Título: “Cien hogueras. Flamencos, hippies y poetas en la Andalucía contracultural”
Autor: Antonio Orihuela
El próximo 17 de mayo, Andalucía celebrará sus decimoterceras elecciones autonómicas. Ese día, Juan Manuel Moreno Bonilla se jugará el gobierno en solitario al que accedió en 2022. Convertido en presidente de la Comunidad Autónoma de Andalucía gracias al apoyo que Vox le dio en 2018, durante estos años de mandato, el malagueño, barcelonés de nación, ha fortalecido un andalucismo identificable con el cultivado por las izquierdas que le precedieron. Una reciente tertulia con Felipe González escenificó su sintonía con aquel PSOE que nos remite al clan de la tortilla. Un PSOE que sería, tal es la interpretación a la que el propio González ha contribuido, la contrafigura del PSOE de Pedro Sánchez.
Tacticismo cortoplacista al margen, lo cierto es que Moreno Bonilla ha desplegado una política envolvente respecto a las estructuras fraguadas por el PSOE. Al mimo dado a los sindicatos, al mantenimiento de redes clientelares, el líder popular ha sumado el fortalecimiento de unas señas de identidad que nada tienen que ver con el pasado histórico de Andalucía. Por decirlo de una vez: Moreno Bonilla ha desplegado un poderoso blasinfantismo. A sus constantes homenajes a aquella figura, ha añadido la oficialización del Día de la Bandera de Andalucía, que se celebra el 4 de diciembre en recuerdo de las manifestaciones que tuvieron ese día de 1977. Aquel día, en Málaga, el militante de Comisiones Obreras, Manuel José García Caparrós, murió de un disparo.
A aquel tiempo y al que le precedió, dedicó Antonio Orihuela su ensayo Cien hogueras. Flamencos, hippies y poetas en la Andalucía contracultural (Piedra Papel Libros, 2022), obra estructurada en dos partes diferenciadas. Si la primera está protagonizada por el folclore, por el flamenco, la segunda se adentra en el terreno de la poesía y en el de otras expresiones plásticas.
El libro arranca en torno a la figura del guitarrista Diego del Gastor y a la de quien cabría calificar de viajero romántico que, en vez de venir de Francia o de Inglaterra, lo hizo desde unos Estados Unidos que pusieron sus ojos en la todavía exótica España. Ese viajero fue Donn Pohren, que llegó a Madrid en 1953, el año de los pactos entre España y los Estados Unidos. Casado con la bailaora Luisa Maravilla, Pohren, autor, en 1962, de El arte del flamenco, llegó a regentar el tablao madrileño Los Gabrieles. Sin embargo, Madrid, pese a ser el escaparate de los artistas, quedaba lejos de los núcleos donde se conservaba la pureza, esa que tanto y con tanto criterio, cuestiona Orihuela. En esa búsqueda, Pohren se instaló en Morón, enclave flamenco-militar por el que pasaron otros muchos viajeros. Mientras unos venían imantados por la poesía de Lorca, por un romancero gitano capaz de convivir con imágenes neoyorkinas, las mismas que pasaron de Leonard Cohen a Enrique Morente y a Lagartija Nick para dar forma a Omega, otros buscaban un orientalismo más próximo al que irradiaba la India. «Contracultura» se llamó a un movimiento ecléctico, pacifista, narcotizado, en gran medida. A los narcóticos, traídos por los hippies, da Orihuela el espacio, no menor, que ocuparon en la evolución de un flamenco al que «la intelectualidad andaluza» otorgó la exclusiva de representar la cultura regional, pues cada pueblo, así reza la máxima alemana, debe tener la suya propia. Incluso un idioma, algo que Moreno Bonilla apoya tímidamente.
Sin embargo, lejos de constituir una realidad incontrovertible, homogénea, la cultura popular dista mucho de serlo y está sujeta a profundas controversias. Sirva como ejemplo el intento de adscribir el flamenco en exclusiva a los gitanos o la decantación de los estilos populares llevada a cabo por los artistas profesionales. La sombra de la así llamada apropiación cultural planea sobre esos fenómenos. Todo ello es abordado con finura y ausencia de prejuicios por Orihuela, cuyo tránsito por la fusión, tan enfrentada al purismo, le lleva a las guitarras callejeras -eléctricas- de Pata Negra o a unos Tabletom, autores de aquel Me estoy quitando, atribuido popularmente a Extremoduro. Hoy, la electrónica gana terreno a los trastes y a las cejillas, y añade razones a Orihuela.
Aunque durante la Transición las letras de los Miguel Hernández, Machado (Antonio, que no Manuel) y Lorca, trinidad letrista por antonomasia del flamenco, fueron omnipresentes y aportaron su carga política, fue en otras disciplinas plásticas donde más se impulsó el andalucismo. En este caso no se trataba de explorar señas de identidad propias, sino de importar estilos ajenos. El influjo no venía de ni del culteranismo de Góngora ni de eso que se da en llamar cultura popular, sino de poetas como Ginsberg o de miembros de la generación Beat. A la tradición le sucedió el happening, en el que se disolvían algunos atributos propios. En ese contexto, el verde y el blanco fueron ganando terreno. Frente al inmovilismo atribuido a España, esa España que había entrado en la órbita americana, posibilitando el desarrollo de estos movimientos, se oponían todas las periferias posibles, todos los extremos a los que se asoció la palabra mágica: «libertad».
Hoy, esa «nacionalidad histórica» llamada Andalucía se enfrenta a unas nuevas elecciones. Mientras tanto, Orihuela permanece próximo a su propia hoguera, alimentada por las prácticas contraculturales en las que sigue creyendo como «alternativa a las formas culturales dominantes, como un lugar en el que vivir y desde el que sobrevivir el colapso en ciernes de las energías fósiles y al fin del capitalismo».
