Lo que el viento no se llevó

Lo que el viento no se llevó. Fernando Sánchez Dragó

Hoy quiero dar cuenta de un libro recientemente aparecido. Lo ha editado Notorious en cartoné y con una tipografía bellísima. En su portada campean los rostros de Clark Gable y Vivien Leight, volcado el del varón sobre el de ella, a punto ya de besarse. Su autor es José Luis Garci. Su título es el de la película más famosa de la historia del cine y el de la novela de Margaret Mitchell que la inspiró: Lo que el viento se llevó. Yo lo he modificado ligeramente. Le he añadido un adverbio de negación. Enseguida explicaré por qué.

En realidad es el propio Garci quien lo explica en el prólogo que ha puesto al libro y en la dedicatoria que lo encabeza…

El prólogo también tiene título: Amarcord, en meridiana referencia a otra película, también célebre, en la que Federico Fellini hizo algo parecido a lo que Garci hace en su libro y, a la vez, muy diferente. El cineasta italiano añadió en esa película unas gotas de angostura al cóctel de sus recuerdos. Los de Garci, en cambio, son azules, como lo son los míos, que se remontan a la misma época, al mismo barrio de Madrid en el que los dos nacimos, a las mismas películas, a los mismos libros…

No es casual que el primer volumen de mis Memorias de un niño raro lleve el título de Esos días azules.

Dice Garci en ese prólogo: «No echo de menos únicamente mi infancia, también los días “azul Picasso” de mi adolescencia, cuando todo, empezando por el futuro, era nuevo, atractivo y soñaba con un mundo lleno de agradables sorpresas. Hoy… Hoy me parece que lo mejor de mi vida tendría que buscarlo en aquellos relámpagos fugaces de felicidad que atesoré al lado de personas queridas, nada, apenas unos minutos antes de que se disolvieran. Sólo en esos instantes, y aún sin entender por qué, creí que la vida tendría sentido. Soy un modelo del 44 y, por tanto, pertenezco al siglo XX, lo mismo que Griffith o John Ford pertenecieron el XIX».

Yo soy un modelo ligeramente anterior. Nací en el 36, pero los dos somos niños de la guerra y de la posguerra, anverso y reverso inseparables de una misma moneda, e hijos de aquella España, a la vez amarga y dulce, agridulce, como un plato chino, y nos debemos a ella, hoy tan ultrajada por quienes manipulan su memoria. Leímos, ya dije, los mismos libros, vimos las mismas películas sentados en las mismas butacas, perseguimos, con el decoro de la inocencia y el ímpetu de los años mozos, a las mismas chicas, y por eso, mucho antes de conocernos, nuestras vidas eran ya o iban a serlo tan paralelas como las de Plutarco. 

Ya que mencioné la dedicatoria, oigámosla también: «A mis padres ‒escribe Garci‒ el gran tesoro que recibí de niño. Dos personas que supieron aunar maravillosamente inteligencia y bondad. Hoy creo que la posteridad, lo inmortal, es su ejemplo, un fulgor que me acompañará mientras viva. Y a mi tía Luisa, más cinéfila que Henri Langlois».

El 14 de enero de 1951, domingo, Garci acudió en compañía de esos padres al Palacio de la Música, en la Gran Vía ‒grande, entonces, de verdad‒ madrileña, en la que acababa de estrenarse la novela de más envergadura  y musculatura de toda la historia del cine: Lo que el viento se llevó.

Novela, he dicho, aunque película fuese, y no ha sido un lapsus de escritor, sino una definición acuñada adrede, pues el cine es el filón más ubérrimo de la narrativa de ese siglo que Garci invoca y el propio Garci es el escritor más importante en la historia del cine español.

Sí, sí, escritor de cuerpo entero, con más de veinticinco libros en su haber, y todos son buenos, excelentes, muchos, y éste, al que hoy dedico mi habitual columna en Posmodernia, extraordinario, a decir poco, y oportuno a más no poder. 

Quizá piense el lector que lo digo por amistad, y ésta, desde luego, nunca va a faltarme en lo concerniente a uno de los miembros de número de la Trimurti del cine español ‒los otros dos son Buñuel y Berlanga, dicho sea sin voluntad de ofensa para nadie ‒, pero no es la amistad, sino la gratitud, el reconocimiento, la sinceridad, la ecuanimidad y la admiración lo que hoy me mueve.

Soy perro viejo en lo que a la lectura atañe ‒creo que eso nadie que me conozca lo pondrá en duda‒ y no me duelen prendas ni me ando con remilgos a la hora de decir, quedándome corto, que este libro de Garci me parece el mejor de cuantos al hilo del último año, escritos en español, han aparecido en España. 

Yo también fui a ver, acompañado por mi madre, Lo que el viento se llevó en el Palacio de la Música más o menos por las mismas fechas en las que lo hizo Garci y yo también recuerdo aquel día con idéntica unción sacramental a como lo recuerda Garci. Supongo que era, en teoría, una película no apta para menores, pero nos dejaron entrar. Eran otros tiempos. En los de ahora, mucho menos tolerantes, abundan los sacristanes siesos que quieren rehacer, o recortar, o prohibir esa película, acusándola de racismo, de maniqueísmo y de machismo pese a no ser ni por asomo ninguna de tales cosas. Quien la vio, como del amor, al probarlo, dijo Lope, lo sabe.

Una última advertencia. No crea el lector que este es un libro en el que se analiza Lo que el viento se llevó, por más que también lo haga, sino en el que se exalta, por la vía del recuerdo minucioso y luminoso, todo lo que el viento no se ha llevado, todo lo que, como del amor dijo otro escritor ‒pongamos que se llamaba Quevedo‒, permanece y dura. La magdalena de Proust, por ejemplo, o el esplendor en la hierba de de Elia Kazan. Entre clásicos de la literatura y el cine anda el juego. Garci lo es, en lo uno y en lo otro.

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