La democracia en Nicolás Gómez Dávila

La democracia en Nicolás Gómez Dávila. Ramón Cuadrado

El escritor y pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es famoso por sus escolios. Recopilados en un solo volumen por la editorial catalana Atalanta, ocupan un total de mil cuatrocientas páginas donde trata múltiples temas, desde el arte a la filosofía, pasando por la religión, la política o la ética. También es conocido por su Teoría de la reacción, descrita en un conocido texto, El reaccionario auténtico. Éste, a su vez, está recogido en una pequeña obra, Textos —también editado por Atalanta—, mucho más corta que sus Escolios a un texto implícito pero, sin embargo, de mucha enjundia. Ambos libros, consideramos, son de recomendable lectura.

Don Nicolás poseía, además de una vasta biblioteca, una mente brillante y un estilo afilado y conciso. No hacía prisioneros. Como buen reaccionario, atizaba sin piedad al mundo moderno y, por tanto, estaba condenado a vérselas con la democracia. En su consideración de la misma, Gómez Dávila distinguía dos niveles: su plasmación política, práctica, y otro más profundo, metafísico. Además, es necesario aclarar para la comprensión del texto que distingue entre dos tipos de democracias, la individualista o liberal y la colectivista o despótica. Aunque tienen un mismo principio, tienen diferente concreción.

Para la mentalidad biempensante puede resultar un shock leer a Gómez Dávila, pues ataca desde todos los flancos. Por ejemplo, atizando a la voluntad general o a la aceptación mayoritaria de ciertas ideas: «El número de aplausos no mide el valor de una idea. La doctrina imperante puede ser una estupidez pomposa. Tan trivial reparo suele escapar, sin embargo, al espectador amedrentado». Es esta una verdad irrefutable. El consenso no puede bastar por sí solo para dirimir la validez o no de una idea. Ni siquiera para considerarla respetable. Hoy en día, por ejemplo, una porción nada despreciable de los progres pretende convencernos de que las mujeres tienen pene, cuando todos los que no hemos perdido el juicio sabemos que es mentira. Si al final hubiera una mayoría de la sociedad que acabara pensando esto, ¿sería verdad? ¿Sería, siquiera, como decíamos, una idea respetable? No, no lo sería, y nos atrevemos a especular con que tal consideración se llevaría una andanada de las gordas por parte de don Nicolás, que defiende sin miramientos que «sostener que “todas las ideas son respetables” no es más que una inepcia pomposa. Sin embargo, no hay opinión que el apoyo de un número suficiente de imbéciles no obligue a aguantar. No disfracemos nuestra impotencia en tolerancia».

La voluntad general, que no es más que otra falacia, pues tal cosa no existe realmente, por supuesto no tiene ligazón alguna con los conceptos de verdad y de justicia. Prima solamente el capricho, la voluntad maleable —y pastoreada—. Por eso, «para la democracia individualista y liberal, la volición es libre de obligaciones internas, pero sin derecho de apelar a instancias superiores contra las normas populares, contra la ley formalmente promulgada, o contra el precio personalmente establecido. El demócrata individualista no puede declarar que una norma es falsa, sino que anhela otra; ni que una ley no es justa, sino que quiere otra; ni que un precio es absurdo, sino que otro le conviene. La justicia, en una democracia individualista y liberal, es lo que existe en cualquier momento. Su estructura normativa es configuración de voluntades, su estructura jurídica suma de decisiones positivas, y su estructura económica conjunto de actos realizados».

El número no es apto ni tan solo para elegir, urnas mediante, al estafador de turno que —en parte— habrá de regir los destinos de un país: «Mientras más grande sea un país democrático más mediocres tienen que ser sus gobernantes: son elegidos por más gente». El colombiano se muestra implacable con la tiranía del número: «A los enemigos del sufragio universal no deja de sorprendernos el entusiasmo que despierta la elección de un puñado de incapaces por un acervo de incompetentes». En definitiva, la fuerza del número no puede ser el criterio rector. Como vemos, Gómez Dávila desconfía en extremo de la masa, y no sin razón. Además, está el hecho de que la masa crea ingenuamente —cada vez menos, quizá— que los gobernantes demócratas velan por los intereses del pueblo; nada más lejos de la realidad, por supuesto. «El sufragio universal no pretende que los intereses de la mayoría triunfen, sino que la mayoría lo crea», sentencia don Nicolás, que sigue desnudando a la democracia: «El amor al pueblo es vocación de aristócrata. El demócrata no lo ama sino en periodo electoral». Es más, los partidos tienen sus propios intereses. Por eso «el político demócrata no adopta las ideas en que cree, sino las que cree que ganan». Esa la idea, no el prestar un servicio a la comunidad. Tres décadas después de la muerte del escritor es cuando, probablemente, más patente sea que los intereses del pueblo y de los políticos que lo pastorean sean no sólo diferentes, sino opuestos.

Pero la estafa democrática tiene su estructura, por supuesto, y sus actores, los partidos: «Los partidos políticos, en las democracias, tienen la función de enrolar a los ciudadanos para que la clase política los maneje a su antojo». Estos son los encargados de hacer pensar a su porción de la masa que están ahí para defenderla, aunque nada más lejos de la realidad. La idea de Bien común brilla por su ausencia. El circo democrático está pensado justamente para la confrontación: «El mecanismo electoral no es sedante de las discrepancias ciudadanas, sino estimulante peligroso. El mecanismo polariza en contrastes abruptos la gama de diferencias entretejidas e imbricadas. El mecanismo fabrica partidos políticos que transforman la diversidad en antinomia y el amoldamiento fluido en conflicto estructurado». Y así nos tienen entretenidos, mientras la izquierda y la derecha se enzarzan, nos dividen y nos azuzan unos contra otros al tiempo que nos mangonean descaradamente. ¡Y luego tienen la desfachatez de hablar de polarización! La democracia es, sin duda alguna, un disolvente de la comunidad.

La democracia es pura fachada, un timo, una estafa intelectual. Como se dice ahora, los políticos no le dicen la verdad ni al médico. «La democracia no es tanto el imperio de las palabras como el de las mentiras», dice Gómez Dávila, y es verdad. Como también es cierto lo siguiente: «Entre los elegidos por el sufragio popular sólo son respetables los imbéciles, porque el hombre inteligente tuvo que mentir para ser elegido». Traducido, el que dice la verdad no gana las elecciones. Luego, si la inteligencia te adorna, puedes decir la verdad, conservar el honor y la dignidad y asumir que vas a perder las elecciones, o puedes mentir y ganar los comicios a costa de perder el honor y la dignidad. ¿Qué cree usted que se da hoy en día, amable lector? Por eso el colombiano defiende que «un sistema electoral decente sería aquel que declarase sólo elegibles a los que se niegan a solicitar que los elijan». Es exactamente la misma idea que en la escena de Gladiator en la que César, sabedor de que le queda poco tiempo de vida, encomienda al general Máximo —por encima de su propio hijo—, ser el «protector de Roma» tras su muerte, otorgándole poderes para que devuelva al pueblo romano el poder y acabe con la corrupción que impera en la Ciudad Eterna. Máximo, que tan sólo anhela volver a su hogar, rehúsa. «Máximo, he ahí la razón por la que debes ser tú», dice César; y diría Gómez Dávila.

Pero si la democracia nos divide en partidos, es decir, en partes, y por consiguiente rechaza implícitamente las ideas de Bien común y de comunidad, necesariamente nos aparta también de nuestros antepasados, de los que nos dejaron nuestro mundo en un determinado estado de cosas. Al respecto, Gómez Dávila apunta: «La democracia individualista suprime toda institución que suponga un compromiso irrevocable, una continuidad rebelde a la deleznable trama de los días. El demócrata rechaza el peso del pasado, y no acepta el riesgo del futuro. Su voluntad pretende borrar la historia pretérita, y labrar, sin trabas, la historia venidera. Incapaz de lealtad a una empresa remitida por los años, su presente no se apoya sobre el espesor del tiempo; sus días aspiran a las discontinuidad de un reloj siniestro». La democracia implica, pues, desarraigo.

La igualdad es otro de los mantras de la democracia a los que atiza el colombiano. Una de las tres patitas de la Revolución Francesa. Sin embargo, la igualdad no es posible. Es más, es un imposible metafísico. En su búsqueda de la igualdad, la democracia acaba igualando por abajo, por supuesto: «El que reclama igualdad de oportunidades acaba exigiendo que se penalice al bien dotado». Es por esto, por poner un ejemplo, por lo que muchos potenciales buenos policías o bomberos quedan excluidos de la carrera por ocupar plazas como tales en beneficio de mujeres menos capacitadas, porque a éstas les son reservadas un número determinado de plazas simplemente por el hecho de serlo. La igualdad de la democracia es la justicia que aplica el envidioso. Así, don Nicolás defiende que «en las democracias, donde el igualitarismo impide que la admiración sane la herida que la superioridad ajena saja en nuestras almas, la envidia prolifera. La envidia es el innoble sustituto democrático del homenaje». Una verdad como la copa de un pino.

Tampoco corre mejor suerte uno de los supuestos pilares de la democracia, la libertad. La lacerante pluma de don Nicolás acusa a la democracia, supuesta némesis del totalitarismo, justamente de pervertir, incluso de suprimir, la libertad. «Democracia liberal es el régimen donde la democracia envilece a la libertad antes de estrangularla», dice. Y continúa: «La libertad en manos del demócrata no es más que ganzúa para violar hasta el último cerrojo», es decir, para saltarse cualquier límite moral que pudiera tener el hombre. En un alarde de incorrección política, concluye que «la democracia construye el totalitarismo con herramientas liberales».

Gómez Dávila se ocupa también en desvestir a la democracia de ese aura que tiene hoy en día de ser el mejor sistema político posible o, como dicen otros conscientes en cierta medida de parte de sus defectos, el menos malo de todos ellos. Pero no. La democracia lleva consigo el engreimiento; es pretenciosa, se recrea en su supuesta superioridad moral. Una superioridad que no es tal y que la lleva al dogmatismo. Por eso «el demócrata no considera que sus críticos desaciertan, sino que blasfeman». La democracia, con todo su relativismo, no es capaz de aceptar que pueda ser puesta en cuestión.

Esta pretendida superioridad moral de la democracia ha tratado de convencernos de que le es inherente la vida pacífica. Nada más lejos de la realidad: «Las revoluciones democráticas inician las ejecuciones anunciando la pronta abolición de la pena de muerte. El historiador democrático enseña que el demócrata no mata sino porque sus víctimas lo obligan a matarlas » o «el demócrata, en busca de igualdad, pasa el rasero sobre la humanidad, para recortar lo que rebasa: la cabeza. Decapitar es el rito central de la misa democrática» son dos de los escolios davilianos que dejan al descubierto la mentira de democracia y la paz. Para ejemplo, un botón: la Revolución Francesa. Recuerden que fue Rousseau quien, en nombre de la voluntad general, de la democracia, en definitiva, pretendía obligar a ser libres: «[…] cualquiera que rehúse obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo; lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre». Ejemplarmente democrático.

Observamos al principio que Gómez Dávila distinguía entre democracia liberal o individualista y democracia colectivista o despótica, ambas derivadas de un mismo principio. Don Nicolás defiende que la primera lleva necesariamente a la segunda: «[…] la transformación de la democracia liberal e individualista en democracia colectiva y despótica, no quebranta el propósito democrático, ni adultera los fines prometidos. La primera forma contiene y lleva a la segunda, como una prolongación histórica posible, y como una consecuencia teórica necesaria. En efecto, si todos los hombres son voluntades libres, soberanas, e iguales, ninguna voluntad puede sojuzgar legítimamente a las otras; pero como la voluntad no puede tener más objeto legítimo que su propia esencia, como toda voluntad que no tenga su esencia por objeto se niega y se anula, cualquier voluntad individual que no tenga por objeto su libertad, su soberanía, y su igualdad, peca contra su esencia auténtica, y puede ser legítimamente obligada, por una voluntad recta, a obedecerse a sí misma. No importa que la rebeldía contra su propia esencia sea acto de una sola voluntad, de una multitud de voluntades, de las cuasi totalidad de voluntades existentes en un instante preciso, o de la totalidad misma, porque la doctrina democrática necesariamente postula, frente a las voluntades pervertidas e insurrectas, una voluntad general proba consigo misma, leal a su esencia, cuya legitimidad puede ser representada por una sola voluntad recta. Mayoría, partido minoritario, o individuo, la legitimidad democrática no depende de un mecanismo electoral, si no de la pureza del propósito. La democracia colectivista y despótica somete las voluntades apóstatas a la dirección autocrática de cualquier nación, clase social, partido, o individuo, que encarne la voluntad recta. Para la democracia colectivista y despótica, la realización del propósito democrático prima sobre toda consideración cualquiera. Todo es lícito para fundar una igualdad real que permita una libertad auténtica, donde la soberanía del hombre se corona con la posesión del universo. Las fuerzas sociales deben ser encauzadas, con decisión inquebrantable, hacia la meta apocalíptica, barriendo a quien estorbe, liquidando a quien resista. La confianza en su propósito corrompe al demócrata autoritario, que esclaviza en nombre de la libertad, y espera el advenimiento de un Dios en el envilecimiento del hombre».

Llegados a este punto, es hora de entrar en ese nivel más profundo de la democracia considerada por el bueno de Nicolás Gómez Dávila en que deja de ser un simple sistema político.

Si, como hemos dicho, los críticos de la democracia blasfeman, y si, como hemos dicho, la democracia se autoconsidera dogma, es porque es entendida por Gómez Dávila y por los demócratas como una religión —conscientemente o no—, puesto que encierra toda una concepción antropológica, toda una cosmovisión. Como no podía ser de otra manera, el dios de la democracia es el hombre mismo: ««La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una opción de carácter religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios. Su doctrina es una teología del hombre-dios; su práctica es la realización del principio en comportamientos, en instituciones, y en obras. La divinidad que la democracia atribuye al hombre no es figura de retórica, imagen poética, hipérbole inocente, en fin, si no definición teológica estricta. La democracia nos proclama con elocuencia, y usando de un léxico vago, la eminente dignidad del hombre, la nobleza de su destino o de su origen, su predominio intelectual sobre el universo de la materia y del instinto. La antropología democrática trata de un ser a quien convienen los atributos clásicos de Dios».

¿Cómo es el homo democrático? Es la vulgaridad misma, el hombre-masa: «Los antiguos veían en el héroe histórico o mítico, en Alejandro o en Aquiles, el módulo de la vida humana. El gran hombre era paradigmático, su existencia ejemplar. El patrón del demócrata, al contrario, es el hombre vulgar. El modelo democrático debe rigurosamente carecer de todo atributo admirable». No obstante, esto no quita para que homo democrático sea un hombre henchido de orgullo, pues ocupa el lugar que en realidad corresponde a Dios. Este homo democrático es soberano, por lo que hacer su voluntad con total libertad, sin límites, es su concreción lógica: «Para que el hombre sea dios, es forzoso atribuirle la voluntad como esencia, reconocer en la voluntad el principio y la materia misma de su ser. La voluntad esencial, en efecto, es suficiencia pura. La voluntad esencial es atributo tautológico de la autonomía absoluta. Si la esencia de un ser no es su voluntad, el ser no es causa de sí mismo, sino el efecto del ser que determina su esencia. Si la esencia humana excede la voluntad del hombre, ese excedente lo sujeta a una voluntad externa. El hombre democrático no tiene naturaleza, sino historia: voluntad inviolable que su aventura terrestre disfraza, pero no altera». En consecuencia, «si la voluntad es su esencia, el hombre es libertad pura, porque la libertad es determinación autónoma. Voluntad esencial, el hombre es esencial libertad. El hombre democrático no es libertad condicionada, libertad que una naturaleza humana supedita, sino libertad total. Sólo sus actos libres son actos de su esencia, y lo que aminora su libertad lo corroe. El hombre no puede someterse, sin dimitir. Su libertad no prescribe, porque una esencia no prescribe. Como su libertad no es concesión de una voluntad ajena, sino acto analítico de su esencia, la autonomía de la voluntad es irrestricta, y su soberanía perfecta. Sólo la volición gratuita es legítima, porque sólo ella es soberana».

Por tanto, si la democracia es una religión en que la deidad es el hombre, la democracia no es que sea atea solamente por convicción, sino por necesidad. Pero podría objetarse, claro, que las religiones no son ateas. Que, si en su soberbia, la democracia considera dios al hombre, no sería estrictamente atea. Por tanto, es mejor dejar que se explique el propio Gómez Dávila: «La democracia no es atea porque haya comprobado la irrealidad de Dios, sino porque necesita rigurosamente que Dios no exista. La convicción de nuestra divinidad implica la negación de su existencia. Si Dios existiese, el hombre sería su criatura. Si Dios existiese, el hombre no podría palpar su divinidad presunta. El Dios trascendente anula nuestra inútil rebeldía. El ateísmo democrático es teología de un Dios inmanente». Este ateísmo del homo democrático, pues, es la negación de la divinidad necesaria previamente a su endiosamiento, aun cuando éste fuese inconsciente.

El homo democrático, pues, al tiempo se rebela contra Dios, le niega y le sustituye. O lo pretende, al menos. «Hay que repetirlo y repetirlo: la esencia de la democracia es la creencia en la soberanía de la voluntad humana», dice el genial autor colombiano, que establece tres etapas en la consecución de la misma:

1)  El Estado moderno. « Al proclamar la soberanía del estado, Bodin concede al hombre el derecho de concertar su destino. El estado soberano es la primera victoria democrática».

2)  La soberanía popular. «La segunda etapa de la invasión democrática se inicia cuando el hombre reclama, en el marco del estado soberano, la soberanía que la doctrina le

concede. Toda revolución democrática consolida al Estado. El pueblo revolucionario no se alza contra el Estado omnipotente, sino contra sus posesores momentáneos. El pueblo no protesta contra la soberanía que lo oprime, sino contra sus detentadores envidiados. El pueblo reivindica la libertad de ser su propio tirano. Al proclamar la soberanía popular, Rousseau anticipa su realización plena, pero forja la herramienta jurídica de las codicias burguesas».

Esto es sumamente importante porque de aquí deriva necesariamente un principio clave del mundo moderno, el de la autodeterminación: «La tesis de la soberanía popular entrega, a cada hombre, la soberana determinación de su destino. Soberano, el hombre no depende sino de su caprichosa voluntad. Totalmente libre, el solo fin de sus actos es la expresión inequívoca de su ser».

3) El comunismo. «El esquema clásico del manifiesto no requiere rectificación alguna: la burguesía procrea el proletariado que la suprime. La sociedad comunista surge del proceso que engendra un proletariado militante, una agrupación social pulverizada en individuos solitarios, y una economía cuya integración creciente necesita una autoridad coordinada y despótica; pero tanto el proceso mismo, como su triunfo político, resultan del propósito religioso que lo sustenta. El comunismo no es una conclusión dialéctica, sino un proyecto deliberado. […] En la sociedad comunista, la doctrina democrática desenmascara su ambición. Su meta no es la felicidad humilde de la humanidad actual, sino la creación de un hombre cuya soberanía asuma la gestión del universo. El hombre comunista es un dios que pisa el polvo de la tierra».

Finalmente, un hombre sin Dios, sin arraigo, que se pretende increado, se enamora de sí, de lo que es capaz de hacer: «El hombre admira sus obras, y de pronto idolatra sus manos». Es un hombre que ya no cree que lo que hace lo hace con la ayuda de Dios: «La obra, creación del hombre, parece depender del hombre solo; su valor es reflejo del hombre que la crea. El valor abandona el universo y adhiere a la condición humana. El hombre funda el pomposo culto de sí mismo». Es el hombre prometeico. Por supuesto, don Nicolás es consciente de que «la técnica no es producto democrático, pero el culto de la técnica, la veneración de sus obras, la fe en su triunfo escatológico, son consecuencias necesarias de la religión democrática. La técnica es la herramienta de su ambición profunda, el acto posesorio del hombre sobre el universo sometido. El demócrata espera que la técnica lo redima del pecado, del infortunio, del aburrimiento, y de la muerte. La técnica es el verbo del hombre-dios».

Nicolás Gómez Dávila murió en 1994. Ya entonces dejó escrito que «lo que el demócrata llama “El Hombre” no es más que la proyección espectral de su soberbia». Imaginen qué no diría del hombre y del mundo de hoy.

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