En España, en el período 2016-2025, se produjeron 3.170 homicidios dolosos y asesinatos en consumación, según datos consolidados del Ministerio del Interior. En Venezuela, durante las mismas fechas, hubo 160.000 asesinatos.
En España, en 2024, murieron 48 mujeres y 9 menores por violencia de género y violencia vicaria. En Cuba, ese mismo año, hubo 76 femicidios. No constan datos de violencia vicaria porque el gobierno cubano no vincula los asesinatos de menores con la violencia de género, constando como “homicidios dolosos”. Plataformas como Yo Sí Te Creo en Cuba y el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT) señalan entre 23 y 28 los asesinatos de menores, aunque, como indicaba, no hay una descripción estadística fiable entre esas muertes y la violencia de género.
En España existe un importante vacío en las estadísticas oficiales de violencia contra menores. A diferencia de la violencia vicaria —cometida por el padre—, que se contabiliza casi de inmediato por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, los infanticidios cometidos por mujeres se registran en el cómputo general de «Homicidios dolosos y asesinatos» del Ministerio del interior. Según registros de prensa y observatorios independientes, en 2024 se produjeron al menos 2 casos de gran impacto mediático, donde las madres fueron las presuntas autoras —casos en Girona y Madrid—, pero la cifra total anual consolidada suele oscilar históricamente entre 5 y 10 casos por año.
El caso de Venezuela es particularmente llamativo en cuanto al desglose de datos sobre delitos contra la integridad física de las personas. No existen cifras oficiales fiables sobre violencia de género, contra menores de edad, violencia política o vinculada a la actividad criminal de cárteles del narcotráfico como El Tren de Aragua o Los Soles. Todos los casos van al mismo cajón de “homicidios dolosos” y se acabaron las cuentas. Para lo que sí muestran diligencia las autoridades venezolanas es para señalar el notable descenso de la criminalidad, en cifras globales y segmentadas, a partir de 2018/19; es decir, coincidiendo con la migración masiva de entre 8 y 9 millones de personas. Venezuela ha perdido aproximadamente el 20% de su población en los últimos dos lustros, justo lo que ha descendido la criminalidad porcentualmente y en conjunto, aunque algunos elementos segmentados han experimentado descensos bastante más apreciables.
De modo que ya se sabe: para que baje la criminalidad en un país, lo más práctico es mandar fuera a la población. En España conocemos a una inmigración venezolana que en su inmensa mayoría aporta trabajo, optimismo y esperanza en el futuro de su país y del nuestro. Sin embargo, lamentablemente, en países como Colombia, Chile y México, y sobre todo en los EEUU, la inmigración venezolana ha sido centro de debate por la cantidad de actividades delictivas a las que se ha asociado a muchos de sus integrantes, en especial la violencia relacionada con el tráfico de drogas, industria principal de la delincuencia de ese país, de hispanoamérica y en el mundo, para qué vamos a engañarnos. También es verdad que la percepción pública de esta “implicación” venezolana en actividades criminales es muchísimo mayor que la indicada por datos reales. Incluso el sesgo estadístico entre porcentaje global de población y porcentaje delictivo directamente vinculado al grupo, es positivo para la inmigración venezolana. En otros países como España, con otra clase de inmigración como la norteafricana y subsahariana, no ocurre lo mismo y la estadística indica una frecuencia delincuencial que respecto a algunos delitos resulta exorbitante, sobre todo en lo relativo a crímenes de índole sexual.
Hablando de realidad, las cifras anteriores son cifras oficiales, facilitadas por organismos públicos de los países afectados. No son opiniones ni el resultado del sesgo de datos. Habrán observado que los números se exponen redondos y por períodos amplios, para indicar tendencia y relevancia, sin introducir matices ideológicos ni de ninguna clase. Datos.
Al principio del artículo señalaba que en Venezuela, en los últimos diez años, se han producido 160.000 asesinatos, aproximadamente el doble de las víctimas causada por la guerra de Gaza. También al principio de esta breve serie de artículos —dos y ya vale—, exponía mi convicción de que la izquierda —española, europea—, tiene un problema con la verdad. Con la realidad. Cuando los datos fidedignos y, en ocasiones, el clamor de la evidencia se alza ante su mirada, siempre miran hacia otro lado, siempre encuentran a quien culpar de las disfunciones y “fallos” en su visión sistematizada del mundo. En concreto, si Gaza es un genocidio, ¿lo de Venezuela qué es? Si Gaza es una emergencia humanitaria, ¿los nueve millones de desplazados venezolanos, repartidos por el planeta, qué significan? Si España es un país estructuralmente patriarcal y machista porque, desde que se llevan registros oficiales, se producen al año un promedio de 56 muertes por violencia de género —con tendencia a disminuir (48-2026; 46-2025), ¿las 76 mujeres asesinadas en Cuba durante 2024, qué indican?
La opinión generalizada, al respecto, es que la izquierda y el “progresismo” woke discriminan los fenómenos de violencia según origen: si afectan a “los suyos”, silencio selectivo; en todo caso se busca un culpable remoto, el cual suele coincidir, actualmente, con Donald Trump o, menos en concreto, con la extrema derecha, Ayuso, el franquismo…
Personalmente tengo una visión un poco menos teórica: no se trata de ceguera voluntaria determinada por la ideología, es manipulación de las víctimas. A la izquierda tóxica y al progresismo desalmado no le interesan tanto los conflictos, injusticias y dramas humanos como las víctimas; si sirven a su proyecto, las acogen con una intensidad infantiloide que a menudo linda con el paroxismo, pero si contradicen sus dogmas discursivos, las ignoran. Les importan menos que las puertas del bar de la esquina. No es ignorancia, es fanatismo emocional y delirio sectario para justificarlo. No es disociación cognitiva, es maldad. Me cuesta decirlo pero no encuentro otra manera de expresarlo: es maldad.
Naturalmente, lo mismo que les importan las cifras les interesan los datos y perfiles de la verdad. Si a cualquiera de aquella secta le dices que en Venezuela ha habido 160.000 asesinatos bajo el régimen chavista en los últimos diez años, y que la situación de extrema violencia y extrema pobreza ha condenado al éxodo a 9 millones de ciudadanos, lo más seguro es que responda que eso es un bulo, o es culpa de Trump, o propaganda fascista. No hay causa: quien así reacciona no es estúpido: se ha convertido en mala persona. Seguramente no tenga conciencia de ello, puede que esa maldad provenga de íntimos y muy lamentables traumas, resentimientos y ansias incontrolables de revancha social; es posible que su emotividad haya sido vilmente manipulada y sus sentimientos cultivados en el odio y el rencor desde la infancia; pero una cosa no quita la otra: quien así se muestra y no es tarado del todo, se muestra cual es y, en el fondo, sabe dónde está: con el mal. Puede que no sea un tipo perverso ni una persona de índole execrable; puede incluso que haya muchas cosas buenas en su vida, que posea rasgos de carácter encantadores; pero de propia voluntad está con el mal. Y no hay nada peor.