Elementos ideales de la realidad

Elementos ideales de la realidad. José Vicente Pascual

Antiguamente, es decir, cuando yo era jovenzuelo, se admitía como verdad establecida que la única construcción humana que podía verse desde el espacio era la Gran Muralla de China. Pero como todas las verdades, cuando son verdad, se acomodan a permanentes trasformaciones en el mundo objetivo, a mediados de los años ochenta del siglo pasado hubo que revisar aquella convicción para establecer un nuevo referente para astronautas: la construcción humana que mejor se distingue desde el espacio, no la única, son los invernaderos de Almería.

Este surgimiento no cundió de un día para otro ni, como suele decirse, de la noche a la mañana. Desde mediados de la década de los setenta —del siglo pasado— las técnicas del riego por goteo e intensividad en cosechas fueron desarrollándose bajo grandes extensiones protegidas por el plástico, transformando un entorno desértico e improductivo en la huerta más feraz de Europa. Actualmente hay unas 33.000 hectáreas cultivadas por este sistema en la provincia de Almería, con una producción anual entre 3’5 y 4 millones de toneladas de frutas y hortalizas. La mayor parte de la producción se exporta a la Unión Europea y el Reino Unido, con un beneficio aproximado de 2.800/3.000 millones de euros/año. Los invernaderos generan 100.000 empleos estables, con 14.000/15000 familias productoras sostenidas por esta actividad.

En los invernaderos trabajan personas de 140 nacionalidades. Aparte de los conflictos propios y naturales en toda comunidad humana, nunca se han producido situaciones de especial violencia, desórdenes, vandalismo, picos de incremento de la criminalidad ni todas esas lacras que por lo general se achacan a otros lugares donde la inmigración se ha incrementado notablemente en las últimas décadas. Debe de ser, digo yo, porque cuando la gente está ocupada, trabajando, ganándose la vida y construyendo un futuro para sí y su familia, le queda poco tiempo para delinquir o incordiar al prójimo.

No doy una visión idílica de la actividad de los invernaderos en Almería. Es cierto que desde que se produjo el boom del plástico, el súbito enriquecimiento de la zona y la llegada masiva de trabajadores, sobre todo del norte de África, se produjo un aumento apreciable de hechos delictivos, así como la repercusión social del fenómeno completó las estadísticas de suicidios, quiebras familiares súbitas, riñas, delitos contra la integridad de las personas, usura, juego, prostitución, adicciones, tráfico de drogas… Los municipios de El Ejido y el Campo de Dalías fueron los más castigados por esta desadecuación entre el rápido florecimiento de la riqueza y la adaptación, digamos, de la antigua sociedad rural, muy precarizada, a la nueva prosperidad. Pero de todo aquello hace ya mucho tiempo. A lo largo de los años, más de medio siglo, la zona se ha estabilizado, encontrando el sentido colectivo de las nuevas coordenadas históricas. Actualmente, en torno a la actividad de los invernaderos existen problemas, como en todas partes, pero no hay un problema con los invernaderos; al contrario, esa industria ha rescatado de la postración económica a una zona inmensa, rescatándola de la pobreza secular y transformándola hasta convertirla en una de las regiones más prósperas de Europa y, desde luego, la de mayor renta per cápita de España.

Comparen ustedes esta situación con la actualidad en aquellas zonas significadas por la inmigración masiva e ilegal, mantenida por el insensato voluntarismo estatal que reproduce a ciegas la doctrina globalista de la UE respecto a los inmigrantes: primero que lleguen, después integrarlos y más después aún facilitarles acceso a un trabajo. Este modelo de inmigración «a bulto» es responsable de la quiebra de la convivencia en muchos lugares donde se hace significativa: cientos, miles de personas desocupadas, desenraizadas, la mayoría de las cuales apenas conocen el idioma, se ponen en la cola de espera para poder llevar una vida digna sobre la base de su propio trabajo; mientras, van de aquí para allá entre la ociosidad, la queja y el buscarse la vida, siempre dependiendo del subsidio del Estado.

En España, los sucesivos gobiernos, comunidades autónomas, ayuntamientos e instituciones en general, históricamente han hecho enormes esfuerzos por acabar con las bolsas de pobreza y marginalidad, y el trabajo ha sido y sigue siendo enorme. Pero las actuales políticas migratorias son una desalentadora claudicación ante el reto: reducimos la marginalidad en algunas zonas mientras que constantemente la  importamos, sobre todo a las grandes ciudades y áreas metropolitanas más pobladas. No cabe en cabeza ninguna, en ningún planteamiento racional sobre el asunto tiene sentido traer y mantener lo marginal —desocupados sin más perspectiva a medio plazo que vivir de subsidios y ayudas sociales—, para ayudarles en un futuro improbable y si ellos se dejan ayudar. Los acontecimientos de la semana pasada en Salt (Gerona), son justamente lo que dice la Generalitat de Cataluña sobre el asunto: un hecho aislado que no refuta sus «políticas de integración». Cierto, son un hecho aislado más, uno de tantos entre tantísimos como se producen cada día y en tantas partes. Quizás el meollo del conflicto esté en que las políticas de integración no serían necesarias si en vez de acoger a personas sin rumbo ni esperanza nos dedicásemos a aplicar desde el primer momento políticas laborales, de integración pero en el mercado de trabajo, no en el sistema de ayudas y tutelaje estatal. Claro que para eso haría falta que hubiese trabajo para todos y que todos estuviesen por trabajar, no por pedir al Estado que los mantenga porque están aquí y ellos lo valen y si no se les hace caso incendian el pueblo. Podríamos preguntar a los vecinos de Salt que opinan al respecto.

No hay otra explicación: quienes pastorean el rebaño no quieren acabar con la pobreza sino repartirla. Y para recoger migajas cualquiera vale, no se necesitan conocimientos ni habilidades especiales. Con saber meterle fuego a un contenedor, ya vale. No valen los elementos ideales de la realidad, ya existentes, en cuya experiencia y desarrollo podríamos inspirarnos. Eso ya no sirve en la sociedad globalizada, la del bienestar dicen. Pensar en un milagro económico como el de Almería, hoy, en cualquier rincón de España, es tan irreal e ingenuo como pensar que los nuevos vecinos, sobre todo de la categoría «jóvenes», recién llegados y salvo excepciones, vienen a aportar algo aparte de su querida presencia. Vienen de cosecha, a recoger sin haber sembrado en invernaderos ni en ninguna parte, ni en su casa ni en la casa nueva. Vienen a pelo, de patada en la puerta y a verlas venir. De momento nuestras autoridades ya les han instruido sobre algo elemental: cuanta más bulla metan, más metros cuadrados tendrá el piso que van a regalarles para que estén contentos y tranquilos. El caso del imán de Salt nos ilustra al respecto. Y así hasta el infinito y mientras dure el invento.

Top