Trastorno Narcisista de la Política

Trastorno Narcisista de la Política. Aitor Vaz

A título personal, me suele gustar más escribir sobre cuestiones más abstractas y menos inclinadas hacia la política práctica, pero, por una vez, quiero permitirme la licencia de tratar una dinámica generalizada o, más bien, enquistada en la política que nos ha tocado sufrir.

Supongo que parte de mi análisis podrá ser utilizado por unos y otros para lanzarlo a modo de ladrillo pendenciero. Es otra dinámica de nuestra política, lo de «Le dijo la sartén al cazo: ¡quítate que me tiznas!» que nos persigue como nuestra sombra o un amante obsesivo. Pero ese problema de estar constantemente lanzándonos piedras para defender al nuevo entrenador merece otro análisis que yo resumiría en una especie de personalidad nacional forofa. Todo lo hacemos con radicalidad y visceralidad: ser los más creyentes, los más anticlericales, los más pasivos, los más intransigentes, los más virtuosos, los más viciosos, los más colorados o los más azules. Somos tan radicales que somos capaces de despedazar el centro por meros matices en unos tiempos en que las posiciones son apenas distintas en lo práctico. Gramsci estaría orgulloso del carácter español, pues todos tomamos partido. No hay espacio para la indiferencia, nuestras posiciones siempre están claras y tomadas. Y armadas, pues lo que nos gusta es tener una posición para tener a otro enfrente al que utilizar de diana. Si la posición es correcta o no resulta secundario: somos de posiciones y opiniones heredadas. En nuestro solar los niños jamás nacieron con una barra de pan bajo el brazo. Siempre fuimos de llegar al mundo con la camiseta del equipo de fútbol y filiación ideológica. La barra de pan, a menos que estuviera dura y sirviera de zurriago, nunca nos sirvió.

Pero chascarrillos aparte —por muy ilustrativos y ciertos que sean—, ya digo que no es de lo que quiero tratar. Eso lo dejaré para otro día y otro autor más capaz.

Mi interés lo copa en estas líneas la actitud generalizada que tienen todos nuestros políticos y cargos asimilables. Remarco lo de «cargos asimilables» porque hay muchos responsables de la cosa pública que actúan igual a pesar de no ser cargos electos. Todo se basa en deber su puesto a un cargo electo que elige entre otros como él.

Diría que es una especie de tabú extraño o algún tipo de melón que nadie se ha atrevido a abrir por motivos desconocidos. Pero está a la vista de todos y todos lo sabemos. Lo vemos y oímos cada día y, quizás por ello, lo tenemos tan normalizado que ni nos ocupa tiempo ni preocupación. Y debería preocuparnos enormemente, pues es sintomático de que algo va muy mal por casa.

Insto a cualquier lector a buscar en cualquier político, de cualquier escala y cualquier color, un remoto amago de humildad. Lo adelanto: no hay ni rastro en ninguno. Es la marca distintiva del político. No reconoce errores, no pide disculpas, no corrige, no sabe bajar la cabeza, cambia de tema, culpa a otros, busca pretextos, lleva a cabo supuestas racionalizaciones que no son más que ficciones que darían vergüenza a un embustero y, sí, mienten con completa arrogancia y desdén hacia todo aquel que no le sigue el juego.

Y de ello debo decir varias cosas. Pues, primero, aunque haya quien sostenga que hay políticos que han mostrado alguna remota humildad, eso es tan cierto como que podemos ver, hasta en la más pequeña escala local, a políticos que parecen sacados de la misma fábrica de narcisistas. Ver a algún político intentando retractarse o reconocer un error, ya no digamos pedir disculpas, es un auténtico acontecimiento tan infrecuente como ridículo. Apenas sucede, pero cuando por algún motivo se ve obligado a ello —jamás por propia iniciativa, siempre por orden jerárquica, miedo o cálculo— es la viva imagen de ver a un niño mimado y engreído pedir disculpas porque el padre le obliga. Si todos pudieran hacerlo, dirían: «Si he hecho algo mal, lo lamento». Incluso en las escasas ocasiones en que se puede ver ese espectáculo, hay un enorme rastro de narcisismo.

La teoría más aceptada sobre ese rasgo tan perturbador en los responsables políticos es que se debe a algún tipo de consecuencia de marketing político y no a un trastorno narcisista de la personalidad. Reconocer errores daña la imagen, pedir disculpas hace parecer débil, la humildad arruina campañas. Pero esa misma teoría que asume que es mera mercadotecnia y asesoría de imagen crea consecuencias serias y altamente dañinas.

Si cualquier político debe emplear dichas reglas, todo puede acabar —como ya ha sucedido— en una generalización de responsables políticos que son incapaces de reconocer un error y, en consecuencia, no pueden corregirlo. Esa supuesta mercadotecnia produce que el responsable político sea cualquier cosa menos responsable: se lava las manos de todo y no acepta responsabilidad, crítica ni corrección. Tenemos cargos electos que están allí para mostrar soberbia y decir y repetir que no tienen errores y no hay nada que corregir por su parte, aun cuando sea evidente que todo está mal.

Tenemos unos políticos que, para conseguir su cargo, niegan cualquier responsabilidad cuando están, precisamente, para cargar con ella en nuestro sistema social. Ningún barco tiene un capitán que diga «el timón no es cosa mía, pero todo va bien» mientras va directo contra las rocas, excepto el nuestro.

Pero hay algo más. Pues ese rasgo salido de algún asesor nefasto produce implícitamente que el político esté permanentemente considerándose y llamándose perfecto, pues si nada está mal y no comete ningún fallo, conlleva que el político goza de infalibilidad y perfección. Así que el político debe ser un ser superior y no un mero humano, pues los humanos, incluso los más capaces y sacrificados, cometen errores. Así que los políticos deben pertenecer a otra especie, pues la perfección no se encuentra en la condición humana. Y parece que ellos mismos se conciben en una escala completamente superior.

De esta manera, sabiendo que el político es un oficio solamente apto para seres infalibles o, más bien, que son capaces de vivir en esa ficción, también podemos comprender que la de político es la mejor carrera profesional para todo aquel narcisista con un poco de desparpajo.

No existen seres perfectos, pero cuando el requerimiento fundamental de un oficio es un manojo de rasgos propios de un trastorno mental, lo más probable es que tarde o temprano dicho oficio esté colmado de narcisistas y megalómanos. Y ya se sea presidente del Gobierno, alcalducha o presidente de una comunidad de vecinos o de una APA, todos posan y actúan con la misma soberbia y desprecio por el ser humano sin taras.

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