Frente al optimismo obligado de algunos y al nihilismo de cotillón de otros, uno hace suyas aquellas palabras que el danés Kierkegaard bordaba con tinta y sangre en sus papeles íntimos: “En medio de este insulso optimismo, muchos deberían tomar cotidianamente una pequeña dosis de Schopenhauer”. Usted se preguntará inmediatamente: ¿Kierkegaard coincidía acaso con la concepción ética y metafísica del filósofo alemán? Desde luego que no, pero sí tenía muy claro que la pedantería de los doctores y el falso optimismo de sus víctimas desavisadas, requieren siempre la presencia molesta de una voz disonante. Es que ante la superficialidad de las fórmulas de una felicidad fast food, nos crece la vocación de tábanos. Arthur Schopenhauer, quien amalgama en su peculiarísima doctrina filosófica los elementos más variopintos de distintas tradiciones, desde la metafísica de Platón hasta el idealismo trascendental de Kant y un aporte decisivo de la sabiduría mística de los Upanishads, constituye, a su modo, el tábano que muerde el panlogismo hegeliano para contarle al mundo que esa historia que construye Hegel guarda una tripa hedionda que es preciso sacar a la luz. Algunos reducen la polémica a un mero recurso psicológico: el resentimiento. La crónica nos cuenta que hacia 1820, mientras Hegel abarrotaba las aulas de la Universidad de Berlín, a pocos metros, un joven profesor de 32 años llamado Arthur Schopenhauer, impartía clases para apenas cinco alumnos. Para ese entonces, ya había publicado su obra capital: El mundo como voluntad y representación (1818). La tesis metafísica fundamental de la obra es la siguiente: este mundo en el que nos movemos y somos, desde nuestra contextura orgánica y nuestros más íntimos deseos hasta sus últimos rincones, es la epifanía de una fuerza ciega, irracional e insaciable: la voluntad.
La existencia humana, como un juguete de aquella voluntad, se hamaca pendularmente entre el dolor y el aburrimiento. La posibilidad de redención ante esta “voluntad ciega” es una liberación a través del arte –aquí se expresa la médula romántica de Schopenhauer-, la compasión y la negación del deseo (la vida ascética). Por cuestiones de extensión y profundidad, no es posible desarrollar el núcleo de estos planteos, pero nos llega desde lejos el eco del viejo Borges quien agradecía a Schopenhauer “quien acaso descifró el universo”[1].
En un parágrafo terrible de El mundo como voluntad y representación, Arthur Schopenhauer escribe:
“Cada individuo, cada figura humana, con su existencia no es más que un breve ensueño de la eterna voluntad de vivir, del grito inmortal de la Naturaleza. Es un bosquejo más, fugitivo, que traza, jugando, la voluntad, sobre su lienzo infinito (el espacio y el tiempo), y que no deja durar más que un instante imperceptible, borrándolo enseguida para dibujar nuevas imágenes. Con todo, este es el aspecto grave de la vida, cada uno de esos bosquejos fugitivos, cada uno de esos vulgares croquis debe pagarle a la voluntad de vivir, en la plenitud de su violencia, con mil profundos dolores y al cabo, con el amargo precio de una muerte. Esto es lo que hace que la vista de un cadáver nos ponga repentinamente serios”[2]
Estas líneas, que suenan por momentos a Tristán e Isolda de Richard Wagner, pero que bebidas lentamente también saben al Adagio para cuerdas de Samuel Barber, no pueden dejarnos indiferentes: ¿Somos en verdad un mero bosquejo que traza la voluntad ciega sobre su lienzo infinito? ¿Existimos como expresión de un juego cuya regla es la fugacidad de sus propias piezas? ¿Somos apenas un hálito vital que se evapora en su contacto con el aire? “Esto es lo que hace que la vista de un cadáver nos ponga repentinamente serios” dice Schopenhauer y es verdad. En el cuerpo yacente del hermano muerto mordemos el polvo de nuestra propia finitud, participamos en su muerte, en esa partida que parece no dejar dirección alguna para poder escribir una esquela.
Hace unos días, en el Café donde suelo desgranar mis intuiciones a modo de artículos y columnas, leía yo unas líneas de Francisco Umbral en las que hablaba de la muerte. En este caso no de la muerte de Pincho, su amado hijo que dotó a su pluma de un maridaje difícil de lograr: convertir el dolor en belleza y en estilo; no, sino de esas otras muertes no del todo lejanas ni cercanas, las muertes de los viejos parientes. Esas muertes –sostiene Umbral-, nos matan tanto o más que las otras porque “a medida que desaparecen las lejanas cordilleras vamos quedando desguarecidos y el viento oscuro de la vida y de la muerte nos seca la garganta” [3]
Aquellas muertes, que hacen perder de a poco las almenas del castillo familiar, son “un bastión que caen sobre mi biografía” –sigue Paco- porque la muerte nos fractura la vida en una esquina de nuestra historia personal y nos pone de cara a nuestra propia muerte. Y volvemos a Umbral donde resuena el susurro leve y amargo de la finitud schopenhaueriana:
“Cada día voy sintiéndome más un viejo pariente, el pariente lejano y vago de no sé qué niños que ahora juegan en la calle y apenas saben de mí. Un día les dirán: – ¿Sabes?, se murió el tío Paco, aquel que salía en los periódicos”.[4]
Entre el optimismo obligado y el pesimismo metafísico destila sus gotas la esperanza, que es como un whisky, dulce y entrador, aunque recio para la caricia. Porque así vamos los que intentamos librar el buen combate, los hijos de una Promesa que no es monólogo, los que nos rebelamos a ser dados arrojados por un cubilete genérico. Admiramos la profundidad de Schopenhauer, su erecto aguijón, pero decimos con Kierkegaard: “Señor, tú conoces nuestro dolor mejor que nosotros mismos […] líbranos de pensar que la tristeza tiene mayor mérito que la alegría”.
[1] Otro poema de los dones. El Hacedor (1960).
[2] A. Schopenhauer. EL mundo como voluntad y representación § 58.
[3] F. Umbral. Mis paraísos artificiales. Argos, Barcelona, 1976: p. 44.
[4] Ibídem: p. 47.