Ni cazadores ni planchabragas

Ni cazadores ni planchabragas. José Vicente Pascual

Ni cazadores ni planchabragas. El feminismo 3.0 necesita abolir el matriarcado

Interesante el debate suscitado en alguna red social por el mensaje de la dolida “Julia”, de 37 años, que se divorcia de su marido por ser un pasmado. Seguramente Julia no exista, ni su afligido esposo. Seguramente se trate de un ingenioso post concebido justo para generar polémica, con protagonistas ficticios. Lo leí en un perfil de Facebook titulado Magazine Fanpage, del que no tengo constancia que sea sitio muy auténtico, vaya usted a saber. Sin embargo, la historia de Julia ha tenido recorrido. Vean:

«Dejo a mi marido porque es un «padre buenísimo» (que no sabe el número de pie de sus hijos). Me llamo Julia, tengo 37 años. En tres días firmaré los papeles para la separación. No estoy dejando a un hombre malo. Estoy despidiendo a un empleado ineficiente. El problema de Marcos, y de millones de hombres como él, es una frase. Una frase que me desmoronó el sistema nervioso gota a gota durante diez años: Amor, ¿me dices qué tengo que hacer? Marcos «ayuda». Lava los platos, si se lo pido. Va a recoger a los niños a la escuela, si le envío el recordatorio por WhatsApp. Pone la lavadora, pero me pregunta a cuántos grados y qué detergente usar, cada vez, desde hace diez años. Él ejecuta. Yo debo dirigir. Yo soy el Gerente de Proyecto de una empresa llamada Familia S.A., y él es el becario que nunca aprende. Estoy cansada. Estoy cansada de ser la única que ve que la pasta de dientes se está acabando. Estoy cansada de ser la única que sabe que hay que reservar las vacunas. Estoy cansada de tener tres hijos, uno de los cuales tiene 18 años, carné de conducir y derecho a voto. Dejo a Marcos porque quiero volver a ser una mujer, no una secretaria 24/7. Dejo a Marco porque prefiero esforzarme sola, sabiendo que todo está sobre mis hombros, en lugar de tener a alguien al lado que «ayuda» pero que en realidad me pesa como una mochila llena de piedras. ¿Seré madre soltera? Sí. Pero al menos dejaré de ser la madre de mi marido. Me llamo Julia, tengo 37 años. Y no busco ayuda en casa. Busco un compañero. Y la diferencia entre las dos cosas, lamentablemente, solo la entienden las mujeres que están cansadas de «tener que pedir«».

Muy bien argumentado, pero no aguanta la inversión de términos. Imaginamos un hogar —matrimonio hetero, dos o tres hijos— donde el varón, aparte de trabajar y aportar económicamente, planifica y decide aunque sea a medias, a veces él y a veces ella, las actividades básicas de la familia: qué comprar en los cumpleaños de los niños, dónde veranear, a qué médicos llevar a la prole y en qué momento, cómo decorar la cocina y el color del sofá del salón, cuándo poner una lavadora, si tender la colada sobre el patio interior o en tendedero portátil y en el cuarto de baño; qué marcas de productos de limpieza comprar, qué menú toca los martes y si el domingo la paella es valenciana o de marisco, a quién invitar en el cumpleaños de ella, qué visitas de la familia corresponden en navidad y si procede o no autorizar a la niña para que se ponga un piercing en la nariz. Toparíamos con un hombre invasivo, abusivo en sus funciones colaborativas y casi siempre metepatas. La queja sería antípoda: «Ocupa mi espacio, me niega desarrollo en mi propia área, usurpa mi papel, antepone su autoridad a la idoneidad de cada decisión y a la necesidad de los acuerdos compartidos». Julia quiere un hombre con iniciativa y que «controle» en su cabeza, que sepa lo que hace falta en casa, que recuerde fechas, detalles, compromisos, pero que no controle en la práctica porque, en la práctica, quien va a tener siempre la última palabra es ella.

Que las mujeres decidan sobre asuntos del hogar no es «ley de vida», no es un asunto de «educación»; es algo mucho más profundo y que viene de mucho más antiguo.

Quien cuida del fuego controla el mundo

La tribu que no cazaba podía sobrevivir con frutos de la tierra y otras recolecciones, podía pescar —la cultura Maglemosiense por ejemplo—, incluso podía evolucionar hasta el pastoreo de animales y el cultivo de la tierra. La tribu que no cuidaba del fuego, moría. Mantener el fuego implicaba la traslación a la realidad cotidiana de la suprema responsabilidad atribuida por la naturaleza al ser femenino: mantener la vida humana. Concebir hijos, traerlos al mundo, alimentarlos y vigilar su crecimiento hasta verlos convertidos en hombres y mujeres fuertes, capaces de asumir su propio débito con la supervivencia, era la tarea más importante; en verdad, la única importante. El hombre cazador tiene una función específica: suministrar proteína animal para la tribu. La mujer que cuidaba del fuego era responsable de todo lo demás. O sea: de casi todo lo importante.

Naturalmente, ya no vivimos en el paleolítico. La revolución neolítica arrasó con el viejo mundo y escindió las tareas/responsabilidades básicas en un montón de actividades especializadas —cultivo, pastoreo, almacenamiento, transporte, construcción, defensa, administración, atención mágico/medicinal…—, o sea, el mundo tal como hoy lo conocemos, una geografía humana donde ya no tiene sentido hablar de una función social «esencial» de la mujer, cierto —otra cosa son las potestades biológicas—; pero tampoco tiene lógica exigir el automático cese de la tradición/pulsión de control sobre el entorno familiar. La mujer que deja de mandar en su casa, por mucho que se desarrolle y realice fuera del entorno familiar… A ver, iba a escribir que la mujer que deja de mandar en su casa no se va a sentir plenamente realizada, pero hay que ser realistas: la mujer que deja de mandar en su casa no existe, por fortuna. En nuestro entorno civilizacional, no existe como fenómeno advertible, y en el terreno de la estadística ocupa un decimal lejano, después de muchos ceros.

Una aclaración que no debería ser necesaria: hablo de entornos familiares normales, no de cárceles domésticas; este articulo no va de panoramas victimizados sino de espacios sanos y limpios, de la casa donde el ama exige al aita que se quite las botas antes de entrar y calce pantuflas de paño y no le pise lo fregado.

Otra aclaración: la función cuidadora del fuego por parte de las mujeres a lo largo de la historia ha sido puesta muy en entredicho por algunas autoras, investigadoras y escritoras, quienes han desarrollado un argumentario tipo Netflix sobre mujeres guerreras, cazadoras, escultoras, médicas y arquitectas, insidiosamente silenciadas por el patriarcado durante milenios. Al respecto, publiqué un artículo en 2024 sobre algunos misteriosos casos de Prehistoria Feminista donde, entre otras razones, intentaba desarticular toda una serie de imposturas supuestamente científicas sobre este asunto y, ya de paso, denunciar algunas majaderías propagadas por las acérrimas del feminismo entendido como quejumbre sin tino y relato sin cabeza. Incorporar a las mujeres en su conjunto, no como excepción en todo caso, a la función técnica suministradora de nutrientes animales implica, de lógica, arrebatarles su papel fundamental en la conservación del fuego y organización del hábitat. El feminismo desquiciado, como siempre, está empeñado en borrar a la mujer, obsesionado en suplantar su presencia real en factos reales por una supuesta idealización de roles sociales femeninos superiores, generalmente masculinizados. Mientras en las cabezas de este feminismo divagante perviva la convicción de que la mujer cazadora/guerrera es importante y la dadora de vida/cuidadora del fuego algo de poca relevancia, como invención interesada del patriarcado, las Julias de este mundo seguirán sintiéndose frustradas por no ser, de natural, empresarias empoderadas dispuestas en todo momento a despedir a sus maridos/empleados ineficientes.

Abolir el matriarcado

En resumen: Julia se divorcia del marido-buey-niñera por falta de brío doméstico. Lo despide. Esperemos que, como suele suceder, no deje al hombre que la ayuda para juntarse con el hombre que la maltrata; o casi peor: el hombre que pretenda mandar en ella y en sus hijos. Tampoco le durara mucho. Su tarea es ímproba porque la posición que acaba de adoptar, con todas sus consecuencias, implica la desaparición de la autoridad masculina como sistema de valores y modo de convivencia en el hogar, al tiempo que exige corresponsabilidad; eso está bien. Lo menos diáfano: que en una casa siempre manda alguien, siempre hay alguien que tiene la última palabra; y esa voz —insisto, en entornos normales—, siempre fue y será femenina. Pero además, la sufrida Julia necesita concluir una tarea mucho más compleja —creo que no es consciente de ello—; una tarea que algunos reputarían imposible. Sí, yo así lo creo: imposible. Abolir el matriarcado es abolir la historia de la humanidad: primero abolir la historia y después abolir la humanidad. Eso es imposible. Y, la verdad… un poco estúpido por parte de la despistada Julia.

Top