¿Puede la anamnesis cumplir una función redentora sobre ciertos nombres y hechos de nuestra biografía intelectual? ¿Es factible que el ejercicio de la memoria pueda salvar del fuego destructor algunas realidades que, a priori, parecen condenadas? Este es el gran interrogante a orillas de la tarde en la que, a solas, mientras madura el otoño en el Río de la Plata, voy afinando pluma y concentración para escribir estas líneas pensando en Holanda.
“República de los Siete Países Bajos Unidos”, “Holanda”, “República Neerlandesa”, “Países Bajos” a secas o como quieran llamarle los puristas de la historiografía, esos nombres, aparecen ante mí con el halo subrepticio del mal aroma. Holanda es la letrina moral de Europa bajo la deformación de conceptos fetiches como humanismo, libertad, racionalidad, tolerancia o inalienabilidad de la vida privada. Aborto, libertad sexual, prostitución “regulada” con regencia de burdeles en el Barrio Rojo de Ámsterdam, coffee shops de “drogas blandas” y otras conquistas liberales son las banderas que este país exhibe orgulloso ante el mundo. Es inviable desde mi concepción de la vida, empatizar con estas cosas, porque en el fondo y bien miradas, todas estas “conquistas” son el epifenómeno de una gran impotencia, aquello que el filósofo alemán Max Scheler denominó “resentimiento en la moral” cuyo origen es la incapacidad axiológica para una vida virtuosa. Desde este aspecto ético hasta la nimiedad del fútbol, Holanda aparece corroída por una impotencia a la que ni el talento de Johan Cruyff pudo redimir.
Sin embargo, del mismo modo que en la espesura de la noche aparecen destellos de luz, Holanda expone algunos nombres e imágenes que resisten a mi antipatía y que quizás, alcanzarían para redimir su nombre en mis evocaciones íntimas. San Pedro Canisio, por ejemplo, sosteniendo la pluma frente a la fractura espiritual de Europa Central en el Siglo XVI, Rembrandt y el beso pictórico de la luz dorada en El Retorno del Hijo Pródigo y otras obras, tal vez la osadía de algunos trazos de Erasmo de Rotterdam o Baruch Spinoza “labrando a Dios en la penumbra” –como escribió Borges- mientras pulía lentes y observaba por la ventana el mercado de Ámsterdam, buscando empecinadamente la unidad detrás la pluralidad. Son solo algunas imágenes, no muchas más, las que escapan a la hoguera. En la misma línea soteriológica –he sido muy piadoso quizás con Erasmo y Spinoza-, un verdadero destello de luz, un tipo intelectualmente honesto y brillante en sus estudios e intuiciones históricas copa la escena en la primera mitad del siglo XX, me refiero a Johan Huizinga. Obras como El otoño de la Edad Media (1919) y Homo Ludens (1938) bastarían para redimir el nombre de Holanda. Me demoraré entonces sobre una lúcida intuición de Huizinga que emerge desde el corazón de la primera obra citada y que más allá de la naturaleza histórica de su reflexión, ilumina por extensión el drama del largo extravío del sentido común y la obturación del orden trascendente de la vida: la referencia es para el eximio Cap. XV de El otoño de la edad media que el historiador holandés tituló “La decadencia del simbolismo”.
La tesis central de Huizinga es que el espíritu medieval guardaba una verdad áurea, cuya síntesis queda condensada en aquellas palabras de San Pablo a los Corintios: “Videmus nunc per speculum in aenigmate, tunc autem facie ad faciem” (Ahora vemos por medio de un espejo, en enigma, más entonces veremos cara a cara). ¿Qué quiere decir esto? Que el mundo es revelación y promesa de un orden profundo. Este orden profundo es, a su vez, misterio y fundamento. Escribe Huizinga:
“El valor vital de la interpretación simbólica de todo lo existente era inestimable. El simbolismo creó una imagen del universo cuya unidad era aún más rigurosa, cuya conexión era aún más íntima que las que puede dar el pensamiento causal de las ciencias naturales”.[1]
Un elemento notable del abordaje de Huizinga es jaquear el discurso monolítico que sostiene que el ejercicio de la lógica argumental constituye el corazón del pensamiento medieval. Nuestro autor lo expresa apelando a cuestiones de orden filosófico:
“No hay que pensar demasiado en la disputa de los universales. Ciertamente, el realismo, que enseñaba los universalia ante res, que reconocía a las ideas generales esencia y preexistencia, no ha sido un monarca absoluto en la esfera del pensamiento medieval”.[2]
Para Huizinga, en el medioevo, el pensamiento simbólico se eleva con autonomía y con la misma valencia que el pensamiento genético, es decir, aquel que explica todo desde el orden de las causas. La metafísica también opera con los símbolos, porque frente a los universales lógicos, se elevan los universales fantásticos, ese “carettere poetico” como decía el gran Giambattista Vico, constituye un primado de la imagen y el afecto sobre la razón. Por ello, el simbolismo es comparable, según nuestro autor, a un cortocircuito espiritual. Con lucidez y lirismo lo expresa Huizinga quizás en las tres líneas más maravillosas del capítulo:
“El pensamiento no busca la unión entre dos cosas, recorriendo las escondidas sinuosidades de su conexión causal, sino que la encuentra súbitamente, por un salto, no como unión de causa y efecto, sino como una unión de sentido y finalidad”.[3]
El pensamiento simbólico, que al decir de Huizinga, jamás deja que se extinga el fuego místico de la vida, transfunde todo lo perceptible de la realidad. Quizás uno de los más bellos ejemplos en este sentido es el simbolismo de la nuez. La nuez simboliza a Cristo: el núcleo es la naturaleza divina, la corteza carnosa, la humana, y el tabique fino y leñoso del medio, es la cruz. Así como un elemento nimio como la nuez, todas las cosas ofrecen puntos de apoyo para la elevación del pensamiento hacia lo eterno.
Este orden, que no es otro que el orden de lo sagrado, es el que se resquebraja en el otoño de la Edad Media. En tal sentido, el simbolismo, el conocimiento tradicional entra en decadencia, “en diáspora” como afirma entre nosotros Don Ángel Faretta. La lenta consumación de la técnica en desmedro de la capacidad intuitiva, el eros de lo mensurable por sobre lo mistérico, el naturalismo elevado a principio religioso, la instauración de formas políticas y económicas que obturan la vocación de trascendencia del hombre son los elementos que dominan la escena de los últimos siete siglos. Esta decadencia del simbolismo que hemos expuesto alguna vez como el eclipse de lo sagrado [4], se caracteriza por una imposición violenta de la praxis por sobre la actitud contemplativa, por la pulverización del fulgor mítico[5] ante las diversas formas de la secularización, en definitiva, del imperio de la subjetivad.
Se preguntará usted, querido lector: ¿Por qué otra vez la melancolía? Porque como decía Antonio Machado –es un acto de justicia cerrar con un poeta –en su cancionero a Guiomar: “Se canta lo que se pierde”
[1] J. Huizinga. El otoño de la Edad Media. Alianza, Madrid, 1979: p. 292.
[2] Ibídem: p. 290.
[3] Ibídem: p. 289.
[4] Diego Chiaramoni. El eclipse de lo sagrado. Posmodernia: 07/06/2021.
[5] Remito a la Obra de Sebastián Porrini: El fulgor mítico (Cap. I). Sofía, Buenos Aires, 2023.