Elefanticidio (el día en el que fui clarividente)

Elefanticidio (el día en el que fui clarividente). Fernando Sánchez Dragó

Han pasado diez años desde aquel 14 de abril ‒¿o fue el 13‒ de 2012 en que nos llegó la noticia de que Su Augusta Majestad don Juan Carlos de Borbón, que por aquel entonces aún era Rey de verdad y no, como ahora, de eméritas mentirijillas, se pegó un trastazo en Botswana poco después de que los hombres armados de su séquito remataran de treinta y cinco tiros a todo un señor elefante: el mismo que él había intentado abatir. Iba don Juan Carlos, al parecer, algo pasado de copas, émulo en eso, según dicen, de su padre y del primer monarca francés que hubo en España. La trompa del paquidermo herido no era, pues, la única que barritaba por allí.

Conocemos ahora, y sólo ahora, a pitón más que pasado, algunos de estos detalles, que permanecían discretamente sepultados en las movedizas arenas de los secretos de Estado. Lo que sí se nos dijo entonces es que el batacazo había dañado seriamente la cadera de quien lo sufrió. Yo estaba entonces en Palermo, acompañado por mi mujer, embarazada de unos cuatro meses, dos hijas y otros tantos nietos.

Esa misma tarde, antes de salir todos a cenar, escribí y envié a El Mundo la clarividente y risueña columna de El Lobo Feroz que a continuación, tirando de hemeroteca, reproduzco. Y si digo clarividente es porque la actualidad, después de lo que en los últimos años hemos visto, de lo que ahora vemos y de lo que quizá sigamos viendo, me está dando la razón. 

Vayan por delante dos observaciones… 

Primera: nada tengo ni he tenido nunca contra el Rey Emérito. Siempre, por el contrario, he sentido por él estima, y aún, pese a todo lo que de él va saliendo a reducir o más bien a lo contrario, le guardo simpatía. ¿Quién soy para juzgar a nadie? ¡A saber lo qué habría hecho yo caso de haber nacido rey! Quien quita la tentación…

Y segunda: aún no podíamos imaginar entonces hasta que punto don Felipe sería tan buen monarca como lo está siendo. Cuente con mi respeto tan alto Señor. La Tercera República, gracias a él. tendrá que ponerse a la cola. 

Venga ahora lo anunciado…     

«Lamento escribir esta columna, Majestad, pero el canon me obliga a ello. Las campanas de la prensa y de la Red, que ayer tocaban a rebato, doblan hoy por la institución que usted preside. Le apeo el vos.

«¡Extrañas sincronías las que una y otra vez se producen entre las grandes fechas de la historia de este ex país! 20-F (caballo blanco de Pavía, muerte del Ausente y del Caudillo, elefante ―también blanco― de Tejero) y 14-A: segunda república, segundo elefante, esta vez de color grisáceo, y enésima expulsión de los Borbones. Se ve venir, Señor. No permita que se lo escondan.

«Siempre se dijo que los reyes de Castilla estaban en Babia, gozando de la caza, el catre y la mesa, mientras sus súbditos comían mendrugos, se apañaban con la parienta y capturaban cucarachas. A partir de ahora se dirá que están en Botsuana.

«Stefan Zweig sostenía que las menudencias suelen ser factores desencadenantes de los seísmos históricos: la fimosis de Luis XVI, los pastelillos de María Antonieta, la apostura de Godoy, el potaje frío de testículos de toro (sic) que dejó sin descendencia a Germana de Foix, el oso (quizá borracho) de Favila y ahora, qué mala pata, el elefanticidio trufado de suicidio y regicidio.

«Por él nos enteramos de que a usted, Majestad, no son las estrecheces de los españoles lo que le quita el sueño. Su tropezón en un inoportuno peldaño se produjo entre las dos y las cuatro de la mañana. No son horas, Señor.

«El 15 de noviembre del año 30 publicó Ortega el más célebre de sus artículos: Delenda est monarchia. Cinco meses después podría haber escrito otro: Deleta est monarchia. Yo, menos profético y más realista (con perdón), optaría hoy por la segunda fórmula: no cabe destruir lo que ya ha sido destruido.

«Doña Sofía, al menos, si eso sucede, podría separarse del hombre al que nunca amó y Leticia, la princesa triste de Rubén, recuperaría la risa y el color.

«No soy monárquico, por lo que me deja indiferente el fin de la Corona, pero tampoco soy republicano, por lo que me entristece el advenimiento de la república. Sé que cuando llegue parafrasearé de nuevo a Ortega y escribiré: ¡No es esto! ¡No es esto!

«Se acercan días convulsos. Lo que nos faltaba. Tendrán que intervenirnos. Pero, tras la oleada jacobina que convertirá la Zarzuela en parque temático y la Moncloa en caldera volcánica, llegará otra Constitución. Bienvenida sea, si devuelve la unidad a España. Quede así otra vez atado lo que Franco ató y la democracia, estúpidamente, desató».

El Mundo, El lobo feroz (16.IV.2012)

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