Dios no juega a los dados, Heráclito sí

Dios no juega a los dados, Heráclito sí. Diego Chiaramoni

“Heráclito camina por la tarde de Éfeso. La tarde lo ha dejado, sin que su voluntad lo decidiera, en la margen de un río silencioso cuyo destino y cuyo nombre ignora”. Así evoca Borges al enigmático Heráclito de Éfeso. Heráclito siempre se nos aparece junto al río que él mismo ha inmortalizado, ese río al que no podemos descender dos veces, porque guarda el misterio del fluir, lo inédito e irrepetible, como los ojos que alguna vez desvelaron nuestros sueños y se fueron por los cauces de la vida. Lo leemos en el Fragmento 91: Ποταμῷ γὰρ οὐκ ἔστιν ἐμβῆναι δὶς τῷ αὐτῷ (no es posible, en efecto, entrar dos veces en el mismo río. Ahora bien, no solo en la margen del río lo imagina Borges, sino caminando por la tarde de Éfeso, y creemos que el óleo borgeano pulsa el acorde justo de la melodía heraclítea.  El pensamiento de Heráclito siempre parece moverse bajo la luz de la tarde, cerca del crepúsculo. Su expresión es oracular, cifrada, plagada de símbolos que invitan a completar aquello que allí falta y no falta a la vez.

De la hondura y extensión de su pensamiento, conservamos cerca de ciento treinta fragmentos, los cuales desde Teofrasto hasta Hegel pasando por Plutarco y desde Aristóteles hasta Heidegger pasando por Clemente de Alejandría, aún siguen ofreciéndose como una fuente inagotable de especulación filosófica.

En el semestre de verano de 1943, Martin Heidegger dicta un curso en Friburgo bajo el título “El inicio del pensar occidental (Heráclito)”. Allí despliega Heidegger toda la potencia de su pensamiento sin renunciar a las cualidades que hacen de él la cabeza filosófica del siglo XX o un “neologista” charlatán, según quien lo juzgue. A nosotros nos parece que cuando Heidegger medita, algo pasa allí, algo sucede, más allá que es verdad que el filósofo alemán es un experto en ingeniería hidráulica al hacer que todos los ríos –ya que de un río hablamos- desemboquen en el océano de su pensar. Lo hemos dicho alguna vez y a riesgo de equivocarnos: para nosotros, la preocupación de Heidegger es mística y todo lo que toca lo divino, de algún modo participa de lo insondable.

En las primeras sesiones del citado curso, Heidegger trabaja con dos historias que tienen a Heráclito como protagonista. La primera de ellas, ya expuesta y meditada por nosotros en otros artículos, nos llega por Aristóteles quien la narra en su obra De partibus animalium A5 654 a 17 y ss. El Estagirita nos cuenta que unos extraños llegaron hasta la morada de Heráclito para observarlo, los inquietaba curiosear el “espectáculo” del pensar. Llegaron seguramente con expectativas, pero al entrar en la casa, observaron al viejo filósofo calentándose junto al fuego. Allí, los visitantes permanecieron de pie y en silencio. Heráclito los miró y les dijo: “también aquí están presentes los dioses”.  Heidegger saca a relucir su talento poético y sostiene que aquellos visitantes esperaban ver al filósofo sumergido en la profundidad del pensar, casi como quien se asoma a una escena dramatúrgica. Escribe Heidegger:

“En lugar de ello, los curiosos encuentran al pensador junto al horno. Se trata de un lugar típicamente cotidiano e insignificante. Es allí donde se hace el pan. Pero Heráclito no estaba por supuesto junto al horno para hacer el pan. Estaba allí solo para calentarse.  Él muestra en ese lugar cotidiano la completa indigencia de su vida. […] Heráclito lee en sus rostros la curiosidad decepcionada. Reconoce que para la multitud- basta sentir la falta de una sensación esperada para que desistan y partan. Por eso los anima, convidándolos a entrar con las palabras εἶναι γὰρ καὶ ἐνταῦθα θεούς…: También aquí están presentes los dioses”.[1]

La escena es muy sugestiva y la reflexión que Heidegger extrae de ella, nos parece exacta:  en la inapariencia de lo ordinario se revela lo extraordinario. Allí, junto al fuego, en el lugar cotidiano donde se cuece el pan y la lumbre va templando las manos cansadas del viejo filósofo, justamente allí. la austeridad abre un sentido y los dioses revelan su presencia silenciosa.

La segunda historia –que es aquella a la que nos queremos referir-, nos llega a través de aquel paparazzi de la filosofía antigua que fue Diógenes Laercio[2]. La narración nos cuenta que Heráclito se dirigió al santuario de Artemis para jugar dados con los niños. Volviéndose sobre algunos efesios que se habían puesto de pie a su alrededor les dijo: “¿y a ustedes canallas qué les sorprende? ¿No es preferible hacer esto que cuidar de la Polis?”.

La historia guarda relación con la anterior al menos en dos elementos claves: por un lado, un grupo de personas se acerca a observar al filósofo; por otro, lo divino vuelve a estar presente. Afinemos un poco más nuestra intuición. Quienes se acercan esta vez a Heráclito son sus paisanos, hombres naturales de Éfeso y por esa razón cobra sentido su amargo reproche: “¿y a ustedes canallas qué les sorprende? Y evoca su lugar común, la πόλις. Ahora bien, en este caso, la escena se traslada desde lo cotidiano del hogar al ambiente sagrado del templo de Artemis, la cercanía de los dioses vuelve a evocarse. La sorpresa de los efesios tiene que ver ello: el filósofo va al templo a jugar con los niños. ¿Oculta este comportamiento pueril un significado oculto? Leemos en Heidegger:

“El juego de los niños, relatado en la segunda historia indica lo relajado y la serenidad, el balanceo y la libertad del juego que, precisamente por ser juego, posee su regla y su ley, y permanece así en el límite y en la contingencia, en aquello que llamamos “mundo”, donde los jugadores están inmersos, sin, empero, hundirse”. [3]

De Heráclito se ha dicho que era arrogante, despreciativo y solitario. Rafael en su fresco La Escuela de Atenas lo representa con los rasgos físicos de Miguel Ángel (otro talento beligerante y melancólico), sentado en primer plano, solo y pensativo, escribiendo sobre un bloque de mármol. La tradición acuñó el sobrenombre de “el Oscuro” para el filósofo de Éfeso, quizás por su personalidad, pero más aún por su estilo aforístico, augural, enigmático. Diógenes Laercio cuenta que enfermó de hidropesía y que al no ser curado por los médicos a los que había recurrido, se cubrió de estiércol y así habría muerto por los caminos, siendo devorado su cuerpo por una jauría de perros. Heráclito guarda el enigma del fuego que al mismo tiempo quema y purifica, fuego que cambia constantemente siendo siempre uno, siempre el mismo. Lo rubricó en uno de sus fragmentos (54): “La armonía invisible es más fuerte que la visible” Si la naturaleza ama esconderse, Heráclito, al asumir la vocación de ser su amanuense, imita al soberano cuyo oráculo está en Delfos y entonces, ni dice ni oculta, sino que da indicios.

Alguna vez a nosotros también nos han mirado con desdén por abrazar lo lúdico de la literatura y descuidar la seriedad de “lo político”. El Gordo Chesterton –que alguna vez será beato- les respondió a esos hombres serios: “lo que deberíamos intentar es que la política sea lo más local posible. Mantener a los políticos lo suficientemente cerca como para poder pegarles una patada”.

Dios no juega a los dados, Heráclito sí…y nosotros estamos tentados a pedirle a los niños que nos hagan un lugar.


[1] M. Heidegger. Heráclito. El hilo de Ariadna, Buenos Aires, 2012: p. 27.

[2] Diógenes Laercio. Vida de los filósofos ilustres: IX, 3.

[3] M. Heidegger. Heráclito. El hilo de Ariadna, Buenos Aires, 2012: p. 44.

 

Top