La raza, el retorno intempestivo de una idea maldita – (y VII)

La raza, el retorno intempestivo de una idea maldita – (y VII). Adriano Erriguel

La última batalla de los indoeuropeos

El término “indoeuropeo” es una noción fundamentalmente lingüística, no racial o étnica. No obstante, cualquier enfoque más o menos extenso sobre las razas y el racismo parece incompleto si no aborda, en un momento u otro, la cuestión de los indoeuropeos y su existencia real o figurada. 

Los indoeuropeos son – por un lado – materia de rigurosa investigación científica, y por otro lado una polémica sulfurosa. Tras el misterio indoeuropeo se proyecta – de forma fantasmagórica para algunos – la sombra ominosa de la raza aria. ¿Prejuicios políticos? ¿Quimeras paranoides? ¿Hay quizá algo de real en ello? Un debate que está lejos de cerrarse.

El objetivo de estas líneas no es ofrecer una síntesis sobre la cuestión indoeuropea – una tarea ingente, incluso para los intentos más modestos–. Más allá de la historia intelectual de la “ciencia indoeuropa”, nuestro propósito es ofrecer algunos apuntes sobre la discusión metapolítica que rodea a este dossier. De lo que se trata aquí es de observar cómo una cuestión científica puede ser secuestrada por los prejuicios políticos, cómo los prejuicios corrompen los saberes objetivos y los insertan en el marco interpretativo de un “relato”. Intentaremos también ver qué es lo que está en juego en el fondo de esta polémica

Más allá del ámbito científico, la cuestión indoeuropea sigue siendo, hoy por hoy, un campo de enfrentamiento en la batalla de las ideas. ¿La última batalla de los indoeuropeos?

El nacimiento de una ciencia

Por inabarcable que parezca, la cuestión indoeuropea se condensa en unas cuantas definiciones sumarias. El indoeuropeo designa en primer lugar a un sistema lingüístico forjado en épocas remotas y que tiene su fuente en una lengua madre original. Las lenguas vivas y muertas que derivan de ese sistema lingüístico son las lenguas de la gran familia indoeuropea, un arco geográfico que abarca desde la India hasta Islandia y que comprende a la mayor parte de las lenguas europeas actuales.

En segundo lugar, el término “indoeuropeos” designa a los pueblos históricos que originariamente hablaban las lenguas indoeuropeas. Nótese a este respecto que, si la noción de indoeuropeo es ante todo una noción lingüística, es a partir de la lengua que esta noción se extiende a otros aspectos de la antropología y de la cultura.

En tercer lugar, sabido es que toda lengua estructura las mentalidades de sus hablantes y traduce una visión del mundo. La indo-europeización de la Europa prehistórica constituye, en ese sentido, “una etapa fundadora”, en cuanto se trata de la primera cultura de la cual las informaciones no se limitan al testimonio de la arqueología, sino que remiten al redescubrimiento de un patrimonio espiritual común. A través del estudio sistemático de las mitologías, de las estructuras narrativas y de las fórmulas poéticas identificadas en las tradiciones épicas, el método comparativo permite reconstituir la ideología y los valores que constituyen el legado indoeuropeo.[1]

El “descubrimiento” de los indoeuropeos tuvo su origen en una serie de intuiciones de eruditos y filólogos europeos entre los siglos XVI y XIX, a partir de la observación de concordancias sintácticas, morfológicas y lexicales entre idiomas tan aparentemente alejados como el sánscrito, el persa antiguo, el griego, el latín y las lenguas célticas y germánicas. El Juez inglés William Jones – funcionario de la Compañía de las Indias Orientales en Bombay – enunció en 1786 la hipótesis de que todas esas lenguas podrían ser los retoños de una lengua común que se ha perdido para siempre. A lo largo del siglo XIX estas especulaciones fueron transformadas en una ciencia por derecho propio, con el impulso de pensadores como Friedrich Von Schlegel, científicos como Alexander Von Humboldt y folkloristas como Jacob Grimm. Entrado el siglo XX los estudios indoeuropeos desembocaron en una floreciente disciplina, en la que la sociolingüística recibió el auxilio de la antropología, la arqueología, la paleontología linguística y la historia comparada de los mitos y religiones. Una aventura intelectual en la que se planteaba una pregunta recurrente: ¿dónde nació el idioma indoeuropeo común (también conocido como “proto-indoeuropeo”)? O dicho de otra forma ¿En qué lugar del mapa está la cuna de los indoeuropeos?

A la sociolingüística, la arqueología y la mitología comparada se añade, desde hace tan sólo unas décadas, un nuevo medio de investigación: la genética.[2]

En el centro de la polémica

Desde fechas bien tempranas, la ciencia de los indoeuropeos se vio contaminada por las ideologías. En un trabajo titulado “El lado oscuro de la ilustración”, la politóloga alemana Gudrun Hentges demuestra que las elucubraciones racistas fueron frecuentes entre los pensadores ilustrados y se prolongaron en diversas corrientes de racismo “científico”.[3]A lo largo del siglo XIX el pujante nacionalismo alemán permeó en la antropología, la lingüística y la arqueología, a las que utilizó como soporte científico de su visión de los germanos como civilizadores de la humanidad. Teorías como el darwinismo social o la idealización de los “arios” por el Conde de Gobineau – entre otros – coadyuvaron en este clima de la época. La “Raciología” (Rassenkunde) emergió como sistematización “científica” de la creencia en las cualidades intrínsecas de las razas, y los indoeuropeos (o “indogermanos”) acabaron así reclutados para la Causa del nuevo Reich alemán. 

Los germanos son un pueblo “portador de cultura”(Kulturträger): éste era el axioma de la historiografía alemana en el siglo XIX. La tesis de las migraciones indogermánicas como matriz de la civilización abundaba en la visión del Norte como patria ancestral: una vieja idea de la etnografía clásica que apuntaba a un lugar entre Escandinavia y el Báltico como “fábrica de naciones y matriz engendradora de pueblos” (Vagina Pentium). De forma casi fatídica, los “indogermanos” se vieron asociados a la construcción de lo que el historiador León Poliakov denomina “el mito ario”: una doctrina “nordicista” o “ario-nórdica” que terminaría identificándose con la Alemania nacionalsocialista, pero que – como escribe Jesús J. Sebastián – “llevaba varios siglos fluyendo por las frágiles aberturas ideológicas del humanismo europeo”.[4] Sus aberrantes resultados son de sobra conocidos. 

No tiene mucho de extraño que, en el siglo XXI, a pesar de los progresos de una ciencia purgada de desvaríos nacionalistas, los indoeuropeos sigan siendo, en cierto modo, una materia tóxica. La sombra de la “bestia rubia” (Nietzsche) es alargada, como pudo comprobar en persona uno de los más grandes sabios del siglo XX: el eminente lingüista, mitólogo y comparatista francés George Dumézil (1898-1986).

¿Hay que quemar a Dumézil?

Junto al lingüista Émile Benveniste, Georges Dumézil es la gran figura francesa de los estudios indoeuropeos en el siglo XX. De hecho, hay un antes y un después de Georges Dumézil en la historia de esta disciplina. 

Historiador de las religiones, conocedor de 35 lenguas vivas y muertas, Dumézil se impuso como objetivo desentrañar la estructura fundamental del pensamiento indoeuropeo. Tras una vida dedicada a rastrear concordancias entre los sistemas mitológicos de los pueblos ancestrales, Dumézil restituyó el sustrato ideológico que permeaba su visión del mundo: una “ideología trifuncional” cuyas aplicaciones se declinaban en todos los ámbitos de la vida social y de la vida del espíritu. 

¿Cuáles son los fundamentos de esa ideología indoeuropea?

Básicamente, los de una organización social articulada en tres principios: 1) el acatamiento a una soberanía vinculada a los cielos y guardiana de las leyes 2) la fuerza física, específicamente militar 3) el bienestar y la prosperidad en torno a las ideas de riqueza, salud y fertilidad. Dumézil identificó en esta ideología try-funcional los pilares que sostenían a las sociedades indoeuropeas: la soberanía mágico-religiosa y jurídica, las virtudes marciales, el bienestar económico y la fecundidad. “Una ideología – escribe el historiador Georges Sokoloff – en la que la riqueza o el placer (considerados como fines o utilizados como medios) aparecen sistemáticamente como menos respetables que el imperium del poder o la gloriosa fuerza de las armas. Una ideología que se manifiesta en lo que creemos saber sobre la preferencia de los indoeuropeos por todo lo que es marcial y viril, en detrimento de lo femenino. Una ideología presente en las “guerras de fundación” de las leyendas indias y escandinavas, de las que Dumézil subrayaba con entusiasmo las similitudes”.[5]Dicho de otra forma:  el Cielo, los Héroes, la Felicidad, por este orden. La jerarquía de valores del mundo indoeuropeo.[6]

La carrera de Dumézil transcurrió en la calma del erudito alejado del mundanal ruido. Ello fue así hasta que, en octubre de 1978, la Academia francesa lo eligió como miembro de número. No obstante en 1972 Dumézil había protagonizado un episodio polémico, cuando aceptó colaborar en un número especial que la revista Nouvelle École– dirigida por Alain de Benoist – dedicó a su obra. Que Dumézil aceptase colaborar con el máximo teórico de lo que, años después, sería conocida como la “Nueva derecha” (la Nouvelle Droite) colocó a Dumézil (y por ende a los estudios indoeuropeos) en la diana del mandarinato intelectual parisino. Que el contenido de dicho número – preparado por alumnos de Dumézil – no fuera polémico y que la colaboración hubiera sido acordada no a la entonces desconocida “Nueva derecha”, sino a un periodista cultural del Figaro Magazine (posición de Alain de Benoist en aquél entonces), no fueron impedimentos para que Dumézil se convirtiera en un sospechoso. Hay proximidades que matan. 

Los ataques en regla comenzaron en 1991  – fallecido ya Dumézil – cuando un artículo en el diario Libération señalaba que el libro “Mitos y Dioses de los Germanos” – publicado por Dumézil en 1939 – había “misteriosamente” desaparecido de las bibliotecas. El artículo en cuestión se hacía eco de la afirmación de un universitario, Daniel Lindenberg, según el cual Dumézil proclamaba en dicho libro su esperanza de que Hitler “remitificara a Alemania”.[7] Lindenberg se apoyaba, a su vez, en un artículo que el historiador Carlo Ginzburg había dedicado a Dumézil en 1984, en el que de forma muy elíptica y velada este investigador italiano arrojaba sospechas sobre las supuestas afinidades pro-nazis del autor de “Mito y Epopeya”.[8] El hecho de que el libro en cuestión no sólo no hubiera “misteriosamente” desaparecido, sino que estuviera disponible y careciera de apologías pro-nazis, no impidió que la polémica desembocara en una caza de brujas contra la memoria de Dumézil. Como siempre pasa con los rumores y procesos de intención, el mal ya estaba hecho.[9]

Es casi ridículo tener que insistir que Dumézil jamás se preocupó, a lo largo de su carrera, de cuestiones “raciales”. Como historiador de las religiones Dumézil jamás había visto en los indoeuropeos otra cosa que no fuera un conjunto de formas culturales y de estructuras de pensamiento. En realidad, estaba claro que Dumézil – antiguo franc-masón, expulsado de la universidad por el régimen de Vichy, oponente al “racismo ario” antes y después de la guerra – no podía ser el verdadero objetivo de esta campaña.

El verdadero objetivo eran los estudios indoeuropeos.[10]  

Una página en blanco              

De forma sorprendente, los estudios indoeuropeos brillan por su ausencia en los programas escolares. Las grandes civilizaciones de la antigüedad se incluyen en los planes de estudios, pero la mirada casi nunca se dirige hacia la protohistoria de la mayor familia lingüística del mundo: las lenguas europeas. Cabe sospechar que ello no tiene nada de inocente. 

Los programas escolares en la Europa occidental se ajustan hoy a las directrices ideológicas “diversitarias”. El objetivo es promover un enfoque “global” y “conectado” de las civilizaciones, en el que el estudio del pasado europeo se integre, en pie de igualdad, con el del mundo extra-europeo. Se privilegia para ello un enfoque que “cuestione” y “problematice” el pasado según la fórmula deconstruccionista de la filosofía posmoderna. Objetivo: acabar con lo que los pedagogos llaman “el relato nacional” (“Récit” o “Roman national”, en Francia) es decir: las historias nacionales de los pueblos europeos. Con la finalidad obviamente de imponer otro relato: el de la globalización como culminación salvífica de la Historia humana. De lo que se trata, en suma, es de fabricar un Homo Globalis, un probo ciudadano del mundo para el que la cultura de los Xhosa o la civilización de Benin tengan la misma importancia que la de los constructores de las catedrales de Reims o de Colonia. 

Los indoeuropeos sobran en este planteamiento, lo cual explica que sean el objeto de una ofensiva científica. Algo que, en sí, no debería impresionar a nadie. A estas alturas debería estar ya claro que la objetividad de las ciencias sociales es casi siempre relativa. Los niveles de seriedad varían, pero lo que no varía es el hecho de que las ciencias sociales parten, casi siempre, de una elección de enfoques, de apuestas metodológicas y de apriorismos ideológicos que condicionan los resultados finales. El estudio de la protohistoria europea no es una excepción: a las manipulaciones nacionalistas de antaño han sucedido las manipulaciones globalistas de hogaño. Con un añadido: el actual enfoque ideológico-moralista no hace ningún esfuerzo por ocultarse. Un simple ejemplo nos ayudará a entenderlo.

En el año 2014 el arqueólogo francés Jean-Paul Demoule publicaba el libro “¿Pero a dónde han ido a parar los indoeuropeos?” con el objetivo de desmontar el “Mito de origen de Occidente”.[11]¿Conclusión?: los indoeuropeos jamás han existido. Demoule desempolva una vieja tesis: los sistemas lingüísticos se reproducen por sistemas reticulares de ósmosis, aculturación y parentesco, por lo que no se precisa de ninguna migración indoeuropea para explicar el origen de las lenguas del continente. La lengua se transmite entre los hombres al igual que otras técnicas culturales – tales como la agricultura – y no es necesario que venga nadie de fuera a introducir innovaciones. Los indoeuropeos serían así un mito histórico-político: el de la “raza aria” como “gran relato” de la civilización europea. La sospecha política sirve para silenciar a los oponentes.[12]¿Fin del debate?

Adalid de la “protohistoria trangresiva” (sic), campeón de lo arqueológicamente correcto y gran cazador de nazis en la prehistoria, Jean-Paul Demoule responde a un propotipo preciso: el universitario debelador de mitos a favor del viento político-institucional dominante. Sus esfuerzos responden al objetivo – abiertamente proclamado – de demostrar que “Francia ha sido en permanencia una tierra de inmigración”, que el primer francés fue “un inmigrante de la familia de los Homo habilis y del Homo erectus”, y que en la prehistoria “todos éramos mestizos”. Anacronismos que merecerían el desdén científico en una época menos ridícula que la nuestra, pero que hoy sólo merecen el parabién de las autoridades. Así se valida –  con el tampón oficial de Bruselas – el relato de Europa como popperiana “sociedad abierta” desde el neolítico.[13]

Indoeuropeos: la búsqueda de un “relato”

En la polémica metapolítica sobre los indoeuropeos casi todo es cuestión de “relato”. Una disputa en la que se plantean varias cuestiones. ¿Son los indoeuropeos los ancestros de los europeos actuales? ¿Forman parte de su larga memoria identitaria? ¿O es ideológicamente inadmisible plantearlo en esos términos?

A decir verdad, los indoeuropeos dan mucho juego y las posibilidades de interpretación son amplias. El nacionalismo alemán se sentía cómodo con la idea de una gran migración indoeuropea, a la que con parafernalia científica asociaba a la marcha civilizatoria de la “raza aria”. A comienzos del siglo XX el arqueólogo Gustav Kossinna – estudioso de la cultura de la “cerámica cordada”– formuló su teoría de la “arqueología de los asentamientos” (Siedlungsarchäologische Methode) según la cual las culturas arqueológicamente identificables se correspondían a pueblos particulares en sentido genético. De esta forma la biología y la cultura quedaban vinculadas, y los restos de culturas materiales eran utilizados para trazar los desplazamientos de los pueblos (germánicos en este caso). Como la cultura de la cerámica cordada – identificada con los “indogermanos”– se expandía por toda Europa central y oriental, la arqueología alemana podía entonces reivindicar la germanidad ancestral de la mayor parte del continente.[14]Ni que decir tiene, las ideas de Kossinna fueron entusiásticamente adoptadas por los nazis (Kossinna murió antes de la llegada de Hitler al poder). También es fácilmente comprensible que, finalizada la guerra, esta tesis (ahora llamada “migracionismo”) cayera en desgracia. ¿Cómo explicar entonces la expansión de las lenguas indoeuropeas?

Si bien el negacionismo de los indoeuropeos encuentra aún eco en los medios no especializados, la conclusión de la comunidad científica es prácticamente unánime: a la luz de los datos actuales – de la linguística, de la arqueología y de la paleogenética – la tesis de la inexistencia no se sostiene. En su defensa, los negacionistas batallan contra un ejército de “hombres de paja” e hipertrofian los trabajos (ampliamente superados) de los siglos XIX y XX; pero este empecinamiento raya en el absurdo. El rastreo de las migraciones a través del ADN antiguo, hoy posible, ha puesto fin a décadas de polémica científica. Los resultados inequívocos de la paleogenética – revelados en un estudio pionero publicado en 2015 en la revista Nature – supusieron un “shock” para el consenso arqueológico imperante. Y ello en varias direcciones.[15]

En primer lugar, queda demostrado que inmigración sí hubo, y –  como señala el genetista David Reich, de la Universidad de Harvard – “a una escala que ningún arqueólogo moderno, incluso el defensor más ardiente de los fenómenos migratorios, se hubiera atrevido a proponer (…) La asociación entre las características arqueológicas de la cultura de los cordados (sepulturas y artefactos) y las características genéticas de las poblaciones de las estepas es un hecho comprobado”.[16]Los análisis de Y-DNA relativos a filiación masculina revelan un impacto genético dramático en Europa y Asia entre el cuarto y el segundo milenio A. C., la época de la gran expansión de los pueblos de la estepa.[17]

En segundo lugar, se clarifica el aspecto central del rompecabezas indoeuropeo: la cuestión del “lugar de origen”. Los análisis de ADN inclinan la balanza hacia una de las hipótesis en liza: la de las estepas euroasiáticas. Los hallazgos de ADN corroboran, en gran medida, la tesis avanzada en los 1950 por la arqueóloga americano-lituana Marija Gimbautas, que identificaba a los indoeuropeos con la llamada “cultura de los kurganes” desarrollada en la estepa póntica y el norte de los mares Negro y Caspio, entre el V y el III milenio antes de Jesucristo. Tesis similares habían sido defendidas, entre otros, por el célebre arqueólogo V. Gordon Childe y – ya en la estela de Marija Gimbautas – por los arqueólogos J. P. Mallory y David Anthony. Este último identificó el origen de las lenguas indoeuropeas en un pueblo de pastores que, hace seis milenios, domesticó a los caballos, desarrolló la tecnología de la rueda y emprendió un gran desplazamiento hacia la India y hacia Europa. Este habría sido – por así decirlo – el big bang de las culturas protohistóricas indoeuropeas.[18]

En tercer lugar, los estudios genéticos apuntan a la llamada “cultura Yamnaya” (cultura de los sepulcros, en ucraniano y ruso) como la gran protagonista de la dispersión de las lenguas indoeuropeas hacia Europa. En palabras de David Reich “los datos demuestran que los Yamnayas (originarios de la estepa póntica) tuvieron un impacto demográfico mayor – de hecho, está claro que la más importante fuente de ascendencia genética en el norte de Europa son los Yamnayas o grupos cercanos a ellos. Lo cuál sugiere que la expansión Yamnaya probablemente dio lugar a un nuevo gran grupo de lenguas a través de Europa”. Los Yamnayas estarían también en el origen de la llamada “cultura de la cerámica cordada”, compuesta por individuos con una herencia genética similar a la de los europeos de hoy en día, especialmente en el área germánica.[19]

En cuarto lugar, nos encontramos con la derivada más “peligrosa”: el vínculo entre biología y cultura parece confirmarse. Es lo que un arqueólogo alemán llamó provocadoramente “la sonrisa de Kossinna”.[20]Como escribía hace años el paleolinguista español Francisco Villar: “los estudiosos que habían fijado las culturas danubiano-centroeuropeas como la Urheimat (la primera patria) indoeuropea no estaban después de todo tan equivocados. No es desde luego la primera patria de todos los indoeuropeos. Pero es el hogar donde cristalizó la indoeuropeidad de Europa por la confluencia de dos estirpes: los agricultores civilizados de la Vieja Europa y los pastores bárbaros de las estepas”.[21]  

A la vista de esta avalancha de datos – y de la imposibilidad contrastada de “deshacerse” de los indoeuropeos – se impone un reajuste institucional del “relato”.[22]

Refugees Welcome!

Según la versión actual y posmoderna, los indoeuropeos ya no son aristocracias de conquistadores arios, pueblos del hacha de combate, bestias rubias o Männerbündes germánicas. En el contexto de la globalización y de las crisis de refugiados en Europa, los indoeuropeos sólo podían emerger como ¡migrantes! 

La maniobra es tan burda como previsible. El “relato” proclama que no existen seres humanos con raíces europeas “puras” y que estas raíces no han existido nunca. Desde este marco mental, los indoeuropeos supusieron un saludable aporte de diversidad y enriquecimiento multicultural hace cuatro milenios, y no hace falta ser un lince para encontrar los paralelismos actuales. Las políticas migratorias de Frau Merkel encuentran un sólido respaldo en la protohistoria. ¿Qué más dice el relato?

A título de ejemplo, podemos citar el libro de los alemanes Johannes Krause y Thomas Trappe “El viaje de nuestros genes”.[23]El primer autor – director del Instituto Max Planck – aporta el marchamo científico, y el segundo – editor del Tagesspiegel– la salsa periodística necesaria para “proporcionar un marco contemporáneo” e “incorporar los debates políticos actuales” (sic). Los epígrafes del libro (con pinta de encargo del gabinete de comunicación de Merkel) dejan poco espacio a la duda: “Los inmigrantes son el futuro”; “El problema de la procreación consanguínea”; “El calentamiento de la Tierra lleva a los seres humanos al norte”; “Aprender de los inmigrantes significa aprender a triunfar”; “Fronteras herméticas, desconfianza frente a los extranjeros”; “El occidente se desmorona: de Oriente vienen los nuevos”; “Cae el bastión de Europa”; “¡Hombres jóvenes solteros!”; “¡Son fuertes y tienen la potencia de los caballos!” (el mensaje subyacente no se distingue por su sutileza). ¿Qué lecciones obtener del “viaje de nuestros genes” según Krause y Trappe? 

La historia genética de occidente – según este duo germano – se presenta como una marcha ascendente (“cualquier tiempo pasado fue peor”) en la que la antorcha del progreso es invariablemente portada por un migrante. En su conclusión triunfal, los autores se felicitan de que, gracias al mestizaje universal y a la progresiva convergencia de ADNs en todo el planeta, los “constructos teóricos” de pueblos y razas serán cada vez más difíciles de sostener (es decir, la naturaleza podrá ser corregida para adecuarse al dogma de que no hay ni pueblos ni razas). En su lectura política, las conclusiones del libro son claras: “no aceptaremos ni límites ni fronteras”, “el mundo del futuro será el de la sociedad global”, y – lo más importante políticamente – “no somos ningún pueblo” (sic). 

Para Krause y Trappe la genética se pone al servicio del globalismo; con el mismo dogmatismo y el mismo fanatismo con los que, en la época de sus abuelos, se ponía al servicio del racismo ario. Hay cosas que parece nunca cambian en Alemania.

Una sorprendente continuidad genética

La manipulación de la protohistoria con fines globalistas merece el mismo respeto intelectual que la perpetrada, en siglos pasados, con fines nacionalistas y racistas. Entre los sofismas hoy más extendidos se encuentra aquél que dice que, puesto que desde la emergencia del Homo Sapiens (hace más de 300.000 años) todos los humanos procedemos de “mezclas”, no puede hablarse en propiedad de “razas” ni de “pueblos”, ni mucho menos de un “hombre europeo” con características genéticas propias.

El argumento es tan burdo que se desmorona por sí solo. Evidentemente, nada hay en el universo de inamovible o eterno: ni los pueblos, ni las razas, ni el sistema solar, que se consumirá en 5000 millones de años. Los procesos de hominización constituyen arcos temporales de cientos de miles de años, que son decenas de miles en los procesos de diversificación de la especie humana. La mayor parte de los pueblos son el resultado de cruces entre distintos grupos humanos, en modalidades y proporciones que a cada uno confieren una identidad específica. Sacar a colación esos cruces e hibridaciones – acaecidos en arcos temporales milenarios – para reducir la historia a un incesante mestizaje, o para justificar unas políticas migratorias implementadas en unos pocos años, es un insulto a la inteligencia. Como también lo es la utilización de esos argumentos para negar la existencia de las razas y de los pueblos. Unos argumentos etnófobos que están a la altura intelectual del proyecto al que sirven: la visión cortoplacista de una élite financiera que promueve la generalización del homo migrans; es decir, de esa“figura nomada, inestable y desarraigada – como escribe Diego Fusaro –  en consonancia con la precarización del capital flexible y con la convergente deconstrucción de la estabilidad del mundo y de la vida”.[24]

En este amasijo de propaganda, merece especial atención la idea de que no existe un “hombre europeo” con características propias. ¿Qué dicen los datos de la paleogenética?

En el marco de los estudios indoeuropeos, hoy emerge la evidencia de que la cultura Yanmaya y sus sucesores fueron el resultado de una serie de mezclas genéticas. En ese sentido, las teorías racistas y los delirios místico-arios de siglos pasados se confirman definitivamente como absurdos. Por otra parte, los datos genéticos también demuestran que los grupos responsables de la irradiación indoeuropea eran genéticamente más coherentes y singularizados de lo que se ha querido creer.[25]

De la comparación sistemática de los genomas de los modernos y antiguos europeos, emerge hoy un patrón con toda claridad. El pool genético de los europeos modernos está formado por tres poblaciones principales: 1) los llamados cazadores-recolectores del Paleolítico y Mesolítico, presentes en Europa desde hace 40.000 años. 2) los primeros agricultures procedentes de Anatolia, a partir del sexto milenio A.C. 3) los eurasiáticos ancestrales (los indoeuropeos) que constituyeron la última oleada. Las muestras pertenecientes a la cultura Yamnaya nos remontan a un espacio temporal de hasta 3400-2800 años A.C. Aunque no todos los ejemplares de dicha cultura contienen un 100% de herencia genética euroasiática, si la tienen en número suficiente como para localizar a sus descendientes en las grandes culturas protohistóricas europeas: las de la “Cerámica cordada” y del “Vaso campaniforme”, en los albores de la Edad del Bronce. Su patrimonio genético es similar el de gran parte de los europeos autóctonos actuales.  

¿Cuál es el panorama que dibujan estos datos?

Básicamente, el de una estabilidad de las poblaciones y el de una sorprendente continuidad genética. Los análisis del ADN de los restos arqueológicos y los estudios de los genealogistas confirman una hipótesis, que la divulgadora sueca Karin Bojs resume de esta manera: “en la actualidad, el haplogrupo R1b y su subgrupo M412 son los cromosomas Y (parte del ADN nuclear que se transmite de padres a hijos) más comunes en toda Europa, mientras que el R1a es el segundo más común. Más de la mitad de los hombres europeos pertenecen a uno de esos dos grupos (…) Igual que en el caso del R1a, parece que las líneas de parentesco del haplogrupo R1b tienen su origen en la cultura Yamnaya de las estepas rusas”.  Según esta autora “más de la mitad – quizá casi dos tercios – de los hombres europeos actuales, descienden por línea directa precisamente de los jefes de esos clanes”.[26]¿Conclusiones?

Los cruces y migraciones son un factor esencial en la formación de la especie humana, por eso la noción de “raza pura” no tiene sentido. Lo cual no desmiente la existencia de diferencias genéticas entre las poblaciones. Más allá de los filtros ideológicos de cada uno, lo mejor es respetar los datos tal y como la ciencia los revela. En el caso de Europa, los datos apuntan a una evidencia: “todos los europeos – señala el arqueólogo Kristian Kristiansen, de la Universidad de Gothenburgo – compartimos la misma historia genética y cultural”.[27]Desde la época de las grandes migraciones euroasiáticas – tercer milenio A. C. – la composición genética de la población europea se ha mantenido esencialmente estable.Los pueblos de Europa son el resultado de una mezcla multimilenaria de tres poblaciones ancestrales, y están por tanto alejados de ser esa mezcla heterogénea e incoherente que el “relato” institucional pretende hoy hacer creer.[28]

La memoria más larga

El gran historiador francés Fernand Braudel hablaba de las virtudes de la “gran duración” en el estudio de la Historia. Sólo desde esa perspectiva la expansión indoeuropea adquiere su dimensión de fenómeno decisivo. Cuando en el siglo XIX los científicos supieron que casi todos los pueblos de Europa y parte de los de Asia descendían de un pueblo originario, eso les llevó a preguntarse sobre las verdaderas raíces de Europa, sobre la “patria original” (Urheimat), como entonces se decía.  “Esta pregunta – señala Francisco Villar– es mucho más trascendente de lo que a primera vista pudiera parecer. Porque el establecer su sede originaria conlleva el determinar cuándo, cómo y por qué ese pueblo se extendió por Europa. Cómo era Europa y quiénes la habitaban antes de que ellos llegaran. En una palabra, nos estamos planteando el tema de la “europeización” de Europa. Y en la medida en que Europa es la cuna de la civilización occidental, nos estamos planeando la historia de nuestra civilización”.[29]

Desde la irrupción indoeuropea en el IV milenio A.C. ninguna otra aportación ha venido a moldear, en una escala parecida, el carácter cultural, genético y lingüístico de la casi totalidad de los pueblos del continente. Ahí se sitúa, en cierta manera, el más remoto “comienzo de Europa”. ¿Cómo calificar sino “ese impulso implacable de avance y de conquista, en sentido tanto bélico como pacífico (…) esa avidez insaciable por todo lo nuevo, esa capacidad de aceptar los elementos culturales ajenos, para adaptarlos a los propios caracteres colectivos”?[30] Si queremos identificar en qué consiste lo específico de la civilización europea, tarde o temprano nos encontraremos con los indoeuropeos. 

¿Es lícito extraer, de todo ello, alguna idea que hable a los europeos de hoy?

Los indoeuropeos son – señalábamos arriba – una página en blanco en los libros escolares. Lo que no tiene nada de extraño. La modernidad es consumidora y después liquidadora del pasado. Si acaso, del pasado sólo recupera aquello que, previamente adecentado, le sirva para afianzar su agenda del día. En ese sentido, los indoeuropeos son un elemento incómodo. Su legado nos remite a algo específico en la identidad europea; nos recuerda que Europa es ante todo un conjunto de pueblos; algo más, por tanto, que una serie de valores abstractos enunciados por las Naciones Unidas. Pero vivimos en la época de la indiferenciación, sometidos a la tiranía de lo Mismo. En ese contexto, los indoeuropeos constituyen un material demasiado imprevisible, demasiado inflamable.

Por mucho que le pese a la historiografía oficial, la herencia indoeuropea se inscribe en la memoria más larga del viejo continente. Restituída por la historia de las religiones, por la mitología y por la literatura comparada, esa estructura del pensamiento se manifiesta, de forma recurrente, en la historia de la civilización europea – y también fuera de esa civilización–. Lo hace en los monumentos épicos del Mahabharata y de los Nibelungos, en los valores aristocráticos y agonísticos del mundo clásico y de los cantares de gesta, en las sagas islandesas y en los textos védicos, en los dioses y diosas de Grecia y de Roma, en veinte siglos de pintura, arquitectura, escultura y literatura, en los ciclos de Tolkien y en la ciencia ficción de Frank Herbert. Un genio propio de raices plurimilenarias, unos valores sociales que Homero reflejaba en su descripción del escudo de Aquiles: una visión del mundo patriarcal, pastoral, guerrera, jerarquizada, solar… un material irrecuperable, en suma; demasiado imprevisible, demasiado inflamable. Los zelotes universitarios que cancelan los estudios clásicos tal vez saben lo que hacen[31]

Cuanto más descubrimos sobre los indoeuropeos, nuevos interrogantes se abren. A pesar de todos los avances de la paleogenética, de la arqueología y de la lingüística, sus orígenes continúan sumidos en el misterio. Pero lo que pertenece al misterio pertenece, también, a la leyenda y al mito. Los mitos son aglutinadores y movilizadores, están más allá de lo verdadero y lo falso; con los mitos nunca se sabe… Definitivamente, demasiado imprevisible, demasiado inflamable. [32]

Desde el misterio de sus orígenes, los indoeuropeos se expandieron y sus nombres fueron legión. Hoy se les recuerda como Sármatas, Hititas, Medas, Tocarios, Bactrianos, Partos, Kurdos, Cimerios, Escitas, Tracios, Ilirios, Dorios, Aqueos, Alanos, Celtas, Godos, Bálticos, Eslavos, Latinos…

“Las razas no existen” – dicen – “y los pueblos tampoco”. Entre Pakistán y Afganistán, en la cordillera del Hindukush, tras muchas persecuciones, hambrunas y migraciones, sobreviven 6000 individuos de una etnia – los Kalash – que presentan un extraño contraste con las poblaciones de su entorno. Individuos de ojos y de piel clara, a veces de cabello rubio, practicantes de un culto politeísta, los investigadores no se ponen de acuerdo. Algunos hablan de una peculiaridad genética local; otros, de los descendientes del ejército de Alejandro Magno; otros, de los restos de una expansión desconocida, hace miles de años…

Un reflejo congelado de memoria ancestral; ecos del origen de una gran aventura, de la más prodigiosa cabalgada que la Historia haya conocido jamás. Una señal perdida en el tiempo, para los europeos de hoy de y mañana. 


[1]Henri Levavasseur, “L´héritage indo-européen”, en Ce que nous sommes. Aux sources de l´identité européenne. Institute Iliade-Pierre-Guillaume de Roux, 2018, pp. 21 y 24. 

[2]El término “indoeuropeo” apareció por primera vez en 1813 en una revista inglesa y fue retomado en 1814 por Thomas Young, en un artículo en el Oxford English Dictionary. Esta denominación se impuso a partir de la segunda mitad del siglo XIX gracias principalmente a los lingüistas Rasmus C. Rask (1787-1832) y Franz Bopp (1791-1867). No obstante, hubo de convivir con otras apelaciones propuestas en los siglos XIX y XX, como la del Celto- Tokario, Celto-Ario, Indo-Ario, Indo-celta e Indo-germánico (definición preferida de los autores alemanes). 

[3]Jesús J. Sebastián Lorente, El Mito Indoeuropeo. Idealización y Manipulación de un pueblo originario. Ediciones Fides 2015, p.71. 

[4]Jesús J. Sebastián Lorente en El Mito Indoeuropeo. Idealización y Manipulación de un pueblo originario. Ediciones Fides 2015, pp. 11-15.  

[5]Georges Sokoloff, Nos Ancêtres les Nomades. L´Épopée Indo-Européenne. Fayard 2011, p. 149.

[6]Título del libro del antropólogo norteamericano Shan M. M. Winn, Heaven, Heroes and Happiness. The Indo-European Roots of Western Ideology.University Press of America 1995. 

[7]Daniel Lindenberg, Les Années souterraines 1937-1947, la Découverte 1990, p. 79.

[8]Carlo Ginzburg, “Mithologie germanique et nazisme. Sur un ancien libre de Georges Dumézil”, publicado en 1983 en los Quaderni storici, diciembre 1984. 

[9]Dumézil no fue la única “víctima”de Daniel Lindenberg. Éste se hizo un nombre difamando a quienes le superaban en talento. En 2004 publicó un libro (Le Rappel a l´Ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires) en el que denunciaba como “reaccionarios” a lo más granado de los intelectuales del momento (Philippe Muray, Alain Finkielkraut, Marcel Gauchet, Pierre Manent, Régis Debray, Maurice Dantec y otros). Un ataque que dio lugar a una sonada rebelión contra la corrección política en Francia y en defensa de la libertad de expresión (Rodrigo Agulló, Disidencia Perfecta, la “Nueva derecha” y la batalla de las ideas. Áltera 2011). 

[10]En su libro “¿Debemos quemar a Dumézil?” (Faut-il Brûler Dumézil?Flammarion 1992) el filósofo Didier Eribon (biógrafo de Michel Foucault, activista gay y agitador cultural de izquierdas) aplica a la obra de Dumézil el escáner demonológico “anti-extrema derecha” y concluye – tras minucioso examen de la biografía, la obra y hasta la correspondencia privada –que las acusaciones dirigidas contra el sabio carecían completamente de fundamento. Una fuente de equívocos no menor fue la adhesión juvenil de Dumézil a la “Acción Francesa”, movimiento intelectual nacionalista y monárquico (caracterizado, por otra parte, por un fuerte anti-germanismo). Como oficial de artillería en la Primera Guerra Mundial, Dumézil fue condecorado con la Cruz de Guerra por conducta excepcional.

En cuanto a su polémica colaboración en Nouvelle École, Eribon señala que Dumézil la aceptó porque “sufría por lo que consideraba una falta de interés sobre sus trabajos”. También aceptó figurar en el “Comité patrocinador” de la revista, si bien un año después pidió ser retirado del mismo. Para bien o para mal, Nouvelle École consiguió poner a Dumézil y a los estudios indoeuropeos en la primera plana de la actualidad. La revista dedicó otros dos números a esta cuestión (en 1997 y en 2018). 

[11]Jean-Paul Demoule, Mais où sont passés les Indo-Européenes? Le mythe d´origine de l´Occident. Points 2017. 

[12]Una ilustración sencilla de la tesis de la expansión cultural (también denominada “variante neolítica”): si un arqueólogo del siglo LXX encontrara en China una lata de Coca-Cola, no concluiría por ello que hubo una migración norteamericana a China, sino que la lata refleja un proceso de expansión cultural. Según una expresión popular entre los arqueólogos: “los cacharros son sólo cacharros, no personas”. 

Una variante de esta teoría concede que sí hubo migraciones, pero en un número tan reducido que no supuso e realidad ninguna alteración genética. La expansión del indoeuropeo se explicaría porque los migrantes se establecieron como elites entre otros pueblos. 

[13]Escribe Didier Eribon: “(Jean-Paul Demoule) no cesa de utilizar la sospecha política para reforzar sus argumentos científicos. Para triunfar sobre la hipótesis indoeuropea, Demoule intenta desacreditarla políticamente”. Ya en 1987 las tesis de Demoule fueron calificadas por el arqueólogo inglés Colin Renfrew como “inaceptables para la comunidad científica”.(Faut-il Brûler Dumézil? Flammarion 1992, pp. 51-52). En 2015 Demoule recibió el Premio Roger-Callois de ensayo, lo que no impidió que su libro – en rara unanimidad – fuera desacreditado por los mayores especialistas internacionales.Thomas Pellard, Laurent Sagart y Guillaume Jacques: “L’Indo-européen n’est pas un mythe”, Bulletin de la Société de Linguistique de Paris,Peeters Publishers, 2018, 113 (1), pp.79−102

[14]David Reich, Who We Are and How We Got Here. Ancient DNA and the New Sciencie of the Human Past. Oxford University press 2018, p. 111. 

El mejor estudio sobre la “ariomanía” en los siglos XIX y XX continúa siendo el de Léon Poliakov, Le Mythe Aryen, Calmann-Lévy 1994. En español, de gran interés es el libro de Jesús J. Sebastián Lorente, El Mito Indoeuropeo. Idealización y manipulación de un pueblo originario.Ediciones Fides 2015. De la caudalosa bibliografía sobre el delirio racial nazi destacamos tres títulos: Anne Quinchon-Caudal, Hitler et les Races. L´anthropologie nationale-socialiste.Berg International Éditeurs 2013. Nicholas Goodrick-Clarke, The Occult Roots of Nazism. Secret Aryan Cults and their influence on Nazi Ideology. New York University Press 1992. Rüdiger Sünner, Schwarze Sonne. Die Macht der Mythen und ihr Missbrauch in Nationalsozialismus und Rechter Esoterik. Drachenverlag 2009. 

[15]Patrick Bouts, “Le Peuplement de l´Europe, la Revolution de la Paléogénétique et les Indo-européenes”, en Nouvelle Écolenº 68, año 2018, p. 11. 

El artículo en la revista Naturefue dirigido por Wolfgang Haak con la participación de David Reich: “Massive migration from the steppe was a source for Indo-European languages in Europe”. Nature2015, Jun 11; 522.https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/25731166/

Tres meses después se publicó otro gran estudio, dirigido por investigadores de Gotemburgo y Copenhague, que confirmó las conclusiones del primer estudio:“Population genomics of Bronze Age Eurasia”, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26062507/

[16]David Reich, Who We Are and How We Got Here. Ancient DNA and the New Sciencie of the Human Past. Oxford University press 2018, p. 112.

[17]El sistema XY de determinación del sexo es el propio de los seres humanos y de la mayor parte de los mamíferos. El cromosoma-Y determina el fenotipo masculino; el cromosoma-X el femenino. 

[18]David W. Anthony, The Horse, the Wheel and the Language. How bronze-age riders from the eurasian steppe shaped the modern world. Princeton University Press 2007. 

La teoría del origen euroasiático ha conseguido desplazar a la tesis en boga durante los años 1990 (defendida por Colin Renfrew) que vinculaba a los indoeuropeos con la expansión del neolítico a partir del VII milenio A.C. y situaba su lugar de origen en Anatolia. 

[19]David Reich, Who We Are and How We Got Here. Ancient DNA and the New Sciencie of the Human Past. Oxford University press 2018, p. 119.

Asumida la importancia de las estepas como origen de la expansión indoeuropea, resta por determinar si éstas fueron una “residencia secundaria” para algunas de sus lenguas, o si se trata de la cuna primigenia de todas ellas. David Reich infiere que los primeros hablantes de una lengua indoeuropea podrían haber vivido al sur del Cáucaso – tal vez en los actuales Irán o Armenia– dado que los análisis genéticos allí encontrados se corresponden tanto con los Yamnaya como con los antiguos Anatolios, de los que surgió el pueblo indoeuropeo de los Hititas. El escenario entonces sería el de una división en dos ramas: la de las estepas (que daría lugar a los Yamnayas, protagonistas de la expansión hacia Europa) y la de los anatolios, que habrían dado lugar a los Hititas (Obra citada, p. 120).  

[20]Volker Heyd, “Kossinna´s Smile”, en Antiquity2017.

David Reich relata que, cuando circuló los primeros resultados de la investigación, varios de sus colaboradores abandonaron el proyecto ante el temor de validar las ideas de Gustav Kossinna (e indirectamente, de la ideología nazi). Para recuperar a sus colegas, Reich publicó un artículo rechazando explícitamente las teorías de Kossinna.  

Ewen Callaway, “Divided by DNA: The uneasy relationship between archaeology and ancient genomics”. https://www.nature.com/articles/d41586-018-03773-6

[21]Francisco Villar, Los Indoeuropeos y los orígenes de Europa. Lenguaje e Historia.Editorial Gredos 1996, p. 86. 

[22]“Todo es política” decía Thomas Mann. La ciencia arqueológica es una prueba de ello. Otros dos ejemplos: 1) En el siglo XX se llamaba “cultura de las hachas de combate” a un vasto espacio arqueológico – entre finales del Neolítico y la Edad del Bronce – que coincide con el área germánica, lo que denotaba una cultura guerrera muy grata para los nacionalistas. Tras la segunda guerra mundial ésta fué rebautizada por la denominación – más cordial – de “cultura de la cerámica cordada”. 2) La llamada “invasión aria” de la India. Durante largo tiempo se estimó que esta migración – datada entre el 1700-1300 A.C. – podría estar en el origen del sistema indio de castas, orientado a impedir la mezcla de conquistadores arios y poblaciones sometidas. Fuertemente rechazada por los nacionalistas indios, la tesis de la invasión se ha visto revalida por los estudios genéticos desarrollados, entre otros, por David Reich. El antiguo Primer Ministro nacionalista Subramanian Swamy reaccionó en un Tweet(29-4-2018): “son mentiras, malditas mentiras y estadísticas, las de “Tercer” Reich de Harvard y colegas”. Dudosa muestra de ingenio que obvia, entre otras cosas, que David Reich es judío. 

Tony Joseph, “How genetics is settling the Aryan migration debate”. Thehindu.com, 17 junio 2017.

https://www.thehindu.com/sci-tech/science/how-genetics-is-settling-the-aryan-migration-debate/article19090301.ece

[23]Johannes Krause, Thomnas Trappe, El viaje de nuestros genes. Una historia sobre nosotros y nuestros antepasados.Editorial Debate 2020.

[24]Diego Fusaro, Historia y Conciencia del Precariado. Siervos y Señores de la Globalización.Alianza Editorial 2021, p. 421.

Resulta curioso ver cómo la valoración de los mismos hechos oscila en función del “relato”. Si ser “inmigracionista” (en relación a los indoeuropeos) era antes considerado “pro-nazi”, ser inmigracionista es hoy es lo políticamente correcto. Si defender posiciones “etnicistas” es algo normalmente xenófobo y racista, será “progresista” si debilita a las viejos Estados europeos (nacionalismos catalán, vasco, escocés) en conjunción con los intereses globalistas.   

[25]El ADN del pueblo Yamnaya procede de una mezcla de dos fuentes distintas: el grupo EHG, (East European Hunter Gatherer, en ingles) y el grupo CHG (Caucasian Hunter Gatherer, en ingles). Escribe la divulgadora sueca Karen Bojs: “parte de su origen se remonta a los cazadores del Paleolítico en Rusia. Conservan una marca específica del nordeste, un marcador genético que los investigadores han encontrado en los cazadores de la Edad de Piedra, desde la región de Carelia hasta el lago Baikal en Siberia. (Karin Bojs, Mi Gran Familia Europea. Los primeros 54.000 años. Una historia de la humanidad. Ariel 2017, p. 322). Las investigaciones de ADN desmienten la idea de los indoeuropeos como “invasores rubios” que se impusieron sobre poblaciones de piel cetrina. Hoy se estima que el fenotipo predominante en los Yamnaya era moreno, de cabello negro y ojos marrones, mientras que la piel clara y los ojos azules estaban ya presentes entre las poblaciones en Europa. En relación al pelo rubio, David Reich señala que su primera mutación se registra en la región del lago Baikal hace 17.000 años, y su presencia en Europa deriva probablemente de la migración masiva de grupos EHG hacia Europa (Obra citada, p. 96). 

[26]Karin Bojs, Mi Gran Familia Europea. Los primeros 54.000 años. Una historia de la humanidad. Ariel 2017, pp. 336 y 338-339. Un haplogrupo o haplotipos son las combinaciones de alelos de un cromosoma que se transmiten de forma conjunta, y son por tanto un excelente marcador de la diferenciación genética entre las poblaciones. Los individuos de un mismo haplogrupo tienen en común un conjunto de mutaciones y, por tanto, comparten un antepasado/a que vivió hace mucho tiempo. En otras palabras, todos pertenecen a la misma rama del árbol genealógico.

[27]Kristian Kristiansen, “La revolución arqueogenética y las migraciones en la prehistoria europea”. Revista Desperta Ferronº 33, octubre 2020, p. 44. 

[28]Jean Manco, Blood of the Celts. The New Ancestral Story. Thames & Hudson 2015, p. 73. Harald Haarman, Auf den Spuren der Indoeuropäer. Von den neolitischen Steppennomaden bis zu den frühen Hochkulture. C.H. Beck, 2016, p. 31.

Aunque contrastada por los análisis ADN, la continuidad genética de las poblaciones europeas suele desmentirse con los argumentos más peregrinos. Por ejemplo, los análisis ADN han revelado que los restos humanos más antiguos en Gran Bretaña (el llamado “Hombre de Cheddar”, con 10.000 años de antigüedad) tenía la piel oscura: un dato que se celebra como prueba del “origen africano” de los europeos, a mayor gloria del “mestizaje continuo”.  Estas narrativas ingenuas son frecuentes en textos (supuestamente académicos) para instrucción del gran público (por ejemplo: Ali Rattansi, Racism. A very Short introduction. Oxford University Press 2020). En realidad, los datos referidos a arcos temporales milenarios (la “salida de África” comenzó hace 130.000 años) confirman lo que sabemos sobre las “razas” y su formación evolutiva. La piel clara procede de una adaptación relativamente reciente (no hace más de 10.000 años) que favorece la absorción de luz ultravioleta en las regiones del norte. Sólo desde una ignorancia supina podría pensarse que el primer Homo Sapiens “británico” tenía piel blanca, cabello rubio y ojos azules.

[29]Francisco Villar, Los Indoeuropeos y los orígenes de Europa. Lenguaje e Historia.Editorial Gredos 1996 (capítulo II).

[30]Reinhard Schmoeckel, Die Indoeuropäer. Aufbruch aus der Vorgeschichte.Bastei Lubbe 2004, p. 30. 

[31]Para una síntesis académica accesible sobre la mentalidad indoeuropea en la poesía y la literatura occidentales, Martin Litchfield West: Indo-European Poetry and Myth.Oxford University Press 2007. 

[32]A pesar de todos los avances en el conocimiento, el misterio perdura. Escribe en 2020 el arqueólogo J. P. Mallory: “La búsqueda de la cuna del indoeuropeo está todavía lejos de quedar establecida, y pese a haber transcurrido siglos desde entonces, nos hallamos todavía reconsiderando las soluciones de Leibnitz, Jäger y Jones, sopesando si los indoeuropeos pudieron tener su origen en las estepas, el Cáucaso o Irán. (J. P. Mallory, “La cuna del Indoeuropeo y los datos de la genética”. Revista Desperta Ferronº 33, octubre 2020, p. 27). 

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