Título: El Ateniense
Autor: Pedro Santamaría
Editorial: Pámies, 2019. 448 páginas
El ateniense Alcibíades (450-404 adC) es un personaje que ha ganado en el transcurso de la historia merecida fama de desmesurado. Altivo hasta la arrogancia, inteligente hasta casi la crueldad, osado, maquinador, valeroso y muchas veces temerario, opulento, desprendido aunque no generoso, seductor, apabullante en el amor y desmedido en sus pasiones, brillante orador y temible retórico, sagaz político a menudo triunfador y demasiadas veces derrotado, su vida es un ejemplo o, mejor dicho, una metáfora de lo que fue Atenas: la orgullosa rutilante Atenas del siglo V adC, un lugar y una época de excepción que conforman el núcleo fundamental —inaugural—, de la civilización, la cultura, el pensamiento y la política en occidente. En aquella fabulosa época, todo lo que no era grandeza era miseria; si un hombre no era un gran hombre, descendía sin remedio a la categoría de triste populacho, y su vida valía lo que un voto en una asamblea: algo extraordinario en lo conceptual e irrelevante en lo que concernía al destino de la polis.
Hay varios momentos en la novela, desde mi punto de vista antológicos, que abordan esta cuestión con lucidez y no poca valentía intelectual, dados los tiempos que vivimos. “¿A qué velocidad corre una cuadriga?”, pregunta un aristócrata que aspira a convertirse en mentor y amante protector del jovencísimo hermoso Alcibíades. El muchacho no duda en responder: “A la del caballo más lento”. De la misma manera, la democracia avanza al paso de los más lentos de criterio, torpes y, en suma, necios. Por esa razón —se argumenta punto seguido—, la democracia, de propia naturaleza, es terreno abonado para los demagogos, los que se aúpan al poder prometiendo lo que el pueblo quiere oír, sabiendo que es imposible conseguirlo, generando perpetuamente nuevos conflictos y nuevas contradicciones irresolubles y postulándose una y otra vez como los únicos aptos para solucionar aquello que no tiene remedio. Sin embargo, Alcibíades y todos los personajes capitales de esta novela tienen en alta estima a la democracia, no sólo por ser un “invento” distintivo y prácticamente definitorio de “lo ateniense” sino porque es el único sistema de gobierno que preserva y defiende con eficacia las libertades individuales —a excepción de los esclavos, las mujeres, los deudores, los desterrados, los caídos en desgracia—, y en especial la libertad de expresión, tan apreciada por los habitantes de la polis más progresista, luminosa, presuntuosa y en cierta forma indolente de la antigüedad. Mientras la libertad de decir lo que se piensa no sea anulada por el derecho del que se siente ofendido a imponer silencio, habrá democracia. Esta enternecedora confusión ateniense entre el “gobierno del pueblo” y las libertades políticas, ha dado mucho que hablar y escribir a muchos autores expertos sobre el asunto; entre ellos Goré Vidal, quien en su magistral Creación aborda el mismo tema aunque, me temo, con bastante menos compasión hacia los atenienses que Santamaría. Si hubiera que resumir el “fondo” de esta novela, su “más allá” del personaje y circunstancias históricas, yo diría que se trata de una atinada, lúcida y apasionada disertación sobre los orígenes de la cultura occidental y el valor de la democracia en el ideario colectivo de las naciones que hoy integran en su seno civilizacional el pensamiento clásico greco-latino.

Pedro Santamaría va forjándose y consolidándose como una de los maestros de la narrativa histórica en España, aunque esto ya lo he dicho en el pasado y en varias ocasiones; y lo he dicho porque es verdad. Con El Ateniense, da un paso más, a mayor gratitud de sus lectores, en la construcción de un corpus literario de género lleno de interés, rigor documental y amenidad. ¿Qué más se le puede pedir? Que siga así.