La kakistocracia: la degeneración de la vida política

La kakistocracia: la degeneración de la vida política. Consuelo Martínez-Sicluna

Alguno ha definido últimamente el término kakistocracia, o caquistocracia, como la expresión de este año. No sé si será la expresión del año, pero sí el concepto que mejor define los gobiernos que hemos sufrido en las primeras décadas del siglo. No me refiero solo al sanchismo, zapaterismo o sorayismo, porque lo de rajoymismo queda fatal. En general, el siglo XXI se ha mostrado parco en líderes de cierta talla y muy generoso en mediocres, que inundan los gobiernos y las instituciones: los peores, en suma, que es lo que nos anuncia la palabra señalada.

La idea no es nueva, aunque más allá de Polibio y su república de los peores, no fue estudiada suficientemente. La encontramos sobre todo en la descomposición del pensamiento político clásico, ya en el siglo XVIII. Con más o menos fortuna llega hasta el siglo pasado y comienzos de éste, donde pensadores como Michelangelo Bovero, en su “Contro il governo dei peggiori. Una grammatica della democracia”, publicada en el 2000, ayudó a difundir un término que ha cobrado cierta importancia en los últimos años. Bovero parte de un concepto de democracia formal, una suerte de democracia basada en el procedimiento, el quién y el cómo, aunque pone de relieve que no todas las decisiones deben quedar sometidas a la discusión colectiva. La balanza sitúa como contrapuestos el Estado máximo y el Estado mínimo. Junto a estas y otras cuestiones, la digresión le conduce a Bovero a enunciar que hay democracias de plástico, porque no preservan determinados derechos, porque se quedan tan solo en la vía procedimental o porque tal vía lo mismo sirve para legitimar una autocracia que una democracia. Los distintos adjetivos propuestos para calificar a la democracia, según el estudio meramente descriptivo de Bovero, no resultan adecuados para delinear una clara diferencia entre la democracia y los proyectos fallidos de ésta.

En 2003, Luigi Ferrajoli, en discusión con Bovero, caracterizó el concepto de kakistocracia como una degeneración de la democracia, como un deterioro del “valor de la constitución y de las garantías impuestas por ella a los poderes democráticos de la mayoría”.

El planteamiento de Ferrajoli, en su origen, va más allá de lo que Bovero pretendía, que no era sino una gramática de la política. Y es justamente el significado otorgado por Ferrajoli el que ha hecho que la expresión se haya usado más recientemente con referencia a la situación política actual. La deriva de las democracias hispanoamericanas, que se nos han olvidado que un día lo fueron, hacia tiranías y dictaduras consolidadas por el tiempo, junto a la escasa talla de los líderes políticos pseudo occidentales, porque Occidente ya ha muerto, nos desvela que la democracia ha sido sustituida por la kakistocracia que, lejos de ser únicamente el gobierno de los peores, se ha convertido en el gobierno de los mediocres, donde la mediocridad personal es la que avala el mal gobierno.

El ciudadano siente la sospecha de una más que comprobada ineptitud en la gestión de lo público: nada funciona como debería o solía y no hay consecuencias derivadas en orden a la necesaria asunción de responsabilidades. Si los trenes no entran en el túnel, porque el grosor y las medidas no lo permiten, si una ciudad está toda en obras al mismo tiempo, colapsando las comunicaciones o haciéndolas inviables, tenemos aseguradas dos certezas: que al mando está instalado un mediocre, el peor de los posibles,  y que, en ningún caso, las consecuencias le afectarán, porque la culpa es colectiva y no individual. No hablemos ya del coste de vidas en sucesos o pandemias que todos tenemos en la mente. Ya no basta con enunciar la polarización o desviar la culpa, porque lo que resulta evidente es la mediocridad de aquel a quien le viene largo el puesto que le han regalado.

Antes se hablaba del principio de la incompetencia de Laurence J. Peter, pero este principio en realidad no servía para explicar el ascenso de los incompetentes sino para expresar la posibilidad de una promoción, basada en la competencia, hasta un cierto nivel donde el competente muestra sus límites y manifiesta su incompetencia para el nuevo puesto. En sí, el ascenso no era malo, siempre que uno tuviera conciencia del nivel en el que es dable manejarse con una cierta solvencia.

Por el contrario, en el supuesto de la kakistocracia estamos hablando de algo distinto y es que el incompetente, el mediocre, el inepto, el peor seleccionado para el cargo/puesto, ha demostrado esta cualidad desde el inicio de su carrera meteórica, pese a lo cual la promoción continúa. No se trata simplemente de una cleptocracia con un afán de lucro, a través de comisiones o de sobornos, porque el lucro garantizado viene de suyo, en la medida en que se cobra de lo público por un puesto infinitamente superior a la capacidad personal. Tampoco el mediocre tiene un afán por aprender de la experiencia de otros o de rodearse de los que saben y están capacitados. El mediocre, por lo general, busca crear un círculo homogéneo de individuos que presenten sus mismas notas distintivas y que tengan una gran disposición para el halago y el aplauso. Y si los que podrían aconsejar, por conocimiento y experiencia, se resisten a las órdenes del mediocre, o le hacen ver lo inadecuado de las decisiones, se les posterga, expedienta o se les asegura una muerte civil o mediática, dependiendo del caso.

Se trata de un sistema que no engaña a nadie: ni al usufructuario del puesto ni a los que le han beneficiado con éste y, menos aún, al sufrido ciudadano que contempla la sucesión de mediocres, incapaces de gestionar con un mínimo de conocimiento y dedicación. Pero ya sabemos que lo público es la cosa de todos y, por tanto, donde se diluye la responsabilidad y donde las palabras huecas se utilizan para encubrir una inoperancia evidente.

Dalmacio Negro, en un agudo análisis sobre el sistema partitocrático lo describió como la ley de hierro de la oligarquía, que ya enunciara Michels en 1911: los gobiernos son siempre oligárquicos, con independencia de las circunstancias. Estamos hablando de una minoría que gobierna y que cierra el círculo del poder. Para Dalmacio Negro, “el meollo de la cuestión radica en como impedir o mitigar que los que mandan, no sólo los partidos (aunque sean de notables, como los liberales del siglo XIX), se comporten oligárquicamente respecto al resto de la sociedad o sean meras correas de transmisión de los intereses, deseos y sentimientos de las oligarquías sociales. Lo importante políticamente es la función de la ley de hierro como un denominador común de todas las formas del gobierno, incluida la oligárquica”.

Esto expresa una de las peculiaridades del sistema partitocrático, pero no toda su complejidad en el momento actual, que responde más bien a las características de la kakistocracia. En un primer momento, los partidos pudieron ser formas de expresar las oligarquías sociales, organizando además el círculo de influencias, pero hoy en día han dado lugar a una dimensión que va más allá de la política, en su sentido clásico y que es ciertamente su negación. El sistema de partidos es un régimen en sí mismo, un régimen global, que universaliza el marco de influencias económico-sociales de las que se nutren los partidos, siendo éstos en suma un conjunto elitista, no por las cualidades, sino por la homogeneidad de los intereses y la ortodoxia. Ortodoxia que un día fue ideológica y que ahora solo se sustenta en la jerarquía de las decisiones y en la prevalencia de los haberes y de los débitos.

En este mapa de interacciones ha aparecido el concepto de gobernanza, como conjunto de procedimientos que permiten el intercambio y la reciprocidad de los vínculos sociales con el gobierno y que trata de solventar un problema, el de que las políticas públicas debieran de gestionarse como respuesta a las demandas sociales y como resultado de redes sociales de influencia recíprocas. La idea de la gobernanza elude los problemas derivados de un sistema oligárquico y elitista que ha terminado por encumbrar a los mediocres y que permite que la gobernabilidad se mida conforme a las condiciones impuestas por la mediocridad.

La gobernanza parte de un hecho discutible, fingiendo que se ha eliminado la verticalidad de las decisiones. Basta con echar una simple mirada al poder para contemplar que nunca como ahora la gestión de lo público y de lo que son políticas públicas está en manos de un poder jerarquizado y que pretende mantenerse de esta forma. La kakistocracia no puede permitir una gobernanza que resuelva los conflictos y que exija una puesta al día en la toma de decisiones, dando respuesta a problemas concretos, en una reciprocidad de lazos entre la sociedad civil y el gobierno. Pero ya sabemos que la sociedad civil no existe,  y lo que se presenta como tal no son más que corrientes emanadas del poder y que quieren vivir de las subvenciones y emolumentos derivados de él.

La kakistocracia vive del conflicto y en el conflicto: la mediocridad de las decisiones en manos de los incompetentes, que son sabedores de sus condiciones personales y de su carencia de cualidades para los cargos, hace necesario generar una conflictividad social que borre las diferencias de mérito y de capacidad.

La kakistocracia es lo opuesto a la meritocracia: por eso los mediocres, al hilo de una pretendida igualdad, lo que buscan es deshacer las diferencias evidentes entre su falta de capacidad para el desarrollo de una función, unida a su falta de preparación, y la capacidad que solo se genera por la formación y la preparación. La mediocridad no es solo patrimonio de los partidos, pero es donde más se evidencia la falta de fuelle. El empresario mediocre se arruinará o tomará malas decisiones en la gestión de la empresa, que indudablemente afectarán a otros, pero principalmente a él mismo, salvo que sea salvado de la ruina por las decisiones políticas de los amigos, con ejemplos notorios en el entramado empresarial español. El trabajador mediocre, en el ámbito privado, probablemente no subsistirá, de la misma forma que el estudiante mediocre solo encontrará un trabajo acorde con su valía, pero por el contrario el sistema de partidos avala el ascenso y la promoción de aquellos que solo son válidos por la cercanía al poder y que han creado una cohorte de adeptos, más bien de chupópteros de lo público, que están a juego con los requisitos exigidos por un sistema que tiene que mantenerse oligárquicamente.

Las consecuencias de un mecanismo fundado en el gobierno de los peores son evidentes e insalvables. Consecuencias graves para la salud de la democracia, pero parece que también para la salud de las naciones y para la vida de los ciudadanos.

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