Para los que no lo sepan —aunque es difícil que haya alguno que lo ignore—, recientemente se celebró el medio siglo del retorno de los Borbones al trono de España, con gran seguimiento mediático e institucional, cuyo objetivo es legitimar (¿o deslegitimar?) el régimen democrático aún vigente. Una intensa campaña propagandística diseñada para mantenerse al menos tres años (hasta finales de 2028, con el medio siglo de la Constitución, con Franco siempre presente y los cien actos prometidos por el Gobierno), que sorprende por el bajo perfil que se le ha intentado otorgar al papel de la Corona y por el modo en que apenas se elogia el carácter patriótico que debiera tener el aniversario, al tiempo que no causa sino apatía e indiferencia entre la ciudadanía.
Hace cincuenta años, el 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I asumió la jefatura del Estado dando comienzo a lo que se ha bautizado como la Transición, aunque sería más correcto aplicar la denominación de II Restauración. Lo que vino a continuación es conocido: el franquismo se transformó de manera voluntaria en una monarquía parlamentaria, adecuada al modelo europeo vigente salido de la nueva Constitución promulgada en 1978, una norma fundamental que ha llegado hasta hoy y que se presenta como el capítulo más fructífero y próspero de nuestro pasado reciente. Los analistas políticos e historiadores (con algunas contadas excepciones) coinciden en que supuso la recuperación de las libertades cívicas, el bienestar social, la superación de las divisiones entre españoles que tantas tragedias habían provocado; en resumen, la llegada de la democracia, aun cuando dicho vocablo se preste a la confusión y existan numerosos aspectos criticables. Tampoco son pocos los que denuncian que, en realidad, nunca ha sido una democracia real sino más bien una partitocracia[1].
Para las generaciones nacidas tras la muerte del anterior Jefe del Estado, que representan más de dos tercios de la población (incluyendo los millones de inmigrantes que desde entonces han arribado), no es sino un capítulo de los libros de Historia o de los noticiarios oficiales, algo tan ajeno como lo era para nosotros que lo vivimos el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial.
Por ello, no es baladí dedicarle unas someras reflexiones en momentos en que el sistema político actual y la misma concepción del Estado están tambaleándose ante los retos del siglo XXI (inmigración masiva, envejecimiento de la pirámide poblacional, fuerzas disgregadoras internas y centrífugas, nuevo mapa geopolítico mundial, tecnificación). Asimismo, debemos enfrentarnos con franqueza a las cuestiones vitales que se hace una sufrida juventud que duda del relato oficial y que, sin temor a equivocarnos, podemos —siguiendo a Ramiro Ledesma— calificar como una juventud en la intemperie: ¿Estamos ante el final de un ciclo histórico? ¿Qué vendrá después? ¿Existe un futuro que supere la bonanza social y económica que vivieron sus mayores o deberán asumir con pasividad el fin de la Historia?
Para obtener respuestas, o al menos intentarlo, es de suma importancia detenernos y mirar hacia atrás. Revisar y hacer un ejercicio de estudio comparado que nos permita tener una visión más clara de cómo se ha llegado hasta aquí y permitir avistar el mañana. Sin conocer el pasado es imposible vislumbrar el futuro.
La Historia siempre se repite
Retrocedamos un siglo, 1874/1975. Otro Borbón fue restaurado entonces en el trono, como le sucediera a Juan Carlos I un siglo después. En diciembre de 1874, tras años convulsos —con violentas guerras civiles, la caótica Primera República, una monarquía importada desde Italia con Amadeo de Saboya, el golpe militar del general Pavía que entra en el Congreso, y el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto— vuelve a la jefatura del Estado español un joven príncipe, Alfonso XII. Daba inicio un largo período histórico de más de medio siglo que recibiría el nombre de La Restauración. Al igual que ahora, se prolongó más de cinco décadas.
Coincidió con el fin de las intermitentes guerras civiles carlistas, liberales-absolutistas y cantonalistas (1820-1876); se superó la injerencia constante de los estamentos militares en la política mediante pronunciamientos y cuartelazos; y se dio paso a un modelo parlamentario dominado por el bipartidismo entre conservadores y liberales, la izquierda moderada del momento. Con figuras emblemáticas como Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo-Sagasta al frente de cada partido (permitiendo las libertades políticas y de prensa, la existencia de sindicatos de clase y partidos políticos minoritarios opositores). España se incorporó a la Revolución Industrial, con la irrupción de las clases medias y proletarias, la educación y la sanidad pública, que supusieron un cambio radical en la sociedad española que vio nacer la Modernidad entrando en el siglo XX.
En 1902 accedió al trono Alfonso XIII, tras haber fallecido su padre en 1885 y haber ejercido durante casi dos décadas la regencia su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena. España comenzó a tener un lugar en Europa, aunque por múltiples circunstancias se abstuvo en gran medida del reparto colonial y de la Gran Guerra (1914-1918), sufriendo la pérdida de sus últimas posesiones de ultramar en una breve contienda con EE.UU. en 1898, y embarcándose en un proyecto colonial en Marruecos, al norte con el protectorado y al sur con el Sáhara. Son años en los que los nacionalismos internos catalán-vasco-cubano se desarrollan reclamando un papel identitario propio frente al nacionalismo español (si bien tan solo la provincia de Cuba logró su independencia, lo que se produjo gracias a la intervención estadounidense), y en los que los conflictos sociales, impulsados por un poderoso movimiento anarquista, se convirtieron en una constante.
En abril de 1931, tras décadas de crisis, la Restauración terminó con la llegada de una república autoproclamada y viciada desde su origen, seguida de una Guerra Civil (1936-1939) que dejó profundas heridas en nuestra memoria colectiva. El proyecto monárquico reformista que había durado casi seis décadas se hundió de manera precipitada sin que nadie lo defendiera, pese a los intentos de regenerarlo incluso con mano de hierro, como el modelo autoritario del general Primo de Rivera (1923-1930). Dos Borbones, Alfonso XII y Alfonso XIII; un sistema bipartidista agotado y desacreditado; fuerzas disgregadoras (republicanas de izquierda y nacionalistas) que aspiraban a derribarlo; una reordenación internacional entre EE.UU. y los totalitarismos fascistas y comunistas. Nada pudo salvarla.
Conviene llamar la atención al lector sobre que el período anterior es una descripción casi coincidente, con asombrosas similitudes, respecto a nuestra II Restauración (1975-2025). Juan Carlos I también llegó al trono, como un siglo antes, gracias al poder militar encarnado en la figura del general Francisco Franco, encabezando un modelo político donde los franquistas se adaptaron, como en la primera Restauración, al sistema parlamentario. Se había sufrido una república caótica y una guerra civil sangrienta, tras la cual hubo un período de paz y reconstrucción bautizado como franquismo.
La partitocracia liderada en la derecha —UCD y Alianza Popular (después PP)— liderada por las élites del régimen anterior. Suárez había sido el último secretario general del partido único FET-JONS, aunque ahora se presentase como centrista; Fraga Iribarne había sido ministro de Información y Turismo en sucesivos gobiernos de Franco. A la izquierda, el Partido Comunista (PCE) y el Partido Socialista (PSOE). Felipe González será el Sagasta del momento, así como Suárez-Fraga fueron Cánovas. Los gobiernos derecha-izquierda se sucedieron en un turnismo que podría considerarse pactado hasta la llegada de Felipe VI, que contempló el inicio de una crisis del sistema político que ha marcado el rumbo hacia el fin del régimen monárquico, en el que los partidos tradicionales también han sufrido las consecuencias, faltos de liderazgo y arraigo social. Como en la I Restauración ahora nacieron formaciones alternativas como Ciudadanos, Podemos o Vox.
Del mismo modo que el comienzo del siglo XX debe considerarse el principio de la descomposición del modelo restauracionista anterior, con un nuevo monarca —Alfonso XIII—, el siglo XXI vio la llegada de Felipe VI, tan inócuo como lo fue su abuelo, con el eje bipartidista PSOE-PP en descomposición; una desafección rampante entre los jóvenes ante la política; Cataluña y el País Vasco como conflictos eternizados; y los valores morales de la sociedad en cuestión. La amenaza revolucionaria (marxista y anarquista), real a finales del siglo XIX y principios del XX, ha sido sustituida hoy por la invasión inmigratoria y la presión islamista, tan peligrosas como aquellas. El mapa geopolítico de Occidente se enfrenta a China y sus aliados, como antes a EE.UU. y la Rusia soviética.
Aprovechando las circunstancias, las fuerzas desintegradoras radicalizaron su ofensiva, especialmente desde la llegada del gobierno de Pedro Sánchez, provocando una degradación institucional, política, social y moral que se ha extendido entre la ciudadanía, pero sobre todo entre los jóvenes, como indican todas las encuestas.
El proyecto socialista para acelerar la crisis de la II Restauración
Convencidos como están de que tras una profunda degeneración del sistema institucional emergerá un nuevo régimen —que desean sea republicano—, se han propuesto cavar un foso aún más profundo entre las dos Españas y enfrentarlas. El famoso “muro” de Pedro Sánchez para dividir a los ciudadanos entre buenos y malos. Un proyecto compartido por las izquierdas, tanto políticas como mediáticas, junto a las élites económicas globalistas cuyos objetivos aparentan ser antagónicos pero resultan coincidentes.
Para ello se disponen a modificar legislativamente el Modelo del 78, eliminar la monarquía borbónica, ejecutar un plan de ingeniería social para hacer desaparecer la nación española —tanto étnica como culturalmente— y favorecer la fragmentación en micronacionalismos separatistas. Algo que muchos expertos han denunciado desde hace años al dar a conocer los proyectos para implementar una izquierda hegemónica y una “democracia radical”, como hiciera Antxón Sarasqueta, cercano al PP (fue presidente del Consejo de Telemadrid)[2].
Alcanzar su objetivo de conquistar el poder de manera indefinida solo será posible, considera la izquierda, si se implementan nuevos métodos de control social. Las herramientas que utilizan son muchas y exceden el propósito de este breve ensayo, por lo que nos ceñiremos a aquellas que les permiten manipular y falsear la memoria colectiva de la sociedad española, deformando deliberadamente la historia reciente.
El mismo uso del término Transición es significativo e indica una intencionalidad: lograr, en primer lugar, dar la impresión de distancia respecto al período anterior, de ruptura con las cuatro décadas del franquismo, cuando ello no se produjo, pero la opinión pública lo ha asumido como realidad. En segundo lugar, se evitaba que la monarquía borbónica quedase ligada en la memoria colectiva como sucesora del régimen anterior.
Tras quedar definitivamente instalada la II Restauración, a mediados de la década de 1980 con el turno en el Gobierno del PSOE, no fue necesario seguir la campaña propagandística. No fue hasta la vuelta al Gobierno en abril de 2004 del Partido Socialista, con Rodríguez Zapatero al frente, cuando consideraron llegado el momento de ejecutar la segunda parte de su proyecto. Entre las herramientas utilizadas estuvo la Ley de Memoria Histórica (diciembre de 2007), con la que se pretendió reabrir la polarización de la sociedad española, recuperando la división entre ciudadanos de uno u otro bando, con un tono guerracivilista. El hecho de que el PP retornase al poder en 2011 supuso de facto su paralización, aunque no fue derogada ni siquiera con la mayoría absoluta de Mariano Rajoy.
El inesperado (¿o pactado?) retorno de los socialistas a la Moncloa en junio de 2018, dirigido por Pedro Sánchez, estuvo acompañado de renovados bríos para acelerar la llegada de un nuevo régimen. Sin embargo, no fue hasta el segundo mandato, en enero de 2022, cuando se recrudeció. La izquierda radical representada por Unidas Podemos, que entró en el Gobierno con ministerios y una vicepresidencia, junto al ideólogo de la ruptura, Pablo Iglesias, nunca ocultó sus intenciones. Basta recordar la entrevista en julio de 2015 en la revista británica New Left Review, donde Iglesias presentó su programa ideológico, “España en la encrucijada” [3]. Allí describió en detalle su respuesta a lo que denominaba crisis orgánica del modelo del 78. Lo importante, en sus palabras, era ganar “la batalla de la interpretación social”.
La conclusión era clara: la II Restauración había entrado en agonía y era necesario superarla rompiendo con el pasado hasta alcanzar un régimen republicano. Dentro del PSOE también se compartía dicha visión del problema institucional, si bien evitando un enfrentamiento directo con la monarquía. Pero no en pocas ocasiones reconocieron plantear como eje central un cambio radical del modelo político, en pos de la “regeneración democrática” reclamada por Sánchez, tal como señalaron Ignacio Arsuaga y Miguel Vidal en Proyecto Sánchez: crónica de la demolición de España (2021).
Recuérdense en este contexto las palabras del ministro de Justicia Juan Carlos Campo en junio de 2020 en el Congreso, donde se refirió a la existencia de una “crisis constituyente” y a la necesidad de abrir dicho debate, aunque luego matizara sus palabras. Su posterior designación como magistrado del Tribunal Constitucional en diciembre de 2022 fue prueba de la existencia de este proyecto. Sánchez, del mismo modo, reconoció pocas semanas después en una rueda de prensa que era una cuestión “interesante”, si bien aún era temprano ante la inestabilidad que podría generar, sin negar sus simpatías por la república como modelo de jefatura del Estado ni la existencia de una necesidad de transformar el actual marco institucional, lo que denominó eufemísticamente “regeneración democrática”.
Conscientes del fracaso de la Ley de Memoria Histórica del turno socialista anterior, se promulgó en octubre de 2022 la Ley de Memoria Democrática, destinada a ser herramienta represiva de los disidentes ideológicos y base para el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, que gracias a esta norma recibirían una visión sesgada y mediatizada de la Historia. Con ella también se tensó y polarizó a todos los que se opusieran a su proyecto político, al tiempo que se dulcificaba la memoria colectiva de las tragedias que proyectos similares provocaron en el siglo XX.
Se construyó una leyenda benigna de la Segunda República, elogiada por el propio Sánchez en las Cortes en abril de 2021 con motivo del 90.º aniversario de su proclamación. La Guerra Civil habría sido una lucha entre demócratas y fascistas, simplificando hasta lo absurdo el conflicto y condenando a media España. Al igual que Zapatero, Sánchez aprovechó para reivindicar las Brigadas Internacionales comunistas que combatieron en el Ejército Rojo. Esto se materializó en la nueva concesión de la nacionalidad española a sus descendientes en noviembre de este año, copiando el mismo gesto propagandístico de su mentor ZP.
La degradación institucional se acrecentó con la llegada del último gobierno de Pedro Sánchez en otoño de 2023, ya en minoría parlamentaria y en coalición con Sumar, pero con el apoyo de las fuerzas desintegradoras nacionalistas. Se aprovechó el momento para impulsar el acoso y derribo de todo lo que pudiera impedir el triunfo de su proyecto político. Amparándose en que se trataba de pactos eventuales para la legislatura, se procedió a desmontar la estructura del Estado en Cataluña y el País Vasco, facilitando la fragmentación y división entre ciudadanos (cesiones a los gobiernos autonómicos, equiparación simbólica y política con el Estado en actos y banderas, amnistía para justificar el intento separatista catalán de octubre de 2017).
Recientemente se ha intentado avanzar en leyes orgánicas para censurar los medios no oficiales (Ley Begoña), controlar la justicia (Ley Bolaños), y al mismo tiempo se han asaltado instituciones fundamentales para disponer del control absoluto del aparato estatal: ejecutivo, legislativo y judicial. El Tribunal Constitucional ha sido el ejemplo más notorio, pero no el único (escala diplomática, Banco de España, Tribunal de Cuentas, Fiscalía, mandos de las fuerzas de seguridad, RTVE, incluso el Instituto Cervantes).
La manipulación del vocabulario forma también parte de este plan trazado. Los miembros del Gobierno evitan deliberadamente referirse a España y utilizan el eufemismo “Estado español”. El país está dividido entre “progresistas” (votantes de un futuro Frente Popular rupturista) y la difusa “ola reaccionaria” (todos los demás), tal y como aparece sin tapujos en el programa electoral del PSOE para las elecciones de 2023. A ello se suma una larga lista de neologismos utilizados para camuflar expresiones que podrían resultar poco aceptables para el votante, pero que debido a su continua repetición han perdido su connotación: “crecimiento negativo” para referirse al decrecimiento económico, “migrante” para los extranjeros que entran ilegalmente en territorio nacional. Un aspecto estudiado en detalle por los lingüistas.
¿A qué nos enfrentamos?
Es en este momento, tras la exposición anterior, cuando llegamos a lo fundamental: intentar responder a la incógnita de qué tenemos por delante y cómo se modelará España en las próximas décadas; cuál será el legado para nuestros hijos y nietos; cómo se escribirá la Historia de España en los textos escolares dentro de medio siglo.
Siempre se ha considerado que la labor de los historiadores es revisar el pasado para comprender el futuro, pese a los críticos del presentismo que desdeñan las advertencias y conclusiones que del análisis histórico se derivan, acusándonos de pesimistas sociológicos (cuando no de fascistas, epíteto habitual entre los voceros del sanchismo, o peor aún, nostálgicos del franquismo, un régimen desaparecido hace medio siglo). Es imposible predecir el futuro. Es la única certeza que tenemos. Pero ello no impide intuirlo aplicando metodológicamente las enseñanzas del pasado, que permiten disponer de indicios suficientes para anticipar acontecimientos venideros. La Historia, en mayúscula, es una sucesión de hechos que reflejan la idiosincrasia de un pueblo, las formas de asumir riesgos y retos, el modo en que responde ante los problemas colectivos. Por desgracia, el pasado está plagado de ejemplos trágicos y sangrientos, que nos vaticinan un futuro incierto y sombrío. Es otra de las lecciones que esta disciplina nos revela: que, de una forma u otra, aunque se retrase, tarde o temprano las sociedades terminan plagiando su pasado.
Quien escribe estas líneas dista de desear ser agorero, aunque no cabe la menor duda de que España se encuentra ante la mayor encrucijada desde hace un siglo, cuando la Restauración firmó su acta de defunción en 1931. Es preciso evitar que el país se precipite hacia una nueva guerra civil. Imprescindible es un proyecto regenerador que sane los síntomas de la enfermedad que nos consume como sociedad, supere los signos de agotamiento e insufle a las nuevas generaciones confianza en el futuro, aunque ahora tengamos un enemigo en casa de brutales e imprescindibles consecuencias (la inmigración extraeuropea).
Ahora, como entonces —cuando los intelectuales de principios del siglo XX clamaban en el desierto con Joaquín Costa, Ortega y Gasset, la generación del 98 y otros—, es preciso asumir con valor los nuevos retos y trabajar en comunidad para lograr un gran pacto social. Un primer paso será que los intelectuales conservadores recuperen su protagonismo perdido, tal como ha propuesto recientemente el profesor Pedro Carlos González Cuevas[4]. Sin ello, será muy difícil que se asiente este proyecto de rearme mediante el debate intelectual y la lucha por la hegemonía cultural que pueda dar respuesta a los problemas actuales.
Queda tan solo una salida: tomar todas las armas de las que dispongamos para defendernos en la guerra de las ideas que ya se está librando, antes de que el enemigo imponga su fuerza y se desencadene la tormenta, logrando imponerse de nuevo a sangre y fuego. La Historia, si algo nos enseña, es que los humanos tenemos una tendencia innata a caer en lo más profundo, y que no ha existido una paz permanente y duradera desde que el hombre es hombre. Siempre hay alguna chispa que inicia el incendio cuando menos se espera.
No recordar las lecciones de la Historia es facilitar que se repita. Como ha ocurrido a lo largo de los siglos de manera intermitente, ahora también España, Europa y Occidente están al borde del abismo. No lo olvidemos. Es preciso actuar.
[1] Algo que ya vislumbró de manera profética Gonzalo Fernández de la Mora cuando anunciaba el final de las ideologías como pilares del gobierno de la sociedad a finales del franquismo y vislumbraba el desastrozo proyecto partitocrático que seguiría. El crepúsculo de las ideologías. Madrid, Ediciones Rialp, 1965.
[2] blog.sarasqueta.com.
[3] New Left Review, tanto en su edición inglesa como española, n.º 93, julio-agosto 2015, pp. 33-54.
[4] “La traición de los intelectuales”, en Razón Española, n.º 250, julio-agosto, 2025, pp. 19-32.