II concurso de relatos: En tu vientre me entierro

Publicamos el undécimo trabajo perteneciente al II concurso de relatos “Una carta a un hijo” organizado por la escritora y farmacéutica, Esperanza Ruiz Adsuar, en colaboración con Posmodernia y las Bodegas Matsu perteneciente a la Denominación de Origen Toro. Dicho concurso durará hasta el próximo 31 de octubre de 2020. Bases para la participación en el concurso

Título: En tu vientre me entierro

Pseudónimo: Júpiter


Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro

Querida Catalina:

Una vez me gritaste en un arranque de cólera que soy tan pesimista que temo perder las bondades que poseo antes que gozar de ellas mientras las tengo. No te acordarás, porque fue un episodio insignificante entre tantos que conforman una vida —tu vida, mi vida—.

Recuerdo la noche de tu nacimiento: estuve sentado durante el parto a la izquierda de tu madre, tumbada ella sobre el camastro, por temor a desmayarme ante visión tan apocalíptica (fue casi una orden de las enfermeras ante los avisos de tu madre, que no querían que un blandengue redoblara sus trabajos). Mi primera reacción fue de estupefacción, de perplejidad ante el advenimiento de mi adorada hijita; de admiración ante el misterio de tu vida y mi inexplicable, pero vital —nunca mejor dicho—, papel en ella.

Ya arriba, en la habitación, tan exhausta estaba tu madre que me indicaron a mí, por aquella moda de la «piel con piel» de entonces, que me abriera la camisa y te acunara en mi pecho desnudo, para que no perdieras calor. Y así lo hice, y cuánto lo disfruté.

Ya entonces, mi querida niña, entre tantas ternuras que despertaste en mí y que nadie en mi familia hubo conocido, desbordando mi cariño en derredor, temí perderte como el buen pesimista que soy, según tu ulterior reproche, e imaginé no pocas veces durante los meses siguientes este momento en que te esfumas como el humo del tabaco entre mis dedos. Y ahora, ¡misterios de nuestra existencia circular!, no me quito de la cabeza aquellas escenas.

Mi querida muchachita: ¡cuánto me ha acongojado siempre tu futurible ausencia, hoy cuando escribo inminente, hoy cuando lees efectiva!… Llegaste sobre nuestro divino lecho, el sagrario de nuestra familia en que acontecéis todos para siempre, a llenar lo que pensábamos que estaba completo. Yo creía que el remedio a la soledad de Adán era Eva; consideraba que la perfección del varón —¡la mía!…— era volcarse sobre la esposa amadísima a que se hubiera conformado, y ser recibido y madurar en su cuerpo y su alma. A mí que así comprendía y vivía el matrimonio… ¡cómo me transformaste, vida mía, que tan equivocado estaba!… Éramos una sola carne, pero aún solitaria, y no lo sabíamos, hasta que llegaste tú a culminar la obra más grande de Dios que es la familia.

Lo llenaste todo entre dulcísimos alaridos, que luego serían carcajadas, que reverberaron candorosamente sobre las paredes del dormitorio y del coche y del mundo entero, y el mundo y el coche y el dormitorio dejaron de ser lo que fueran. Viniste a teñirlo todo de tus celestiales colores, a marcarlo con la novedad de tu presencia. Nos fue dado un testimonio sustancial del fecundísimo amor entre nosotros, y el amor conyugal se hizo indivisiblemente paternal.

Antes y entonces y desde aquel bendito día segundo de diciembre te quise en el vientre de tu madre, del que en cierto sentido no habéis salido ninguno de vosotros, ni debéis salir jamás.

Decenas de veces comenté con tu madre, admirado, que incluso mi forma de vivir la Eucaristía cambió en ese momento. ¡Ah, si pudieras otear el movimiento que operaste en mí, princesita, palidecerías mientras te alejas de tu pobre padre, arrojándote en los brazos de tu prometido, hoy que lees esposo!… Me abrasaste haciéndome padre para siempre, volviéndonos maravillosamente hacia a ti, y ahora que te marchas tan lejos me dejas frío, perdido, padre para siempre sin su niña a quien volverse.

Y no creas por esto que me entristece tu casamiento: te quiero antes de quererme a mí, y la advertencia de lo que soy en tu madre me colma de consuelo cuando pienso que vosotros ganaréis lo mismo. Y aun en mi misma amargura por tu pérdida advierto un nuevo don inestimable de Dios. Ese camino que emprendimos tu madre y yo décadas ha lo actualizas ahora con tu buen cónyuge, haciendo por la gracia de la Trinidad nuevas todas las cosas de tus padres. ¿No somos nosotros, ya estériles y caducos, pura memoria de las dádivas del Altísimo, nuevamente ubérrimos en la pura esperanza de tu seno, mañana fecundado por el vástago de otra familia, hermanada con nosotros en la noticia de mis nietos? Y en estos, como en vosotros veo resplandeciente la majestad de vuestra madre, ¿no he de ver la ascendencia de tu marido, y en el abrazo de vosotros dos que serán tus hijos la divina melodía de nuestros primeros padres? ¿Hay oración más agradable a Dios de un hombre casado que el éxtasis de estas contemplaciones? Subsistimos en toda nuestra ascendencia y descendencia.

No pienses, pues, que eres trasplantada como una orquídea de nuestra tierra a un nuevo jardín; que cierras una etapa y comienzas otra. No olvides que antes que esposa y madre eres hija, y eres hija para siempre porque una vez comenzaste a ser. Arraiga decididamente en la mutua inhesión de los amantes que nos propicia a ti y a nosotros la caridad de Dios, y a pesar de la longuísima distancia que nos separa hoy que lees, aliméntate de lo que sigue manando del generoso pecho de tu madre. Y yo, que tan fácil me ha resultado verla a ella en vosotros, volveré a enterrarme en su vientre, del que como vosotros tampoco he salido nunca, y me acostumbraré desde ahora a ver en mi esposa a mis hijos — a mi querida niña primogénita—. Aquí seguiremos juntos.

Seguimos siendo todos uno; todo ha ocurrido siempre en mamá. Todo sucede en Eva y en María: somos familia.

Por ti y por tus padres expoliados, no dejes solitaria nuestra sola carne. No nos olvides ni nos abandones.

Con sus bendiciones y encomendándoos de todo corazón a Dios, se despide de ti tu padre, que te quiere con locura.

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