El perdón que tú me pides

El perdón que tú me pides. José Vicente Pascual

A la presidente de México, de cuyo apellido no me he tomado la molestia de aprender a escribirlo correctamente y, por tanto, no lo escribo, es decir, decía: a la presidente de México le importan los aztecas, las tribus aborígenes de Norteamérica y los genocidios cometidos contra aquellas comunidades igual que el genocidio contemporáneo contra la actual población mexicana, aproximadamente lo mismo que la liga de fútbol austríaca, por decir algo. Esa señora, sus jefes e ideólogos, saben perfectamente en qué país viven y cuál es la flor de su miseria: setenta mil personas —70.000— asesinadas desde octubre de 2023, la inmensa mayoría por el poder criminal del narco; un número escandaloso de heridos, secuestrados, extorsionados y, casi lo peor, desaparecidos. México es un país donde la vida humana vale menos de lo que cuesta una bala, por lo que la decapitación y el ahorcamiento gozan de prestigio entre los verdugos, ahorrativos ellos. México es un país donde la gente no vive, allí con durar ya puede cantarse victoria. La esperanza de no morir hoy, puede que tampoco esta semana, es auténtica virtud.

En aquel entorno social y político, al frente de un narcoestado impregnado de corrupción hasta la médula, alzada sobre tantos miles de víctimas, sobre el horizonte de desiertos sembrados con huesos, la buena señora se permite comentar con displicencia las palabras del rey Felipe sobre «los abusos» de la conquista española. No cierra el frente ni retira la afrenta y la exigencia de perdón, pero «aunque no es suficiente, es un comienzo», dice.

A estas alturas desde luego que no merece la pena continuar con el debate sobre los aztecas, Cortés, el período español, la independencia y cómo las élites criollas —españolas hasta el día de antes—, además de perder la mitad del territorio nacional heredado aniquilaron a las comunidades aborígenes, quienes pasaron de ser súbditos del rey de España, o sea, españoles, a indios perseguidos, apaches masacrados y gente prescindible sin derecho a tierra ni hogar ni apenas el aire que respiraban. Ciertamente no merece la pena porque, se decía al principio de este artículo, a la señora presidente y sus jefes y allegados el asunto les importa menos que cero. Lo que necesitan es legitimarse ante el presente gracias a su apropiación del pasado. En su lógica: “si estamos en contra de la conquista española y exigimos que España pida perdón, necesariamente estamos en el lado correcto de la historia, que nos sancionará como buenos hijos del progreso”.

Hay sin embargo un detalle que conviene no perder de vista. Es algo sutil pero no intrincado. A ver si nos entendemos: hablamos de un país malogrado, un Estado fallido donde el poder de los cárteles del narcotráfico supera con creces al estatal, los políticos mandan lo que les dejan y hasta donde pueden, la democracia es un cadáver, el ejército un nido de corrupción, la policía peor todavía, se asesina a la prensa libre y tres de cada dos jueces dictan sus sentencias con pavor ante las posibles consecuencias que puede acarrearles meter en la trena a un primo segundo del caciquillo local del cártel que corresponda. Eso es México hoy. Y en ese panorama, quienes más padecen el poder de los cárteles son las comunidades rurales alejadas de los grandes núcleos de población.

El mundo rural mexicano, en la actualidad, es peor que feudal; sólo hubo una época en la historia en que la vida de los campesinos fuese más miserable: el imperio azteca, que les sacaba el corazón y se los comía. Ahora los cárteles controlan implacablemente a estas gentes, la mayoría de ascendencia aborigen, apaches, ópatas y yaquis en Sonora-Tijuana, pueblas en Juárez-Chihuahua, entre otras etnias. Viven sometidos al narcoterrorismo, les dicen lo que tienen que cultivar, dónde y a quien tienen que vender los frutos de la tierra, cuándo pueden emigrar, cuáles de sus hijos tienen que entrar al servicio de la organización criminal, o prostituirse, o sacrificarse y dar la vida en alguna acción suicida. Así es la existencia de las poblaciones aborígenes en el norte mexicano; y no deja de llamar a atención que el gobierno, desde México DF, se haya instituido en valedor de sus derechos, pero no para librarlos de la tiranía del narco sino para que España les pida perdón. O sea, que los descendientes de los criollos españoles que se independizaron de España, uña y carne del narco que hoy oprime, explota criminalmente y asesina a estas comunidades, exigen a los descendientes «políticos» de los que ya se fueron que pidan perdón a las víctimas actuales por sucesos achacables a España y que, en todo caso, ocurrieron hace más de dos siglos. Desfachatez mayor no se ha conocido en la historia contemporánea.

Tampoco merece la pena entra a debatir con la pléyade de idiotas que en España acatan ese roñoso discurso. No merece la pena en absoluto porque quienes lo mantienen, una de dos: o lo hacen interesadamente, por lo que rebatirles es inútil, o en verdad son sinceros idiotas, por lo que discutir con ellos tampoco conduce a nada. Ya la dijo una de las ignorantes mayores del gremio progre, osada como todos los necios, en un programa de tv emitido hace unos meses; la famosa Mercedes Milá —famosa porque cuando Dios repartió la buena educación a ella la pilló meando en el jardín del vecino—, preguntada por Hernán Cortés y su significado y trascendencia histórica: «Un asesino, un criminal». Con gente así, famosa o en chanclas, debatir no tiene sentido. Ni siquiera conviene argumentarle a la también famosa consentida del narco que ejerce hoy la presidencia de México. Acaso una recomendación, de la que no va a hacer ningún caso como es natural: si perdón quiere, que pida ella perdón primero, en su nombre y en nombre de los suyos, por haber convertido al virreinato de la Nueva España en un territorio imposible para la convivencia, un paraíso para el crimen y un infierno para la gente honrada. Que pida perdón sin excusas, sinceramente, en su nombre y nombre de todos los suyos, esas oligarquías inútiles, perezosas y corruptas que históricamente han arruinado su país y, en general, al continente español-americano.

Y después, dirigiéndose a España con la debida humildad y el justo afecto, que den las gracias.

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