De los múltiples colectivos oprimidos y débiles que merecen nuestra mirada y protección en España, yo diría que el más necesitado de atención es el de las señoras mayores de 50 años de clase media-alta con relación con el sector público. Todos las conocemos. Vulnerables víctimas del patriarcado, la Iglesia y, especialmente, de algún estilista que decidió que el rojo y el violeta combinaban con el cabello corto.
Aunque esto último es puro estereotipo. Las hay rubias de bote y cabello largo. Es más, las hay que no tienen voz de cazalla ni un muestrario de arenas de gato en casa. Es irónico, pero son tan camaleónicas como reconocibles.
Pero el caso es que fueron y siguen siendo el principal actor y beneficiario en la lucha del Estado contra la opresión sistémica que han sufrido múltiples colectivos; en este caso, mujeres con estudios superiores de familias acomodadas.
Es sintomático ver a talluditas mujeres agarrar por el cuello de forma estrangulatoria a un joven varón armado con un micrófono y unos náuticos mientras emplean términos que podrían ser ofensivos para otros colectivos. «¿Eres tonto?» y «Eres un mierda» no parecen muestras coherentes de respeto a personas con diversidad funcional. Es la nueva e incansable lucha de los débiles clientes del Gobierno contra el peligroso y asesino patriarcado representado por un niño bien que lo más agresivo que sabe decir es «charo».
Aunque no nos guste la permanencia cansina de ciertos periodistas, emplear la violencia física y verbal es bastante repugnante y condenable, incluso si, en la típica jugada pobre, intentan negarles la condición de periodistas para hacer creer en cierta legitimidad al responder con insultos y agresión física al sonido de preguntas incómodas. Yo diría que, periodista o no, hay una desproporción evidente entre la supuesta causa y la sobrerreacción a la que algunos se están acostumbrando.
Y me pregunto: si ante preguntas insistentes y molestas se puede insultar y entrar en contacto físico con ánimo agresivo entre varias personas contra un individuo, ¿sería legítimo y admisible aplicar la misma proporcionalidad ante otros hechos? Ante un lumpen robando con impunidad y armado con algún filo, ¿podría alguien tomar el mismo camino y aplicar la misma escalada que toman, por ejemplo, esas señoras? O si ante una pregunta se puede insultar y agredir, cuando una administración agravia premeditadamente a los ciudadanos e ignora sus instancias, ¿cabría tomar un camino similar ante, pongamos por caso, la alcaldesa responsable de tal situación?
Lógicamente, no se me permitiría. La violencia debe ser unidireccional. El Estado permite toda la violencia que plazca mientras sea unidireccional y no dañe los intereses que tal Estado defiende. Solamente cuando la violencia sigue el camino de vuelta o se emplea contra el Estado, sus intereses, dirigentes o protegidos es cuando hay condena unánime e implacable. Y no es ninguna consideración antisistema: es una consecuencia lógica de que el Estado se defina como el monopolio de la violencia —teóricamente legítima— en un territorio determinado, que puede ejercerla él o admitir dicha violencia en otros, pero con su consentimiento implícito o explícito.
Y el Estado hace ya tiempo que entró en la dinámica de ofrecer la oportunidad de ejercer la violencia con bula (legal, alegal, moral o mediática) a colectivos que se han autopresentado como débiles para, precisamente, conseguir impunidad e imposición de agenda y discurso vía intimidación. Y en ello, las señoras de tertulia de té con leche y bilis no son el único colectivo admitido.
La obsesión de tantos colectivos que se quieren presentar como débiles y desamparados ante el Estado y la opinión pública se corresponde con la misma obsesión por ejercer la violencia contra los que ellos tratan como colectivos fuertes. Ellos lo suelen presentar con los términos de oprimidos y opresores, pero esa categorización es tan obsoleta como invertida. Pues cuando esos colectivos pueden ejercer la violencia con impunidad y protección del Estado contra los que ellos llaman «opresores», se hace patente que la opresión no es tal, pues ningún oprimido tiene la protección del Estado, de las leyes y de los grandes grupos mediáticos, mientras los «opresores» son constantemente humillados y machacados. Por eso empleo los términos débiles y fuertes. Porque unos colectivos que necesitan toda esa protección desproporcionada y siguen sintiéndose agraviados tienen que ser extremadamente débiles. Y, del mismo modo, los colectivos contra los que se ensañan continuamente y siguen resistiendo y tolerando que se les trate de «privilegiados» y «opresores» tienen que ser extremadamente fuertes.
Y en un acto de humildad, puedo entender que mi explicación pueda resultar ofensiva para aquellos débiles y oprimidos de papel maché que luchan incansablemente contra el verbo con los puños, la ley y el capital. De hecho, todo les es ofensivo y todo les hace daño. Por eso entiendo que les podría molestar mi tesis. Del mismo modo que les molesta un joven con micrófono, un beso o una pareja feliz. Y también por eso queda patente que son débiles y deben ser protegidos, pues todo les hace pupa en esa piel tan fina.