Los Marxistas sin nido

Los Marxistas sin nido. Facundo Di Vicenzo

A Iberoamérica, como han demostrado hasta el cansancio pensadores como Arturo Jauretche o Alberto Methol Ferré, desde los tiempos de la independencia, y un poco antes también, con las Reformas Borbónicas, llega en los primeros años del siglo XIX la embestida del capital mercantil con un mito a cuestas, hablo del mito del progreso. Una idea fuerza que se convirtió en doctrina, fin y objetivo último a cumplir por los Estados Liberales implantados en la región tras las guerras del siglo XIX. Con la idea de progreso se han justificado matanzas, expropiaciones, fusilamientos, fraudes, ajustes económicos y demás penurias para la gran mayoría de las poblaciones ubicadas bajo la cruz del sur. Sin embargo, como ha ocurrido con los términos “liberal” y “liberalismo”, el significado de la palabra no es el mismo que en aquellas épocas. Como señala Methol Ferré, en el Rio de la Plata durante los siglos XIX y hasta las guerras mundiales, la idea del progreso provenía prácticamente de sólo tres países: Inglaterra, primero, Francia y Estados Unidos, después. Ahora bien, hay una distancia abismal entre el progresismo del siglo XIX y el progresismo posterior a la crisis de 1930. Mientras el primero, como señala Jauretche, “tuvo ese momento próspero que tiene toda colonización, que avanza hacia el límite de sus necesidades”, tras los años 30´ con aberraciones como el Pacto Roca Runciman; que lejos de buscar un progreso económico, cultural, social para Argentina lo que hizo fue acelerar la dependencia e integración al Imperio británico, aquel progresismo se convirtió en “antiprogreso”, escribe Jauretche: “y la fuerza que nos había impulsado a andar, era ahora la que nos detenía.[1]” Punto aparte merece el tema de que la mayoría de los académicos y economistas de renombre no consideren al periodo que va desde la Revolución de los Coroneles de 1943 hasta el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955 como un periodo progresista en la historia Argentina, desestimando todos los indicadores de crecimiento industrial, cultural, social y económico en general. Lo cierto es que tras el rotundo fracaso liberal y progresista de los años treinta parecería que los términos se reacomodaron buscando nuevos significados para volver a aparecer en los años sesenta. ¿Cómo aparecen? Discutiendo la educación religiosa, cuestionando el desarrollo industrial Nacional como todo vestigio de Nacionalismo y revisitando la historia de continente, especialmente vuelven a dos etapas: la colonial: para denunciar la violencia ejercida por los españoles sobre los indígenas (omitiendo todo el proceso de sincretismo desarrollado a lo largo de los 300 años de dominio español), y la época de Rosas, para mostrar que durante sus gobiernos se implementó un régimen personalista y feudal (pasando no sólo por alto las elecciones que lo llevaron al gobierno sino también las incursiones en el Rio de la Plata de las potencias extranjeras como la dependencia y corrupción generada durante los gobiernos liberales y unitarios). Parafraseando a Jauretche, este progresismo con su versión histórica “Mitromarxista” ha llegado hasta nuestros días con algunas modificaciones.

La primera es la relacionada con una extraña posición antinacional. ¿Por qué digo extraña?  Observo que en los medios de comunicación progresistas autodenominados de “la nueva izquierda latinoamericana” se ataca a cualquier gasto asociado con la defensa Nacional. A pesar de tener a la OTAN ocupando parte de nuestro territorio y la mayor parte de las islas del Atlántico Sur, alegan que no hay ninguna situación que amerite aumentar nuestras defensas en las fronteras terrestres, marítimas y aéreas. Incluso en ocasiones, proponen erradicar las fronteras, fomentar los lazos con el mundo, entrando al tramposo juego del pacificismo anglosajón de la autodeterminación –debería llamarse autoeliminación- de los pueblos. Argumentos utilizados por ciertos progresistas para hablar de lo ocurrido en Panamá, las Guyanas, Puerto Rico y hasta en las Malvinas, donde piden: “que decidan sus habitantes.” El problema de estos “progresistas sin nido” es que no comprenden, por su posmodernismo sin tradiciones ni memoria, que el presente es más que el presente, que existe y se constituye a partir de un pasado real –no es un relato-, el presente como el pasado es palpable, permanente y presente, por ejemplo, existe en los cuerpos enterrados en el cementerio de Darwin.

La segunda es la concerniente a la idea de desarrollo en sí misma. Juan Domingo Perón hablaba que todo proyecto, todo programa debía nacer “de las organizaciones libres del pueblo”, no se puede cortar el natural ciclo de sociabilidad que reina en los humanos. En cambio, el progresismo sin nido busca en otros lugares su proyecto, sin detenerse a pensar en nuestra historia o en nuestras organizaciones existentes busca “los modelos exitosos de las potencias del Atlántico Norte”. El filósofo Esteban Montenegro es su prólogo al libro de Aleksandr Dugin, Logos Argentino, realiza una interesante reflexión sobre este problema, escribe: “La parte del Pensamiento Nacional [habla de la izquierda Nacional] se ha dedicado a proponer una industrialización que repita la experiencia “exitosa” de las naciones centrales, sin criticar el sentido de la Historia proyectado por ellas mismas, es decir, la Modernidad. Por eso el Progresismo desarrollista todavía paraliza nuestra potencia: ha dado por sentado que “el sentido” y la “dirección” del progreso que tenemos por delante está marcado por el desarrollo de la Europa Occidental.[2]

La tercera y última se relaciona con el progresismo y su relación con la identidad Nacional: Memoria, historia, tradición y costumbres argentinas. Su negación por lo Nacional ha llegado al punto de hablar de Patria Grande pero no hablar sobre lo Nacional, el todo parecería mucho más que la suma de las partes para los progresistas de la llamada nueva izquierda. Dividieron la región en dos partidos transnacionales (izquierda / derecha) pasando por alto una historia en común, y lo que es peor, un enemigo en común (OTAN). El filósofo Nimio de Anquin explica que “mientras el nacionalismo es la concepción política que propicia el encaminamiento de la Nación a la consecución de un bien común por el orden y la unidad” […] el partidismo corrompe al régimen político creando mitos y todo Estado mítico es totalitario por promover la unicidad, la absolutidad y la exclusividad engendrando el despotismo y la división.[3]” El partidismo (de izquierda o derecha) rompe la naturaleza del Nacionalismo, el argentino y el de la Patria Grande (Iberoamericana), el progresismo sin nido busca el mejor lugar en donde dejar sus pollitos sin importar si es en el árbol vecino o en un árbol que queda en otro bosque. Trastoca la idea misma de Patria Grande por la que soñaron los libertadores de América hace doscientos años, quienes primero comprendían las vivencias y principios de sus pueblos y luego, encontraban esos principios y vivencias en los pueblos vecinos, y no al revés. Sin comprender lo cercano: la familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, barrio, es imposible comprender lo Nacional, como dice el maestro Alberto Buela, “nos quedaríamos en la periferia de lo Nacional. Y consideramos que esto es así, no por incapacidad, sino simplemente porque la conformación de una conciencia marxista no puede ver lo nacional más que desde el espejo de la determinación fundamental que para el marxismo configuran las relaciones entre los hombres; esto es lo económico. Es por ello que al darle la primacía a este aspecto, una conciencia marxista, por más bien intencionada que se encuentre, esta llevada a negar, si quiere ser coherente con su propia cosmovisión, valores determinantes de “lo nacional” como lo son, por ejemplo, los éticos religiosos del pueblo.[1]

En fin, como diría Carlos Salvador Bilardo, “todo se reduce a mirar bien a quien le pasamos la pelota.”


[1] Buela, Alberto, El sentido de América. Seis ensayos en busca de nuestra identidad, Buenos Aires, Theoría, 1990, p. 20.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Jauretche, Arturo, El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, Peña Lillo Editor, 1966, pp. 30-31.

[2]Montenegro, Esteban, “Prólogo”, En: Dugin, Aleksandr, Logos Argentino. Metafísica del Cruz del Sur, Buenos Aires, Nomos, p. 17.

[3] De Anquin, Nimio, Escritos Políticos [1926-1972], Santa Fe, Instituto Leopoldo Lugones, 1972, p. 32.

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