La basura blanca ha existido desde que surgió la estructura de clases en Europa, hace miles de años. El progresista blanco lleva por aquí, veamos… unos cuarenta años. ¿Queréis apostar quién va a durar más?
Jim Goad
Manifiesto Redneck
Es una tendencia de décadas, el signo ideológico fundamental de occidente desde que terminó la segunda guerra mundial: la agresión de las élites cosmopolitas, la burguesía ilustrada, los urbanitas con ínfulas culturales y el lumpen izquierdista parasitario contra las clases trabajadoras y el mundo rural. Los que sudan, madrugan, tributan y mantienen al Estado con sus impuestos son sospechosos porque, por lo general, sus convicciones y valores colisionan contra el armatoste ideológico del progresismo divagante. Familia, seguridad, arraigo, identidad, patria, son conceptos opuestos a la deconstrucción tardomarxista del individuo y su sentido en el decurso de las sociedades. Esto lo sabemos desde hace mucho tiempo, pero conviene recordarlo de vez en cuando, sobre todo si esa vez y ese cuando parecen urgentes ante campañas a martillo pilón como la última organizada tras el famoso partido de fútbol España-Egipto, celebrado en Cornellá de Llobregat, y los cánticos lanzados por los aficionados durante el evento.
De verdad que me apetece muy poco entrar de nuevo en debate sobre aquello sucedido. Bastante se ha hablado y escrito al respecto, y tengo la impresión de que un artículo más —éste mismo— será justamente eso, otro argumento haciendo cola en la ventanilla de una opinión pública ya decantada en la controversia: los que opinan que pitar el himno de Egipto y gritar «musulmán el que no vote» es una atrocidad y los que piensan que lo intolerable es la eclosión delincuencial y el desequilibrio social que conlleva la supuesta integración de millones de musulmanes en los países de occidente, por medio de una política irresponsable de «papeles para todos». Expresé mi punto de vista en la red social de los viejos, que es Facebook, y con gusto lo reproduzco aquí:
« Pitar el himno de Egipto en el partido de ayer estuvo muy feo, no te digo yo que no. También me habría gustado que las televisiones y el gobierno se hubiesen rasgado las vestiduras con el mismo aspaviento cuando se ha pitado el himno de España. Claro que una cosa son el odio, el racismo y la xenofobia y otra la libertad de expresión. Cuando los directivos del Barça y del Athletic de Bilbao repartían pitos entre sus aficiones para montar la gorda mientras sonaba la marcha real, había que soportarlo democráticamente. Ahora, democráticamente, nos toca soportar la chapa que nos están dando con la pitada y cánticos de ayer. “Español el que no bote” es divertido. “Musulmán el que no bote “, es un cataclismo.
Un poquito hasta la coronilla (por no decir otro sitio) de la hipocresía y la tontería de esta gente. Qué asquito dan …».
Prácticamente no tengo más que añadir, no por falta de considerandos sino, como decía dos párrafos atrás, por economía de resultandos.
Leí sin embargo una entrada, en la misma red social, de Santiago Abascal que me llamó la atención:
«El español empobrecido, saqueado, arruinado e invadido no merece condena ni insultos. Merece que le devuelvan su patria».
Aquí ya se centra un poco más la cuestión. Criminalizar al deplorable es objetivo básico del meloso despliegue propagandístico supuestamente dirigido contra el racismo y la intolerancia religiosa. Bien entendido que «deplorable» es el peón de brega, el que trabaja 50 horas semanales, vive en un suburbio degradado por la «multiculturalidad», se le exigen impuestos como si fuese millonario y apenas saca adelante a su familia a base de estrecheces y deudas, recibiendo a cambio una vida arrastrada, insignificante como la del burro de Vitoria: sin tregua en la tarea de sacar arena del pozo seco.
A ese sujeto, ciudadano de tercera y paradigma de la moderna explotación del hombre por el hombre, es a quien odian profundamente las élites progresistas; porque nunca se deja someter del todo, porque su protesta es constante y porque —todos lo saben y todos lo temen—, día llegará en que recurra al supremo argumento de quienes no tienen nada que perder: la insumisión y crisis de lo establecido. El «fascismo» no es una realidad política contemporánea —eso también lo sabe todo el mundo—, pero razonablemente se perfila como posibilidad en un futuro no imposible de revancha. En otros tiempos eran el socialismo y el comunismo quienes encauzaban desde sus filas estos fenómenos marcados por el resentimiento social, mas ya abandonada la visión de la historia como resultado de la lucha de clases, asumida la doctrina pequeñoburguesa del Estado asistencial-universal como elemento prioritario del nuevo proyecto de convivencia, sólo queda un camino al resarcimiento y reequilibrio que pretendan instaurarse sobre el clamor actual de los desposeídos: lo que biempensante y progres de tertulia llaman «extrema derecha».
Muchas veces se les ha llamado deplorables, ultraderecha, conspiranoicos, rednecks, basura blanca, negacionistas, racistas, fascistas, neonazis, violentos, enemigos del progreso y de la libertad… Los aficionados futbolísticos de Cornellá, tal como los presentan desde los medios abrevados, son los malos de las películas de Netflix y HBO, el sheriff Roy Tillman de la quinta temporada de Fargo, los merodeadores de pantano que atacan a los chicos majos en Deliverance, el indecente Bob Ewell y su repulsiva hija Mayella de Matar un ruiseñor, los paletos asesinos que disparan desde su camioneta a los motoristas de Easy Rider. Así de malvados son, y si no son malos son estúpidos como Cletus Spuckler de Los Simpson y personajes parecidos. Según el progrerato, son incultos, brutos, alcoholizados, pendencieros, endogámicos, belicistas; y encima, conforme a la parodia levantada contra ellos, odian a la gente africana, a los inmigrantes, a los homosexuales, a los intelectuales y a todo lo que suene a liberal en el sentido amplio de la palabra.
Sólo falta declararlos delincuentes, criminalizarlos, aprobar unas cuantas leyes en su contra y prohibirlos. El presidente del gobierno lo dejó muy claro en sus declaraciones del 1 de abril: «Lo sucedido es inaceptable»; con instrucciones a la fiscalía del Estado para que investigue los hechos y persiga a los culpables. Ilegalizar a los deplorables es el sueño húmedo de todos los dictadorcillos que pululan por las televisiones, emisoras de radio y periódicos del sistema, no digamos los energúmenos perroflautas de las redes sociales: prohibir el pensamiento hostil, aniquilar la disidencia, aplastar cualquier oposición a su utopía de un mundo gobernado por feministas con niqab y habitado por zombis cuyos líderes espirituales sean Gonzalo Miró y gente parecida.
Hace falta ser corto de luces, negado para la realidad, ingenuo, o bien fanático hasta la idiocia, para contemplar como solución a la guerra del futuro prohibir los conatos de escaramuza en el presente, manteniendo intactas las condiciones que determinan cada contradicción. No se enteran, no quieren enterarse de que «musulmán el que no vote», en el idioma del porvenir inevitable, tiene una traducción mucho más comprometedora: «espabilad o ya veremos cómo vamos respondiendo».
Sí, hace falta ser necio para no darse cuenta.
Sólo veo una ventaja a esa obsesión por escapar a las demandas de lo real y cobijarse en el universo paralelo del catecismo progre-izquierdista; sólo una pero definitiva: el adversario se equivoca y por tanto conviene no distraerle. Ya toparán con ellos mismos cuando no les quede más remedio. Cuando no haya remedio.