El derecho internacional como entelequia (Y como alusión detectora de majaderos)

El derecho internacional como entelequia . José Vicente Pascual

Los acontecimientos del 3 de enero en Caracas y subsiguientes hechos noticiables pueden glosarse y analizarse desde muchos puntos de vista y, naturalmente, desde concretas perspectivas ético-políticas. Reconozco que mi primera intención era escribir un artículo sobre la bajeza moral, la arrogancia e irresponsabilidad con que la izquierda estrafalaria española se ha lanzado a interpretar estos sucesos: la intervención de EEUU y la acción militar que acompañó a la captura del sátrapa Maduro. Sin embargo, la factualidad informativa me ha convencido de no entrar en esa materia: bastantes intervenciones de venezolanos víctimas de la dictadura han expuesto el fenómeno y lamentado la condescendencia y ridícula superioridad intelectual con que esa izquierda los está tratando como para añadir mi voz a la marea. Los venezolanos no necesitan quien los defienda, ya se bastan ellos y buenas lecciones nos dan de resiliencia, gallardía y amor a su patria y a la libertad. Nosotros debemos callar y ayudar en lo que se pueda, y punto. Otra cuestión, sin embargo, es esa inmediata y urgente invocación al derecho internacional —supuestamente conculcado por EEUU—, a la que se han acogido de inmediato tanto los propagandistas de la izquierda divagante como los burócratas de la UE. Vamos paso a paso.

Cualquier persona normal con instrucción normal e inteligencia aparejada sabe que los derechos no son absolutos y rígidos como peñas serranas, tabús improfanables que blindan cualquier actividad humana, por dañina que sea, que se ejerza al amparo de anteriores privilegios legales. La inviolabilidad del domicilio —por poner un ejemplo—, es un derecho consagrado en todos los países civilizados, pero nadie se extraña ni se rasga las vestiduras si dicha inviolabilidad es quebrantada en determinados casos, como que estén torturando a alguien en un domicilio particular —por poner otro ejemplo—, o se lleven a cabo en el mismo lugar actividades ilegales de cualquier índole. Las leyes son normas que rigen tanto la conducta de las personas jurídicas como del Estado, dictadas al amparo de la soberanía popular y con objeto de mantener la realidad social —convivencia— en parámetros de normalidad, es decir: con sujeción a la norma. Pero cuando la normalidad sufre una quiebra evidente, originada, como es el caso, por actividades criminales, la ley contempla la excepcionalidad de cada situación y prevé acciones igualmente excepcionales con propósito de restaurar el orden normativo: entrada en domicilio, detención y privación de libertad de individuos, prohibición de desplazamiento fuera del país, fianzas por permanecer en libertad condicional, embargo/incautación de bienes, etc, etcétera.

En el caso de Venezuela, ¿en qué cabeza cabía que el derecho —internacional— pudiese servir de escudo impenetrable y perpetuo para la acción criminal continuada de un sujeto como Maduro? No interesan a este planteamiento los motivos subyacentes a la detención, el famoso petróleo y otras riquezas de Venezuela, o si la intención del presidente Trump es democratizar de verdad el país o mantenerlo en un limbo jurídico pseudodemocrático y semidictatorial por tiempo indefinido. La excepción de la captura de Maduro es una acción que pretendía, como así ha sido, poner a un delincuente internacional en manos de la justicia de un país soberano, quien lo había declarado reo de graves delitos e interesaba su aprensión y puesta a disposición judicial. Lo demás es ideología, o peor aún: propaganda. Como ningún otro país ni organismo internacional, ni la ONU ni los supranacionales americanos ni nadie en el planeta iba a facilitar la detención del delincuente —presunto delincuente, convicto tirano—, el gobierno de EEUU ha actuado unilateralmente y causa finita. Lo que haya de ser del destino de Venezuela, el tiempo y las circunstancias sociopolíticas dirán. De momento, lo que realmente tenemos es a un delincuente y su esposa —tan delincuente como él— en una prisión federal de EEUU, bajo detención sin fianza y en espera de juicio. Esos son los hechos. Eso es restablecer la normalidad jurídica con un golpe de fuerza porque de ninguna otra manera se podía conseguir. Ante un dictador que reprime a la población, censura radicalmente los medios de comunicación, controla y anula internet y las redes sociales en su territorio, tortura a los opositores, detiene e ilegaliza a los principales candidatos adversarios durante un proceso electoral fraudulento y roba con descaro las mismas elecciones para perpetuarse en el poder sine die, ¿qué otra cosa podía hacerse? Si alguien tiene la respuesta, que lo diga.

Tampoco quiero entrar en consideraciones, digamos, geopolíticas: qué demonios hacían los militares cubanos protegiendo a Maduro, cuál es el grado de penetración de Cuba en el entramado jerárquico de las fuerzas armadas venezolanas; ni tan siquiera me apetece señalar la absoluta indiferencia de la izquierda extravagante y también la fundamentalista respecto al derecho internacional durante tantos años de dictadura, cómo Maduro y sus secuaces se han servido de la ayuda cubana, rusa, china, iraní, para aplastar a su pueblo, expoliar su país, enriquecerse obscenamente y reprimir con saña homicida a la disidencia. Si hasta hace un par de semanas todo aquello importaba muy poco a esa izquierda tóxica, imaginen lo que les importará ahora, cuando viajan de plató en plató de televisión cargados como mulas pardas con su argumentario, más manido que las pipas del kiosco de la tía Vicenta: antiimperialismo, derecho internacional, secuestro, derechos humanos… ¡Ahora, a estas alturas se dignan mencionar los derechos humanos!

Termino. No me privo, a pesar de todo, de acordarme de tantas publicaciones aparecidas en redes sociales que por sí mismas representan la majadería irresponsable de nuestra izquierda zascandil, soberbia, eurocéntrica y ligeramente xenófoba. Los argumentarios coinciden y no pueden ser más repulsivos: los venezolanos que se alegran por la detención de Maduro son «fachapobres», ilusos sin criterio que no saben combatir a la dictadura que les oprime más que con su sangre, su sufrimiento, el exilio y la pobreza, cuando lo ideal, según ellos, sería oponerse a las dictaduras de este mundo con el diálogo, el derecho internacional, la conexión wi-fi y el sofá de casa. Esas intervenciones no tienen desperdicio por cuanto exhiben sin pudor el grado de pura idiotez que ha alcanzado nuestra progresía. Debe de ser que faltaron al seminario sobre materialismo dialéctico el día que se explicaba por qué «el poder nace de la boca del fusil», tal como acertadamente señaló Mao Tsé Tung en un memorable artículo titulado Servir al Pueblo (1944). Faltaron aquel día y faltan casi todos los días su cita con la realidad, pues aún no se han enterado de quién tiene el fusil y la voluntad en estos tiempos y en qué lado de la historia se encuentran los opositores a Maduro, al chavismo y a todas las dictaduras del siglo XXI. Ya lo comprenderán, a su pesar. Ya lo entenderán.

Mientras tanto, mientras aquellos van entendiendo quién lleva el paso cambiado en estos momentos históricos, Venezuela se hará libre, seguramente en contra de la lógica europantigada y pudiente sobre el «derecho internacional». Y la humanidad será un poco más digna.

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