La primera vez que escuché hablar de El Helicoide de Caracas recordé la última asignatura de matemáticas que cursé en la Escuela de Arquitectura. Enseguida visualicé paraboloides, hiperboloides de revolución y complicados cambios de variable, hoy inaccesibles tras décadas de óxido y olvido. También me vino a la memoria otra prisión venezolana: La Rotunda. A este penal fue conducido el escritor Rufino Blanco Fombona en 1909. Tras un año de cautiverio, quien más tarde fundaría en España la Editorial América, embarcó en el buque español Antonio López en dirección a Puerto Rico, desde donde se trasladó a Barcelona.
La Rotunda, cárcel de forma circular, respondía al modelo panóptico creado en el siglo XVIII por el inglés Jeremías Bentham. Construida en 1844, fue demolida en 1936, ya durante el gobierno de Eleazar López Contreras, cuyo acceso al poder puso punto y final a la dictadura de Juan Vicente Gómez, a quien Blanco Fombona llamó Juan Bisonte, Judas Capitolino o Gomecillo de Pasamonte. Don Rufino también llamó Gomezuela a Venezuela y barbarocracia al régimen de Gómez. Los paralelismos entre aquel tiempo y el presente, entre las cárceles y los gobiernos, son automáticos.
Entre ambos regímenes, el Gómez y el de Hugo Chávez, al que dio continuidad Nicolás Maduro, se insertaron otros. Durante el del general Marcos Pérez Jiménez, muerto en Alcobendas en 2001, se construyó El Helicoide, centro comercial que sólo se podía recorrer en coche. Entonces, como hoy, Venezuela era una Venecia que en lugar de elevarse sobre el agua mediterránea, lo hace sobre el acqua infernalis, codiciada por todas las sociedades industrializadas. El Helicoide constituia, por lo tanto, un edificio cargado de simbolismo. Era el gran mercado al que llegar gracias a la gasolina que, así lo contó Germán Arciniegas en un artículo publicado en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, sostenía al militar. «El gobierno de Pérez Jiménez recibe al día, sin hacer otro esfuerzo que el de estirar la mano para tomar un cheque, tres millones de dólares; a un gobierno que recibe al día tres millones de dólares no lo tumba nadie». Tal era, al decir de Arciniegas, el «raciocinio» dominante en un tiempo al que puso fin Rómulo Betancourt.
El Helicoide fue un canto al automóvil, un guiño consumista al también espiral Museo Guggenheim de Frank Lloyd Wright. El Helicoide era también el eco, replegado sobre sí mismo, de un autocine. A principios de los 80, el conjunto se coronó con una tardía cúpula geodésica. El mecano, tan caro para el movimiento hippie, evocaba las formas del visionario Boullée.
Abandonado y ocupado por personas sin hogar, su reestatalización llegó en la siguiente década. Reconstruido en 2010, el edificio se convirtió en el centro de detención del Servicio, obviamente Bolivariano, de Inteligencia Nacional y en la sede de la no menos bolivariana Policía Nacional. Así, El Helicoide se convirtió en una prisión tan temible como La Rotunda.
Neutralizado Maduro, el imperio en cuyo espejo de petróleo se miró Venezuela, ha decidido pilotar una transición en la que, naturalmente, el crudo tendrá un enorme peso. Para ello, pues transición -bien lo saben los españoles que quieren saber- no es ruptura, se ha escogido a Delcy Rodríguez, contrafigura, si es que el espejo no ofrece distorsiones como las del Callejón del Gato, de Diosdado Cabello. Su anuncio de una amnistía general para los presos políticos, cuya existencia ha sido negada una y otra vez desde las filas podemitas, ha hecho volver los ojos sobre El Helicoide, cuyo uso penal, en palabras de doña Delcy, cambiará para convertirse en un «espacio social, deportivo, cultural y comercial para la familia policial y para las comunidades aledañas a este recinto». El anuncio se produce después de que Donald Trump hiciera alusión a una «cámara de torturas».
Si la transición española, también tutelada desde Washington, tiene en la cúpula de la cárcel de Carabanchel a uno de sus principales símbolos arquitectónicos, la de El Helicoide cumplirá un papel similar dentro de los relatos que comienzan ahora a escribirse.