Mediocracia: poder político, democracia y medios de comunicación (6)

Mediocracia: poder político, democracia y medios de comunicación (6). Emmanuel Martínez Alcocer

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LAS DIFERENTES POSIBILIDADES DE INTERCONEXIÓN

Una vez que ya hemos dejado claras las referencias respecto a los grupos mediáticos, hemos comentado muy brevemente los cambios más recientes del sector y una vez que hemos desgranado con suficiente claridad los conceptos e ideas involucradas en nuestro tema, a saber:

  1. El poder político, entendido como aquel poder producto de la reconfiguración del poder etológico, o en sentido genérico, que requiere de la configuración del Estado, que implica una autoridad (que incluye en todo momento la posibilidad del ejercicio del poder físico) mediante la cual un grupo del cuerpo social y político es capaz de plegar a los otros a los planes y programas necesarios para la perdurabilidad y fortaleza del Estado, requiriendo por ello de cadenas de mando y del lenguaje;
  2. La democracia, entendida como una categoría política, como un sistema político que «se dice de muchas maneras», maneras que dependerán del material social e histórico de cada democracia y que requiere, en tanto en cuanto sistema político, de la aparición de los Estados modernos, de la soberanía nacional, de un mercado económico lo suficiente-mente desarrollado y de la posibilidad de la elección de los representantes de dicha soberanía por el conjunto o al menos buena parte de los individuos soberanos, pero también entendida como una nebulosa ideológica que tiende a extender la democracia más allá de su categoría política por mor de la batalla política o partidista por el poder;
  3. Los medios de comunicación, entendidos como aquellas plataformas, técnicas y/o tecnologías con un mayor o menor alcance encaminadas a la propagación de unos contenidos informativos o mensajes (cuyas modalidades dependerán de los medios elegi-dos) de interés común mediante unos lenguajes u otros. Medios que en un momento de-terminado de su desarrollo adquieren tal capacidad que se convierten en medios masivos capaces de llegar a todos los rincones del planeta y por tanto con un gran poder;
  4. Y la mediocracia, entendida como el poder ejercido por los medios de comunicación de alcance masivo en las democracias modernas que, cuando se le da un sesgo positivo a dicho poder puede entenderse que esta mediocracia tiene la capacidad de prestar un gran servicio a las democracias (forma de régimen común en todos los países miembro de la Unión Europea) al contribuir, junto a los sistemas educativos y familiares, a la educación, entretenimiento[1], información y formación de juicio de los ciudadanos, electores de sus gobernantes. Pero que si se le da un sesgo negativo, causado por su gran capacidad de influencia en función de unos intereses económicos e ideológicos –ya sean esos intereses económicos e ideológicos los propios de los grupos de comunicación (mediocracia recta) ya sean los de empresas, corporaciones, partidos políticos o Gobiernos que los financian (mediocracia oblicua)–, la mediocracia en general deberá ser entendida, en sus diversas vertientes, como la difusión, de forma velada en mayor o menor medida, de propaganda política (o comercial, bancaria, etc.), llegando a la desinformación y/o a la infoxicación, con el objetivo básico de conducir, condicionar, orientar o manipular el voto de los ciudadanos de las democracias, anulando la capacidad de juicio propio, informado y libre en favor de un partido político u otro o para el apoyo incondicional de los dictados de su Gobierno (oficialismo). Este último que hemos explicitado es el sentido habitual que, cuando se refiere a los medios de comunicación masivos (y no, como también sucede hasta la actualidad, al gobierno de los mediocres), recibe la mediocracia.

Una vez hecho esto, decimos, estamos en condiciones de abordar otra breve clasificación que consiga arrojar algo de luz acerca del fenómeno de la mediocracia; en qué sentidos podemos entenderla y, por tanto, en qué sentidos puede afectar tanto a los países de la Unión Europea como a sus ciudadanos. Queremos ahora, pues, desarrollar mínima-mente las diferentes conexiones que pueden darse entre el poder político y los medios de comunicación tal y como los hemos definido. Y es que si no clasificamos y distinguimos las distintas posibilidades, como venimos haciendo, no podremos entender adecuada-mente el resultado de nuestras pesquisas.

A nuestro juicio cabe distinguir al menos cuatro posibilidades de conexión y relación entre los medios de comunicación y el poder político (aquí lo vamos a tratar de manera general entendiendo que todo lo que digamos puede aplicarse, haciendo todas las concreciones que sean necesarias, a todas las democracias modernas que componen la Unión Europea):

  1. La primera forma que distinguimos podríamos llamarla la forma cero de conexión y relación. ¿Y esto por qué? Porque según esta primera forma –que incluimos como posibilidad lógica antes que conceptual o real para el fenómenos de la mediocracia– el poder político y los medios de comunicación no tendrían conexión ni relación necesaria, ya sea porque son entendidas como realidades que, aunque coexistan, siempre deben en-tenderse como separadas, por ejemplo para que sigan conservando sus características, o bien porque en realidad no tienen nada que ver la una con la otra o incluso se muestran como incompatibles (lo cual es imposible por una de las características esenciales que hemos indicado respecto al poder político, a saber: que la palabra es indisociable del desarrollo de los planes y programas políticos necesarios para el buen orden y fortaleza del Estado, y en estos Estados modernos y democráticos la complejidad social y volumen demográfico son tan grandes que se hacen imprescindibles unos medios de comunicación u otros capaces de llegar a un número suficiente de ciudadanos). Aquí, sobre todo en la segunda modalidad, en la separación radical, la mediocracia sería imposible ya que se corta toda relación con el poder político. Son esferas separadas con una unión en todo caso muy contingente.
  2. La segunda forma de conexión y relación entre el poder político y los medios de comunicación puede ser llamada la forma ascendente. Aquella en la que se entiende que el poder político se subordina o pliega ante el poder incontrolable de los medios de comunicación. Según esta segunda forma los medios de comunicación de masas en las democracias modernas habrían desarrollado tal poder –más allá del cuarto poder– que serían capaces de plegar los poderes políticos a sus intereses. Sabiendo de la necesidad que los poderes políticos tienen de estos medios de masas, sobre todo de los grandes grupos, para propagar sus mensajes –por ejemplo en las campañas electorales– o para hacer conocer los planes y programas estatales, los grupos de comunicación tendrían la capacidad de plegar los intereses de los poderes políticos a los suyos propios. Aquí la mediocracia adquiriría su sentido más recto, pues cabría entender que, dada esta situación, la sociedad política (y sus intereses), la democracia y todos sus votantes, estaría «secuestrada» por el poder de los grupos de comunicación y sus intereses (económicos y/o ideológicos).
  3. Una tercera forma de conexión y relación entre el poder político y los medios de comunicación que cabe distinguir sería la que podríamos llamar la forma descendente, que sería la inversa de la situación anterior. En esta tercera forma lo que tendríamos es la subordinación de los medios de comunicación los intereses de los poderes políticos. Según esta tercera forma el desarrollo, alcance y pluralidad alcanzado por los medios de comunicación de masas sería muy grande, pero no lo suficiente como para escapar al control de los Estados, de los Gobiernos (internacionales, nacionales, regionales o loca-les) o de los partidos políticos. De modo que, desde las instancias de los poderes políticos, los medios de comunicación, sin perjuicio de perseguir sus propios intereses y beneficios, o quizá precisamente por perseguirlos, actuarían al dictado de estos poderes difundiendo los mensajes y contenidos que interesen en cada caso. Bien se trate a través de la financiación por parte de tal o cual partido o tal o cual Gobierno, bien se trate directamente por amenazas, censuras, prohibiciones, cierres de publicaciones o canales, etc. Aquí también podemos encontrar la mediocracia como una amenaza para la libertad y el juicio libre de los ciudadanos de las democracias modernas, pero en un sentido más oblicuo que en la anterior forma. Sin dejar de darse esta mediocracia, en un sentido también negativo, esta estaría actuando no por sus propios intereses (recta) sino al servicio del poder político. Los medios de comunicación como mercenarios del poder. Lo cual, como en la anterior ocasión, supondría un gran peligro para los principios democráticos sobre los que se basan estas sociedades europeas, ya que si, debido a la manipulación y el control que se ejerce a través de los medios de comunicación de masas, la población carece de juicio y libertad para elegir las mejores opciones, tanto las poblaciones como los regímenes democráticos corren el peligro de quedar secuestrados por una maraña de intereses no confluyentes o ajenos a los de la soberanía nacional y la libertad civil.
  4. Por último, cabría distinguir una cuarta forma de conexión y relación entre el poder político y los medios de comunicación que podríamos llamar la forma conjugada. Esta última forma se diferenciaría de todas las demás en que postularía que en ocasiones el poder político y los medios de comunicación mantienen conexiones y relaciones (ya sean armónicas o conflictivas) y que en otras ocasiones no tienen relación. Se diferencia-ría de la forma ascendente y de la forma descendente en que esta cuarta opción no reconoce la posibilidad de una subordinación total, ya sea de los medios de comunicación al poder político o ya sea la subordinación del poder político a los medios de comunicación. Habría que diferenciar los casos y las ocasiones. Aunque sí cabría reconocer una semejanza con ambas opciones, siempre teniendo en cuenta la distancia apuntada, al menos en tanto en cuanto reconoce tanto una influencia ascendente como una influencia descendente entre poder mediático y político.

Por estos mismos motivos esta cuarta forma se diferenciaría de la forma cero en que admitiría momentos o casos en los intereses el poder mediático coinciden con los del poder político (conjugación armónica), y momentos o casos en los que la involucración entre el poder e intereses de los medios de comunicación entran en conflicto con los intereses de los poderes políticos, primando entonces unos u otros (conjugación conflictiva). Desde esta cuarta forma es muy importante tener en todo momento presente la pluralidad de medios de comunicación, de grupos de comunicación y de poderes políticos. Lo cual obligará siempre, a la hora de abordar las situaciones de mediocracia, a atender a los casos concretos, que pueden llegar a ser más o menos generales. Es decir, desde esta cuarta forma no podemos decir que no hay mediocracia (forma cero), pero tampoco podemos decir que la mediocracia se da siempre de forma ascendente ni tampoco que se da siempre de la forma descendente; deberemos decir que en muchas ocasiones se dan o darán situaciones de mediocracia de distintas formas y en otras no.

Nosotros nos vamos a inclinar por esta última opción. Una opción pluralista que, como podemos ver por lo dicho, es capaz de explicar las otras tres opciones. Una opción, por tanto, que es más potente que las otras, mientras que las otras son incapaces de dar cuenta de esta última opción (aunque tengan su virtualidad). Y además es una opción que nos permite entender la posibilidad de que en ocasiones se pueda producir un control por parte del poder político de los medios de comunicación, o de algunos de ellos, por ejemplo mediante subvenciones o mediante leyes más restrictivas o más permisivas. Y de que en otras ocasiones tanto los grupos mediáticos como los poderes políticos coincidan en sus intereses (en detrimento de la libertad de los ciudadanos o no).

Esta cuarta forma también nos permite entender que, en ocasiones, los medios de comunicación, sobre todo los grupos mediáticos más grandes, sean capaces de influir en tal medida sobre algunos de los poderes políticos que los acorralen, e incluso alcancen tal capacidad de presión que los lleven a la dimisión (el caso más flagrante seguramente sea el escándalo del Watergate). Un caso no muy lejano podríamos situarlo en el contexto de la última Guerra de Irak, en 2003. Por entonces se produjo, a su vez, una batalla mediática entre el Gobierno laborista de Tony Blair y la BBC con motivo de las famosas armas de destrucción masiva que supuestamente poseería Irak. La BBC acusó al Gobierno de maquillar los informes que demostrarían la existencia de dichas armas. El Gobierno, en su defensa, acusó a la importante cadena británica de realizar un serio ataque contra el presidente y su Gobierno. Todo el asunto llegó a tal nivel que se saldó con el suicidio –si no queremos pensar peor– del que habría sido el informador anónimo de la BBC, el científico David Kelly, así como con la dimisión del presidente y director general de la cadena. Este conflicto provocó que Blair, y el Gobierno británico en ese momento, decidiera acercarse a otro medio de comunicación, Sky News, de cuyo propietario, Rupert Murdoch, ya hemos dicho algo antes. Como vemos, al ir a los casos concretos enseguida observamos que la dialéctica entre medios de comunicación y poderes políticos provoca continuas convergencias y divergencias entre medios y poderes políticos.

Pero en la misma línea que lo que decimos también se da la posibilidad de que los medios sean capaces, mediante la difusión de unas informaciones y no otras, o de informaciones dadas a medias, o directamente mediante informaciones falsas (como las falsas noticias o fake news) de determinar el rumbo de las opiniones de buena parte de los ciudadanos sobre unos temas u otros (o de la compra de unos productos u otros). Llegando a poder provocar grandes conflictos sociales o, al contrario, a garantizar –en favor del Gobierno de turno– una pasividad tal en la población que la haga dócil y sumisa, siendo capaz de aceptar cualquier medida por más restrictiva que sea. Es por la adopción de esta vía oficialista que, a mediados de la década del 2000, Lucia Annunziata, presidente de la RAI italiana en ese momento, decidió dimitir. Ella alegaba que el pluralismo mediático brillaba por su ausencia –en referencia también a la Nueva Ley de propiedad de los Me-dios aprobada por el Gobierno de Berlusconi de ese momento– y que el Consejo que ella presidía operaba de manera ilegítima. Sobre ese oficialismo también se pronunció en 2004 el Parlamento Europeo que, en su Informe sobre libertad de expresión e información en la UE, del 22 de abril, indicaba la situación anómala del caso italiano por la especial concentración de poder político, económico y mediático en una sola figura. Dicha figura, además de ser la persona más rica del país, era el jefe del Ejecutivo italiano y poseía un gran control sobre los medios de comunicación públicos y privados.

Por supuesto, estas cuatro formas u opciones interpretativas que acabamos de distinguir no son totalmente excluyentes entre sí (sobre todo en el caso de las formas cero, ascendente y descendente). Es más, cabría decir que no es imposible encontrarlas a la vez en distintos trabajos de autores que han trabajado en este asunto o en distintos momentos en sus publicaciones. Por ello reconocemos que a la hora de situar a un autor o a otro en una de las opciones quizá puedan encontrarse ciertos argumentos para afirmar que también pueden ser situados en otra, aunque sea su contraria. No es una situación extraña y que hay que tener en cuenta. Como decimos, son opciones o formas de conexión y relación que hemos distinguido para poder clasificar mejor, pero que, aun así, ya sea por la propia confusión del autor en cuestión –confusión que puede venir motivada por la propia variabilidad y complejidad de la temática, como advierte la cuarta forma por la que aquí optamos, la conjugada–, que intentando defender una postura no tenga más remedio que reconocer –aunque sea sin darse cuenta– otras posibilidades, o ya sea por un cambio en las propias concepciones intelectuales –cosa totalmente comprensible y normal en cualquier estudioso de cualquier tema–, son posturas diversas que pueden encontrarse a me-nudo en la bibliografía, muy variada, de nuestro tema. Ya sea en artículos académicos, en entrevistas o incluso en programas de debate.

Debido a ello, y para no parezca que nuestras distinciones carecen de fundamento bibliográfico o académico –aparte del propio fundamento lógico que ya hemos explicado–, quizá sea de interés ejemplificar, al menos con un autor en cada caso, algunas de las opciones o formas detalladas arriba.

  1. Respecto a esta primera opción o forma cero de conexión y relación entre el poder político y los medios de comunicación, que es la forma que niega propiamente esa posible conexión y relación, no creemos poder incluir en ella a algún autor en concreto. En primer lugar porque, como arriba dijimos, la admitimos como una posibilidad lógica antes que conceptual o real. Sólo desde una posición con una gran carga metafísica (o formalista) que conciba tanto al poder político como a los medios de comunicación como esferas totalmente distintas, con orígenes dispares y sin posibilidad de relación, es posible esa separación tan radical. A su vez, desde esta metafísica formalista sería necesario poder explicar al menos el origen de los medios de comunicación –nos referimos sobre todo a los medios de comunicación de masas, en los cuales es posible el fenómeno de la mediocracia– al margen del poder político y los Estados democráticos modernos. Tendría que ser capaz de explicar sin hacer referencia a esto, por ejemplo, cómo es que después de la Segunda Guerra Mundial y tras el desarrollo de la televisión este fenómeno de la mediocracia empieza a coger tanta fuerza hasta nuestros días con las redes sociales. Pero en segundo lugar también porque, en contrapartida a esta metafísica formalista, entre los estudiosos de la mediocracia es común suponer una influencia o incluso alguna interdependencia en algún grado, pues sin ese mínimo la mediocracia sería imposible.

Lo que sí es posible achacar tanto a esta posibilidad como a las dos siguientes, la ascendente y la descendente, es que en ellas se incluye también una suerte de formalismo –en las dos siguientes no en tal grado como en esta forma cero–, una cierta metafísica del deber ser que está implícita en las posturas que se mantienen desde cada forma de conexión y relación y que estaría ausente en la cuarta opción o forma tal y como nosotros la entendemos, pues se atiene primero a los fenómenos existentes sin postularles un ser como deber –si se nos permite el empleo de esta terminología clásica–. Aunque también es cierto, como luego veremos, que es posible encontrar autores susceptibles de encuadrar en la forma conjugada y que sin embargo no se libran de este aspecto.

Este deber ser postulado, y aparece encarecidamente en tanto en cuanto se relaciona con la forma democrática de gobierno, es una suerte de equilibrio ideal que tanto los medios como el poder político deberían mantener por mor de salvaguarda de la democracia. En la primera forma de (no) conexión y relación ese deber ser estaría en la necesidad de que ambas esferas estuvieran siempre separadas, pues su unión, o siquiera su intersección en algunos puntos, supondría una corrupción de tales realidades de modo que el sistema monadológico se desmoronaría. En las otras dos formas siguientes, aunque se reconozca el dominio de un poder sobre otro (ya sea el mediático sobre el político o ya sea el político sobre el mediático), dicho dominio es reconocido y denunciado como un error, como un mal presente –para la democracia, sobre todo cuando se habla de democracia plena o completa– que hay que subsanar. Pues sólo estableciendo o garantizando un equilibrio, entre el poder político y el poder mediático, que garantice un acceso a la información veraz por parte de la ciudadanía y/o un control de los poderes políticos a través de los medios de comunicación, sería posible una «convivencia democráticamente sana» entre ambos poderes.

Sin este equilibrio la democracia estaría siempre en peligro o directamente no podríamos hablar de democracia, pues los ciudadanos nunca podrían elegir a sus representantes desde una información adecuada –el juicio ciudadano u opinión pública se per-vierte– ni tendrían arma pública con la que defenderse o mantener a raya a la clase política sacando a la luz sus escándalos, errores y corrupciones. Habría de darse un permanente equilibrio entre un poder y otro que sería imperioso mantener sin dejar que la balanza se incline por un lado u otro. De ahí que el profesor José Luis Tejeda defienda que «entre las libertades civiles, la de información y de expresión y los intereses de las grandes compañías a las que están atados, los mass media se erigen en un poder influyente y amenazante que hace peligrar las democracias actuales, a la vez que guardan un potencial co-municativo y democratizador que nos llevaría mucho más lejos de lo que el ágora antigua hubiera cobijado como espacio público y comunitario. El dilema reside en si la conexión de mass media y comunicación con la política y la democracia nos conduce a otras formas de opresión mediática, o si se resuelve en beneficio de una sociedad más evolucionada y democratizada»[2]. Así también, por ejemplo, Citlali Villafranco Robles afirma que «los medios de comunicación tienen una función que cumplir dentro de los gobiernos demo-cráticos representativos, pero también responden a una lógica de mercado que se contra-pone al principio de información, además la tendencia a la concentración de los medios de comunicación en grandes consorcios internacionales reduce las opciones de información, por ello es necesario pensar en armados institucionales que equilibren dos derechos: libertad de prensa y libertad de información. La posibilidad de consolidación y ampliación democrática, en parte está condicionada por el equilibrio entre ambos derechos»[3].

  1. Uno de los estudiosos que podemos traer a colación respecto a la segunda opción o forma de conexión y relación ascendente es el conocido y muy mediático profesor universitario, tertuliano y expolítico Juan Carlos Monedero. Éste, en una entrevista concedida a TeleSur en 2009[4], aunque también tiene afirmaciones en la misma línea en otros estudios como El Gobierno de las Palabras, en manifestaciones públicas y algunos artículos, ha sostenido, sobre todo en referencia a algunos países de Hispanoamérica, que los medios de comunicación tienen el poder suficiente como para quitar y poner Gobiernos electos, por lo que, a su juicio, los ciudadanos vivimos en un sistema de mediocracias (en su sentido más negativo y directo). Según este autor, los medios de comunicación han sido capaces de convencer a los ciudadanos de nuestras democracias de que la libertad de expresión no es sino lo que permite a los dueños de los medios de comunicación defender sus intereses particulares por medio del negocio mediático.

Es más, en su opinión los medios de comunicación tienen tal poder que no ya son sólo capaces de manipular poblaciones y Gobiernos, sino que son capaces de manipular a organismos de derechos humanos internacionales, los cuales sancionan a estos países en función de las informaciones vertidas por estos medios de comunicación. Se refiere, en concreto, a los informes emitidos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que está adscrita a la Organización de Estados Americanos (OEA). Es por eso que, a su juicio, el informe de la CIDH sobre Venezuela en ese año dictaminaba que ese país necesitaba mejorar la defensa y cumplimiento de los derechos humanos. Además de acusar a Venezuela de obstaculizar la libertad de expresión de los medios.

Juan Carlos Monedero afirmaba que mientras la CIDH acusaba a Venezuela de impedir la libertad de expresión, dentro del país desde los medios de comunicación se estaba realizando una permanente campaña contra el Gobierno, incitando incluso al magnicidio, por lo cual no ha habido sanción alguna a pesar de la gravedad de las incitaciones. También indica el poder que ejercieron los medios de comunicación en un golpe de Estado que, el 11 de abril de 2002, se realizó contra Hugo Chávez, que sacó del poder a éste durante dos días. También se produjeron numerosos actos violentos en los que murieron 12 civiles. Y, sin embargo, denuncia nuestro autor, contra esta conducta antidemocrática de los medios de comunicación la CIDH no emitió informe ni condena alguna. Tampoco lo hizo ningún otro organismo internacional de derechos humanos.

Para él, los sistemas de comunicación han creado un sistema totalmente impune, han conseguido un blindaje que los protege ante cualquiera de sus acciones, sin posibilidad de regular sus acciones contra las democracias y sus irresponsabilidades mediáticas.

  1. Para la tercera opción, la descendente, podemos tomar como uno de los ejemplos el desarrollado por una de las autoras ya citadas, Silvia Pellegrini, la cual es periodista, decano de la Facultad de Letras y Periodismo de la Universidad Católica de Murcia y profesora de Políticas de la Información en la Escuela de Periodismo de la misma. Debemos decir que esta autora adoptaría una posición más propia de la forma conjugada, pero para los casos de los regímenes democráticos que no están completamente desarrollados sí que admite la posibilidad de que en ellos el poder político domine los medios de comunicación (qué sea eso de «completamente desarrollados» es algo que quizá la autora sepa, pero en su trabajo no nos ha hecho partícipes de tan sublime idea, seguramente porque se esté posicionando en una concepción ideal de la democracia (como vimos más arriba, esta es una de las posibilidades a la hora de abordar la democracia; que sea la mejor forma ya es otro asunto, al que ahora no entraremos)). En esta situación de las democracias que no están «completamente desarrolladas» el poder político convierte a los medios en simples extensiones de su función, o también en voceros de sus propios postulados. Esto, desde su concepción –y de una forma circularista, viciosa–, explicaría que sean democracias «subdesarrolladas», pues en una democracia «plena» no se puede dar esta subordinación.

Así pues, en estos casos, a juicio de la autora, la prensa «sólo refleja las problemáticas, los intereses y las proporciones de poder del sistema político»[5]. Y como ejemplo nos habla de la llamada prensa de trinchera, en cuya acción más que la información lo que interesaría sería el objetivo político del medio. Una de las maneras de medir la independencia de la prensa, una situación normal en una democracia desarrollada, es fijándonos en el trabajo de análisis de las fuentes a las cuales los periodistas consultan. Cuando un sistema informativo es sano los medios, cuando recurren a fuentes políticas, pueden considerar a estas como una forma de obtención y comprobación de la información. Sin embargo, en un sistema dependiente –insano–, son las fuentes las que deciden sobre qué informar y se recurre siempre a las mismas personas para hacerlo, las cuales trabajan como voceros del poder político. En los casos de «trinchera extrema» esas fuentes directamente lo que proporcionan es la propaganda a difundir, produciéndose así una distancia creciente con la realidad. Poco a poco se va abriendo un abismo, por decirlo con una fórmula actual, entre la opinión pública y la opinión publicada.

Si bien, no es este periodismo de trinchera el único modo que tiene el poder político de manipular al poder mediático en una democracia que no está completamente desarrollada. Los Gobiernos, a juicio de nuestra autora, tienen diversas técnicas y procesos tanto formales como informales por medio de los cuales ejercer la influencia requerida en los medios. Por ejemplo, pueden recurrir a voceros de prensa, a oficinas de comunicación, a llamadas telefónicas (o sea, presiones), a una persuasión amistosa, así como a la entrega condicionada de datos, de entrevistas o de noticias exclusivas. De este modo, «los gobiernos y también los partidos políticos establecen verdaderos «sistemas informativos dentro del sistema», a través de las formas en que diseminan la información o se insertan en los medios para lograr la atención pública»[6]. También es posible el dictado de leyes estrictas sobre los medios o la promoción de distintas políticas para los distintos medios. Una de ellas puede ser el establecimiento de controles dependiendo del alcance del medio en cuestión, pudiendo así, por ejemplo, procurar un control más restrictivo para las televisiones que para las revistas, puesto que en las primeras el alcance es mucho mayor. Otra situación es la que se daría en los casos de aquellos medios que, directamente, se plegarían a los intereses y líneas editoriales del poder político sólo por congraciarse con él. O la de aquellos que, al no poder recibir una información de suficiente calidad –ya que esta ven-dría de las instancias políticas, los Gobiernos y los partidos políticos– pierde público y ventas hasta el punto en que debe optar por desaparecer o plegarse al poder.

Son, pues, en estas democracias, múltiples los mecanismos por los que el poder político podría subordinar a los medios de comunicación. Aunque, a nuestro modo de ver, si seguimos esta línea y nos atenemos a los hechos que la propia prensa revela a menudo deberíamos concluir que no existe en ningún sitio una democracia completamente desarrollada. Pues en todas las democracias realmente existentes podemos ver, de forma más o menos frecuente, este tipo de situaciones o intentos de control. Unas situaciones que, desde la cuarta forma de conexión y relación que hemos distinguido, serían normales de las democracias (otra cosa es que sean siempre preferibles) sin perjuicio de poder reconocerlas como democracias.

4.1. Un ejemplo que podríamos poner de autor susceptible de ser incluido en una postura conjuntiva, aunque desde una perspectiva más bien armónica, es ya conocido por nosotros, pues hemos hablado de él al principio. No es otro que nuestro actual Ministro de Universidades Manuel Castells. Éste, en el artículo de 1995 comentado arriba, comen-taba que la mediocracia también «tiene un positivo efecto antiséptico sobre los mecanismos de ejercicio del poder político». Y a pesar de que siempre está presente el problema de quién vigila al vigilante, a pesar de que el desplazamiento del poder a los medios de comunicación (la mediocracia) puede tener un efecto negativo, éste puede subsanarse en gran medida. ¿Cómo evitar la desestabilización de las instituciones del Estado y de los Gobiernos por parte de los medios de comunicación si se da a estos tanto poder? «¿Cómo desactivar las campañas sesgadas que tienen lugar dentro del mundo de la comunicación? ¿Cómo prevenir la calumnia? Y, sobre todo, ¿cómo evitar una continua desestabilización de las instituciones que puede conducir a la cultura del cinismo?» Hay quien optaría por la censura, pero esto para él no es la solución. Tampoco lo son la promulgación de leyes excepcionales o el control directo ni indirecto de los medios. Este tipo de soluciones son ineficaces, a su juicio. Entre otras cosas porque los jueces se encargarían defender a los medios de comunicación ya que, en opinión de Castells, les serían necesarios para su propia autonomía. Pero además serían peligrosas para la democracia, porque el control de los medios debilita el principal mecanismo que tiene la ciudadanía para contrarrestar al poder político.

Para él la mejor forma de, por un lado, mantener el poder de los medios de comunicación y, por otro, no desgastar el poder político ni degradar a la democracia, es que los políticos mantengan constantemente un comportamiento irreprochable. Esto no evitará de todas formas que los medios a veces inventen o insinúen entuertos, pero esto es un mal menor comparado con la importancia de mantener el equilibrio de control mutuo entre el poder político y el poder mediático. Y que esta ejemplaridad que pide a los gobernantes pueda parecer demasiado no es obstáculo, porque es justo por eso por lo que «hace falta imponerla mediante un control cada vez más estricto por parte de la sociedad que sólo se puede efectuar mediante los medios de comunicación».

Sin duda, admite, en todos los sistemas democráticos hay ámbitos reservados por seguridad del Estado en los que los ciudadanos delegan su confianza en los gobernantes. En estos ámbitos la protección legal está justificada. Pero también, de nuevo en búsqueda de esta conjunción armónica, es necesario asegurarlos mediante el estricto control ciudadano de estos gobernantes responsables de estos asuntos, control que sólo puede hacerse a través de los medios. Por eso «la mejor manera de no difundir las deliberaciones de los consejos de ministros, secretas bajo juramento, es que los ministros o ex ministros no las cuenten. Las filtraciones intencionadas y los cotilleos irresponsables son una fuente de desestabilización más importante que el periodismo de investigación. Los medios son, generalmente, eso: medios de ajustes de cuentas entre los miembros de la clase política y financiera. Son el espacio en el que se juega el poder». De ahí que si el Estado no debe controlar a los medios, la sociedad sí deba. De nuevo todo parece encajar: el poder político es controlado por los medios y los medios controlados por la sociedad. Al menos en teoría, porque aunque la sociedad deba intentar ejercer ese control, no es tan fácil. Ahí está el peligro de la mediocracia, a saber: «un sistema en el que poderes financieros, religiosos y políticos influencien de manera decisiva en el poder a través de su peso en los medios de comunicación fuera de la vista de los ciudadanos». Por es eso aquí donde las formas asociativas de nuestras sociedades democráticas (incluidos los partidos políticos y los sindicatos) se revelan tan importantes para él. Estas formas asociativas deben encontrar, si quieren mantener la integridad de su democracia y de su Estado a la vez que mantener a raya a la mediocracia, «modalidades de intervención en los medios desde los mensajes de lectores / oyentes / videntes al contacto directo con los periodistas, de forma que la trama sociedad-medios de comunicación sea tan tupida como la que éstos tienen con los grupos de poder». Otro mecanismo sería el fomento de la autonomía profesional de los periodistas con respecto a sus empresas, porque si la sociedad quiere un periodismo responsable ha de responsabilizarse a su vez de los periodistas.

Y otra medida es la construcción de redes horizontales de información entre las personas, lo cual elimina las jerarquías. Esta horizontalidad garantizaría, de nuevo, la armonía. Pero, como hoy ya hemos podido ver, esas redes horizontales de las que entonces hablaba Castells, y que hoy llamamos redes sociales (incluyendo en ella las aplicaciones de mensajería instantánea), tampoco han sido la solución. Es más, en ellas las jerarquías, las manipulaciones, las desinformaciones y las noticias falsas funcionan más rápido, mejor y de manera mucho más abundante que a través de los medios «tradicionales» (prensa, radio, televisión…). En éstos al menos habría algún tipo de filtro, en ocasiones. Incluso aunque sean filtros a su vez condicionados, interesados o dirigidos. Sin embargo, en las redes los usuarios –que, como indica el coronel y geoestratego Pedro Baños, pueden acabar convertidos en zombis digitales[7]– carecen de filtro alguno, están a la intemperie ante cualquier falsedad o manipulación, sobre todo desde que el nivel educativo ha caído tanto que los ciudadanos de nuestras democracias siquiera cuentan con unas herramientas mí-nimas de discriminación. Parece que la última barrera también está cayendo.

4.2. Y un ejemplo que podríamos traer como postura conjuntiva pero de tendencia más bien conflictiva podemos encontrarlo en José Luis Tejeda. Éste considera que los medios de comunicación actualmente antes sirven para el ejercicio de la mediocracia desde el poder político que para la información adecuada de la población, pero, desde un punto de vista ideal, nos habla de un equilibrio que debería darse en el que los mass media actuaran como elementos críticos contra el poder equilibrando así, en este conflicto, la balanza entre el poder político y el poder ciudadano. Como alguna vez ha sucedido, aun-que no sea lo más común. Así, a su juicio, en los regímenes democráticos consolidados y estables, la diferencia entre la clase política y el pueblo (o los ciudadanos ausentes o con baja presencia pública) se va acrecentando. Porque a las dificultades técnicas de reunir a tales masas de población, los representados, para tomar las decisiones políticas se añade la complejidad propia de la sociedad moderna y el desarrollo de los intereses de la clase política, que aumentan su liderazgo y control.

Ante esta brecha los medios de comunicación, o mass media, tendrían el papel de superar esta separación entre la representación política y el alejamiento de las élites políticas respecto a sus representados. Pero, al mismo tiempo, a medida que estos mass media aumentan su importancia, su rol en estas sociedades, aumenta su poder. De este modo «se concibe que los mass media sustituyen el espacio público territorializado en que se reúnen, deliberan y deciden los ciudadanos. Es imposible congregar a millones de personas en un sitio público para discutir y decidir. Los medios llegan a millones de lectores, espectadores y televidentes que reciben información, mensajes, imágenes y señales que forman y difunden una opinión que se dice pública. Un sistema democrático toma decisiones considerando y consultando a la opinión pública. Ésta fue definida en una ocasión por Lippmann como las imágenes que provocan reacciones de grupos de personas o de individuos que hablan en nombre de grupos determinados»[8]. Así que gracias a los mass media y a través de consultas de opinión, sondeos y encuestas se irían presionando en las decisiones del poder político, el cual cedería a estas demandas para mantener la popularidad y la credibilidad así como para mantener satisfechos a los electores, y a su vez, en contraposición a esto, desde el poder político se induce y fabrica la opinión pública, in-tentando orientarla e inclinarla en una dirección determinada, para lo cual emplearían su influencia sobre los medios de comunicación.

Esto habría sido posible desde el momento en que la opinión pública irrumpe en las sociedades modernas reclamando un espacio de discusión frente al poder y como parte propia de la sociedad, en éste momento la conexión entre los patrocinadores y los informadores o periodistas se habría vuelto habitual. Ahora ya no todo vendría impuesto desde el Estado sino que habría otras formas de poder –expresión de las formas más vivas de la «sociedad civil», nos dice el autor–, en lo económico y finalmente también en lo informativo y discursivo, que se enfrentan a él y reclaman su lugar en la sociedad. Hasta tal punto que los medios de comunicación «se hacen de un poder informativo, comunicativo y cultural ante los poderes formales y establecidos, el orden público y el Estado. Todo ello ha permitido el nacimiento y desarrollo de las sociedades liberales y democráticas. Los mass media desnudaron y evidenciaron al poder, en ocasiones lo siguen haciendo e incluso han sido un freno importante de la sociedad ante el poder, o más específicamente ante otras dimensiones del mismo, en particular el físico, el político y el militar»[9]. Estamos ante un conflicto que se daría entre la sociedad civil y el Estado no porque la primera quiera tomar el lugar del segundo, sino porque busca generar influencia mediante la actividad de organizaciones democráticas y la discusión sin censuras ni restricciones en el ámbito informativo y cultural. Así pues «la opinión pública reclama un espacio de mediación, de interlocución y crítica ante el poder público, los gobiernos y las autoridades, lo que la ubica en el ámbito de la sociedad civil, aunque suela estar cargada de intereses económicos y políticos no consensuales»[10]. Unos intereses económicos y políticos que han hecho que, a menudo, los mass media en lugar de ayudar a resolver y aliviar los problemas propios de los regímenes democráticos modernos, consigan agravarlos.

Porque si los medios no cumplen su función, si no reclaman constantemente ese lugar frente al poder político entonces el ideal de la democracia –ideal en el que podemos ver ese deber ser que proponen los estudiosos que siguen esta línea, como hemos comentado antes, un deber ser que estaría facilitado por una concepción ideal de la democracia, en lugar de una concepción funcionalista que se atenga a las realidades sociales e históricas de las democracias– queda alejado de una realidad –tal y como es concebido no puede más que quedar alejado de esa realidad– en la que el pueblo no es quien toma las decisiones cruciales y es, sin embargo, el poder político, la clase política la que decide, muchas veces siguiendo además los intereses de las élites económicas y «clubes de elegidos». Así pues tenemos que o democracia (mass media trabajando para los ciudadanos contra el poder político conjugándose y equilibrándose ambos poderes en la lucha) o mediocracia (mass media trabajando para intereses económicos y políticos contra los ciudadanos), no hay otra posibilidad. El equilibrio alcanzado aquí, en esta situación democrática deseable, es conflictivo, pues para que esta democracia se dé los mass media deben ejercer constantemente su papel crítico contra el poder, y un papel informativo para la población.

Continuará…


[1] 22 Aunque debemos advertir sobre este aspecto, que ahora lo admitimos como «positivo», que dicho entretenimiento puede tener también un aspecto más siniestro y embrutecedor. Sobre todo cuando el entretenimiento se basa en el amarillismo y el sensacionalismo, no cumpliendo entonces más función que la de ser el opio del pueblo. Además, la simplicidad de sus contenidos ayuda a que ocupen tantas horas y espacio tanto en radio como en televisión y en prensa escrita. Ya advertía el filósofo Schopenhauer en el siglo XIX que «es mucho más ardua la posición que se tiene cuando se ofrece instrucción a los hombres que cuando se les ofrece entretenimiento; por eso es una fortuna mayor haber nacido para poeta que para filósofo» (Arthur Schopenhauer, El Mundo como Voluntad y Representación, Ed. Akal, Madrid, 2005, pág. 657). En la misma línea podríamos hablar de los deportes, sobre todo, en el ámbito europeo, en el caso del fútbol. Éste, en muchas cadenas y publicaciones privadas, constituye una fuente de financiación imprescindible. Tanta es la importancia de los deportes que ya se han desarrollado plataformas de pago, como, por ejemplo, Dzon, especializadas en deportes. Esto, para todos aquellos que conciben que la función principal de los medios es proporcionar información y educación a la ciudadanía democrática, para que esta forme su juicio, supone una degradación o claudicación de los medios a la vulgaridad y al mero negocio.

[2] José Luis Tejeda, «Mediocracia, negación de la democracia», en Iztapalapa Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, Nº. 71, año 32, julio-diciembre de 2011, pág. 150.

[3] Citlali Villafranco Robles, «El papel de los medios de comunicación en las democracias», en Andamios, Volumen 2, Nº 3, 2005, pág. 19.

[4] Es posible consultar un artículo en el que se resume dicha entrevista y otros contenidos relacionados con este tema en: https://rebelion.org/democracia-vs-mediocracia/

[5] Silvia Pellegrini, «Medios de comunicación, poder político y democracia», Cuadernos de información, Nº 8, 1993, pág. 12.

[6] Ibíd., pág. 13.

[7] Como explica, entre otras muchas cosas, en su último libro El Dominio Mental. La geopolítica de la Mente, Barcelona, Ed. Ariel, 2020, 544 págs.

[8] José Luis Tejeda, «Mediocracia, negación de la democracia», en Iztapalapa Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, Nº. 71, año 32, julio-diciembre de 2011, pág. 153.

[9] Ibíd., pág. 156.

[10] Ibíd., pág. 154.

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