Los más sorprendente y desolador de las «recomendaciones de uso» de la gramática española publicadas por el Grupo de Trabajo de Políticas de Igualdad de Género de la Conferencia de Rectores y Rectoras de Universidades Españolas (Crue), asumidas por 55 de las 91 instituciones del más alto nivel educativo en España, no es la cantidad de majaderías que propone sino que justamente las universidades se hayan hecho eco de las mismas, haciéndolas propias y exponiéndolas como medidas prudentes y deseables. Se puede descender un poco más en la suplantación del saber académico por el consuelo sentimental, pero no conviene.
Argumentan desde el Grupo de Trabajo que estas recomendaciones de uso se basan en los principios de igualdad entre hombres y mujeres y en el respeto hacia el «colectivo» femenino; y para colmo de bondad y melaza se extienden en la piadosa consideración de que «el respeto a las otras personas a través del lenguaje contribuye a la sostenibilidad del planeta». Formidable esto último: si hablamos todas y todas como si fuésemos anormales, la Amazonía nos lo agradecerá, la Antártida verá reforzados los primeros siete kilómetros de su capa de hielo y millones de pingüinos nos deberán la vida. La suficiencia académica, a veces, alcanza niveles de ridiculez abochornante, como aquel catedrático de medicina que soltaba aparatosos cuescos en clase para que sus alumnos fueran aprendiendo que nada de lo humano debería molestarles ni resultarles indecoroso.
El fenómeno no es nuevo, lo sabemos. El pensamiento woke-neoprogre lleva muchas décadas colándose en todas la universidades del mundo y el famoso recetario sobre el uso «no sexista» del idioma no es más que un capítulo en el inmenso volumen de tropelías que se han cometido —y se cometerán— en nombre de la corrección política. Ya advertimos en esta misma sección, hace unos meses, que el pensamiento woke, en franco retroceso, «morirá matando», proponiendo bobadas cada vez más radicales en el estertor de su agonía, y desde luego serán las universidades —lugar por el que entraron los dogmas—, su último santuario. Todo pasará, sin embargo. Mientras tanto, ellos a lo suyo.
Entre otros descubrimientos, propone el Grupo de Trabajo de Políticas de Igualdad de Género que se suprima el término «hombre» como sinónimo o referencia al colectivo humano en general —«La historia del hombre», «La evolución del hombre», «El hombre y la tierra» y expresiones de esa índole—, para sustituirlo por el más inclusivo de «humanidad». Esta sugerencia por sí nos habla de lo muy alejado de la realidad y lo poquito que tiene estudiado este asunto el antes referido Grupo de Trabajo. Para empezar, ya casi nadie dice o escribe «hombre» para referirse a la humanidad, aun siendo como es un término legítimo y con amplio prestigio en el volumen cultural histórico. «Hombre», en rigor etimológico, es término neutro que se refiere al «humus» bíblico original, al «ser» filosófico. En la lengua catalana se desdobla en dos conceptos: «hom» para referirse al sustrato ontológico eterno y «home» para mencionar la parte masculina de cuanto existe; y de su consecuencia, cuando se expresa la idea de humanidad o conjunto humano sin diferenciar entre sexos, se utiliza el término «tothom», que podría traducirse por «todo el mundo» así a groso modo, una forma bastante masculinizada, aunque ya verán como ninguna universidad catalana, de las que han firmado el protocolo de uso del odiado «castellá», propone ninguna fórmula alternativa que visibilice al género femenino. A fin de cuentas el catalán es lengua progresista en sí misma y el castellá es de fachas, de modo que el idioma de Verdaguer ni tocarlo: los experimentos, con la lengua de Cervantes, que se lo come todo.
Por otra parte —seguimos con el «hombre»—, es de notar que los únicos y las únicas que continúan porfiando en el uso de dicho término son precisamente los feministos y las feministas, valiéndose de él cada vez que quieren señalar algún sesgo negativo en la actividad humana: «La acción deforestadora del hombre» (Cadena SER, 2019), «El hombre ha causado la desaparición de miles de especies animales» (Sarah Romero, Muy Interesante, 2023), etc.
El Grupo de Trabajo, tan universitario, sin duda no desconoce que el idioma español no es sexista porque, de principio, todos los universales son femeninos —la humanidad, la tierra, la historia, la ciencia, la filosofía…—. Tampoco desconoce que todas las vocales pertenecen al género femenino, por lo que atribuir masculinidad a letras como la «e» y la «o» y feminidad a la «a» —que no deja de ser una «o» con rabo—, resulta una absoluta sandez. No obstante, insisten en que las instancias académicas y docentes supriman en sus comunicados escritos, suponemos que también en su expresión oral, términos como «los alumnos», pues, según ellos, el género neutro es inválido para visibilizar a las mujeres. El problema se presenta al sustituir, tal como proponen, «los alumnos» por «alumnado», palabra claramente de género masculino. Como se ve, peor es el remedio que la enfermedad. Como se ve, la ingeniería lingüística tiene la traba insoslayable de todo lo que se habla al buen tuntún: no hay manera de establecerle reglas gramaticales porque justamente la gramática es una ciencia orientada al uso racional y eficaz del lenguaje, no a distribuir ideología como si fuesen cromos de Taylor Swift —muy progre la chica, por cierto—.
Pero más allá de las recomendaciones insensatas de este académico Grupo de Trabajo, más allá de los disparates de universidades que emplean su tiempo y su materia gris en lanzar un calendario con los meses de «enera», «febrera», «marza»… como hizo la de Granada, más allá de este tumulto, de esta fiebre por degradar la seriedad intelectual de los ámbitos académicos con semejantes ocurrencias: ¿Qué es lo que se mueve? ¿Por qué estas bataholas de doctrina zascandil excretada con la naturalidad con que un erizo se vuelve bola de pinchos?
No sabemos a ciencia cierta que causa última subyace al movimiento asimétrico y cascabelero de lo políticamente correcto, salvo el ya archisabido de urdir paroxísticamente toda clase de coartadas intelectuales para los postulados globalistas, posthumanos y migracionistas en que han devenido y confluyen tanto las oligarquías mundializadoras como el marxismo cultural. Pero claro, la cuestión está en que, perfectamente, podrían haberse valido de otros métodos, otro discurso, otra manera de hacer las cosas y proponer discursos menos chirriantes, menos grotescos y un poco menos extravagantes. ¿Por qué entonces?
Yo creo que en el fondo de toda esta tontería subyace el ancestral universalismo católico —con perdón por la redundancia—, esa necesidad de redención universal que conlleva la abundancia en doctrinas «buenas» y que contenten a todo el mundo. La nueva religión de la bondad universal, creo, se vicia con ese defecto: querer ser del gusto de todos y adaptarse al criterio simple de los más simples. El mismo sentimiento de rubor ajeno que nos embargaba cuando las iglesias católicas se llenaron de guitarras y jovencitos/as cantando a la belleza de los campos en flor, nos atribula hoy en la contemplación de los esfuerzos de estos neopropagandistas del amor indesmayable por la igualdad, la fraternidad y la ingesta de grillos. Por contentar a todos, en todas partes y al mismo tiempo, están reduciendo el valor del pensamiento a la nada. Si por no ofender a las feministas y otros/as fanáticos/as del lenguaje «no sexista» son capaces de inventar un argumentario tan chocante como el referido en este artículo, ¿qué harían en el caso, por ejemplo, de que el terraplanismo adquiriese pujanza entre el alumnado de sus universidades, incluso con incipiente aceptación en algunos departamentos de filosofía, matemáticas y otras disciplinas teóricas? Supongamos que un porcentaje significativo de los alumnos, el 6’5%, y de los profesores, el 3’2%, estuviesen convencidos de que la Tierra es plana y expresasen su malestar por las desautorizaciones, reproches y burlas dirigidas contra ellos. Si reclamaran su derecho a mantener esta posición teórica sin ser molestados y que su libertad de expresión no se viera mermada o atacada por «los negacionistas» del terraplanismo… ¿Qué harían? ¿Propondrían un plan de estudios y una forma de impartirlo que no ofendiera a los partidarios de la tierra plana, un lenguaje académico respetuoso con el terraplanismo, dos asignaturas de geografía, una para terraplanistas y otra para «esfericistas»?
Todo esto es absurdo, lo sé. Pero resulta absurdo y bastante irreal en un contexto universitario donde llamar maya al mes de mayo es feminista, decir el voz alta el título completo de la obra de Shakespeare «Otelo, el moro de Venecia» está mal, y describir como «negro» el futuro de los alumnos que no estudian está peor todavía. Absurdo como la tierra plana y real como la realidad de cada día.
Y así hasta que dure este sueño de la razón.