La hierba del vecino

La hierba del vecino. Aitor Vaz

Tras un reciente viaje a Polonia, me quedé pensando sobre un tema muy específico. Todo producido por una noticia en un canal de televisión de ámbito nacional sobre la detección y desmantelamiento de una plantación de marihuana en un piso en la ciudad de Łódź.

Es cierto que también existen dichas operaciones en España, aunque con sustanciales diferencias que imponen una clara frontera entre Polonia y España.

Primero, por las imágenes mostradas del desmantelamiento de dicha plantación en un piso de Łódź, cualquier español promedio pensaría que están de broma. Ninguno de nuestros medios de ámbito nacional daría tal noticia. Nadie se imagina poder ver desde Vigo una noticia sobre un piso lleno de marihuana en Manlleu. Pensaríamos que hay noticias más importantes y que tal noticia es irrelevante para un informativo nacional. Es más, un «simple piso» no sería noticia ni para un medio regional, todo podría quedar en una pequeña nota en un pequeño medio local. Eso muestra el nivel de familiarización que sufrimos en España con las drogas. A menos que estemos hablando de una macroplantación que lleva años a la vista de todo el mundo y que, por malas relaciones del dueño con algún cargo público o persona con influencia, haya una redada por venganzas personales, nada merece salir en el telenoticias.

Somos una de esas naciones que tenemos que aguantar el hedor continuo en nuestras calles y nuestras estaciones porque aunque penado, hay una pasividad de las autoridades para con el tráfico y consumo de marihuana, que hace sospechar de connivencia interesada. Tampoco es una idea descabellada y que no tengamos muchos. Al fin y al cabo, todos sabemos de personas y lugares que se dedican a ello sin ningún secretismo. Hay muchos españoles hartos de tener olores en sus domicilios porque viven rodeados de esa lacra. Y no hablamos de «consumo privado» y esporádico. Cuando el hedor traspasa cualquier pared y es continuo, sabemos del cultivo y del consumo patológico.

Muchos estamos familiarizados. El cultivo, tráfico y consumo de marihuana se ha convertido casi en un salir a regar los geranios. Incluso podemos tener conversaciones con gente que lleva gafas de sol a las 11 de la noche en invierno para que nos digan que la marihuana es asombrosa para el glaucoma y el café es un droga. Todos sabemos de esos barrios marginales y gentes de mal vivir que van ofreciendo espressos por las esquinas. Es más, es conocido el comentario de todas las madres sobre que no aceptemos capuccinos de baristas desconocidos.

Bromas aparte, en muchas áreas de España, la convivencia con esos perfiles y actividades nos ha hecho lo mismo que me ha hecho a mi. Ver en otro país la desarticulación de un simple piso como noticia nacional, suena irrelevante. Lógico, pues en mi entorno inmediato en Barcelona, el mismo dispositivo polaco podría acabar con tres cuartos del vecindario. Todos lo sabemos, las autoridades y la policía más que nadie, pero «hay cosas más importantes». Tener vecinos conduciendo con su furgoneta negra con el porro en la boca frente a un control policial y que no pase nada, es «normal». Lo inasumible es, por ejemplo, no pagar la zona azul.

Según estadísticas de ámbito nacional, esos consumidores diarios son apenas un 2’5% de la población. Puede parecer bajo, pero es una cifra absurdamente alta en comparación con otros países del entorno. Especialmente cuando un 2’5% de consumidores diarios declarados -los que sean en realidad es otro tema- equivale a casi un millón de personas en España que no pueden vivir sin, mínimo, un porro al día. Es más, cuando se sabe que la media de consumo diario es de 2’6 cigarros de la risa cada día y el consumo esporádico en la población adulta puede superar el 40%, es que hay un sector de la población que tiene dicho hábito como si fuera comer gominolas. Y no veo campañas de concienciación. Veo a políticos sugiriendo la completa legalización para «combatir la depresión y la ansiedad». Gran idea, de la connivencia y completa permisividad contra la ley queremos ir a la legalización para combatir depresiones.

Una persona ingenua pensaría que alguien con depresión necesita analizar y comprender el problema de fondo para poder tratar de resolver la cuestión, quizás con medicación prescrita por un profesional, pero no. Hay políticos que saben más. Si estás deprimido, porrito y a cotizar. Si tienes brotes psicóticos, también, que el THC es buenísimo para ello

Y lo mismo, a trabajar. O a conducir una furgoneta negra. O a colarse en el tren tras apestar toda la estación frente a ancianos, niños y seguridad privada. Lo que sea menester.

Es cierto que no he entrado en el debate de las supuestas «bondades» del cannabis. Pero es un debate irreal. De todos los consumidores de cannabis en España, los que necesitan o buscan una bondad clínica remota son una minoría tan pequeña como inexistente. No buscan variedades con dichas propiedades, se busca cada vez mayor concentración de THC. Es un consumo patológico y «recreativo», por llamarlo de algún modo.

Si, es cierto que hay personas que usan tal forma para calmar la ansiedad. La automedicación es horrible y comprar ibuprofeno es casi un crimen, pero el que se fuma tres porros al día para no ser insoportable, es un sabio contra la ansiedad. Aunque, me gustaría que se me permita dudar que una persona permanentemente bajo los efectos de una sustancia para estar en un estado basal «tolerable», sea funcional. Más bien podría pensar que es un adicto cualquiera que con los típicos pretextos de cualquier adicto, busca justificar sus vicios. Los tiempos cambian, pero las excusas permanecen.

Respecto al control de tal dinámica, se me podrían dar muchas excusas. Primero, el supuesto «consumo privado». Cosa que es irrelevante cuando las calles y espacios públicos apestan. Más aún cuando el tufo sale de sus «domicilios privados» e invade a vecinos de todo el bloque. Y no hablamos de una persona que, muy esporádicamente, hace uso de tal sustancia o la que fuere, hablamos de tener más de un millón de personas con consumo diario.

También se podría decir de forma difamatoria que lo que busco es represión. Y es cierto. Busco represión. La misma represión que se aplica a cualquier ciudadano cuando Hacienda se equivoca, el ciudadano se planta y aún así se le castiga a él. La misma fuerza e inquina del estado quiero para con quien vulnera la ley y, más importante aún, se cisca en el respeto a los demás.

También sería posible decir que el problema es tan grande que no es posible detenerlo ya. Lo cual es una mezcla de derrotismo oportuno que intenta ocultar otra cosa. La falta de ganas no tiene nada que ver con la incapacidad. Se podría detener al que conduce emporrado. Incluso se podría uno interesar por aquellos domicilios rurales que huelen a alegría berberisca. Se podrían hacer muchísimas cosas. Es más, se podría indagar y entrar más en la relación entre el tráfico de hachís y la financiación del yihadismo. Y los lazos entre cultivadores en España y traficantes y cultivadores de otros países.

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