«A todos debe alegrarnos la liberación de cinco compatriotas y de otros ciudadanos que se hallaban igualmente retenidos. Supone un necesario paso en la dirección que anhelamos y que el pueblo venezolano merece, que no puede ser distinto al de recuperar plenamente las libertades». Las palabras reproducidas no las pronunció, aunque lo parezca, Pedro Sánchez, sino Felipe VI. Quizá quien las escribió fue uno de los cientos de asesores que arropan al Presidente del Gobierno. En cualquier caso, las leyó Felipe VI situado delante de un panel en el que se leía Conferencia de Embajadores y Embajadoras. La sintonía del monarca con el aberrante lenguaje inclusivo, a despecho de aquel dictamen contrario que emitió la Academia Española, a la que antecede el título de Real, es total.
La palabra «retenido» no figura en el Diccionario de la coronada RAE. Sí aparece el verbo «retener», definido en su primera acepción como, «impedir que (alguien o algo) salgan de algún lugar, se muevan o avancen»; y en su sexta, de este modo: «Detener la policía (a alguien) momentáneamente para una averiguación urgente». Retener, en definitiva, dice fugacidad, no continuidad. Nada que ver, por lo tanto, con lo sufrido por los cinco españoles que han sido liberados tras la captura de Nicolás Maduro, de quien ninguna lengua izquierdista española ha dicho que se encuentra retenido en el corazón del imperio yanqui. Lo sufrido por los cinco españoles liberados dista bastante de poderse calificar como una retención. Veamos.
En febrero de 2024, la abogada Rocío San Miguel, que dirige la organización Control Ciudadano y tiene la doble nacionalidad española y venezolana, fue detenida. En septiembre de 2004, José María Basoa y Andrés Martínez Adasme fueron detenidos, acusados de ser agentes del CNI que planeaban actos terroristas. En diciembre de ese año, Ernesto Gorbe fue detenido, acusado de tener su visa vencida. Por último, el periodista Miguel Moreno Dapena ha sufrido 209 días de cautiverio, en el penal El Rodeo, tras ser detenido en junio de 2025 mientras buscaba restos de barcos hundidos durante la II Guerra Mundial. A estos nombres, así lo ha afirmado el Gobierno de Sánchez, han de añadirse los de otras catorce personas con doble nacionalidad, que engrosan la cifra de 863 presos políticos existentes en Venezuela.
La liberación del quinteto referido ha llegado tras la intervención, hecha, entre otras, bajo la invocación de la Doctrina Monroe, por parte de Donald Trump. «Petróleo», «democracia», «China», «Cuba», «Rusia», «narcotráfico», «Derecho Internacional». Estos y otros rótulos han circulado durante un inicio de año en el que la tectónica de placas políticas se ha reactivado con fuerza. Nos hallamos, es evidente, ante una reconfiguración geoestratégica global que muchos, especialmente los narcotizados por el sueño europeísta, no han querido ver, a pesar de que el Viejo Continente cada vez pinta menos en un contexto que acusa los efectos de la translatio imperii. Las consecuencias de un desplazamiento del poder en el que pesan la demografía, la tecnología -también la militar-, y el cuestionamiento del fundamentalismo democrático y de ciertos dogmas cultivados en lo que se denomina «Occidente». Estados Unidos quiere, en efecto, petróleo, pero el aqua infernalis, convertida en combustible imprescindible para el funcionamiento del mundo, no es desdeñada por nadie. Tampoco por China, que ha comprado tierras raras, materias sólo valiosas gracias al desarrollo tecnológico, en medio mundo. Como es sabido, hace tiempo que el gigante asiático trata de asentarse en el Cono Sur, terreno Monroe únicamente en el caso de que los cultivadores de esa doctrina tengan la fuerza suficiente como para mantenerla. En este contexto de crudo realismo, las invocaciones al Derecho Internacional hechas por Felipe VI son puro humo, pues como bien sabía don Quijote, las letras, es decir, las leyes, están siempre sustentadas por las armas. «Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen», afirmó lúcido el hidalgo manchego, a través del que hablaba un soldado apellidado Cervantes.
El nuevo año abre un nuevo periodo. Al control de Venezuela por la vía Delcy frente a la de Diosdado ha seguido el anuncio de Trump del abandono de la aliciesca Alianza de Civilizaciones impulsada hace dos décadas por un José Luis Rodríguez Zapatero del que Sergio Contreras, presidente de la ONG Refugiados Sin Fronteras, ha manifestado, contraviniendo la propaganda gubernamental, que «es un enemigo de la libertad de Venezuela y siempre ha favorecido al régimen». Las palabras de Contreras contradicen la el discurso de Moncloa, que presenta a Zapatero como a un adalid de la libertad. Sin embargo, los hechos son tozudos: la liberación de los presos, que no de los retenidos, sólo ha llegado tras la detención, que no retención, de Nicolás Maduro por los integrantes de la Fuerza Delta norteamericana, activada por Donald Trump.
Adalid del diálogo y de muy concretas paces, Zapatero, vinculado al madurismo desde hace una década, no impidió esa tan prolongada retencion de los españoles que llegaron a Barajas para recuperar la libertad. Quien bautizara a Otegui como «hombre de paz», nada ha hecho por traer a España a los etarras que moran en Venezuela, sobre los que tampoco se ha pronunciado la regia lengua.