Instructiva semana la que ya pasó y nos dejó momentos reveladores sobre el nivel de la intelectualidad televisiva. El dinámico expodemita llamado Ramón —le acomoda ese nombre, en mi Barcelona seria Ramonet y ya triunfaba— apellidado Espinar, glosador de los avances progresistas en el mundo mundial, en la televisión pública de Pedro Sánchez comentó la noticia de un turista español al que hubo que amputar una pierna tras ataque de tiburón en Maldivas: «A lo único que hay que ir a las Maldivas es a ayudar a nuestros hermanos argentinos a recuperarlas», sentenció, tan potente y zurnormal.
No es el error en sí, risible en un menda que fue diputado y al que pagan una lana por intervenir en programas de salseo político; no es el silencio de los demás contertulios y dirección del programa —Gonzalo Miró, Marta Flich entre otros cráneos privilegiados—; ni siquiera es la sospecha de que en aquella casa importan un pito la precisión de los datos, el rigor en las informaciones y desde luego la verdad, porque en tal charca lo que no es propaganda es miseria; lo escalofriante de la anécdota es el desparpajo y naturalidad con que se despacha la tragedia de un joven en viaje de novios al que un tiburón ha arrancado una pierna. La empatía es virtud siempre que vaya acompañada de un contexto reivindicativo, según el catecismo progre. Si el turista se llama Borja y puede permitirse unas vacaciones deportivo-glamourosas en Maldivas, que empatice con él Díaz Ayuso. Dicho en cristiano: que se joda. Incluso caben chistes en redes sociales: «Ese ya no mete más la pata». Son así, inventores de la moral rencorosa, la que a falta de gozos propios celebra desgracias ajenas. Espinar —Ramón—, es prototipo sentado de aquel español sieso muy bien descrito por Díaz Plaja a través de los siete pecados capitales: «No quiere tener un coche mejor que el del vecino, quiere que el vecino se quede sin coche». Ramón —Espinar—, a falta de dictadura del proletariado que pase a los ricos por las armas, que ya le gustaría —a todos los ricos menos a él y sus amigos ricos, quiero decir—, a falta de justicia histórica se conforma con que un tiburón deje lisiado de por vida al niño bien que tuvo la osadía de ir a Maldivas en luna de miel. ¿Será eso delito de odio? No sé yo. De hodio, seguro. En la televisión de Pedro Sánchez se hodia por lo fino. Como decía mi abuelo: «El mejor desprecio es el no aprecio». Los ricos también lloran, sólo hay que sentarse en un plató y esperar a que vayan pasando los cadáveres del enemigo, el desfile de cojos en este caso. Tremenda lección de ética personal y de amabilidad informativa. Así son, o sea, no digo que sean mala gente, pero buena gente no son.
No tan crueles pero igual de indocumentados se manifestaron en otra cadena de TV —la de Pedro Sánchez no, en otra—, el ínclito Pablo Motos y la prestigiosa escritora, novelista, periodista, investigadora, presentadora, estudiosa, literata, erudita, pizpireta y desde luego hija de Fernando Ónega llamada Sonsoles Ónega, famosa descubridora del hecho histórico contrastado de que «en tiempos de Franco no se podía bailar», premio Fernando Lara de novela en 2017 y premio Planeta en 2023, con una novela cuya acción transcurre en la provincia de Pontevedra, circunstancia que sin duda añade mérito a esta obra excepcional. Total, que se juntan los dos talentos, empiezan a perorar sobre el eterno asunto de la debilidad del mercado editorial y concluyen en que es un disparate que el libro soporte un 21% de IVA, que sería medida razonable bajarlo un poco, al 15% o al 10% incluso. Mira qué buena idea.
Que el IVA de los libros está al 4% desde 1993 es detalle que no contemplaron en ese momento —histórico—, porque lo desconocían. La metedura de pata es soberbia, pero no concluye en sí misma. Ahora viene lo malo.
Lo malo de esta peña no es que ignoren todo lo ignorable sobre el libro y sus azares comerciales. Lo malo de verdad es que les importa un pimiento. Les importa haber hecho el ridículo, claro, eso no tiene más versión; les fastidió la clamorosa majadería y bien se disculparon en sus respectivos programas, cada cual en el suyo y en la tele que no es la de Pedro Sánchez. En todo caso, el IVA del libro importará a los negros que escriben sus obras —las de Pablo y las de Sonsoles—, al editor, al distribuidor, al librero… ¿Pero, a ellos? A esta gente el libro le interesa como soporte de prestigio personal y nada más. A ver, que humanamente es comprensible: les presta flato curricular, les adorna la biografía y encima les pagan una pastísima cada vez que ponen su firma en un manuscrito escrito por vaya usted a saber. Cualquiera asumiría el mismo papel de impostores en ese mercado si le compensaran como a ellos y les cayese purpurina como a ellos les cae. Pero, en fin, vamos a ver: una cosa es engordar zampando bollos sobre manteles de seda y otra masticar con la boca abierta, señores y señoras míos y mías… Cuando te invitan a comer hay que usar cubiertos y guardar urbanidad en la mesa. Se me entiende. En este caso, sin duda, habría sido mejor que los dos, Pablo y Sonsoles, guardaran las apariencias tal como se guardan cuando todo el mundo sabe —ellos los primeros— que se están guardando apariencias.
Entonces, ¿qué demonios hacían esos dos hablando de libros? ¿Quién tuvo la idea absurda y peligrosa de que los dos marmolillos se metieran en aquellas camisas de once varas? De libros que hablen los libreros, los autores, los críticos, la gente del gremio en general, la gente que sabe, incluidos los lectores. Pero, ¿ellos? ¿Qué leches sabe esa gente de libros? Podían haber hablado de cualquier cosa sin IVA, por ejemplo, del precio del aceite o del Real Madrid y Mbappé; o de cosas con el IVA normal, ni el 4% ni el 400%. Pero ya se sabe: la ignorancia es muy atrevida. En este caso, demoledora. Hablaron de lo que conviene callar para que no se note que no tienes puñetera idea.
En resumen que Maldivas argentinas y libros al 21% nos van dando imagen muy aproximada, demasiado fiel para mi gusto, del tono que recorre la cultura —“cultura”— de masas española. No es propiamente inopia o tosquedad, sino más bien indiferencia, un desprecio soberano hacia lo exacto y verídico porque los tiempos imponen otra lógica: la validez de lo que emociona —«hermanos argentinos»—, antes que lo útil de lo cierto, como que las islas Maldivas están en el Índico, a trece mil kilómetros del Atlántico Sur y las Malvinas. ¿A quién le interesa dónde estén unas islas y otras? Lo que importa es el discurso, que sea llamativo y haga sentir al público, aunque lo sentido sean retortijones.
Algunos, a ese discurso llaman «relato», siempre condicionado por el sistema de referentes político-morales de quien interviene. Lo importante es el relato, no la realidad. Lo importante es lo que hablen y se digan uno al otro dos referentes fundamentales de la comunicación en España como Pablo y Sonsoles. Lo que de verdad importa son las disculpas, qué gesto, tras desarmar la lógica del mundo del libro y perorar a gusto sobre un panorama inexistente que ellos desconocen y que para el gran público es irrelevante. Todo es espectáculo, nada es significativo. Seamos felices, cada cual en su relato.
De todas formas, personalmente prefiero llamar discurso al relato. Mucho lo prefiero: discurso.
Un discurso pronunciado con los énfasis de cualquier entusiasta Manolo Morán desde el balcón del ayuntamiento de Villar del Río. «¡Cursiladas y mamarrachadas!», clamaba el genial actor. Qué cierto aquello, qué premonición… Cursiladas y mamarrachadas como «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada». Son los tiempos.