La antropofagia es tabú. Nos gustaría que fuese precepto rigurosamente moral, pero la realidad marca otra dimensión. Todas las especies animales —todas—, omnívoras o carnívoras, son potencialmente caníbales y tarde o temprano ejercen como tales. Los humanos también. No hace falta recordar aquella tragedia aérea de los Andes, en 1972, cuando los supervivientes, para no morir de hambre, no tuvieron más remedio que obtener proteína humana por el método que imaginan. Todavía quedan pequeñas tribus en lugares recónditos del planeta —sí, en el planeta aún quedan lugares recónditos y tribus como los Korowai de Papúa Occidental—, que practican el canibalismo ritual contra clanes adversarios; la venganza y el temor inducido son su motivación primitiva. Pero hablamos de grupos hiper reducidos, históricamente insignificantes, malogrados desde la perspectiva civilizacional aunque de interés para los antropólogos. Justo ese es el gran tabú social/cultural del canibalismo: el reconocimiento del fracaso colectivo que les impide prosperar, crecer, acumular reservas alimenticias y asegurar el futuro para su gente.
Los neandertales, antes de extinguirse, recurrieron al canibalismo como último recurso. Psicológicamente negados para establecer idearios comunes y, por tanto, condenados a sobrevivir en núcleos muy pequeños, asfixiados por la endogamia y la precariedad, cuando las sucesivas glaciaciones mermaron sus posibilidades de acudir a fuentes alimentarias estables —40.000 adC aprox.— no tuvieron mejor idea que empezar a comerse entre ellos. La antropofagia, por tanto, resulta máxima expresión de un dramático fracaso como sociedad, de la incapacidad de mejorar las condiciones de vida, producir y acumular bienes y guardar para tiempos difíciles.
Cuando los españoles llegaron en el siglo XVI a los actuales territorios de Yucatán, Veracruz, Puebla y ciudad de México, sabedores de que comer carne humana era parte importante de la dieta popular azteca, o sea, prevenidos, ciertamente se encontraron con un imperio caníbal donde se asesinaba y devoraba a miles de personas cada año; en ese momento supieron que se enfrentaban a un orden social malogrado, en descomposición y condenado a extinguirse. Así fue. El pueblo falto de iniciativa, ingenio, previsión, esfuerzo y técnica para conseguir recursos, abocado al desespero de la antropofagia, es un pueblo destinado a desaparecer; en todo caso a reducirse hasta lo ínfimo y transitar por los siglos en completa miseria, malditos por la invisibilidad, el atraso y el abandono.
Sé que la comparación es un poco arriesgada, pero a la vista de algunas noticias recientes sobre la «economía» y prosperidad de gentes allegadas a nuestro gobierno, no he podido evitar esta asociación de ideas. Hay una economía caníbal que no se basa en el emprendimiento, el trabajo, el esfuerzo y la eficiencia en la producción de bienes; por el contrario, se fundamenta en apropiarse y consumir recursos previamente generados, o en inventarlos desde la inexistencia, a partir de la emisión de deuda/moneda o la mullida recepción de fondos de la Unión Europea igualmente ficcionarios —dinero del monopoly emitido por «la maquinita de hacer billetes» del Banco Central Europeo—. No hay otra: las economías que se asientan en la deuda pública, el dinero-papel-impreso, los fondos de rescate y la exacción tributaria, son sistemas autofágicos, sin más futuro que la inflación y, a medio-largo plazo, la miseria. Y esa es, desgraciadamente, la especialidad del socialismo hispano: gastar sin fondo sabiendo que en el fondo no hay nada. Mal augurio.
Hace muchos años, un profesor de filosofía nos explicaba en el instituto, con infinita paciencia, un concepto que entonces nos resultaba difícil entender: el dinero es trabajo acumulado y no otra cosa. Insistía: «Si lleváis veinte duros en el billetero, sabed que alguien ha tenido que trabajar y generar plusvalía, sobrevalor, por esa misma cantidad: cien pesetas. Respetad el dinero porque en cada billete hay trabajo, sudor, esfuerzo y tesón de alguien que ha generado riqueza, la misma que guardáis ahora en el bolsillo».
La ecuación no ha cambiado. Toda economía que no sea productiva es caníbal, inflacionaria y destinada al fracaso. Naturalmente, en el camino florecerán fortunas de espabilados capaces de aprovechar los «pelotazos» coyunturales de esa economía de la ficción monetaria, la deuda pública y la confiscación tributaria. Ejemplos recientes los tenemos en los negocios del covid, las vacunas y las mascarillas, y más recientes todavía en los chanchullos, inmensos, de las pulseras telemáticas que deberían haber protegido a las mujeres bajo riesgo de violencia de género; también, las balizas de señalización para vehículos inmovilizados en la vía pública por avería o accidente. El método se ha descubierto muy simple —igual que sucedió con las supuestas empresas suministradoras de mascarillas durante la pandemia—: una empresa fantasma, con dos empleados sin dar de alta y pelada de papeles, empieza a distribuir las obligatorias balizas. Ojo cuidado: a la administración socialista no le importa que la sedicente empresa apenas haya tenido movimiento ni facturación en los últimos años, que se encuentre en quiebra y su solvencia se parezca a la de Carpanta. Para eso están los amigos. Empiezan por tanto a distribuir masivamente las balizas, seguro que compradas a precio de saldo en los chinos, gracias a que Correos —¡Correos!—, se convierte en su punto de venta principal. A todo el que acuda a recoger un paquete, enviar una carta o comprar sellos para su colección filatélica, se le ofrece comprar la baliza y se le advierte, amablemente, de que en caso de circular sin ella puede ser multado. Eso es antropofagia económica: generar valor imaginario para ripiar valor real y enriquecer al entorno de quienes controlan las normas legales y los reglamentos.
Ese valor falso, multiplicado, al poco va a redundar en inflación. Y esa inflación la vamos a soportar entre todos cuando paguemos en el supermercado, en la gasolinera, cuando nos llegue el recibo anual del seguro del coche, el mensual de la luz y el agua, cuando compremos cualquier cosa. ¿Se acuerdan de los famosos 140.000.000.000 de euros que nos iba a regalar la Unión Europea para salir de los apuros acarreados por la pandemia? ¿Alguien con sano juicio cree que, en verdad, en algún lugar de Europa se ha trabajado y generado valor equivalente a esa cantidad astronómica que así, bellamente, se ha obsequiado a España porque caemos bien a nuestros socios? No, desde luego. Los aztecas desconocían la rueda y el forjado de metales pero construían templos maravillosos gracias al trabajo esclavo de prisioneros que temprano o tarde se convertirían en su menú. Nosotros ya no nos comemos unos a otros, pero nuestro gobierno, igual que los aztecas, es capaz de mantener la ilusión de una sociedad próspera sin conocer el rudimento básico de la producción. El famoso escudo social, el no menos famoso estado del bienestar, son los templos piramidales donde hoy se derrochan el dinero que existe y no vale, también los impuestos que sí valen porque se le extraen a las clases trabajadoras; si bien, en virtud de la lógica y por culpa de la inflación, el valor real de esos impuestos recaudados cada vez es menor, igual que los salarios, igual que la vida y los afanes y los sueños de una ciudadanía condenada a la indefensión ante el gran Moloch-Estado, que es el encargado de administrar la pobreza para la mayoría y los pelotazos para a minoría.
Si todo eso no es canibalismo, que venga Hannibal Lecter y lo vea.