Mr. Marco Rubio: Un charnego agradecido

Mr. Marco Rubio: Un charnego agradecido. Jorge García Contell

Me disponía a escribir sobre el monumental puñetazo que el pasado 3 de enero dio Donald Trump sobre la ya maltrecha mesa del derecho internacional público y, materialmente, sobre la cabeza de Nicolás Maduro. Después de garabatear unas cuantas líneas, tuve que admitir que no iba a aportar novedades sobre un asunto que otros antes ya abordaron, probablemente con profundidad y acierto superiores a mis capacidades. A fin de cuentas, ya se ha escrito sobre el pertinaz desprecio de los EE. UU. a la soberanía de las naciones terceras, al menos desde la anexión en 1819 de la Florida española e, ininterrumpidamente, hasta anteayer. Y sobre sus estrategias de falsas bandera, tan repetidamente empleadas por el coloso yanqui. Y sobre la cínica sinceridad del hoy presidente gringo, al proclamar a los cuatro vientos que la usurpación y dominio del petróleo venezolano son el principal y apremiante propósito de su agresión militar. Y sobre la servil sumisión de Abascal y su partido a cualesquiera tropelías que el magnate anglocabrón pueda perpetrar. Y sobre el triste papel de perrillo dócil que la Unión Europea desempeña meneando el rabo y mirando de reojo a su amo. Sobre todo esto y algunas cosas más ya otros razonaron y explicaron prolijamente, pero no en cambio sobre la memorable rueda de prensa posterior a la «Operación Resolución Absoluta», la incursión de las fuerzas norteamericanas en la ciudad de Caracas y el secuestro del presidente de aquella república.

La imagen permanecerá grabada indeleblemente en nuestra memoria: en su mansión de Mar-a-Lago (Florida), Trump comparece ante un selecto grupo de periodistas para dar cuenta de la última tropelía perpetrada por los «hombres de ojos sajones y alma bárbara» en «la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español»; así cantaba Rubén Darío y su canto era profecía. Trump presidía la escena, flanqueado por sus notables, sus barones: sus ricoshombres diríamos, si de un rey cristiano se tratase. No es el caso, pues ni la testa del yanqui ha sido ungida con óleo, ni cristiano es el judeocalvinismo constitutivo de los EE. UU., y tampoco quienes le acompañaban eran honorables gentilhombres. Nada de eso; el plutócrata de modales de arrabal y arrogancia de gañán se personaba rodeado de una tríada de secuaces, de sicarios prestos a cualquier desmán y prestos al contradiós. Los dos primeros fueron Pete Hegseth, secretario de Guerra, que intervino para informar sobre la incursión filibustera en Caracas, y Dan Caine, general de la fuerza aérea y presidente del estado mayor conjunto, quien proporcionó información técnica sobre los pormenores tácticos de la captura de Nicolás Maduro. Pero el que me interesa especialmente es Marco Rubio, secretario de Estado (ministro de Exteriores) y antiguo rival de Trump en las primarias republicanas de 2015, que ofreció detalles sobre el gobierno transitorio -y títere- de Venezuela.

Hijo de emigrantes cubanos, ambos camareros instalados en Miami desde antes de la revolución castrista, licenciado en Derecho con meteórica carrera política en las filas conservadoras hasta hoy. Rubio ofreció la coartada que necesitaba Trump: sostuvo que Maduro no era presidente legítimo, sino prófugo de la justicia estadounidense, imputado desde 2020 por delitos de narcoterrorismo y corrupción. Señaló que la intervención se sustentaba en estas acusaciones y en la necesidad de afrontar lo que Washington considera una amenaza directa para la seguridad hemisférica: «Esto es algo muy simple: se trata de los intereses nacionales de Estados Unidos […] mantendremos nuestra postura de fuerza para asegurar que se detenga el flujo de drogas y que los recursos del país beneficien al pueblo venezolano, no a la corrupción». Seguidamente, mencionó que los EE. UU. tienen un plan para incautar y vender entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo para financiar la «transición y estabilización» de Venezuela y dirigirla «hacia donde EE. UU. considera beneficioso tanto para los venezolanos como para sus propios intereses nacionales».

Existe una coincidencia sustancial entre la razia en territorio venezolano y el centenar largo de anteriores incursiones yanquis en Hispanoamérica a lo largo de la historia: invariablemente, los Estados Unidos se atribuyen el papel de víctima agredida. Las tramas de narcotráfico, supuestamente organizadas por Maduro, inevitablemente, nos evocan la voladura del Maine (1898), el incidente del golfo de Tonkín (1964) o los atentados del 11-S en Nueva York (2001) como pretexto para la invasión de Irak. Pero son insoslayables dos diferencias sumamente llamativas. En primer lugar, se ha renunciado a invocar la defensa de los derechos humanos, la libertad o la democracia, palabrería vacua muy querida y usada por el sheriff global. En segundo término, aquí y ahora figura un hispano al mando. Un hispano incuestionable: no ha abandonado su lengua materna y sigue usando el español con soltura y fluidez, está casado con otra hispana -colombiana por más señas- y profesa públicamente el catolicismo. Y lo más importante -desde el punto de vista del establishment gringo- es que se trata de un buen hispano, entusiasta de la hegemonía norteamericana, por encima y a despecho de los estados hispánicos al Sur del río Bravo. Al margen de su identidad étnica y lingüística, Rubio asumió como propios y preferentes los principios y la cosmovisión de la (todavía) mayoría anglosajona. Con nombre y apellido inequívocamente foráneos, pero ideológicamente indistinguible del grupo dominante, se ha esforzado desde la infancia por asimilarse al paradigma dominante y acreditar su fiabilidad inequívoca en defensa de los intereses de los EE. UU. Ha vencido la instintiva repugnancia de los anglos hacia los inmigrantes grasientos.

Lo más fascinante de este fenómeno de elección y correlativa aceptación es su paralelismo con casos muy próximos al lector español. El País Vasco y Cataluña, las dos regiones de precoz y privilegiada industrialización, recibieron la numerosa afluencia de mano de obra procedente de otras regiones no tan afortunadas de una España y estas masas de trabajadores humildes no tardaron en convertirse en objeto del desprecio y la animadversión de las élites locales, aquellas oligarquías que desde finales del siglo XIX elaboraban su constructo ideológico etnoseparatista, verdadera palanca de presión que -más de cien años después- sigue procurando privilegios y beneficios. Los andaluces, extremeños o murcianos, que bailaban otros ritmos y cantaban en otra lengua, no tardaron en recibir el estigma del epíteto denigrante: maketo (invención personal del desequilibrado Sabino Arana) en el País Vasco y xarnego en Cataluña. Precisamente en tierras catalanas surgiría un tipo humano singular -manso, sumiso, dúctil- cuyo afán de ser admitido por los poderosos le llevaría a asumir los prejuicios identitarios de la oligarquía, hasta el punto de sobresalir en un sobrevenido afán separatista. Me refiero al llamado xarnego agraït (charnego agradecido): un aragonés -o manchego, o castellano- que renegaba de su origen y de la que hasta entonces consideraba su patria, que se expresaba preferentemente en catalán, despreciaba a sus paisanos y adulaba a los oligarcas micronacionalistas con la intención de que estos últimos llegasen a considerar su oscuro ombligo charnego tan digno de obsesiva contemplación como los níveos ombligos de soca i arrel (de pura cepa). Un ejemplo contemporáneo muy representativo es el dirigente y parlamentario Juan Gabriel Rufián Romero, de ERC, nacido en Santa Coloma de Gramanet y descendiente de jienenses y granadinos. Por su parte, el presidente autonómico vasco, Imanol Pradales Gil, encarna como maketo voluntarioso el perfecto correlato del charnego agradecido. Nacido en Santurce, declarado e indisimulado independentista, ostenta dieciséis apellidos castellanos de Burgos, Valladolid y Santander y no ceja en su propósito de erradicar el uso oficial del español y convencer a los inmigrantes de Ghana, Senegal y Marruecos de que el vascuence, y no el idioma de Unamuno y Baroja, es el idioma de todo buen vasco. En cualquier caso, Rufián y Pradales son apenas mequetrefes irrelevantes, vocingleros de caserío, matasietes aldeanos y no son comparables con Rubio. En una competición de charnegos agradecidos Rubio sería campeón indiscutible, mientras Rufián y Pradales le servirían café y llevarían la prensa, a lo sumo. El mérito debe determinar la jerarquía y es justo que los próceres de valía sean recordados por sus logros: la memoria de Marco Rubio -además de ser asociada a la de otros traidores insignes, como Marco Junio Bruto, Judas Iscariote o el conde Don Julián- debe perpetuarse con un sobrenombre. Humildemente, propongo que en lo sucesivo nos refiramos a Mr. Marco Rubio con el apelativo de «el charnego agradecido cum laude».

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