inflación se dispara, siempre existe el recurso de culpar al país extranjero por la subida de los precios.

Mientras tanto, el mundo observa con expectación lo que algunos ya denominan la burbuja de la inteligencia artificial. Las empresas del sector vienen escalando año a año sus valoraciones de mercado, pero en 2025 han alcanzado valoraciones colectivas cercanas a los 200.000 millones de dólares, una cifra que impresiona, pero que contrasta con la realidad financiera: la mayoría de estas compañías reportan pérdidas superiores al 10% en sus cuentas anuales. Este desfase entre valor y rentabilidad nos invita a reflexionar sobre cuánto de este avance tecnológico real, es en realidad euforia especulativa.

Si ampliamos la mirada, hay un actor internacional que destaca sobre todos por su velocidad de crucero. China emerge como un actor central en esta nueva dinámica global. Como ha documentado mi querido amigo Carlos Fernández Roca en su último libro “El Colapso del Orden Internacional”, el país concentra alrededor del 69% de la producción, y lo que es aún más importante, el 90% del refinado mundial de tierras raras. Estos son los minerales que se han convertido en el centro de la batalla geoeconómica, por ser indispensables para la producción tecnológica avanzada, lo que lo otorga una posición estratégica sobre buena parte del desarrollo tecnológico global. Por otra parte, China dispone de un nivel de ahorro en efectivo en dólares americanos, superior a la capacidad de crédito combinada de todas las instituciones financieras internacionales. Las IFIs, que incluyen tanto a los organismos globales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Banco de pagos internacionales) como a los bancos de desarrollo regionales y de las nuevas instituciones emergentes. China tiene cash y no duda en usarlo para convertirse en el hegemón.

Para China, la batalla económica no se centra únicamente en los recursos o la tecnología. El control de las infraestructuras logísticas y de las cadenas de suministros mundiales, son otra poderosa arma que maneja con la solvencia que aporta el ahorro en dólares que acabamos de mencionar. La empresa Panama Ports Company, subsidiaria del conglomerado hongkonés CK Hutchison Holdings en manos chinas, ha operado durante años dos de los cinco puertos del Canal de Panamá. Curiosamente los situados en los extremos del canal, los puertos de Balboa y Cristóbal. Este hecho fue duramente criticado por la administración Trump, que llegó a ordenar una revisión del contrato de concesión alegando riesgos para la seguridad y el control estratégico del canal. Este episodio refleja una vez más, cómo la infraestructura logística mundial se ha convertido en un escenario de rivalidad geopolítica. Precisamente por esto, en paralelo, China impulsa un nuevo eje de transporte en Sudamérica: el corredor ferroviario que conectará la costa atlántica de Brasil con el puerto peruano de Chancay en el Pacífico. Este proyecto, que atraviesa el norte del continente sudamericano, podría reducir en más de una decena de días los tiempos de envío hacia Asia y servir como alternativa complementaria al Canal de Panamá. En realidad, lo que estamos advirtiendo es la consolidación de una red global en la que los grandes corredores logísticos, los puertos estratégicos y las infraestructuras críticas, forman parte de un mismo tablero de rivalidad económica y política.

En definitiva, aunque la escalada armamentística no esperamos que traiga el Armagedón, parece que vivimos en un tiempo en el que ciertamente, la incertidumbre ha dado paso a lo impredecible, y el comercio mundial se reconfigura bajo nuevas reglas fiscales y geopolíticas, donde la tecnología, las finanzas y la infraestructura logística están redefiniendo el equilibrio de poder global, en mayor medida que el rearme estratégico de cada bloque. Y eso es siempre una buena noticia.

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