Hay cierto discurso que, con más apariencia de plaga, ha tomado en las redes sociales dimensiones desproporcionadas.
No es desconocido para nadie que, a pesar de todo el supuesto desarrollo comunitario o colectivista —que siempre adopta la apariencia deforme del sector público, ese Leviatán fiscal—, en general nuestras sociedades han descendido imparablemente hacia un individualismo exacerbado.
De hecho, el supuesto refuerzo colectivista se representa, no sé si de forma interesada o errónea, en el crecimiento del Estado. Algo erróneo, pues ese crecimiento del Estado —aparte de la deriva natural de todo Estado a crecer por encima de los deseos de la sociedad si no se le frena— es más bien un síntoma del debilitamiento de los lazos sociales y comunitarios tradicionales. Y no es el Estado el núcleo de la cuestión que quiero tratar. Se trata de ese ya vetusto camino hacia un individualismo radical que ha saturado a diestra y siniestra.
Podemos pensar que ese individualismo es propio de la derecha liberal. Y ciertamente es un atributo del liberalismo. El liberalismo se ocupa más de la defensa y autonomía del individuo, pero llegados al extremo en que vivimos, tratamos con un individualismo alienante y no con una mera defensa del sujeto de derecho.
Ya no se trata de que el individuo sea la unidad básica de la sociedad, sino que parece ser la única. Algo aceptado en prácticamente todo el arco ideológico, con contadas excepciones. La izquierda posmoderna, detrás de la defensa de un Estado creciente basado en infinitos servicios públicos, muestra un individualismo rampante y una denigración de toda forma grupal y de organización social tradicional, junto a esa “autodeterminación” radical que permite que cualquier individuo se declare con cualquier etiqueta y deba ser reconocido por todos sin discusión. Esto hace difícil pensar que sean colectivistas en modo alguno. De hecho, parte central de su discurso es el ataque sistemático a toda forma colectiva tradicional por considerarla opresiva por ser imperfecta y, al parecer, entorpecer el progreso. En esto coinciden al milímetro con los liberales más radicales y con todos los *influencers* que obtienen rentas vendiendo cursos y planes de inversión, además de ofrecer arengas contra un Estado reducido a la Agencia Tributaria. Se rebelan contra la asfixia fiscal como si fuera una épica batalla de un individuo solo contra una sociedad totalitaria. Y no son más que sujetos que no quieren ver sus ingresos sangrados por los recaudadores de impuestos. Pero ese individualismo que les hace creerse en una batalla solitaria ante una enorme maquinaria social es el mismo que sectores de la izquierda venden para denigrar las formas sociales tradicionales. Se nos ha inoculado la idea de que, al ser el individuo la unidad básica política y de derecho, es la más legítima y óptima para “resistir”. Es el pensamiento mágico de que solos llegamos más rápido.
Y es posible que el individuo, ensimismado y obsesionado con su objetivo, llegue más rápido. No tengo duda alguna. Todos podemos ser rápidos sin carga y sabiendo la dirección. Es la mejor forma que adopta el velocista. Lógico, pues para 100 metros no hacen falta alforjas. Pero en el momento en que hablamos de largo recorrido, de carrera de fondo y de alta resistencia, la cosa se muestra muy diferente.
Nuestra condición social es un aspecto bastante descuidado en muchos términos. Incluso en los discursos más “colectivistas” de nuestra civilización, el grupo o la comunidad es un agregado variopinto de individuos con más intereses que conciencia, más propensos a poner la mano que a sostener al de al lado. La bondad del grupo se entiende como el beneficio o rédito neto para el individuo, generalmente en términos económicos o de mero confort material. No se habla del fundamental carácter vertebrador y generador de estabilidad emocional y social del grupo; todo se reduce a un balance de tipo contable que reduce todo a un cálculo económico o de beneficio. Algo únicamente comprensible por y para individuos que ya previamente entienden los lazos como meros tratos circunstanciales de interés.
De hecho, nuestra sociabilidad y conciencia grupal se ha deformado tanto hacia una versión mercantilista que no dista mucho de lo que la mayoría entiende por una pareja con un contrato de telefonía. Podría haber un tiempo de permanencia fijado, unas condiciones económicas y unas posibles sanciones reducidas a ese tiempo de permanencia renovable. Fidelidad de 12 meses por aparato nuevo. Quizás una figura ya desfasada, pero comprensible para la mayoría.
Eso pasa a cualquier otro tipo de relación. Anular un matrimonio es más fácil que reclamar un cobro indebido. Corromper una amistad y terminar saltando de amigo en amigo en una incesante carrera de “nuevos contactos” es sorprendentemente habitual. Es más, nuestros lazos pueden estar basados en intereses tan explícitamente mercantiles y utilitaristas que ya nadie se sorprende de la existencia de aplicaciones y redes sociales para viajar con desconocidos que, de repente, serán nuestros Paspartú. Aunque debo decir que prefiero un Rigodón, cosas generacionales.
Las aplicaciones para buscar pareja ya son lo de menos. También porque son para cualquier cosa menos para eso. Son aplicaciones de predación y validación, nada más. Unos buscan presas, sean de tipo erótico, festivo o económico. Y otros obtienen una atención y validación de desconocidos para poder seguir vivos cinco minutitos más sin llorar por las esquinas de esa soledad, muchas veces mal llamada ansiedad o depresión.
La epidemia que más sufre Occidente es un empacho de individualismo y hedonismo que se complementa con una carencia absoluta de amortiguación social y emocional. Gordos y anémicos, una joya.
Desde muchos sectores se diagnostica y critica que nuestras sociedades son incapaces de movilizarse incluso cuando estamos en el límite. Y es cierto, aunque lo sorprendente es que alguien se sorprenda de dicha dinámica. El único movimiento social que se ve es siempre alguna manifestación que, con diferentes eslóganes, siempre se reduce a un “¿qué hay de lo mío?”. Únicamente parece haber movilización de los grupos que reclaman algo para ellos. Y es cierto. Tan cierto como que no son grupos, son un salpicón con un logo e interés común. Y con “interés común” me refiero a que todos quieren helado de postre, no que quieran postre para todos. Hablan y reclaman lo suyo; el bien común se convierte en una cuadrilla formada por querer todos un sorbete del mismo sabor.
De ahí que cualquier movimiento por el bien común y para obtener un cambio real de dirección sea imposible en las circunstancias actuales. Primero, porque no hay conciencia común que nos articule. Segundo, y fundamental, el carácter individualista está tan marcado y generalizado que, para obtener movimiento, todo debe apelar a intereses individuales o a grupos de interés.
Intereses que se acercan más a caprichos y grupos que difícilmente llegarán unidos a la vuelta de la esquina sin el mismo antojo insatisfecho.
Zygmunt Bauman, en toda la teoría desarrollada con la muletilla de “líquida”, comete un fallo o, mejor dicho, obvia algo. Si bien las relaciones humanas presentes se asemejan mucho a una entidad viscosa incapaz de sostenerse por sí misma —lo cual es cierto—, eso únicamente ha afectado a todo aquello que mantenía al individuo en un plano ajeno al más grotesco utilitarismo y consumismo contemporáneo. Cualquier potencial relación o grupo con capacidad de confrontación a los intereses mercantilistas es el que se debilita, no así otros. Cualquier grupo con un interés rentabilizable puede cristalizar de alguna forma. Incluso a la figura del matrimonio se le permite cristalizar, aunque de forma temporal. Usualmente para la ceremonia y la inmediata compra de algún inmueble. Tras eso, ya no hace falta más dicha institución social. De hecho, es perjudicial. Las familias tienen la absurda manía de mirar por encima de los intereses egoístas de sus miembros y eso perjudica al mercado. Los grupos de amigos, aunque con cierta tendencia a la homogeneidad, son útiles mientras tienen planes de ocio y de consumo. Para salir de fiesta o de viaje, perfectos; incluso se facilita buscar a otros para esas actividades en concreto. Ahora bien, si la soledad invade y colapsa tu estabilidad, mejor buscar medicamentos o terapia. Odiosa manía de la gente llamada amigos o pareja que, altruista e interesada en un bien no mercantil y ajeno, ofrecen su tiempo y recursos a fondo perdido cuando se podría haber hecho negocio de todo ello.
Es cierto, el individuo llega más rápido a su destino. Y su destino siempre es una zanahoria. Podemos tener muchos jacos persiguiendo la misma zanahoria, pero lo único que les mueve y mantiene unidos es la avaricia común y las correas del que sostiene el cebo.