Reyes Católicos

Reyes Católicos. Daniel López Rodríguez

Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón fueron los Reyes Católicos, que reinaron juntos hasta la muerte de la reina en 1504. Y entonces el Reino de Castilla pasó a Juana la Loca y Felipe el Hermoso (Archiduque de Austria, duque de Borgoña y conde de Flandes e hijo del emperador Maximiliano I de Austria del Sacro Imperio Romano Germánico). Pero a la muerte de éste y debido a la incapacidad de Juana, Fernando II sería regente de Castilla hasta su muerte en 1516.

Sería problemático afirmar con rotundidad que con los Reyes Católicos empieza lo que podríamos llamar la nación histórica española. Sea como fuere, sus majestades forjan la unidad y la consecuente grandeza de España.

El Descubrimiento de América, la conquista de Granada (de aquel annus mirabilis de 1492), el final de la conquista de Canarias (1496), la anexión de Melilla (1497) y de Navarra (1512, ya sin la reina Isabel) y la alianza con los Habsburgo (Juana y Felipe el Hermoso tendrían un hijo: Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico) harían de España (la Monarquía Hispánica) un Imperio universal o, más en rigor, un Imperio católico con pretensiones universales.

El reinado de los Reyes Católicos estuvo apoyado por las ciudades y la pequeña nobleza contra el clero y la alta nobleza. Aun siendo primos segundos, con una bula falsa Isabel (con 18 años) y Fernando (con 17) contrajeron matrimonio el 18 de octubre de 1469 en el Palacio de los Vivero en Valladolid, aunque la ceremonia se celebró el día después.

El matrimonio de Isabel y Fernando no fue un mero azar político ni el capricho romántico de dos príncipes enamorados, sino más bien un pacto por la necesidad económica y política de Aragón por aliarse con Castilla. Isabel pudo elegir casarse con el rey de Portugal, pero optó por el heredero de la Corona de Aragón.

Hay que tener muy en cuenta que a finales del siglo XVI el reino de Aragón aportaba el 12% de la población total de España y el reino de Castilla el 73,2%. Por tanto, era Isabel la que se casaba con Fernando, el cual pasaría a ser II de Aragón y V de Castilla.

Tras la guerra de sucesión contra los partidarios de Juana la Beltraneja (hija de Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel) y la firma del Tratado de Alcáçovas el 4 de septiembre de 1479, Isabel y Fernando son reconocidos como reyes de Castilla. Ya el 15 de enero de 1475 Isabel y Fernando acordaron en el documento de la Concordia de Segovia que tendrían los mismos poderes en el gobierno de sus reinos. Ambos reinos conservaron sus instituciones propias.

Con el reinado de los Reyes Católicos, a fin de controlar el bandolerismo, se fundó en las cortes de Madrigal en 1476 la primera policía estatal de la historia: la Santa Hermandad. Esto hizo que la corona pudiese recaudar más impuestos, lo que supuso gobernar con más desahogo y prescindiendo de las Cortes.

En 1480 se acordó en las cortes de Toledo el libre transporte de bienes entre Castilla y Aragón, y aunque las aduanas no se suprimieron ya que mantuvieron su función de oficina de registros, se dejaron de cobrar los impuestos. Por tanto, quedaba abierto el mercado interno peninsular (exceptuando Portugal y de momento Navarra y Granada).

El reinado de los Reyes Católicos se caracterizó no sólo por su expansionismo, sino también por la unificación religiosa. De hecho, el Papa Inocencio VIII otorgó a Sus Majestades el derecho de patronato sobre Granada y Canarias, lo que significaba el dominio del Estado (y no de la Iglesia) de los asuntos religiosos.

El 31 de marzo de 1492 se decretó en Granada la conversión forzosa al cristianismo de los judíos de los reinos de Castilla y de Aragón. Los que no se convertían eran expulsados. Por tanto, lo que hubo no fue exactamente una expulsión de los judíos (en tanto nación étnica), como se insiste una y otra vez negrolegendariamente, sino una prohibición del judaísmo, así como diez años después hubo una prohibición del islam. Dicho de otro modo: expulsión de los judíos quiere decir expulsión de hombres y mujeres fieles al judaísmo, es decir, expulsión del judaísmo, ilegalización del mismo.

La conquista de Granada no acabó con el expansionismo de la Monarquía Hispánica (católica), pues inmediatamente se puso en marcha la conquista del norte de África, bajo el casus belli de continuar la Reconquista cristiana y tomar la antigua provincia Mauritania Tingitana de la Hispania romana.

Asimismo, el avance hacia el norte del continente africano era una prudente estrategia para impedir que los reinos de la zona tomasen Granada. A su vez, esos territorios vendrían a ser una base para acabar con la piratería berberisca. Esta conquista (que supuso tomar Melilla, Mazalquivir, Peñón de Vélez, Orán, Bugía, Argel, Túnez, La Goleta y Trípoli) se interrumpió en 1510 porque se reanudaron las guerras en Italia y asimismo se calculó que era más rentable conquistar los territorios que se iban descubriendo en América.

El Papa Inocencio VIII se refirió a Isabel y Fernando como RECOI HISPANIARUM CATHOLICI NOMINE IMPOSITO («En nombre de la imposición de los Reyes Católicos de las Españas»). Pero sería su sucesor, el valenciano Alejandro VI (el Papa Borgia), por iniciativa de la corte española y particularmente por Enrique Enríquez (tío del rey y consuegro del Papa) que se les concediese el título de «Reyes Católicos».

El 4 de mayo de 1493 el Papa se dirigió a los reyes en la bula Inter caetera en los siguientes términos: «Entre todas las obras agradables a la Divina Magestad y deseables a nuestro corazón, esto es ciertamente lo principal; que la Fe Católica y la Religión Cristiana sea exaltada sobre todo en nuestros tiempos (…). De donde (…); reconociéndoos como verdaderos reyes y príncipes católicos, según sabemos que siempre fuisteis, y lo demuestran vuestros preclaros hechos, conocidísimos ya en casi todo el orbe, y que no solamente lo deseáis, sino que lo practicáis con todo empeño, reflexión y diligencia, sin perdonar ningún trabajo, ningún peligro, ni ningún gasto, hasta verter la propia sangre; y que a esto ha ya tiempo que habéis dedicado todo vuestro ánimo y todos los cuidados, como lo prueba la reconquista del Reino de Granada de la tiranía de los sarracenos, realizada por vosotros en estos días con tanta gloria del nombre de Dios (…) Por donde, habiendo considerado diligentemente todas las cosas y capitalmente la exaltación y propagación de la fe católica como corresponde a Reyes y Príncipes Católicos, decidisteis según costumbre de nuestros progenitores».

Enríquez incluso pidió que se les concediese el título de «Muy Católicos». Finalmente el Papa les concedió oficialmente el título de «Reyes Católicos de las Españas» en la bula Si convenit (si es conveniente) del 19 de diciembre de 1496. El título fue protestado por el embajador francés porque era incompatible con el título de «Rey Cristianísimo» que el rey de Francia ostentaba desde 1464. Y también se quejaría el embajador de Portugal, porque su reino también formaba parte de las Españas, al venir también de la Hispania romana.

El Papa le concedió tal título por la conquista de Granada (que aplaudió toda la cristiandad en Europa) y la consecuente paz en todos los reinos hispanos (la pax de Castilla y de Aragón), la expulsión de los judíos (que -como hemos dicho- más bien supuso la prohibición del judaísmo), la defensa de los intereses papales en Nápoles y Sicilia y las campañas en las plazas del norte de África; y -como dice el Papa en su bula- se les concede dicho premio «para que los demás príncipes cristianos más se estimulen con vuestro ejemplo a merecer bien de la fe católica y de la Sede Apostólica, y esperando que contra los africanos y otros infieles Vuestras Serenidades han de reportar a la república cristiana cada día frutos más fecundos, y que perseverando en esta devoción y obediencia no habéis de faltar jamás a la misma Iglesia, Vuestra Madre Piadosa, y a la Sede Apostólica, y a nosotros que en ella nos sentamos, decretamos llamaros en adelante, por especial prerrogativa y privilegio “Católicos” y señalar y honrar con este título peculiar en nuestras inscripciones a vuestras personas a las cuales en uso de nuestro oficio apostólico por las presentes señalamos, honramos y nombramos con este tan ilustre título». Asimismo, a la reina Isabel se le concedió el título de «sierva de Dios».

Curiosamente el Papa no cuenta con el Descubrimiento de América ni la evangelización de los hombres de aquellas tierras (que empezó inmediatamente), que fue por lo que precisamente la Iglesia se hizo católico. Es decir, con pretensiones universales efectivas y no por mera fe en el imperativo proselitista de Mateo 28.19: «Id y predicad el evangelios a todas las naciones, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

La bula sentaría un precedente por el que los Papas otorgarían títulos a los reyes. En 1521 León X le concedió el título de «Defensor Fidei» a Enrique VIII (que en 1530 se concedió a sí mismo el título de Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra, por ello sólo sería defensor de la fe anglicana). En 1748 Benedicto XIV le concedería a Juan V de Portugal el título de «Fidelísimo» o «Su Majestad Fidelísima». Mismamente, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, sería nombrado «Pacificus et aeternues».

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