La historia no engaña, por mucho que se la manipule. Es como la prueba del algodón: repite sin remedio que los regímenes totalitarios acaban destruidos y que quienes los apoyan suelen ser arrastrados por la venganza del pueblo oprimido. En este caso, nuestro sátrapa local —del que tantas veces hemos hablado— tenía como líder de cabecera al muy envidiado Maduro. Este doblegó todos los poderes del Estado y sus alquimistas encontraron el secreto de la piedra filosofal para convertir en trono el sillón presidencial, el único anhelo de nuestro aprendiz de brujo. Pero hoy confirmamos que nada es para siempre, sobre todo cuando los cimientos en los que te apoyas están plantados en el barro de la ruindad y la estulticia.
Nuestro sátrapa local aún está a distancia del recién defenestrado Maduro: no torturaba conciudadanos ni los encarcelaba de por vida. Sin embargo, manipular el número de votos a su favor parece que se le da bien. Estoy convencido de que no tardaremos en escandalizarnos aún más por sus burdas —y no tan burdas— manipulaciones electorales. Un buen aprendiz, sin duda. Ya ha conseguido torcer el brazo del Tribunal Supremo con la ayuda del Constitucional —y la inestimable complicidad del PP, con quien acordó el relevo de sus miembros—. Cesa a militares en su único interés: recordemos a Pérez de los Cobos o, más recientemente, a Rafael Yuste, hasta ahora jefe de la UCO, la unidad de la Guardia Civil que investiga a su familia y entorno más cercano. Ya solo le falta aprobar la ley que impedirá a los jueces instruir casos en favor de la Fiscalía, y ya sabemos de quién depende la fiscalia. Todo esto no lo hace por emular a su sátrapa de cabecera —aunque se le da realmente bien—, sino para proteger la satrapía, el trono azul y la cárcel que intuye cada noche sobrevolando los doseles coronados de su lecho.
Lo que no es discutible es que el Gobierno de Sánchez, bajo la estrecha dirección de Zapatero, se ha negado a reconocer a Edmundo González como vencedor de las elecciones venezolanas. Al igual que le ha negado el pan y la sal a María Corina Machado ante la concesión del Nobel de la Paz —una falta de dignidad que afecta al país entero y exhibe la talla de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores—. Nada nuevo: ya en 2018, Zapatero legitimaba las elecciones presidenciales venezolanas, en contra de la posición de la mayoría de la oposición democrática y numerosos observadores, defendiendo públicamente que los venezolanos «votan libremente» y que el sistema electoral «ofrece garantías».
El sátrapa padre —que digo yo que podríamos acogernos a la tradición británica y acuñar el título para Zapatero, y de paso también ocupar las aguas territoriales de nuestros vecinos—. Es lo que tiene el PSOE: cada presidente que pone en La Moncloa se gana un título. Recordemos al Sr. X, que hoy se hace pasar por estadista de prestigio, sobre todo en los países iberoamericanos donde parece haber acuñado una importante fortuna, no se sabe muy bien de dónde —o sí—. Volvamos a nuestro Bambi, que según dicen tiene colmillos de narcotraficante y otras lindezas. De hecho, se le acusa de actuar de facto como aliado y «blanqueador» internacional del narco-régimen venezolano, y más recientemente se le vincula a investigaciones sobre posibles flujos de dinero del chavismo hacia estructuras socialistas y el entorno del PSOE.
Todos estos son los defensores de Cilia Flores, cuyos narco-sobrinos fueron intercambiados por el régimen tras ser condenados en EE. UU. por conspiración para traficar cocaína. Presentaban sus liberaciones o intercambios como señales de «diálogo» y normalización del régimen. Sin olvidarnos del famoso avión de Delcy y sus 40 maletas —que debe de ser un número cabalístico—. Ni las prohibiciones de entrada o tránsito en el espacio Schengen, por su responsabilidad en violaciones de derechos humanos, represión de la oposición y socavamiento de la democracia en Venezuela, fueron impedimento para que nuestro sátrapa diera curso al envío, como si fueran pañuelos de AliExpress. No fue el único: en marzo de 2023, otro vuelo de Plus Ultra trajo 79 bultos («maletas y cajas») de Maduro a Barajas como «valija diplomática». Me van a perdonar, pero esto suena a película de nazis sacando el oro robado a judíos y no judíos de toda Europa, y a nuestros presidentes haciendo de capitanes franceses en el aeropuerto de Casablanca, prometiendo el «principio de una buena amistad» a cambio de sustanciosos porcentajes.
No es que me sienta en posesión de la verdad verdadera, pero la realidad es pertinaz, y los socialistas, si algo tienen, es tufillo a corruptos. Unos por robar a manos llenas, otros por callarse y mirar hacia otro lado. No me vale el mantra de los socialistas buenos: el que denuncie a los corruptos podrá librarse de la mácula, pero al resto, una letra escarlata en el pecho cosida con alambre. Lo que tengo claro es que algunos políticos son capaces de todo: las ratas huyen de los barcos en llamas y posiblemente sepan cantar ópera si les sirve para aminorar sus condenas, que no sus culpas.