Después del colapso: habitar el límite

Después del colapso: habitar el límite. Santiago Mondejar

Durante más de un siglo, el pensamiento occidental ha intentado orientarse sin el suelo que lo sostenía. No porque falten respuestas, sino porque las preguntas mismas han perdido el lugar desde el cual podían formularse sin violencia. La proliferación de saberes técnicos y discursos expertos convive con una dificultad creciente para articular mundo común, responsabilidad y orientación. Este desajuste no es una simple crisis cultural, sino el efecto prolongado de un colapso histórico que sigue operando en silencio. Pensar hoy quizá no consista en restaurar fundamentos, sino en aprender a habitar el límite que dejaron.

La modernidad tardía no padece escasez de respuestas, sino una mutación más profunda: la pérdida del suelo desde el cual las preguntas aún podían reconocerse como tales. Nunca el mundo había estado tan densamente cubierto por discursos de explicación, previsión y control; nunca, sin embargo, había resultado tan difícil articular orientación, responsabilidad y mundo común. Esta disociación no es accidente ni efecto colateral del progreso técnico: afecta a las condiciones mismas bajo las cuales el sentido podía darse sin justificación permanente.

Sabemos cómo funcionan las cosas con precisión inédita; cada vez sabemos menos qué hacer con ese saber. La razón opera, calcula, optimiza; raramente orienta. No porque haya perdido capacidades, sino porque ha desplazado silenciosamente su tarea. El pensamiento ya no se concibe como aquello que mantiene abierta la pregunta, sino como aquello que cierra problemas de forma eficiente. Cuando todo funciona, ya no sabemos para qué.

Este desplazamiento tiene una genealogía precisa. El colapso que define nuestro presente no irrumpe súbitamente con la posmodernidad; tiene una fecha simbólica: 1914. Europa no entra solo en una guerra de magnitud inédita: pierde la capacidad de pensarse como totalidad coherente. Las categorías existentes no desaparecen; dejan de sostenerse. El acontecimiento no funda: desactiva.

La Primera Guerra Mundial no es únicamente una catástrofe histórica. Su efecto decisivo es simbólico: suspende los dispositivos que habían permitido a Europa ocultar la división que la atravesaba. La política, hasta entonces mediación del conflicto, se transforma en escenario de antagonismos absolutos. El enemigo deja de ser exterior; se vuelve próximo, familiar, reconocible. Desde entonces, el pensamiento europeo queda atrapado en una tarea paradójica: pensar después del colapso sin restaurar los fundamentos precedentes, pero sin resignarse a la pura administración técnica del mundo.

Allí donde la soberanía se definía por decidir en la excepción, la decisión comienza a devorar lo que pretendía preservar. La excepción se normaliza; la norma sobrevive como retórica. El orden ya no precede a la violencia: la sigue, la justifica, la gestiona. Cuando todo es excepcional, nada puede volver a empezar. La comunidad moderna deja de pensarse como cuerpo armónico perturbado por accidentes externos; está atravesada por una división que no puede suprimirse sin violencia. Toda política de purificación confunde el cuidado con la eliminación.

Frente a este paisaje de ruinas conceptuales, el pensamiento del siglo XX no respondió de una sola manera. Una de las vías más influyentes desplazó el problema del fundamento hacia la finitud. El ser humano deja de ser sujeto soberano y aparece como existencia arrojada, histórica, expuesta a la muerte. La finitud ya no es límite abstracto: es condición originaria. La comunidad se piensa como pertenencia a un destino compartido; el sentido, como resolución de asumir una herencia. Esta ontología restituye historicidad, pertenencia y gravedad. Pero encierra una ambigüedad: cuando el límite se convierte en destino, la responsabilidad individual tiende a disolverse en la misión histórica; la discrepancia aparece como desarraigo, la pluralidad como decadencia.

Otra respuesta, más austera, eligió el camino opuesto: no decir el sentido último, sino trazar el límite de lo que puede decirse sin producir daño. El lenguaje que pretende capturar el valor lo trivializa. El silencio no es carencia, sino forma extrema de precisión. Esta ética del límite rechaza sustituir la pérdida de fundamento por nuevos absolutos; prefiere asumir el vacío antes que llenarlo con ficciones. Callar no es abdicar: es no mentir. Parafraseando a Václav Havel, en un mundo basado en la mentira sistemática, vivir en la verdad y rechazar la mentira se convierte en un acto existencialmente subversivo.

Ambas respuestas convergen en la crítica del fundamento. El siglo XX filosófico no construye nuevos sistemas; expone la imposibilidad de fundamentar el sentido sin residuo. Todo intento de tematizar el fundamento último conduce a su objetivación, y lo objetivado se pierde. La filosofía se redefine como práctica de delimitación: no asegura, custodia; no fundamenta, interrumpe.

Este gesto fue recibido de forma ambivalente. En lugar de abrir un espacio reflexivo más amplio, dio lugar históricamente a una clausura de la pregunta metafísica en nombre de la claridad y la cientificidad. La filosofía se redujo a técnica auxiliar de depuración del lenguaje. Lo no verificable fue expulsado no como falso, sino como ilegítimo.

El resultado no fue una razón más sobria, sino amputada. Al excluir lo no formalizable, se presupuso una ontología implícita: el mundo como conjunto de hechos cuantificables. La metafísica no desapareció; se volvió invisible y comenzó a gobernar.

La consecuencia más grave afectó al tratamiento de lo intencional. Creencias, razones y significados aparecieron como residuos pre-científicos. La explicación ganó precisión causal, pero perdió inteligibilidad existencial.

El lenguaje se concibió como medio neutral; se olvidó que pensamos hablando, que el lenguaje articula el mundo, no lo refleja. Cuando esta mediación se ignora, la formalización se confunde con neutralidad y el logos se reduce a cálculo.

La ciencia contemporánea ofrece el ejemplo paradigmático: se presenta como no metafísica, pero opera sobre estructuras cuya coherencia no puede demostrarse desde dentro. Funciona admirablemente, pero ese funcionamiento descansa en decisiones aceptadas porque operan, no porque hayan sido justificadas. La eficacia sustituye a la verdad como correspondencia; el éxito predictivo se absolutiza. Una creencia puede ser eficaz sin ser justa.

La expansión de la técnica, traducida en poder militar, radicaliza estas tensiones. Ya no transforma la naturaleza: sustituye la experiencia por su simulación funcional. El mundo deja de ofrecer resistencia; se vuelve prescindible. Cuando todo está disponible, nada acontece. La técnica no es neutral: convierte todo lo que es en fondo disponible. Cuando esta lógica se absolutiza, incluso el ser humano aparece como recurso optimizable.

Frente a esta deriva, la alternativa no es restauración metafísica ni renuncia técnica. Es la aceptación exigente del límite. Habitar el límite no celebra la impotencia ni se refugia en la ironía: sostiene la pregunta allí donde la técnica tiende a clausurarla. La filosofía no es disciplina soberana ni terapia reductiva; es práctica reflexiva que mantiene abierto el espacio del sentido sin pretender poseerlo.

Tal vez el problema no sea que hayamos perdido el sentido, sino que seguimos buscándolo donde ya no puede encontrarse. Habitar el límite no brinda consuelo. Ofrece, a lo sumo, una forma de no velarnos el entendimiento.


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