Haber nacido a finales del siglo XX tiene su interés, ya no generacional, sino social. Puede que en tal momento y hasta el día de hoy haya sido el periodo en que el relativismo haya progresado más rápidamente y de forma más generalizada en nuestra sociedad. Pero es algo que surge mucho antes y que ha avanzado inexorablemente hasta el presente.
En el contexto español puede que su llegada se hiciera evidente junto a la democracia, pero en el contexto europeo occidental, tal dinámica de fortalecimiento y generalización del relativismo aparece antes. También es cierto que, como en otras cuestiones, en España llegó más tarde, pero se aceleró muchísimo más. Parece cierta tradición nacional: adoptar tardíamente ciertas dinámicas sociales del continente, pero hacerlo tan a conciencia que en pocos años llegamos a ser vanguardia.
Es cierto que ser la vanguardia del relativismo que impera en Europa no es un gran orgullo. Haber perdido de forma tan drástica y agresiva toda forma de certeza y de referencia social y vital no puede llevar a nada bueno. Si es imposible que sea positivo para sociedades que lo adoptaron de forma más lenta y progresiva, imaginemos para quienes se lanzaron de cabeza a la piscina del nihilismo. Que, básicamente, es una piscina vacía.
Hay que pensar en el relativismo del que trato en diferentes áreas, pero todas coinciden en su núcleo: en el rechazo a cualquier certeza e ideal, especialmente si forma parte de la identidad cultural tradicional. Sí, ahora todo es cuestionable, todo es interpretable, no hay certezas ni referencias claras, únicamente dudas y escepticismo respecto a todo aquello que siempre nos ofreció un marco de referencia. Irónicamente, ese escepticismo y relativismo tan nihilista tiene un marcado carácter dogmático. Irónico, pero comprensible. El orden relativista que se nos impone es para rechazar y anular los valores tradicionales, pero no para poner en cuestión el propio carácter nihilista y de vacío existencial que nos provoca. Se quiere a la gente ansiosa, insegura y vulnerable por la pérdida de cualquier referencia, pero también agresiva contra cualquier disidencia que ose cuestionar el nuevo orden moral. Bueno, el nuevo vacío moral, que se parece mucho al vacío moral o nihilismo clásico, pero con certificación ecológica.
Y, con el permiso del lector, me gustaría utilizar una escena de la cultura pop para representar cierta idea. Me remito al episodio tercero de Star Wars. No es que sea una referencia de alto nivel, pero me parece oportuna y muy accesible.
En dicha película, Anakin Skywalker, en su paso al lado oscuro, se encuentra con su amada y su mentor Obi-Wan Kenobi. Dicha escena, que muchos recordarán, aparte de mostrar el rencor y la ira de Anakin contra todo aquello que defendió algún día, muestra que la forma que tuvo su mentor para identificar el paso de su discípulo al lado oscuro se basó, precisamente, en renunciar al relativismo. La escena en castellano pierde gran parte del sentido original, pero en la versión original se puede oír a Obi-Wan decir: «Only a Sith deals in absolutes» o «solamente un Sith trata en absolutos». Aunque tal sentencia es paradójica al tratarse también de un absoluto, lo que tiene su gracia, muestra que la representación del «lado luminoso», de la República y de lo que Obi-Wan llama «democracia», se sostiene sobre el relativismo y la ausencia de ideales. Pues no olvidemos que los absolutos son ideales. Y rechazar frontalmente cualquier absoluto es rechazar cualquier ideal.
El cine y sus historias muestran mucho de nuestro tiempo y del discurso dominante, a veces de forma explícita. Y aunque no dudo que George Lucas quisiera plasmar en su saga la lucha del bien contra el mal —irónicamente una lucha de absolutos—, de la democracia contra la autocracia y de la libertad contra la opresión, a grandes rasgos es muy fácil de identificar dentro de la historia de Star Wars, que el propio discurso se construye sobre nuestro mundo. Y eso genera que la propia historia muestre las mismas incoherencias discursivas que el relativismo mundano.Si nos ponemos a pensar y a analizar esa primera trilogía de Star Wars —me refiero a los tres primeros episodios, no a los tres primeros en ser estrenados—, Anakin fue el gran general que, precisamente, salvó a la República. El pago a sus servicios fue más que cuestionable. Y el propio Anakin podía ver que estaba defendiendo un sistema decrépito, lento y corrupto. Un sistema lleno de palabrería y debate hueco y falaz, pero también ineficaz y que, llegado el momento de que cualquier amenaza pudiera derribarlo, necesitaba de la sangre de sus mejores para ser defendido. Defendido con idealismo y de forma absoluta. Ahí no parecía molestar esa forma de «extremismo». Y esa sangre, una vez derramada y habiendo vencido, se podía encontrar con los recelos y artimañas pueriles de un Consejo Jedi que negaba aquello que le daría a cualquier otro. Relativista, pero también arbitrario.Y todo ello para defender un status quo únicamente favorable a los intereses de las élites.
Hay que recordar que Anakin fue esclavo. Su madre siempre quedó en tal situación aunque él fuera liberado de niño. Y ese mismo niño liberado que luego se convirtió en el defensor de la República y también despreciado por el Consejo Jedi, aparte de la corrupción y la ineficacia de la República, también podía ser muy consciente de que la propia República, de forma implícita, siempre fue la responsable de la existencia de la esclavitud. Pero con mejor branding que una dictadura. Lo mismo sucede respecto al relativismo que vivimos en contraste con los ideales y valores tradicionales. Y termino la referencia cinematográfica para volver al tema abstracto.
El relativismo no es inocuo ni positivo. Es la incertidumbre y la inestabilidad. Es la incapacidad voluntaria para el juicio. Y sin un mínimo juicio, la acción se muestra más tendente a ser un brazo del capricho o del impulso. ¿Por qué es incapacidad para el juicio? Porque el relativismo puro siempre conduce al escepticismo y a la carencia de certezas. Es imposible tratar de construir nada sobre una ciénaga.
La gran defensa de tal relativismo siempre es la misma: plantear la alternativa como opresiva y potencialmente conflictiva y dañina.
La certeza, los ideales, los valores y creencias «duras» intentan ser relacionados con formas de radicalismo, violencia y de extremismo. Y podría ser que rechazar el relativismo nihilista desde la querencia de certezas y de referencias ideales sea una forma de extremismo, especialmente si entendemos que ese relativismo es el otro cabo de dicho extremo. Pero cabe criticar esa supuesta relación con la violencia.
Esa relación de ideales, absolutos y valores con la violencia se debe muy principalmente al consenso salido de la II Guerra Mundial. Tesis esgrimida con mucho acierto por R. R. Reno en “El retorno de los dioses fuertes”. Las élites decidieron debilitar y, al final, anular todo valor duro o absoluto. Los dioses fuertes, a saber: Familia, Patria, Verdad o Justicia, por enumerar unos cuantos. Chivos expiatorios de los grandes conflictos bélicos sufridos y que debían ser suprimidos de la conciencia popular.
Para algunos la relación de dichos valores con la violencia es evidente. Y es posible que cuando se relaciona de forma muy genérica y abstracta el concepto «nacionalismo» con los grandes conflictos y traumas del siglo XX, quepa esperar tal conclusión. Pero, a modo de rebatimiento rápido, cualquier conflicto a gran escala requiere de la aprobación o, directamente, de la búsqueda de tal conflicto por parte del mando del Estado y/o de las élites políticas y económicas. Poco o nada tiene que ver el amor de la gente corriente por su familia o por su patria con la plena disposición de ciertas élites para haber utilizado y utilizar cualquier pretexto, normalmente la patria, para lanzar al pueblo al frente a defender unos intereses bastante más sombríos.
En la actualidad, en la propia UE sostenida en el rechazo a esos dioses fuertes/ideales/absolutos, cuando se necesita movilizar la opinión pública para grandes inversiones en armamento y en las campañas del reclutamiento, no se cortan en llamar a la libertad y a la «defensa de Europa». En esos momentos no apelan a la multiculturalidad, a la tolerancia o la interseccionalidad. Cuando los intereses de tales élites requieren de sacrificios, pueden correr tranquilamente a llamar al joven europeo para dar su sangre en la defensa de su tierra, su gente y su libertad. Pero jamás antes. Cuando no hay urgencia, es mejor tener al pueblo completamente alienado y ocupado en ese lodo de relativismo que produce una pasividad y dependencia de las clases populares respecto al Estado y las élites.
El relativismo es el mayor instrumento de unas élites para mantener a los de abajo pasivos y manipulables. Sin certezas, referencias ni valores, no hay forma de vivir con un rumbo, con planes y proyectos. Así surgen y arden inseguridades, ansiedades y toda clase de patologías mentales y sociales bien alimentadas con el oportuno carbón de la nueva necedad ideológica que sirva de placebo para una sociedad pasmada. Hasta cuando, como digo, dichas élites necesitan menos siervos pero más soldados. En ese momento el consenso relativista se puede romper tímidamente para poder utilizar a todos aquellos que no han renunciado a los ideales de sus antepasados como carne de cañón.