Teoría particular del cuerpo y de la muerte

Teoría particular del cuerpo y de la muerte. José Vicente Pascual

Ya lo dijo eldiario.es con su sectarismo de siempre, con su miseria intelectual y su roña moral habituales, con su acostumbrada mala baba: «Noelia gana a los ultras Abogados Cristianos y muere tras casi dos años de batalla legal contra su eutanasia». Tal cual. Por una vez, sin que sirva de precedente y encapotado de nuevo en su característica mezquindad, eldiario.es tiene razón. La muerte de Noelia Castillo no ha supuesto el fracaso de la sociedad, del Estado, del gobierno, de la sanidad pública… Nada de eso. La muerte de esta infeliz criatura —terrible, abochornante para todos—, es el triunfo de la sociedad, del Estado, de nuestro gobierno y de una administración sanitaria que nos cuida cuando puede y nos mata cuando nosotros lo decidamos, o cuando los que mandan por ahí arriba nos convenzan de que, realmente, estamos decididos a morir «dignamente» aunque aún no lo sepamos. Es el triunfo rotundo, el éxito sin objeciones de la instauración del cuerpo humano como espacio político, centro nuclear de decisiones que enmarcan una vida entera y trazan las formas, debidamente subrayadas, de la muerte como decisión solidaria respecto a la ley —el bien común—, la libertad y los derechos ciudadanos. Según el manual de las élites, dar la vida por el derecho a morir es progresismo, un último servicio a la causa antifascista; solicitar que nos cuiden y nos sanen todavía no es de ultraderecha pero sale muy caro. Día llegará de plantearse sacrificios mayores.

Hay rencor, mucho resentimiento en el suicidio de Noelia. Contra su familia y contra el sistema de protección de menores que falló escandalosamente en su caso —como en tantos otros—, contra una sociedad incapaz de ofrecerle el consuelo del «nosotros», ni cuidado ni cobijo ni ilusión por la vida que tenía por muchos años delante. La muerte de esta chica me evoca la imagen del campesino andaluz que toma una soga, camina hasta el olivar y se cuelga de un olivo, sin testigos, sin lamento ni testamento: por joder. Mi amigo Antonio Enrique siempre lo vio claro: los suicidas por ahorcamiento manifiestan enorme rencor hacia la vida, se van mientras piensan que mucho peor van a pasarlo los que queden y encuentren su cuerpo suspendido en mitad del campo. La parafernalia mediática en torno a la muerte de Noelia, el debate legal, la movilización de grupos pro-vida, los rezos de cristianos a las puertas del hospital donde se encontraba, las sucesivas controversias y análisis morales postmortem, todo ello, me temo y no creo equivocarme, son añadidos a la enorme venganza contra el mundo y contra ella misma que organizó conscientemente la infeliz Noelia, que a su manera también tomó el olivo. De nuevo el cuerpo como espacio político necesario y primordial; no el individuo, no el ciudadano, no el ser humano libre, no: el cuerpo, que a fin de cuentas es quien nace y quien muere. Lo demás son definiciones y doctrina. El cuerpo es la única realidad. Sobre el alma escribimos mucho —del yo consciente, del inconsciente, del yo social, del yo ideal, del entramado psicológico de las personas y del espíritu de los lugares y de los tiempos—, pero la verdad es que sabemos muy poco sobre esos asuntos. Del cuerpo lo sabemos todo, y lo más importante: que nacemos y morimos. A partir de esa evidencia pueden armarse todos los artefactos ideológicos que apetezcan. El que ha acabado con Noelia era sencillo: si no puedes con tu vida, mátate, es tu derecho. Causa finita.

Paradoja que abruma a los biempensantes: nunca en la historia humana alcanzó tanta relevancia y tan decisivo imperio el valor de «lo público»: la política, la organización del Estado y la administración del bien común lo son todo —todo— en las sociedades civilizadas modernas. Lo público es el bien, lo privado causa recelo, siempre bajo sospecha. La empresa pública —“empresa” en el sentido amplio— busca el bien para los demás, altruistamente; la empresa privada busca beneficio. Nadie discute hoy este apotegma aunque tenga de verdadero lo mismo que un duro de chocolate. Dejando aparte la contradicción, enorme, de que el interés público está administrado por organizaciones privadas, los partidos políticos, que a su vez tienen sus propios intereses, sacando ese debate del orden del día, decía, nos encontramos con que al mismo tiempo que se celebra y encumbra desaforadamente la virtud de lo público se promueve hasta el paroxismo el dominio de lo privado en la exposición y práctica del cuerpo. No hay territorio más ideologizado ni más sectarizado en el discurso progre contemporáneo. El Estado lo rige todo y el cuerpo es todo. Por eso el cuerpo se soporta recargado de derechos/ideología y por eso el Estado promueve la libertad absoluta del ente orgánico mientras define implacable los límites de la proposición pública individual. Desde la concepción pasando por el filtro del aborto —una resolución drástica del conflicto entre dos cuerpos— hasta la muerte, se nos convence de que el propio cuerpo es espacio indiscutido de la libertad absoluta. Lo proyectado hacia el mundo, no; la realidad social, no; la expresión de ideas y la proposición de iniciativas, no. Sólo queda el cuerpo, un lugar que es nuestro y que nadie nos puede quitar, de momento.

Ya no hay lucha de clases, ni conquista del Estado fuera de la disciplina de los partidos del sistema, ni alternativa realista al modo de producción que nutre y sustenta las sociedades, ni recambio plausible al armazón legal que todo lo rige y todo lo sanciona, ni discusión al dogma tributario/solidario, que es la manera que tiene el Estado de financiarse y perpetuarse, también el mecanismo incorregible de la clase política para ejercer su dominio sobre el conjunto de la población. En verdad, fuera de nuestro cuerpo, ya no hay nada a nuestro alcance. Solución, según el manual progre-estatista: considerar el cuerpo como ámbito suficiente para la experiencia vital plena. De ahí la obsesión por la moral reproductiva, la expansión del «género» como valor supremo de la realización sexual, la implementación permanente de las «políticas de género», la insistencia de los «colectivos» en la vida pública, de todos los colores y con los más variados objetivos; de ahí la obstinación por el tuneado del cuerpo —piercings, tatuajes, escariaciones y otros ingenios— como expresión de individualidad realizada, y el reclamo continuo de la «diversidad» física como elemento valioso a la convivencia democrática —ser gordo, como un servidor, es acto de servicio—; y un etcétera tan largo como quiera ponerse. Nuestro cuerpo es muy nuestro porque es lo único que tenemos y que podemos llamar «nuestro». De lo demás, el pueblo llano y también el montañoso están expulsados.

De ahí, el derecho a morir cuando nos apetezca. Agradecidos, los jerarcas del Estado y sus gestores-servidores se preguntarán sin duda por qué no nos decidimos antes y les quitamos de encima unos cuantos problemas.

Acerca de la solución de Noelia, la que ella ha tomado como única salida a este panorama enfermo —mucho más enfermo que ella—, sólo me queda una reflexión bastante simple, yo creo que verdadera: en las sociedades civilizadas cuidamos unos de otros, no matamos a los enfermos.

Para cualquier otra visión del asunto, malditos sean.

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