Las polémicas culturales en España son el día de la marmota: repetidas como el tic de un maniático, tediosas como discurso del 1 de enero en La Habana. Dan muchísima pereza. Por lo general versan sobre asuntos de una ranciedad preocupante, como una especie de himno a la lozanía entonado por viejos burócratas del sistema en plenos achaques de decrepitud, afectados mortalmente por una decadencia más intelectual que física —que ya es decir—. Harto estoy, cansado, saturado —y así lo digo, tal cual lo lamento—, de que las provectas estantiguas del régimen continúen predicando las mismas soflamas mitineras y las mismas cursilerías socio-dramáticas que hace treinta años ya estaban más vistas que Luis Aguilé. Como si las décadas no hubiesen pasado, como si la sociedad española no hubiese evolucionado, como si las masas consumidoras de productos culturales persistieran tiranizadas por la infantilidad y la falta de criterio propio. Como si todo el mundo fuese estúpido y ellos, los antiguos defensores de la fe y el progreso, estuvieran obligados a retomar una y otra vez el mismo sermón, la misma matraca, el mismo abismo.
Nos libramos de ellos durante una breve y feliz temporada, desde principios de los años ochenta hasta mediados de los noventa. En aquellos tiempos, a quien venía con monsergas sacadas de cualquier manual althuseriano, de la doctrina marinalediense y pestiños parecidos, se le callaba poniendo a tope algo con clase de Siniestro Total, algo así como: «Mira, tío: más vale ser punky que maricón de playa». No hace falta decir que esos tiempos ya no existen. Fue caer el telón de acero, acabarse el felipato y entrar Aznar en el gobierno y aquellos apóstoles, recuperadas las fuerzas e intacto su entusiasmo, volvieron a la carga. Nunca les faltó una guerra contra la que berrear, ni un desastre ecológico o un atentado terrorista del que echar las culpas al gobierno, ni una crisis económica que anunciase el fin de la civilización y la necesidad de construir un nuevo mundo con las ruinas del anterior, ya devastado. Hablando de ruinas, hasta las piedras estaban aburridas de aquellos misioneros de la bondad, y hasta a las piedras se propusieron ellos convencer. Poco a poco lo van consiguiendo, a trancas y barrancas, pero llegan; ya se sabe que en toda discusión son las personas más razonables las que dan primero su brazo a torcer, y los más irrazonables no se cansan nunca y jamás van a ceder ni acogerse al consuelo de «para ti la perra gorda». No queda otra solución: para ellos la perra gorda.
La última ha sido más o menos sonada, cómo no: una polémica idiota —por lo absurda— sobre la cancelación de unas jornadas en torno a la guerra civil y «el compromiso» de los escritores con la sociedad, los «derechos sociales» y demás zarandajas ideológicas tan propias de estos tiempos de ignominia y vacío que nos ha tocado vivir… otra vez.
Como hay epígonos, y epígonos de epígonos, tanto los epígonos como los epígonos de los epígonos y la completa guardia tebana de la progresía cultural han volcado todo su argumentario en el debate, una posición tan manida que da vergüenza ajena desde que el Gran Wyoming estrenó El Intermedio, o sea: desde el año que nevó en Ceuta. Compromiso, alegan… ¿Qué compromiso? La gente de pantuflas y pañuelo palestino lleva abrevada al poder —el que fuere— desde antes de que falleciese don Francisco, a quien algunos incluso, en sus locos tiempos de juventud, llamaron Caudillo. ¿A ese compromiso se refieren? ¿El de los premios literarios amañados, las subvenciones a la amistad incondicional, los Goya y los Planeta? ¿De verdad, ese colofón para ese compromiso? Si el asunto no fuera casi cómico sería casi ofensivo. Y dentro de la novedad de esta última controversia —entiéndase lo de «novedad» como metáfora—, aparece encima una figura emergente en el mercado, el último éxito de compras militantes de la izquierda compasional, un señor con boina y provisto del mismo tambor que repite la misma música y, por supuesto, la misma canción con la misma letra. Comparados con esta cháchara, Jarcha y su Libertad sin ira eran vanguardia rompedora. Aunque estos detalles no tendrían mayor importancia si no hubiera sido por la desaforada atención que los medios del sistema les han dedicado. Mantener viva la polémica sobre ascuas de la nada es importante para ellos; la boina y el emboinado, lo de menos.
Como siempre, la realidad de la engañifa política — ideológica— va por un lado y la realidad cultural de nuestra sociedad por otra vía paralela, del todo despreciada por los grandes medios. Y en ese otro fenómeno, el de verdad y no el impostado, ciertamente no caben primicias sensacionalistas, testarudeces artificiales ni recursos propagandísticos. No conozco a ningún escritor grande de verdad, en el presente, que ande metido en esos berenjenales. Me repito, con perdón: ni uno.
Naturalmente, como no me incluyo en la nómina de los óptimos, sí me permito bajar de vez en cuando al sótano y pelear por lo que pienso y, si puedo, zarandear al poco el moho de los viejos tótems. Para mí, el único compromiso del autor, del creador, del escritor, es con la belleza y la libertad y con nada más. Cada vez me asiento más en la convicción, conforme la adolescencia intelectual se desmanda y la puericia moral va adueñándose del panorama. La belleza es siempre una verdad por sí misma y la libertad es una gracia del espíritu que no entiende de arengas, histerias coyunturales ni estrategias comerciales. Nuestros autores contemporáneos, en su mayoría y desde esta perspectiva, ni son libres ni entienden la verdad como búsqueda del genio sino como enunciado apriorístico en la escuela de polemistas a la deben adscribirse si quieren medrar y llegar a algo. No buscan escribir bien, como dijo el otro, sino haber escrito para poder decir que son escritores y poder entonces opinar, en plan tertuliano invitado, sobre la subida de las pensiones o la privatización de la sanidad pública. Grima.
Dice el ínclito Óscar Jaenada que no puede haber artistas de derechas, lo cual puede que sea cierto; lo innegable es que los artistas aparatosamente instalados en el arco ideológico de la supuesta izquierda patria, ni son de izquierdas ni son artistas. A excepción del mismo Jaenada —maravilloso actor—, son una panda de vividores a costa del momio, la subvención y la condescendencia de la clase política, muchos de ellos auténticos impostores con menos vergüenza que luces. Así va funcionando esa industria. Son cirigallos que se permiten juzgar y desautorizar a los demás sin tener la delicadeza, al menos, de sacar el morro del pesebre mientras denigran al que no se arrima. Ah, la cultura española, tan empática ella, tan comprometida ella. Tan nauseabunda ella.
Ya lo dijo quien lo dijo: el único escritor de verdad es el que pasa la noche en vela buscando un adjetivo. El único artista que merece la pena, el que imita a aquellos artesanos de las catedrales que se esmeraban hasta el sacrificio en detalles ornamentales ocultos en el último rincón, donde nadie podía verlos. Y cuando alguien preguntaba por el motivo de su dedicación tan plausible y tan inútil, respondían: «Porque Dios lo ve». Eso es el arte; aquellos, los artistas. Lo demás, ruido. Lo demás, ganas de enredar y enredar hasta merecer palmaditas en la espalda por parte del poder. Lo demás, bazofia de primer, segundo o tercer nivel. Armatostes que ocupan mucho espacio y no sirven para nada. Arte de pandero, boina y gaita. Creo que ya lo dije: arte de pícaros e impostores.