Del asesinato justificado y otros 2+2=5 tradicionales de la izquierda

Del asesinato justificado y otros 2+2=5 tradicionales de la izquierda. José Vicente Pascual

Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Y lo terrorífico no era que te mataran por pensar de otra manera, sino que era posible que tuviesen razón. Pues, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son cuatro? O que la fuerza de la gravedad actúa. O que el pasado es inalterable. Si tanto el pasado como el mundo externo existen solo en la mente y esta es controlable… ¿qué nos queda?

George Orwell. 1984

 


¿Va usted a creer en su propia experiencia sobre hechos concretos, su íntima percepción, lo que ven sus ojos, o va usted a creer lo que le diga el gobierno aunque sea todo lo contrario? La conversación política —y moral— ha llegado justo a ese punto: no importa lo que suceda, lo que sea; ni siquiera importa la interpretación ideologizada de lo fáctico aunque se postule a años luz de su real significado; lo que ahora importa es la descripción, tenga que ver o no con el fenómeno, sea invento o imaginación, sea mentira o fábula. Lo que diga el gobierno es lo que vale. Lo demás, fascismo.

El caso del célebre montón de carne exagerada denominado Sara Santaolalla sería del todo grotesco, materia para memes en redes sociales y nada más, si no fuese porque ha establecido —instaurado— una pauta oficial inédita hasta ahora: no importan las evidencias gráficas —vídeo—, ni los informes forenses, ni los autos judiciales; importa y tiene valor lo que nuestros mandamases opinen sobre el asunto. En consonancia, el presidente del gobierno saluda a la petarda y a su brazo en cabestrillo y apuntala su discurso contra el «odio» haciendo como que se cree la fabularia agresión sufrida por ella. El ministro del interior hace lo propio y le pone escolta policial permanente. El feminismo tóxico y la izquierda delirante claman, como siempre.

La verdad es un trauma, un tabú para el progresismo hispano. Un tertuliano televisivo, famoso por dar de vez en cuando pequeños pelotazos inmobiliarios, se arriesga a proclamar que «la verdad es cosa como de Millán Astray». Cierto, para ellos la realidad es fascista y la verdad un inconveniente soslayable mediante la debida revisión, pasada por el filtro de su dogmática. Añade el tertuliano: «Independientemente de los hechos, sean verdad o no, lo que resulta incuestionable es que … la extrema derecha, el machismo… bla, bla, bla». Irrefutable. Si se analiza la realidad “independientemente de los hechos”, no hay materia y por tanto no hay debate: lo bueno siempre es mejor que lo malo.

Este último método no es nuevo, ni mucho menos. Es viejo como los caminos, sobre todo los caminos que llevan a la miseria intelectual y la podredumbre moral. Aunque puede que haya atenuantes: la extrema juventud combinada con la ignorancia y la ingenuidad es la más frecuente. La extrema estupidez también justifica algo estos desmanes. O la senilidad irremediada, enfermedad corriente en el comunismo contemporáneo. No tengo más que recordar otros tiempos para distinguir aquel sesgo de contradicción entre verdad/realidad. Por ejemplo:

Cuando éramos jóvenes y un poco gilipollas y nos daba por «luchar contra el franquismo» —lo pongo entre comillas porque ni luchábamos ni hacíamos otra cosa que el indio—, era obligación interpretar los sucesos y los hechos ya establecidos de la manera correcta. ¿ETA asesinaba a un policía? Lo llamábamos «ejecución». Siento vergüenza y culpa al escribirlo, tantísimos años después, pero como estoy hablando sobre la verdad, a la verdad me remito aunque duela: lo llamábamos «ejecución». No estábamos de acuerdo políticamente con el terrorismo, pero «frente a la dictadura, todo revolucionario tiene razón». Los terroristas eran revolucionarios equivocados y ya estaba todo dicho. Sabíamos que los grupos terroristas, no sólo ETA, eran sectas mafiosas de psicópatas dedicados a la extorsión, la delincuencia y el tráfico de drogas, pero esa evidencia no era revolucionaria y por tanto no se analizaba. Ojo cuidado: se podía mencionar en cualquier conversación puertas adentro, pero no se analizaba. Recuerdo uno de los momentos más deplorables en aquel légamo de fanatismo y crueldad que era lo que hoy muchos llaman «movimientos antifranquistas», el día del bombazo en la plaza de la República Dominicana de Madrid, con 12 muertos y 74 heridos. Corría el año 1986, Franco llevaba muerto 11 años, yo estaba fuera de la charca desde hacía mucho pero lógicamente me llegaron todas las ondas y todos los análisis: la culpa era de la transición, que no había tenido en cuenta la reivindicación soberanista del pueblo vasco; la culpa era de la Constitución, que prohibía las consultas sobre independencia de las nacionalidades. ETA seguía siendo, para aquella gente, un puñado de revolucionarios un poco pasados de rosca. 2+2=5, lo dice el partido.

Otra, los famosos “Estados Obreros». No se rían, funcionaba así aquella demencia. La Unión Soviética, la RDA, Rumanía, Polonia, China, Corea del Norte, etc, etc —sin olvidar a Cuba—, eran Estados Obreros. Frente al imperialismo y el capitalismo, la obligación de los «revolucionarios» era defender a los Estados Obreros. No se sabía muy bien qué tenían de obreros aquellos estados, pero si el partido los definía con esas palabras, esas mismas palabras eran como el nombre de la rosa: arquetipo de la cosa. Estados sí eran, no cabe duda, pero de obreros tenían lo mismo que nosotros, estudiantes de origen pequeño burgués entregados a la ficción conspirativa. Lo sabíamos, claro está. Sabíamos que los Estados Obreros eran dictaduras terroríficas, genocidas como ninguna otra en la historia —ninguna otra—, y que los obreros no pintaban nada en los entramados del poder en aquella sociedades dirigidas por tiranos avariciosos, plutócratas sin escrúpulos y sádicos con paga al frente de la represión policial. Todos lo sabíamos pero aquello eran asuntos internos, de puertas adentro. Había que defender la causa aunque los agentes efectivos y protagonistas de la causa fuesen la panda de truhanes y asesinos más escandalosa que ha conocido la historia. De nuevo, 2+2=5. De nuevo es necesario pedir perdón.

Dije hace un par de párrafos que pudiera haber elementos atenuantes: la idiotez, la inexperiencia, la ignorancia no culpable. La verdad es que hoy, con tantos medios al alcance de cualquiera para informarse en condiciones, me resulta difícil encontrar excusas. Lo que hay en la cabeza del presidente del gobierno cuando abraza a la mártir Santaolalla, brazo en cabestrillo, es evidente: oportunismo, cálculo y maldad. Pero, en serio, ¿qué hay en la cabeza de la charo que llora y se desgañita jaleando a su referente feminista, la mencionada mitad/mitad?. Puede alegarse: tontucia. Pero, francamente, no creo que así sea. Nadie puede ser tan tonto ni tan, tan tonta. El 2+2=5 arrasa en la mediana edad progresista española. Es su sino. La mentira, el autoengaño y la roña mental lo son: su sino. Y no hay otra.

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