Maduro detenido, Delcy en modo “presidenta encargada” y Trump con la mano puesta en el grifo del Orinoco. China quema ábacos sin parar, Rusia se santigua ante los popes y la Unión Europea, fiel a sí misma, responde a la sacudida geopolítica con… más reglamentos, más CO₂ y más “nada” en la Iberosfera.
Venezuela ha puesto en escena la obra que ningún funcionario de Bruselas quiere ver. Si tú conviertes la mayor petrolera del continente en un chiringuito bolivariano, al final no llega la ONU con un grupo de trabajo, llegan los marines con un dron. PDVSA pasó de ser una maquinaria de 3 millones de barriles diarios a una ruina ideologizada, con técnicos despedidos por no saber cantar “El pueblo unido”, y con la economía hundida en nombre de la revolución bolivariana. Con el país en la UCI, era cuestión de tiempo que alguien viniera a quedarse con los órganos que aún funcionan; y ese alguien, sorpresa, no lleva pin de la Agenda 2030 sino gorra de “America First”.
A 600 millas, los cubanos se quitan el hambre a bofetadas y le rezan a Eleguá y Yemayá para que el pelirrojo encuentre en la isla algo que valga un par de drones, aunque sean comprados en TEMU con envío gratis a la isla. Total, al castrismo ya no le queda ni gasolina para poner en marcha los antiaéreos, y el radar lo tienen ocupado detectando remesas de dólares de Miami. Sería de mínima justicia llevar algo de libertad a nuestros hermanos cubanos, pero a falta de eso, al menos pan, luz y agua, que por algún sitio hay que empezar. De la Unión Europea no esperen nada, como mucho mandará un barco lleno de normativas para declarar La Habana “zona de bajas emisiones”, eso sí, sin un kilovatio que enchufar y con la burocracia emitiendo CO₂ a chorro. Mejor que sigan rezándole al pelirrojo.
Mientras el chavismo desguazaba PDVSA, China hizo lo que hace el capitalismo serio, sacar la chequera. Más del 80% del petróleo venezolano salió rumbo a puertos chinos con descuento de outlet revolucionario, sin informes de género, ni conferencias sobre diversidad, ni eurodiputados llorando por el Amazonas. La UE, en cambio, se especializó en lo suyo: resoluciones solemnes, sanciones que no asustan ni a un concejal de distrito y una montaña de burocracia verde que ha logrado lo impensable, que sus propias empresas huyan a cualquier sitio donde no haya un comisario climático en cada esquina.
Y entonces llega el Trumpismo con cuernos y rabo, el malo de la película vestido de cowboy (que son la extensión de los vaqueros andaluces que llegan a partir del XVI) que baja impuestos, liquida subsidios verdes y decide que, ya que Venezuela se ha autodestruido, el petróleo lo va a administrar él. La Casa Blanca anuncia que controlará “indefinidamente” las ventas de crudo, que los ingresos irán a un fondo vigilado y que todo es por el bien del pueblo venezolano. El orden real será el inverso, primero se rescata el petróleo, y luego si eso, se piensa en el pueblo.
Delcy, que ayer gritaba contra el imperialismo, hoy celebra un 37% más de ingresos, acomodados en cuentas a las que el venezolano medio se acercará lo mismo que el español medio a una pensión digna. Si nada lo remedia, volveremos a ver a Delcy cargada de maletas, en busca de alguna refinería turca donde permutar los rendimientos del oro negro por el otro, el de toda la vida. El oro que va a asegurar el bienestar de las futuras generaciones de venezolanos. No hombre no, de todos no, solo de los Rodríguez. Que para eso está mama pato sacrificándose, exponiéndose a sanciones por violaciones de derechos humanos y socavamiento de la democracia, sin poder disfrutar de vacaciones en Europa.
¿Y la gloriosa Unión Europea? Contando vacas, midiendo gases y regañando a los pocos empresarios que aún no se han fugado. La que podía haber hecho de la Iberosfera la salida de emergencia de un continente envejecido y endeudado, ha preferido convertirse en una ONG normativa, mientras Trump y China se reparten pozos, rutas y contratos. España, que podría haber liderado ese giro, ha roto puentes con quienes realmente lideran la revolución económica y se ha abrazado a los de siempre, a los de la revolución bolivariana, los yihadistas y algún otro reducto de comunistas trasnochados. Al final, el mapa energético del hemisferio queda en manos de los que hacen política de adultos, y la UE se queda con su premio de consolación: una montaña de reglamentos, muchas cumbres climáticas y la satisfacción moral de haber salvado al planeta con los tapones inseparables de las botellas de plástico… eso sí, sin una gota de petróleo propio y pagando la luz a precio de narco‑república.