La socialdemocracia en Alemania (I)

La socialdemocracia en Alemania (I). Daniel López Rodríguez

De 1878 a 1890 estuvo en vigor la Ley de Excepción contra los socialdemócratas y todo partido obrero en Alemania. Asimismo, se pusieron muchas trabas para la existencia de sindicatos. Y con todo, el socialismo alemán seguiría creciendo en el último cuarto del siglo XIX, aunque la tendencia reformista se iría imponiendo a la revolucionaria. Y la culminación de este proceso se llevó a cabo cuando las tropas gubernamentales del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) se impusieron a la Liga Espartaquista (comunista) a principios de 1919. Salvo este intento y la Acción de Marzo de 1921, no hubo una revolución o intento de revolución comunista en Alemania. En todo caso, el comunismo llegó al país de Bismarck a través del avance cortical -esto es, manu militari– del Imperio Soviético, que en 1945 ocuparía la mitad del país, lo cual sería una revolución desde arriba y desde fuera. 

En la práctica el SPD siempre se comportó como un partido reformista que reivindicaba una legislación social, la democratización de los poderes públicos, y exigía la creación de cooperativas de producción con subvención del Estado. Pese a pasar de ser una minúscula asociación de obreros a un partido de masas con un millón de afiliados, el SPD no sería un partido revolucionario sino eminentemente reformista. Al fin y al cabo, al menos en la práctica, el SPD siempre puso su mirada en la actividad parlamentaria como el camino seguro que conduce al socialismo.  

En 1875, en Gotha, los postulados revolucionarios del marxismo se acomodaron a la táctica reformista que necesariamente tenía que adoptar el partido bajo el régimen imperial, y finalmente esta vía fue la que se impuso dada la realidad de los hechos. De modo que, a medida que avanzaba el tiempo, la Realpolitik hizo del SPD un partido cada vez menos socialista y cada vez más democrático, mellándose su filo revolucionario completamente.

Una vez que Scheweitzer fue cesado de la Asociación General de Trabajadores Alemanes pudieron unirse lassalleanos y eisenacheanos. Asimismo la unificación de Alemania hizo posible la unificación de los lassalleanos (partidarios del publicista judío Ferdinand Lassalle) proprusianos de la Asociación General de Trabajadores Alemanes (Sozialdemokratische Arbeiterpartei Deutschland, ADAV, que se fundó en Leipzig en 1863, siendo el primer partido obrero que apareció en Alemania), y el antiprusiano y marxista Partido Obrero Socialdemócrata Alemán (Sozialistische Arbeiterpartei Deutschland,SDAP) que lideraban Wilhelm Liebknecht y August Bebel (que fundaron el partido en 1869 en el congreso de Eisenach, de ahí que fuesen llamados los «eisenacheanos», siendo una facción reconocida por la Primera Internacional que afectos prácticos comandaba Marx). El órgano principal del partido era el Vokstaat(El Estado del Pueblo).  

Pero estos dos partidos que se fusionaron en el SPD seguirían existiendo en el ala reformista y el ala revolucionaria. Los lassalleanos eran el ala oportunista del Partido Socialdemócrata Alemán, y no eran partidarios de la lucha de clases sino del sufragio universal y del parlamentarismo, es decir, creían en la evolución pacífica del capitalismo al socialismo. Los eisenacheanos estaban empapados de las doctrinas de Marx y Engels, y por ello representaban el ala revolucionaria del partido y se definían como la sección alemana de la Primera Internacional.

El 21 de julio de 1870 los lassalleanos, con Jean Baptist Schweitzer a la cabeza, votaron en el Reichstag (de la Confederación Alemana del Norte) a favor los 120 millones de taleros para los créditos de la guerra franco-prusiana. Los eisenacheanos marxistizados Wilhelm Liebknecht y Ausgut Bebel se abstuvieron y no votaron en contra para no parecer favorables al bonapartismo, gesto al que Marx y Engels dieron el visto bueno. 

Sería Lassalle, al que muchos consideran el padre filosófico de la socialdemocracia, el que finalmente se impuso a Marx. Es decir, sería el programa del ala proprusiana el que acabaría imponiéndose al programa del ala antiprusiana, para regocijo de Bismarck. Los lassalleanos eran partidarios de un socialismo nacional y los eisenacheanos marxistizados eran partidarios de un socialismo internacional. De hecho, Lassalle defendió la unificación de Alemania «desde arriba», con Bismarck como artífice. Esto lo situaba al lado del Estado prusiano frente a la burguesía; en oposición a Marx, que defendía a la burguesía frente al Estado prusiano. Lassalle afirmaba que los obreros debían tomar las riendas del Estado, porque éste es «el instrumento indispensable para que la humanidad pueda cumplir los fines de su existencia, alcanzado el grado más alto de cultura. Es necesario, por esto, llevar la actividad del Estado al límite más extremo, con el fin de conseguir el bienestar de la humanidad» (citado por Fernando Silva Triste, Breve historia de la socialdemocracia, Universidad Autónoma Metropolitana, México 2005, pág. 21). Lassalle pedía, pues, una alianza entre la autocracia y el proletariado, y Marx pedía una alianza entre la burguesía y el proletariado. 

Lassalle contemplaba la posibilidad de que Bismarck tomase a los obreros como pilares del Estado prusiano ampliado (lo que sería Alemania como nación política o Segundo Reich), y de ese se impondría el socialismo, un socialismo de Estado. La propuesta lassalleana del sufragio universal era muy atractiva entre los trabajadores, que de hecho se movilizaron a través de la misma Asociación General de Trabajadores Alemanes de Lassalle porque creían que con el voto podían controlar al Estado y dirigirlo en pos de los intereses de la clase obrera. Por tanto, Lassalle no quería destruir lo que él llamaba «factores reales de poder». Para Lassalle, a diferencia de Marx, la fase revolucionaria había sido superada tras el fracaso de 1848-1849, y pensaba que sólo una gradual y paralela evolución jurídica dentro de las instituciones del propio sistema capitalista podía hacer llegar el triunfo al socialismo. Lassalle confiaba en el progreso continuo de la razón a través de la historia entendida en sentido hegeliano (de modo escolástico, es decir, dogmático) como el desarrollo de la Idea Absoluta que se encarnaría en el Estado. 

En los años 1862, 1863 y 1864 Lassalle se reunión varias veces en secreto con Bismarck (que ya era primer ministro de Prusia). Bismarck veía con buenos ojos la alianza con Lassalle a fin de combatir al burgués Partido Progresista (liberales de izquierda). También Lassalle se oponía a los progresistas y le exigió al canciller que transformase la monarquía de las castas privilegiadas en una monarquía social y revolucionaria del pueblo. Asimismo, Lassalle se mostró favorable a la guerra de Austria y Prusia por la anexión de los ducados de Schleswig-Holstein contra Dinamarca.   

Frente al autoritarismo monárquico de Bismarck, Lassalle proponía un «Estado monárquico del bienestar», basado en el sufragio universal, a fin de que la clase obrera se integrase en la vida política y social y no tuviese que verse en la necesidad de preparar una insurrección armada revolucionaria, y para ello intentó crear el «Ejército Sufragista». Lassalle pensaba que con la construcción de cooperativas y asociaciones de trabajadores supervisadas por el Estado los obreros podrían disponer del «producto total de su trabajo». 

Lassalle, en definitiva, creía en una transición sin traumas de la autocracia prusiana a un sistema democrático constitucional e igualitario. Era partidario de la «paz social» entre el proletariado y la burguesía. No era, por tanto, partidario del antagonismo de clases sino de la conciliación, es decir, la conciliación entre el proletariado y el régimen «junker»-burgués del Reino de Prusia. Bismarck no comulgó con las ideas de Lassalle, pero sí simpatizó con su persona, considerándolo uno de los hombres más inteligentes y amables con los que había hablado. Asimismo, el sentido autoritario de la organización de Lassalle, y su culto a la personalidad, le hizo ganarse críticas de un sector importante de la ADAV.

El Diccionario Soviético de Filosofíade Mark Rosental y Pavel Iudin, en su edición de 1955, señala a Lassalle como un «oportunista»que defendía la política de Bismarck «con quien estaba en alianza secreta». Asimismo -señala el diccionario- «repudiaba la lucha revolucionaria de los obreros contra el capitalismo», lo que para el marxismo-leninismo era inadmisible. Para los autores del diccionario, el socialismo de Lassalle era un «socialismo policiaco». Y aquí está el quide la cuestión: «no hay por qué asombrarse de que la doctrina de Lassalle haya sido la fuente de donde todos los oportunistas y los revisionistas han extraído sus ideas para combatir la teoría y la práctica revolucionarias del proletariado». No obstante, el diccionario reconoce que los clásicos del marxismo «apreciaron la actitud práctica de Lassalle». De Lassalle tomó Lenin aquello de que «el partido se fortalece depurándose» (Véase http://www.filosofia.org/enc/ros/lass.htm).    

Los éxitos electorales del SPD auparon la vía reformista frente a la vía revolucionaria. La vía parlamentaria se impuso a la de la intensificar la lucha de clases en las calles con el fin de desencadenar una revolución violenta que derrocase al sistema capitalista en Alemania (y finalmente en toda Europa y en el mundo). El «cretinismo parlamentario» acabó con la revolución en Alemania. Y de hecho sería un gobierno del SPD, con la ayuda de fuerzas paramilitares de extrema derecha como los Freikorps, el que aplastó una revolución comunista a principios de 1919. Aunque sería el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores el que, también desde el poder, acabase con el peligro comunista en Alemania. 

El socialismo evolutivo democrático fabianizante de Edward Bernstein, que en 1899 publicó su famosa obra Los supuestos del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, se impuso en la práctica al socialismo revolucionario, pues no se realizó el colapso catastrófico del sistema capitalista que pronosticó Marx. El capitalismo, o más bien los diferentes sistemas capitalistas, supo adaptarse a las circunstancias. 

En el Congreso de Lübeck en 1901 el SPD votó contra las tesis de Bernstein, aunque no se votó a favor de su expulsión. Y con todo, las ideas de Bernstein cuajaron en el partido y en la Segunda Internacional. Y, como se ha dicho, las ideas de este autor, a lo que hay que sumar el estallido de la Gran Guerra, «fueron las causas que motivaron la desaparición de este segundo intento de organización socialista mundial» (Silva Triste, pág. 27). De hecho, ya desde el Congreso de Erfurt, cuando parecía que el partido abandonaba el reformismo lassalleano para volcarse en las tesis revolucionarias de Marx, el partido se volvió a su acción parlamentaria en pos de mejorar las condiciones de los trabajadores. Y a medida que iba ganando terreno con sus triunfos electorales en Alemania, al mismo tiempo iba ganando influencia en la socialdemocracia internacional, siendo el principal partido de la Segunda Internacional. 

Y con este panorama el SPD optó por enfocar sus esfuerzos, pese a la retórica revolucionaria de algunos de sus miembros, en la extensión de los derechos políticos y económicos de la clase obrera alemana a través de la vía parlamentaria, lo que suponía una política de compromiso con el establishment capitalista existente. Y esto se iba haciendo cada vez más evidente hasta que llegó el 4 de agosto de 1914 y el votó en el Reichstag a favor de los créditos de guerra. El apoyo del SPD a tales créditos se debió al entusiasmo nacionalista de las masas trabajadoras, por lo que temía perder su apoyo. Además, la amenaza de Rusia en cuanto potencia reaccionaria (como ya advertía el joven Marx) era también interpretada como una amenaza al socialismo internacional.  
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