Mediocracia: poder político, democracia y medios de comunicación (y 7)

Mediocracia: poder político, democracia y medios de comunicación (y 7). Emmanuel Martínez Alcocer

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CONCLUSIÓN

Por nuestra parte, como hemos dicho, nos situamos en la cuarta forma u opción, la conjuntiva. Pero de un modo en el que ni destacamos las posibles conjunciones armónicas ni destacamos las posibles conjunciones conflictivas, sino que reconocemos que ambas se dan continuamente en nuestras sociedades políticas en las dialécticas entre los poderes políticos y mediáticos, sin poder afirmar que una situación prime sobre la otra. Suponer esto puede llevarnos a posiciones lo suficientemente ingenuas como para creer que los medios de comunicación trabajan «para el pueblo» –y a saber qué es eso que llamamos pueblo, pues éste, como revela el hecho mismo de que elija siempre entre distintas opciones políticas y distintos medios de comunicación ya nos dice que tal pueblo dista mucho de presentarse como algo unido de lo que se pueda predicar algo muy general–. O puede llevarnos a suponer que la democracia se basa en el «gobierno del pueblo», para lo cual los medios de comunicación deben informar adecuadamente, pues si no la elección de representantes se vicia. Y aun admitiendo que, efectivamente, si la información no es veraz y está manipulada la elección democrática está viciada, tampoco podemos suponer por esto que la democracia se base sólo en esto –y por tanto no podremos admitir que si falla este elemento nos quedamos sin democracia, aunque no deje de tener su importancia–. Porque esta requiere de otras condiciones, por ejemplo de la existencia de un mercado económico lo suficientemente plural y potente como para que desarrolle la capacidad de elección de los consumidores y ciudadanos de las sociedades democráticas modernas, un mercado que desarrolle en la medida suficiente las condiciones objetivas en las que puede darse la libertad de los futuros votantes.

Es decir, también la democracia requiere de un mecanismo basal que le proporcione las condiciones objetivas de existencia y de funcionamiento, unas condiciones objetivas en las que puedan desarrollarse las libertades democráticas. No hay que interpretar esto que decimos al modo marxista, pues hablamos de un mecanismo basal de importancia capital que proporciona la categoría económica, y por tanto también política, ya que toda economía es también economía política puesto que, para bien o para mal, no puede entenderse al margen de los Estados –aunque no toda política es económica–. Y no sólo eso, sino que, además, si atendemos a la historia de las sociedades democráticas que surgen a partir del siglo XVIII –como hemos hecho arriba en unas pocas líneas–, podemos ver que estas van de la mano del desarrollo de la sociedad capitalista de mercado. De modo que sería a través de las sucesivas ampliaciones de la sociedad de mercado como se habría ido abriendo paso y ampliándose la idea de libertad objetiva.

Es muy importante tener esto en cuenta, aunque algo se ha apuntado ya, a la hora también de abordar «el papel» de los medios de comunicación en nuestras democracias –¿han de tener un papel?, ¿al formularlo así no estamos introduciéndonos de nuevo en ese deber ser que denunciábamos antes?–, y es que debido a su estructura empresarial, normal y lógica en una sociedad de mercado, no sólo «prestarán un servicio» a la ciudadanía democrática sino que además buscarán, necesariamente, hacer negocio. Tanto es así en algunos casos que hay autores que consideran directamente que «los medios de comunicación no son los interlocutores entre el Estado y la sociedad. Frente a esta función heredada del siglo XX, los medios del siglo XXI parecen haber optado por una deriva de interlocución entre negocios y sociedad, o entre negocios y política: son, como cualquier otra industria, primordialmente un negocio»[1]. Lo cual seguramente haya influido, en su conexión con el poder político, en que las campañas electorales, poco a poco, hayan ido derivando en grandes campañas publicitarias transformando, a través de la mercadotecnia, los programas políticos en productos políticos prefabricados y simplificados –como la distinción entre izquierdas y derechas, ya carente de sentido político real– para comprar mediante el voto. Queremos decir que esta estrecha relación entre la estructura económica y la política, la democrática en concreto, puede verse muy fácilmente en las campañas electorales. En ellas los mecanismos de publicidad y venta de los bienes y servicios en el mercado son muy semejantes a los mecanismos de las campañas políticas democráticas, comprándose unos con moneda nacional (o europea) y otras con votos.

Y también, debido a todo ello, deberemos insistir en que cada medio, o cada grupo mediático, representará un conjunto de intereses (políticos, económicos, ideológicos…) frente a otros, no «a la sociedad» o a «la sociedad civil» o «al pueblo», como defienden algunos autores desde posturas demasiado generalistas. Los medios de comunicación dan cauce a intereses de determinados segmentos o grupos de la sociedad frente a otros, los cuales procurarán, en competencia, generar sus propios medios. Aquí, de nuevo, la pluralidad y la segmentación no pueden pasarse por alto. Y esto explica, a su vez, el esfuerzo continuo que cualquier ciudadano responsable ha de hacer a la hora de formarse un juicio lo más objetivo posible para poder salvar, en la medida de lo posible, los «obstáculos ideológicos» y los intereses empresariales que cada medio impone.

Por último, y como contrapartida a este aspecto económico que estamos comentando, debemos incidir sobre un aspecto importante, a saber: que si se debilita el sistema económico sobre el que una democracia se sustenta –como hemos podido ver con la tremenda crisis económica que padece la Unión Europea, y España muy pronunciadamente, a raíz de la pandemia mundial– también se debilita el sistema democrático y la libertad objetiva de sus componentes. Si el mercado capitalista se derrumba, se derrumban nuestras democracias.

Y también necesitará la democracia, por supuesto, de un mecanismo de elección de dirigentes constituido en torno al voto ciudadano –la amplitud que tenga esta ciudadanía supondrá diferencias entre unas democracias y otras–. De modo que una democracia puede decirse más libre que otra cuando, dados los mecanismos de elección de diputados o representantes, los electores tienen mayor poder de elección. Siendo así, la lucha por las libertades democráticas no serán sino la lucha por la eliminación de las distintas trabas que pueda haber en la elección de los representantes. Y si una de esas trabas es la existencia de la mediocracia, o simplemente de unos medios de comunicación deficientes, también es responsabilidad de los ciudadanos demócratas exigir o procurarse unos medios adecuados. Porque en una democracia, si no queremos admitir que esta sea un fraude, habría que admitir como un postulado, o como mínimo como una ficción jurídica, que el «pueblo», esto es, las masas electoras que cuentan con acceso al mercado de bienes y servicios y con un documento de identificación nacional, tiene siempre un mínimo de juicio a la hora de elegir a sus representantes. Lo que significa que este pueblo es libre y por tanto también causa de los resultados de las votaciones o elecciones, y por ello responsable de dichos resultados. En definitiva, o aceptamos la responsabilidad que tienen los ciudadanos soberanos de una democracia (al menos de buena parte de ellos) en la buena o mala marcha de la misma, o aceptamos que la democracia es en gran parte una farsa. Por eso es posible decir o constatar que cada pueblo, cada sociedad democrática, tiene el Gobierno que se merece. Bien porque lo haya elegido o bien porque lo consienta.

De modo que si se llega a una situación que podemos llamar, tomándonos la licencia por esta vez en la adjetivación, como ilusión democrática, esto es, aquella situación en la que la clase política consigue, a través de los medios de comunicación, por supuesto –aunque no necesariamente sólo a través de ellos– inculcar a los ciudadanos electores, a eso que llamamos pueblo, la ilusión de su perfecta representatividad y participación en el poder político, implantando la necesidad de celebrar «la fiesta de la democracia» a cada momento y extender la mano sanadora de lo democrático a cada rincón –fundamentalismo democrático–, sólo con el objetivo de que el sistema del que viven siga funcionando. Si se llega a esta situación, decimos, y se cae en cierto narcisismo por la participación en el poder, también es en parte responsabilidad de los engañados, del pueblo, de los ciudadanos soberanos que han aceptado esa ilusión cuando, a pesar de que existan medios que se hayan prestado a trabajar en favor de esa ilusión, existen otros muchos que no, como prueba, sin ir más lejos, que nosotros mismos estemos planteando esta cuestión y escribiendo libremente sobre ella.

Pero también es comprensible que sea difícil escapar de esta ilusión, tampoco es cuestión de situarse en las alturas y juzgar a vivos y muertos. Y es comprensible no ya sólo quizá por la deficiente formación intelectual que el común de los electores y consumidores de productos políticos pueda tener –a pesar de que un sistema público de educación, se supone, garantizaría unos mínimos para que esto no ocurra–, sino porque admitir esta ilusión supone una verdadera puñalada mortal a la democracia, sobre todo a estas concepciones ideales y más simplificadas de la democracia, porque si la mayor parte de la población no sabe a qué vota ni, lo que es aún más grave, tiene capacidad para saberlo, entonces vive en un fraude. Aquello que le han dicho que era su régimen de gobierno no es más que una gran ilusión muy bien montada. Aunque, desde el funcionalismo, podamos reconocer que una democracia puede seguir siendo democracia y funcionando perfectamente como tal a pesar de la existencia de esta ilusión, o quizá precisamente funcione tan bien como democracia y pueda perpetuarse como tal gracias a la existencia de dicha ilusión, de ahí que puede que no convenga que tal trampantojo pierda su efecto.

Porque, como decimos, también puede ser parte de esta ilusión democrática la suposición de que «el pueblo» se considere en todo momento parte activa del poder político, o que vierta con suficiente confianza sus esperanzas en la bondad del Gobierno de turno, pensando que éste le representa y que cada ciudadano, en su libertad, se identifica con un partido político. Pero puede suceder también, muy al contrario, que las masas indiferentes sean las mayoritarias –el abstencionismo y el apoliticismo son la némesis de esta ilusión–, dando lugar a una democracia que, en realidad, esté funcionando mediante normas apoyadas sólo por una minoría y gobernada por una élite –que puede ser llamada clase política–. Lo cual hace aún más necesario reforzar el fraude, continuar con el espectáculo para que no se desmorone. En esta situación, en la que, como se comprenderá, muchos medios de comunicación tendrían un papel de relevancia, más que de una democracia de ciudadanos podríamos hablar de una democracia de súbditos[2]. Unos súbditos que se negarán a aceptar que son tales porque, como señala Pedro Baños en El dominio mental, la población, tras tanto tiempo de intoxicación informativa (en refuerzo de esta ilusión, aclaramos), se negará a admitir que no tiene participación en el poder y está dirigida. Por ello estará siempre presta (al menos una parte importante de esa población) a atacar a quien se atreva a sacarla de su error y su estado de ensimismamiento.

Dicho esto, también debemos volver a recalcar que desde nuestra perspectiva, como ya hemos ido indicando mediante rápidas alusiones a lo largo de todo este desarrollo –alusiones que el lector avezado habrá sabido distinguir y ponderar–, hay que atender siempre a los casos de referencia. Pues si bien es cierto, como dicen todos los autores traídos aquí –y otros muchos que no han sido citados– las sociedades modernas, nuestras democracias capitalistas actuales, son complejísimas, dicha complejidad sería, al mismo tiempo, precisamente lo que nos imposibilita recurrir a esquemas sencillos en los que se pueda hablar de dos poderes enfrentados, ya sea mediante el dominio de uno u otro o equilibrándose armónica o conflictivamente. Y no porque estos poderes políticos y mediáticos no existan, sino porque no existen en bloque. No podemos hablar de el poder político ni de el poder mediático, sino que debemos hablar siempre de los poderes políticos y los poderes mediáticos, en sus dialécticas constantes. Todos estos poderes se distribuyen en múltiples ramas y capas de la sociedad política, participando tanto de sus conflictos –en toda sociedad hay divergencias– como de sus armonías –en toda sociedad política se dan confluencias de intereses, si no serían insostenibles–. Es atendiendo a estas divergencias y confluencias constantes en las sociedades políticas, aquellas en las que se ha configurado el poder político y en las que, pasados los siglos, ha surgido la forma democrática, como podemos entender la importancia de los planes y programas con los que una parte de la sociedad política trata de coordinar al resto de partes –buscando armonizarlas, coordinarlas y aplacar, en la medida de lo posible, las divergencias para impedir la disolución de la unidad política–.

Sólo desde esta posición pluralista y que tiene en cuenta en todo momento los contenidos y la historia de las sociedades políticas, así como las diferencias, multiplicidad e historia de los medios de comunicación, es como pueden entenderse adecuadamente las dialécticas, los conflictos permanentes entre los poderes políticos y los medios de comunicación o poderes mediáticos. De modo que la mediocracia unas veces adquirirá un carácter u otro –nosotros hemos distinguido hasta cuatro tipos que pueden además combinarse entre sí– dependiendo de los casos de referencia. No se puede oponer, por ejemplo, la mediocracia a la democracia, y afirmar que si se da la mediocracia es imposible la democracia. En primer lugar porque aquí estaríamos de nuevo cayendo en esta manía metafísica de entender las cosas en bloque, sustancializadas y monolíticas. Y en segundo porque incluso es posible ver casos en los cuales si no es a través de la capacidad de manipulación, de control y, por supuesto, de información de los medios de comunicación la estructura democrática de una sociedad se puede ver comprometida, con lo que aquí la mediocracia no podría tener un sentido negativo para la democracia o la sociedad política.

Esta misma complejidad dialéctica, tanto en sus aspectos negativos como positivos, hemos podido verla desde el inicio de la pandemia causada por el Sars-Cov-2, sobre todo en las etapas de confinamiento estricto, en las cuales la referencia y la guía de actuación que tenían los ciudadanos era aquello de lo que eran informados a través de los medios de comunicación. Pero a su vez en esta situación en seguida surgieron otros medios de comunicación de información alternativa (por ejemplo, en las redes sociales o programas desarrollados a través de YouTube; pero en un determinado momento también incluso en prensa, radio y televisión), los cuales también informaron de manera crítica acerca de los errores difundidos desde las televisiones, la radio o la prensa digital que informaban al servicio de lo indicado por los Gobiernos. Ante esta situación unos medios de comunicación decidieron plegarse ante el mandato gubernamental, ante la información oficial, mientras que otros, buscando otras fuentes de información, decidieron dar el paso de in-formar críticamente al respecto. Tenemos, pues, un reciente y muy general ejemplo en el que podemos ver que la situación mediocrática se produjo de forma descendente en muchos casos, pero también y al mismo tiempo fueron otros tantos los medios que decidieron intentar influir ascendentemente en el poder político para que rectificara los planes y programas erróneos, así como a las audiencias, y en ocasiones hasta lo consiguieron. La complejidad de los casos rompe en todo momento los bloques homogéneos de análisis, pues igual que siempre habrá momentos en los que al poder político le interese –o necesite– controlar o influenciar a medios de comunicación para la realización de los planes y programas, así como para su difusión, habrá otros momentos en los que no les sea tan necesario. Por otro lado, siempre habrá algunos medios prestos a plegarse a los mandatos gubernamentales (o partidistas, o empresariales, o bancarios), pero también habrá otros,

incluso aunque sean los menos y con grandes dificultades, capaces de ejercer la función de información adecuada y crítica con aquello que sea contrario a la información verificada que hayan sido capaces de reunir y ofrecer. Responsabilidad de cada ciudadano es, por ello, aceptar las informaciones de unos medios u otros o dejarse llevar a los estados de abotargamiento lobotomizado que le proporcionan las diversas plataformas –lo cual puede tener su utilidad a la hora de generar consumidores y/o votantes poco reflexivos.

Es más, incluso dentro de los propios medios de comunicación, incluso en aquellos que puedan plegarse a los intereses del poder político, siempre existen periodistas que –aunque sólo sea por mero idealismo ingenuo (pero no siempre)– se rebelan contra la sumisión a estas directrices, sobre todo si tienen cierto prestigio, y publican o retransmiten siempre lo que consideran verdad. Debiendo los medios a los que pertenecen admitir estas «situaciones de rebeldía», aunque sea sólo por mantener las apariencias, o despedirlos. O incluso estas situaciones pueden ser aprovechadas hipócritamente por esos medios para poder decir que no tienen tal sumisión ni ejercen manipulaciones como se les achaca.

Todos estos asuntos pueden parecer para algunos poca cosa, pero tienen su importancia y ayuda a entender la gran complejidad del tema que nos trae y nos permite romper las concepciones monolíticas que podemos ver continuamente en la bibliografía (aunque no en todos los casos, por supuesto). Y debemos admitir todo esto incluso por las consecuencias que se derivarían de sostener lo contrario, y es que si admitimos un dominio absoluto de la mediocracia nos sería imposible conocer en algún momento por dónde marcha la realidad en algunos de sus tramos, o al menos sospecharlo, con lo que ya el mismo planteamiento de la situación mediocrática sería imposible. Hasta la sospecha o la duda estarían fuera de lugar.

Así pues, sin negar que las situaciones de mediocracia son constantes, comunes y muy a menudo hasta asfixiantes, también debemos tener la prudencia y la capacidad de análisis lo suficientemente fina como para saber que ni el poder político ni el poder mediático pueden darse en bloque ni absolutamente –concepción esta que da fácilmente pie a teorías conspiratorias de alcance incluso mundial–. Pues es cierto que hay grandes corporaciones mediáticas, como hemos visto más arriba, que son dueñas de la inmensa mayoría de empresas y medios de comunicación. Es cierto que las redes sociales no son un lugar en el que escapar de estos grandes grupos, pues en ellas se ejerce el control y la manipulación a cada momento, y seguramente de forma incluso más fácil que a través de otros medios. Pero también es cierto que el juego de intereses, las dialécticas de los medios de comunicación entre sí y con los poderes políticos es tan compleja –a veces incluso la personalidad de algunos actores en ellas es muy importante– que nos obliga siempre a acotar lo más posible los campos de referencia en los que establecemos una situación de mediocracia, ya sea esta producida por el propio poder de los grandes grupos de comunicación –recta– o ya sea porque estos estén actuando en función de intereses políticos, financieros, publicitarios… –oblicua–. Debiendo admitir, por tanto, como hicimos más arriba, que en ocasiones el poder político y los medios de comunicación mantienen conexiones y relaciones (ya sean armónicas o conflictivas) y que en otras ocasiones no tienen relación, quizá porque no ofrezcan unos contenidos en los que la fricción o el control deban darse.

Es esta opción, esta forma conjuntiva como la hemos denominado, una opción pluralista que es capaz de explicar las demás formas de conexión y relación que, desde esta nuestra, deberemos considerar como insuficientes o erróneas (aunque tengan su virtualidad, como hemos visto en los ejemplos). Y es además, como también dijimos, una forma de entender la mediocracia que nos permite entender, a su vez, la posibilidad de que en ocasiones se pueda producir un control por parte de los poderes políticos de los medios de comunicación, o de algunos de ellos, por ejemplo mediante subvenciones o mediante leyes más restrictivas o más permisivas. Y nos permite entender que en otras ocasiones, sin negar las otras posibilidades ni negar la forma democrática de referencia por el hecho de que esta situaciones se produzcan, tanto los grupos mediáticos como los poderes políticos coincidan en sus intereses (en detrimento de la libertad de los ciudadanos o no).

Por supuesto, y por último, esta cuarta forma de conexión y relación desde la que concebir la mediocracia, nos permite entender igualmente que en algunos momentos los medios de comunicación, sobre todo los grupos mediáticos más grandes y poderosos, sean capaces de influir de tal modo sobre algunos de los poderes políticos que los acorralen y los obliguen a rectificar e incluso a legislar o emprender acciones en favor de estos grupos. También que sean capaces, mediante la difusión masiva de noticias o proporcionando unas informaciones y no otras –mediante la infoxicación o mediante la desinformación–, o mediante informaciones dadas a medias o directamente usando informaciones falsas (como las fake news), de determinar el rumbo de las opiniones de los ciudadanos sobre unos temas u otros. Llegando a poder provocar grandes conflictos o, en sentido contrario, pudiendo garantizar pasividad en la población, actuando a modo de opio del pueblo, y haciendo de esta un ente dócil y sumiso capaz de aceptar cualquier medida por más restrictiva que sea, incluso el confinamiento domiciliario.


[1] Pablo S. Bleda Aledo, «Medios de comunicación y democracia: ¿El poder de los medios o los medios al poder?», Sphera Pública, Nº 6, 2006, pág. 92.

[2] Para profundizar en esta diferencia recomendamos consultar el artículo de Gustavo Bueno Democracia de ciudadanos y democracia de súbditos, en El Catoblepas, Nº 159, mayo de 2015, página 2. Disponible en: https://nodulo.org/ec/2015/n159p02.htm

 

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