Con la frente marchita

Con la frente marchita. José Vicente Pascual

Hace un montón de años, así como treinta, gané un concurso gordísimo de novela patrocinado por la Fundación Rey Alfonso XIII, vinculada a los intereses empresariales del literalmente desaparecido Publio Cordón. La novela con que levanté la millonada del premio —en pesetas— se titulaba y se sigue titulando Palermo del cuchillo, un personal homenaje literario al mundo del tango desde la distancia sentimental del aficionado al género, bastante fascinado en aquella época por el universo poético de Carriego, la fineza dicharachera de Borges y la dignidad derrotada del malevaje a pleno pulmón. Aunque tuvo buena respuesta de público y crítica, la novela en España no alcanzó gran éxito comercial, pero en Argentina estuvo varias semanas en las listas de más vendidos que publicaban los suplementos culturales de Clarín y La Nación. Aquel buen augurio convenció a mi editorial de entonces —Ediciones B—, de planificarme una gira americana en la que se organizarían eventos, relacionados con la novela, en Buenos Aires, Montevideo, México DF y Miami. Aquello me hizo ilusión.

Pero una cosa son las ilusiones que uno se hace y otra la dura realidad. Según la primera ley de Murphy, inapelable: «Si algo puede salir mal, saldrá mal». En aquel caso, o sea, en mi caso, salió mal que las empresas de Publio Cordón, todas establecidas en los ámbitos de la sanidad privada y las mutualidades médicas, entraron en caída libre y se empezaron a venir abajo con todo el aparataje. De todo hubo: quiebras, suspensiones de pagos, agujeros financieros inexplicables, malversaciones, apropiaciones. Se ve que el imperio Cordón, ante la ausencia del dueño —como saben, secuestrado por los GRAPO y desaparecido para siempre—, se convirtió en un festín de tiburones donde el que no trincaba era devorado, y el que asomaba demasiado el hocico terminaba detenido por la Brigada de Delitos Financieros de la Policía Nacional. Recuerdo que la última vez que hablé por teléfono con el director de la Fundación Rey Alfonso XIII, él estaba en una cabina de teléfonos, expulsado de su despacho y a punto de emprender la huida campo a través. Naturalmente, al ser la Fundación patrocinadora de la gira americana, Ediciones B decidió suspenderla, con muy buen criterio. Todo aquello ya me hizo menos ilusión. El premio de novela Fundación Rey Alfonso XIII dejó de convocarse al año siguiente. Hubo otro ganador en el funesto interín, creo recordar, pero como venían las aguas con abundante lodo, todo quedó en intenciones; la novela proclamada no llegó a publicarse ni la cuantía económica del premio llegó a abonarse. Me figuro que el triste ganador de aquella convocatoria fantasmal se llevaría un disgusto casi tan grande como el que yo tuve cuando me comunicaron la suspensión de la gira por América, con mi flamante Palermo del cuchillo.

«No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió», dice Joaquín Sabina en su canción Con la frente marchita. Una verdad: me fastidió perder aquella oportunidad pero nunca sentí esa nostalgia por lo que pudo ser y no fue —Fernweh llaman los alemanes a ese sentimiento, con perdón por la erudición inútil—. No he podido echar de menos a aquella gente chanchullera y voraz, aquellas formas canallas de aprovechar el prestigio de la narrativa para hacer negocietes y trincar dineretes bajo cuerda, en puro negro, no como un servidor, que al año siguiente tuvo que aflojar tributos a base de bien. Total, que el único ganador propiamente dicho de este prestigioso premio de novela en toda su historia —con perdón por la broma—, es quien estas líneas firma. No sé si añadirlo a mi currículo, por lo que pueda adornarlo; o no añadirlo, por lo que pueda deslucirlo. En fin.

Ha pasado treinta y un años de aquellos saraos. La cultura española sigue siendo la misma, sobre todo en los escenarios ostentosos de la literatura, la narrativa y la poesía. Y el cine, que es merienda aparte.

Aquel mundo chusco, a menudo grotesco, de las oportunidades y el pasteleo entre cultura y poder, sigue siendo el mismo. En la historia que antes les he contado, genuina cien por cien, al menos hay un final más o menos ejemplarizante: los responsables de fechorías fueron perseguidos por la justica y alguno de ellos acabó entre rejas. Pocos casos similares conozco.

He aquí la paradoja: la cultura se presenta desde siempre como coadyuvante de los valores democráticos, la justicia y la igualdad y la solidaridad y bla, bla, bla. Pero oigan, con la cantidad de democracia que hemos tenido en los últimos treinta, cuarenta, cincuenta años… La cosa no ha mejorado sino que ha ido a peor, con un ecosistema cada vez más manipulado por ilustres mandarines, cada vez más podridito y más impúdico en sus maneras, con todos los peces de la pecera convencidos de que el público es cada vez más pastueño, más ignorante, menos crítico, más manipulable. Puede que tengan razón, que la degradación de contenidos en el organigrama básico de la enseñanza en España, incluida la universidad, haya favorecido la aparición de generaciones condenadas al pasmo, el feliz alelamiento y la complacencia en la puericia intelectual. Puede ser.

También puede ser que lleguen bastante lejos las diligencias interesadas por la fiscalía de Alicante, a raíz de una denuncia particular sobre hechos que conciernen al premio de novela Ciudad de Torrevieja, cuya última convocatoria fue en 2011. Anualmente repartía este premio —con el Ayuntamiento de Torrevieja de pagador y la editorial Plaza y Janés como valedora—, 360.000 € para el ganador y 125.000 para el finalista. Han leído bien: 360.000 + 125.000. Ya puede imaginar el lector la cantidad de maniobras y chanchullos y chapuzones que se produjeron en aquella charca, casi todos desde el entorno de una conocida agente literaria, ya difunta. Ahora, tantos años después, dos autores y una autora que se consideran perjudicados por ciertas maniobras en la oscuridad han puesto los hechos en manos de la justicia. A ver qué sale de todo esto.

Los denunciantes parten con alguna ventaja en la casilla de salida: quien fuera alcalde de Torrevieja en aquellos tiempos del dispendio ya fue condenado judicialmente por otros chanchullos municipales. Más madera.

Libertad, democracia, justicia, diversidad, integración… La cultura como alegato de virtud cívica tiene tantos templos como predicadores, es tan persistente como aburrida y omnipresente como cansina. Es como una gala de los Goya sin fin ni límite de tiempo en los discursos, eterna, minuto a minuto hasta el nirvana. A ver si fuera posible que algún juez de Alicante ponga el culo aire, aunque sea por un rato, a esa cultura de bandidos y gatopardos en la que llevamos instalados desde siempre. Que no servirá para nada, ya lo sé… No servirá para nada, pero bueno: aportar pizca de sal y poco de gracia a un menú tan soporífero, ya sería algo. Algo importante, quiero decir.

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